Articulo N°4 - Marzo de 2002
KIM PHUC - LA FUERZA DEL PERDÓN
Kim Phuc es la niña de la foto. El 8 de junio de 1972, cuando su aldea de Tran Bang (Viet Nam del Sur) fue bombardeada, tenía 9 años. Abrasada por el napalm, se echó a correr por la carretera, aullando de miedo y dolor. Todo el horror de la guerra quedó captado en esta fotografía de Nick Ut, reportero gráfico de la agencia Associated Press, y su difusión en el mundo entero contribuyó a poner un término al conflicto de Viet Nam.
Kim Phuc tiene hoy 38 años y vive en Canadá con su esposo e hijos. Aunque su cuerpo quedó marcado para siempre con los estigmas visibles e invisibles del napalm, ha perdonado a los que se los infligieron. En un acto conmemorativo de la guerra del Viet Nam celebrado en Washington dijo a los ex combatientes presentes que, si un día se encontrase cara a cara con el piloto que lanzó la bomba, le diría: "Ya que no se puede cambiar la historia, tratemos de hacer cuanto podamos por promover la paz". Dicho y hecho: Kim Phuc tuvo el gesto de abrazar a John Plummer, uno de los asistentes al acto que intervino en la coordinación del bombardeo de Trang Bang.
Kim Phuc es actualmente una de más fervientes militantes por la paz mundial, la no violencia, la tolerancia, el diálogo y la ayuda mutua. En su calidad de Embajadora de Buena Voluntad de la UNESCO, se esfuerza sin descanso por promover el objetivo señalado en el preámbulo de la Constitución de la Organización: "Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz ".
A pesar de sus terribles heridas, ha llegado
a ser capaz de perdonar a los que se las infligieron. ¿Cómo lo
ha logrado?
Cuando me quemé en 1972, tenía 9 años. Mi casa estaba en
medio del sitio donde cayeron cuatro bombas de napalm, que alcanza una temperatura
de 800º a 1200º, es decir, unas 8 a 12 veces más elevada que
la del agua hirviendo. El 65% de mi cuerpo quedó abrasado y tuvieron
que practicarme injertos en el 35% de la piel, pero mi rostro y mis manos quedaron
intactos, sin cicatriz alguna. Las bombas no me destruyeron por completo como
lo hicieron con familiares y amigos.
Más tarde empecé a soñar con llegar a ser médico
para salvarles la vida a los demás, tal como habían hecho los
que me atendieron durante los 14 meses interminables que pasé en el hospital.
Cuando salí de él, quise proseguir a toda costa mis estudios pese
a las heridas y a los espantosos dolores de cabeza que padecía. Era muy
difícil. Como mis padres no tenían bastante dinero para medicinas,
mi madre compraba trozos de hielo y me los ponía en la cabeza para calmar
mis dolores, mientras que mi padre me daba ungüentos hechos con plantas
conocidas por sus propiedades curativas.
¿Pudo acabar sus estudios?
No. Diez años más tarde, en 1982, tuve que sufrir otra prueba
muy dura en mi vida. Yo había ingresado ya en la facultad de medicina
de Saigón, pero por desgracia los agentes del gobierno se enteraron un
día de que yo era la niñita de la foto y vinieron a buscarme para
hacerme trabajar con ellos y utilizarme como símbolo. Yo no quería
y les supliqué: "¡Déjenme estudiar! Es lo único
que deseo". Entonces, me prohibieron inmediatamente que siguiera estudiando.
Fue atroz. No acertaba a entender por qué el destino se encarnizaba conmigo
y no podía seguir estudiando como mis amigos. Tenía la impresión
de haber sido siempre una víctima. A mis 19 años había
perdido toda esperanza y sólo deseaba morir.
¿Cómo recobró las ganas
de vivir?
Como mis mayores me habían educado en la fe del caodaísmo, que
se puede definir como una mezcla de confucianismo, taoísmo, budismo,
me puse a rezar sin parar y a pasarme el tiempo con lecturas religiosas. Sin
embargo, nadie podía aliviar mis sufrimientos ni lograr que volviera
a la facultad. La duda me atenazaba: "Si Dios existe, ¿podrá
ayudarme?"
