Comunicado
de prensa No.2002-34
UNA NUEVA ESTRATEGIA PLANETARIA
PARA LA OBSERVACIÓN DE LA TIERRA
París, 4 de junio - Las
iniciativas mundiales para observar el cambio climático
y el estado del medio ambiente del planeta han dado un gran paso
adelante gracias a una excepcional alianza forjada entre agencias
espaciales y comunidades de científicos, que se reunieron
del 30 al 31 de mayo en la Sede de la UNESCO.
En la reunión se establecieron
los nuevos parámetros de una estrategia encaminada a mejorar
la observación del medio ambiente con satélites,
en el marco de la Estrategia de Observación Mundial Integrada
(IGOS), que es el único vínculo entre las organizaciones
científicas dedicadas al espacio y las que estudian la
tierra. La IGOS, que se creó en 1998, coordina a centenares
de organismos de investigación y cuenta con un órgano
ejecutivo principal compuesto por 14 copartícipes, entre
los que figuran distintos organismos de las Naciones Unidas y
organizaciones científicas como la UNESCO, la Organización
Meteorológica Mundial (OMM) y el Comité sobre Satélites
de Observación de la Tierra (CEOS), que representa a 23
agencias espaciales.
Con tal motivo, el Subdirector
General de Ciencias Exactas y Naturales de la UNESCO, Walter Erdelen,
que ostenta la copresidencia de la IGOS, declaró lo siguiente:
"La carrera espacial ha entrado en una nueva fase. Ya no
es el escenario de la rivalidad entre las superpotencias, ni un
ámbito en el que predominen intereses militares y orgullos
nacionales. Hoy en día, la carrera espacial no se ve impulsada
por motivos políticos como en tiempos de la Guerra Fría,
sino por la ambición de alcanzar de un objetivo mucho más
importante: el conocimiento de los sistemas que mantienen la vida
en el planeta".
Desde el final de la Guerra Fría,
las agencias espaciales se han centrado cada vez más en
la seguridad del medio ambiente, lanzando para ello una constelación
cada vez más vasta de satélites con sensores provistos
de medios ópticos, infrarrojos y radares para observar
la tierra. Esos satélites constituyen a menudo el único
medio de conseguir datos adecuados para entender y pronosticar
los cambios -causados por el hombre o la naturaleza- que afectan
a la atmósfera, a los continentes y a los océanos.
Países con recursos financieros
muy dispares - desde los Estados Unidos, Japón o Francia
hasta la India, China, Brasil y Argentina - han hecho inversiones
en satélites de observación de la tierra. No obstante,
en los últimos años muchas agencias espaciales se
han visto afectadas por recortes presupuestarios considerables.
Parece ser que esas restricciones financieras se han estabilizado
actualmente, y muchas agencias
están tratando de sacar el máximo partido de sus
escasos recursos realizando misiones espaciales específicamente
adaptadas a sus usuarios finales, es decir, a las comunidades
de científicos dedicadas a la observación de la
tierra. Gracias a la IGOS, las agencias pueden consultar directamente
a los científicos para planear nuevas misiones en el espacio.
El Dr. Tillman Mohr del CEOS dice
que "existen, por ejemplo, varios sistemas mundiales para
observar el clima de los océanos, pero ninguna agencia
u organización puede permitirse el lujo de asumir sola
el funcionamiento de uno de ellos". La IGOS ha empezado a
identificar algunas cuestiones fundamentales como las corrientes
oceánicas y el cambio climático, el estado de los
recursos de agua en el mundo, el ciclo global del carbono, la
química de la atmósfera y los riesgos geofísicos
tales como erupciones volcánicas y movimientos de tierras.
Los científicos especializados en estos campos trabajan
en comités para elaborar informes estratégicos,
en los que se comienza por determinar el tipo y duración
de aquellos datos suministrados por los satélites que pueden
contribuir a colmar las lagunas de los conocimientos actuales.
