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La caverna de Alí Babá Cindy Lee Van Dover, University of Alaska Fairbanks, Estados Unidos |
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Una multitud
de criaturas extrañas pueblan los fondos marinos. Tal vez tengan muchos secretos
que confiarnos, incluso sobre el origen de la vida. El docto profesor Aronnaux, héroe de la famosa novela de Julio Verne publicada en 1870, Veinte mil leguas de viaje submarino, ya nos lo había dicho: “Las grandes profundidades del océano nos son totalmente desconocidas... ¿Qué ocurre en esos abismos remotos? ¿Qué seres habitan... bajo la superficie de las aguas? ¿Cuál es el organismo de esos animales? Sería casi imposible concebirlo... Si la naturaleza aún tiene secretos... nada más razonable que admitir la existencia ... de especies e incluso de géneros nuevos.” Iba a transcurrir más de un siglo antes de que se descubriera uno de sus secretos. En el valle de una cadena montañosa del océano Pacífico oriental, donde el calor que emana de la actividad volcánica separa dos placas oceánicas, unos geólogos descubrieron animales dignos de la ciencia ficción. Con mis propios ojos vi unos montones de gusanos gigantes, llamados vestimentíferos, cuyo cuerpo blanco alargado está cubierto de plumas color sangre; enormes masas de mejillones amarillos acurrucados en grietas sumidas en el basalto; almejas provistas de gruesas conchas gredosas que descansan en el fondo del mar. Todos esos seres y muchas otras criaturas prosperan en las fuentes hidrotermales, suerte de sopa química reconocida hoy día como uno de los hábitats más ricos del planeta. A tal punto que algunos investigadores estiman que es el medio donde habría aparecido la vida. La vida en los fondos abisales Más de 400 especies desconocidas se han descubierto en esas fuentes. Y quedó de manifiesto un modo de vida enteramente nuevo cuando los biólogos trataron de entender cómo un gusano gigante, más grande que yo y tan grueso como mi muñeca, podía sobrevivir en un entorno tan pobre en alimentación. Las bacterias, independientes o en simbiosis con los tejidos animales que las acogen, son la clave: la fauna de las fuentes cálidas pelágicas se nutre de esos organismos microscópicos que crecen gracias a los elementos químicos simples disueltos en los fluidos hidrotermales. El descubrimiento de las fuentes hidrotermales submarinas y de las formas de vida asociadas ha demostrado cuán pobres son nuestros conocimientos sobre el océano. Y por si aún tuviéramos dudas, el trabajo de los científicos con los sedimentos blandos de las regiones batiales (situadas ente 200 y 3.000 m de profundidad) es admirable. Armados de tamices, de microscopios y de una paciencia infinita, han identificado cerca de mil especies de gusanos, caracoles y crustáceos en el fango frío retirado frente a la costa oeste de Norteamérica. Nuestros abismos submarinos son minas de biodiversidad. Se estima que albergan varios millones de especies, rivalizando así con la célebre biodiversidad de los bosques tropicales húmedos. No se sabe prácticamente nada del perfil biológico de esas especies, ni de su función en el ecosistema. La diversidad disminuye Para sumergirse en los abismos se necesita un equipo de alta tecnología, mientras que con un par de alpargatas viejas cualquiera puede lanzarse a descubrir las playas y las marismas de la costa. Las plantas marinas se desarrollan sin problemas en esas aguas soleadas: algas rojas, pardas y verdes crean auténticos bosques donde prospera un número incalculable de moluscos, crustáceos y gusanos. Los hábitats litorales son ricos y diversos: costas rocosas y playas de arena, manglares, salinas, arrecifes coralinos y pantanos, albuferas y bahías más profundas. Están amenazados por la contaminación, el desarrollo, la pesca excesiva o el recalentamiento climático. Y cuando los hábitats están en peligro o desaparecen, toda una pléyade de especies nos abandona también. Supe hace poco que estaba disminuyendo la población de cangrejos bayoneta. Se reunían ritualmente en plenilunio durante una marea de primavera, en el mes de junio, para copular y desovar. Yo solía visitar las playas donde iban a recalar, pues me maravillaba su presencia multitudinaria. Esos animales son reliquias de la época en que los dinosaurios reinaban sobre la tierra. Pero su larga historia nunca los preparó para las exigencias del mercado de la alimentación animal y de la producción de abonos. Hace veinte años eran abundantes. Como las palomas mensajeras del siglo pasado, ¿serán masacrados hasta provocar su extinción? Por diversas razones, los hábitats marinos saludables no acogen necesariamente a un gran número de especies, y la biodiversidad no es forzosamente una panacea. Lo que sí es motivo de inquietud, como en el caso de los hábitats terrestres, es la disminución de la diversidad. Como ciertos hábitats marinos pueden naturalmente tener una baja diversidad pero albergar una gran abundancia de animales, la pérdida de una sola especie es capaz de trastornar la ecología de un sistema. Ejemplo: la bahía de Chesapeake, el principal estuario de la costa atlántica de Estados Unidos. Los bancos de ostras dominan las aguas poco profundas de la bahía. Se alimentan filtrando el agua de mar. No hace mucho tiempo, sólo necesitaban una semana para filtrar el equivalente del volumen total de agua de la bahía. Excesivamente explotadas y enfermas, las poblaciones de ostras han declinado. Hoy día les hace falta un año para realizar la misma tarea. En la tierra la desaparición de mamíferos prestigiosos o la visión de los últimos jirones de selva virgen es espectacular. En el océano la pérdida de la biodiversidad escapa a nuestra mirada. Sin embargo, su impacto sobre el patrimonio que legamos a nuestros hijos es el mismo si no peor, pues si la reparación de los daños causados a un hábitat o su rehabilitación cuando ha sido destruido es una ardua tarea en aguas poco profundas, hacer otro tanto en las fondos abisales es algo inconcebible. |
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