En cierta ocasión, un amigo me llevó a una iglesia cristiana de
Saigón. Aunque mi alma estaba sedienta de paz interior, me costaba mucho
abrazar una nueva religión. Mi mayor deseo era encontrar una amistad,
alguien a quien hablar y confiarme. Había dibujado incluso su imagen
en un papel. Un día que entré en la iglesia vi a una muchacha
sonriente sentada en medio de la nave vacía. Se hizo amiga mía.
¿Qué cambió ese encuentro
en su vida?
Me sentí mejor enseguida, aunque todavía sintiera un vacío
en mi fuero interno. Solamente cuando encontré la fe en mí misma,
se atenuó el dolor de las llagas de mi corazón. Poco después
el gobierno hizo demoler esta iglesia de Saigón y el pastor se fue. Desde
entonces, sola y sin ayuda de nadie, fui dejando que el sentimiento de perdón
creciera en mi corazón hasta que empezó a embargarme una inmensa
paz interior. Esto no ocurrió de la noche a la mañana, porque
no hay nada más difícil que llegar a amar a sus enemigos. En vez
de reaccionar de una manera "normal", es decir con odio y deseo de
venganza, opté por la comprensión, que por cierto no se alcanza
en un día.
Desde 1997 es Embajadora de Buena Voluntad de
la UNESCO, ¿cuál es su mensaje y cómo difunde los ideales
de la Organización?
Quiero que mi experiencia sirva a los demás. Fui quemada por culpa de
la guerra y, hoy en día, quiero alentar a las personas a que se amen
y ayuden entre sí. Tenemos que aprender cómo ser más tolerantes,
estar atentos a las personas, escucharlas, salir de nuestro ensimismamiento
y ayudar a los demás, en vez de dejarnos llevar por la ira y el odio
que sólo engendran deseo de venganza y violencia estériles. La
guerra sólo trae consigo padecimientos. Por eso enseño a la niñita
de la foto, porque su imagen es el relato de mi vida y de las consecuencias
que en ella tuvo la guerra. No hay padres en el mundo que quieran que vuelva
a ocurrir lo que se ve en la foto. Desearía transmitirles lo que he aprendido
a valorar: He vivido la guerra y sé cuán inapreciable es la paz.
He sufrido mi dolor y sé lo que vale el amor cuando uno desea curarse.
He experimentado odio y sé cuál es la fuerza del perdón.
Hoy, como estoy en vida y vivo sin odio ni ánimo de venganza, puedo decir
a los que causaron mi sufrimiento: "¡Os doy mi perdón!"
No hay otro medio para preservar la paz y poder hablar de tolerancia y no violencia.
Esos son precisamente los ideales que defiende
la UNESCO, pero es muy difícil perdonar, sobre todo en el contexto de
una guerra.
Las personas siempre pueden elegir. Yo he optado por la reconciliación
y mi vida se ha transformado. He dejado de ser una víctima. Por eso digo
a la gente: "Mirad, de esta manera encontré la paz. Así fue
mi pasado y lo superé, y mi presente puede ser vuestro futuro si queréis."
Los niños son los que mejor captan mi mensaje, por eso visito tantas
escuelas como puedo para decirles: "Nuestro futuro está en vuestras
manos, la paz es asunto vuestro. ¡Manos a la obra!"
¿Como difunde su mensaje?
En 1997 creé la Fundación Kim Phuc, que se dedica a ayuda a los
niños que son víctimas de la guerra y la violencia. En Timor Oriental
y Rumania, así como en Afganistán recientemente, les prestamos
asistencia médica, física y psicológica, suministrándoles
prótesis cuando han perdido un miembro o ayudándoles a superar
los traumas que han sufrido. Sé lo difícil que les resulta a los
niños hablar de ellos. Estoy de todo corazón con las víctimas
de las guerras que hay en este momento y, en beneficio suyo, no cejaré
en mi empeño de propagar un mensaje de paz.
***
http://www.kimfoundation.com
Bibliografía: "The girl in the picture", Denise Chong, Viking
Penguin, Nueva York.
Existe una versión en francés: "La fille de la photo",
Denise Chong, Belfond, París.