En las capitales de los países
ricos, por ejemplo, se efectúan con bastante regularidad
y precisión mediciones del grado de contaminación
del aire. A este respecto, hay que decir que con los satélites
se puede establecer un sistema de observación mundial que
es un elemento fundamental para conocer la química de la
atmósfera.
No obstante, los satélites
no pueden de por sí solos despejar la mayoría de
los interrogantes esenciales que se plantean los científicos
hoy en día. En efecto, la cantidad de dióxido de
carbono que absorben los bosques o el índice de erosión
de las costas no se pueden medir exclusivamente por medio de satélites.
Por eso, la IGOS está preparando estrategias para integrar
los datos obtenidos en el espacio y en la superficie terrestre.
Las fotografías de la erosión de las costas tomadas
desde un satélite pueden cambiar radicalmente los estudios
de un biólogo marino. A su vez, las agencias espaciales
necesitan datos conseguidos sobre el terreno para interpretar
las señales emitidas por los satélites.
Colin Summerhayes, que colabora
estrechamente con la IGOS por intermedio de la Comisión
Oceanográfica Intergubernamental (COI) de la UNESCO, dice
a este respecto: "Todo esto significa un cambio de esquemas
tanto para las comunidades científicas dedicadas al espacio
como para las que estudian la tierra, porque ambas están
evolucionando hacia la realización de investigaciones a
largo plazo y, gracias a la detección a distancia, están
borrando las fronteras que separan a la ciencia fundamental de
las ciencias aplicadas."
La oceanografía, que constituye
un ejemplo característico de esta situación, fue
objeto del primer informe de la IGOS publicado en enero de 2001.
Aunque todavía sea demasiado prematuro evaluar las repercusiones
de este informe, lo cierto es
que ya ha se ha registrado un resultado concreto: el acuerdo entre
los Estados Unidos y los países europeos para efectuar
en 2005 el lanzamiento conjunto del satélite Jasón
2, que seguirá las huellas de sus predecesores Jasón
1 y Topex/Poseidón, los satélites francoamericanos
que revolucionaron nuestros conocimientos oceanográficos.
Topex/Poseidón, que daba
la vuelta a la tierra en 112 minutos, se lanzó al espacio
en 1992 y fue el primer satélite capaz de medir la altura
y temperatura de las olas de los océanos, así como
la correlativa velocidad del viento. Este tipo de datos representan
el único medio de que disponen los científicos para
poder observar las corrientes oceánicas importantes, que
regulan el clima de nuestro planeta desplazando el calor por todo
el mundo. Gracias a este satélite, los científicos
pudieron observar cómo se desarrollaban fenómenos
tan importantes como El Niño, que altera los esquemas meteorológicos
habituales en el mundo entero, al levantar vientos intempestivos
que arrastran las aguas cálidas hacia el Pacífico
Ecuatorial.
Topex/Poseidón tuvo tanto
éxito que los Estados Unidos y Francia lanzaron en 2001
Jasón 1 para que prosiguiese la misión. Este satélite,
que funcionará por espacio de 10 años, ha empezado
a transmitir las medidas de la superficie del mar más exactas
que se hayan conocido hasta ahora (precisión: más
o menos un centímetro).
Sin embargo, desde un punto de
vista científico, diez años de datos vienen a ser
como una gota de agua en un océano. A este respecto, Summerhayes
dice lo siguiente: "Ahora sabemos que los fenómenos
como El Niño y la Oscilación del Atlántico
Norte - un vaivén atmosférico que impulsa las tormentas
invernales de este a oeste, a través del océano
- no se producen con una periodicidad anual, sino en función
de ciclos decenales. Cuando los meteorólogos posean datos
relativos a periodos largos, podrán suministrar información
útil para la planificación de las faenas agrarias,
especialmente en las regiones áridas".
La IGOS está preparando
ahora un informe similar sobre el estado de los recursos mundiales
de agua. Aunque las fotografías tomadas por satélites
que nos enseñan los meteorólogos en los telediarios
vespertinos formen parte de nuestros hábitos, y aunque
toda una sarta de satélites meteorológicos hayan
sido lanzados al espacio desde que los Estados Unidos lanzaran
el primero en 1960, lo cierto es que los científicos todavía
tienen carencias en sus conocimientos del ciclo básico
del agua. Es muy difícil, por ejemplo, evaluar las precipitaciones.
En efecto, se ha calculado que en todo momento la lluvia cubre
solamente del 1% al 4% de la superficie del globo, y además
su intensidad puede variar enormemente en cuestión de minutos
o de segundos.
No obstante, los científicos
van a disponer pronto de un gran volumen de datos de calidad sobre
el agua gracias a una nueva generación de satélites:
"Terra and Acua" (Estados Unidos), Envisat (Europa)
y Adeos-II (Japón). El único problema que se va
a plantear es el de la armonización de los distintos tipos
de equipos y de los diferentes modelos utilizados para interpretar
los datos.
La IGOS está creando una
red mundial para recoger y sintetizar los datos de los distintos
satélites y compararlos con las observaciones terrestres.
El objetivo es contar dentro de dos años con un sistema
completo, a fin de prepararse para lo que promete ser un gran
acontecimiento tecnológico. En efecto, en 2007 se lanzará
en los Estados Unidos y Japón una serie de nueve Satélites
de Medición de las Precipitaciones Mundiales (GPM), que
estarán en condiciones de medir a intervalos de tres horas
las más pequeñas lluvias que caigan sobre el planeta.
La IGOS está preparando
también una estrategia similar para estudiar las repercusiones
del aumento de las emisiones de dióxido de carbono (CO2).
Este es el gas con efecto de invernadero más peligroso,
porque puede permanecer en el aire durante decenios, e incluso
siglos, aprisionando el calor en la atmósfera. Para pronosticar
cómo pueden cambiar los niveles del CO2 atmosférico
y el clima, debemos conocer primero cómo es su ciclo global,
es decir, dónde y cómo se desplaza en la tierra,
los océanos y la atmósfera.
Los océanos, por ejemplo,
absorben entre un 30% y un 50% del CO2 producido por la combustión
de los carburantes fósiles. Esto se debe sobre todo al
fitoplancton, es decir, a algas microscópicas que viven
en las aguas superficiales, a una profundidad máxima de
50 metros. La mayor parte del dióxido de carbono lo devuelve
el océano a la atmósfera en el plazo de un año
aproximadamente. Ahora bien, otra parte se hunde profundamente
en el mar cuando las algas mueren. De esta manera, pueden transcurrir
siglos, e incluso milenios, antes de que la mayor parte de ese
dióxido de carbono disuelto se libere y retorne a la atmósfera.
Al estudiar en las fotos de los
satélites el color de los océanos, los científicos
pueden calcular globalmente los niveles de fitoplancton. Sin embargo,
para verificar sus cálculos necesitan la información
más específica que les proporcionan las muestras
tomadas por medio de barcos o boyas especiales. Esa verificación
es esencial para elaborar modelos sobre la forma en que el dióxido
de carbono, absorbido y liberado por el océano, entra en
interacción con la atmósfera y la tierra.
El francés, Philippe Ciais,
del Commissariat à l´énergie atomique (CEA)
y encargado de dirigir la preparación de la estrategia
de la IGOS sobre el ciclo del carbono, que estará ultimada
el próximo año, ha declarado lo siguiente: "Hoy
en día se dispone de varios modelos, pero los resultados
obtenidos con ellos pueden variar hasta en un 50%. Aunque es probable
que estos modelos se perfeccionen, si no mejoramos nuestras observaciones
actuales careceremos de las referencias necesarias para evaluar
hasta qué punto el ciclo del carbono habrá cambiado
en los próximos diez años."
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