|
La energía en la cresta de la ola France Bequette |
||
|
|
El océano podría convertirse
en un inagotable proveedor de energía, afirma el químico indio Madanjeet
Singh, autoridad internacional en la materia, pero hay que saber explotarlo pues
no ofrece las mismas posibilidades en todas las regiones del mundo. Aunque ya se
han llevado a cabo experiencias en el ámbito de la energía maremotriz,
de la energía de las olas y de la energía térmica de los mares,
lo cierto es que son pocas las aplicaciones que funcionan actualmente. Sin embargo,
en los siglos venideros éstas deberían multiplicarse, a condición
de que se realicen inversiones importantes con ese fin. Las mareas que animan los océanos constituyen una energía limpia e inagotable, no sometida como la eólica o la solar a las veleidades del clima. Pocos sitios se prestan para su explotación, pues para que una central maremotriz funcione eficazmente es preciso que en la desembocadura de un cauce de agua las mareas sean muy amplias (5 metros por lo menos), que pueda construirse un dique de cierre y que haya una red eléctrica en las cercanías que supla la intermitencia de la producción dependiente del horario de las mareas. Una de las regiones del mundo que mejor se presta para ello es el estuario del Rance, río situado en el oeste de Francia. El coeficiente medio es de 8,17 m y alcanza 13,5 m durante las mareas de equinoccio. La primera central maremotriz del mundo se instaló allí en 1966. Es también la más importante, con una potencia total de 240 megavatios (MW). ¿Cómo funcionan esas centrales? El estuario está cortado por un dique capaz de contener un gran volumen de agua, retenida por compuertas durante las altas mareas. Estas se abren durante las bajas mareas, dando paso a un salto de agua que hace girar la turbina, que a su vez pone en marcha un alternador. “En China, prosigue M. Singh, ocho centrales con una capacidad total de 6210 kilovatios explotan la energía maremotriz”. En Canadá la de Annapolis alcanza 20 MW, pero aunque numerosos sitios se presten para tales instalaciones, se estima que los costos de producción son demasiado altos, y con mayor razón si se tiene en cuenta que en el lugar la energía hidroeléctrica es abundante y más barata. Existen también proyectos en Rusia, en el mar Blanco, y en el Reino Unido, en el estuario del Severn, en el sudoeste del país, y en el del Mersey, en el noroeste. Domando las olas La explotación del oleaje, ¿ofrece mejores perspectivas? El Japón fue el primero en interesarse en este recurso, a partir de 1945, seguido por Noruega y el Reino Unido. A comienzos de agosto de 1995, la Ocean Swell Powered Renewable Energy (OSPREY), primera central eléctrica en utilizar la energía de las olas, se instaló en el norte de Escocia. El principio es el siguiente: las olas penetran en una especie de arcón sumergido, abierto en la base, e impulsan el aire hacia las turbinas que generan la corriente eléctrica. La corriente es transmitida posteriormente por un cable submarino a la costa, situada a una distancia de unos 300 m. La central tiene una potencia de 2 MW. Lamentablemente, esta construcción, dañada por las olas, fue destruida un mes más tarde por la cola del ciclón Félix. Sus creadores no se desaniman. Una nueva máquina, menos cara y con mejores resultados, ya está lista. Gracias a ella podrá suministrase corriente a las pequeñas islas que carecen cruelmente de ella y alimentar una planta de desalación de agua de mar. Transformar en electricidad la energía térmica de los mares exige una tecnología de otro tipo. La diferencia de temperatura entre las aguas superficiales de los mares tropicales –27 a 31°C todo el año– y las aguas profundas que oscila entre 6°C a 1.000 m y 0°C a 4.000 m podría accionar un motor térmico de acuerdo con el principio de las bombas de calor: un fluido, en un evaporador, pasa del estado líquido al estado gaseoso pero absorbiendo un poco de calor ambiente. Al atravesar un condensador el vapor recupera su forma líquida despidiendo calor. El problema con este sistema es que exige turbinas de gran tamaño. La primera realización de este tipo se debe al francés Georges Claude, quien, en 1930, embarcó tubos y turbinas a bordo de un barco, frente a las costas de Cuba. Los norteamericanos estudian ahora la posibilidad de instalar centrales flotantes cerca de sus costas del Sur y en Hawai, donde una funciona desde 1981. Los investigadores estiman que esta técnica brinda la posibilidad de suministrar a futuras ciudades flotantes electricidad, aire acondicionado y agua dulce, mientras que las aguas frías, no contaminadas y ricas en nutrientes, que se elevarían de las profundidades, permitirían criar peces, mariscos y algas comestibles. Sin embargo, según el ingeniero escocés S. H. Salter, el dispositivo que ofrece mejores posibilidades es el de “desborde de canal”. Se debe al noruego Even Mehlum. M. Singh explica su funcionamiento: “Las olas penetran en un canal natural o artificial cuya base se eleva mientras los costados se aproximan; ascienden hasta la parte superior y desbordan cayendo en un depósito desde el cual se precipitan en el mar atravesando una turbina.” Este sistema, económico y fiable, funciona ya en Noruega y en Java. Como afirma S. Slater, hay una inmensa variedad de sistemas, y en todo caso hay que dar muestras de imaginación. Se ha pensado por ejemplo en explotar la diferencia entre el nivel de los mares. Dos lugares se prestan para hacerlo: Egipto, gracias a un canal subterráneo que uniría el Mediterráneo a la depresión de El Qattara e Israel, del Mediterráneo al mar Muerto, siguiendo un desnivel de 400 metros. Pero el costo de este proyecto, estimado en mil millones de dólares, frena su realización. Y M. Singh llega a la siguiente conclusión: “Las energías limpias obtenidas del mar tendrán mejores perspectivas futuras en la medida en que el precio del petróleo no se fijará en función de la economía sino teniendo en cuenta el medio ambiente. Disminuir las emisiones de óxido de carbono contribuirá a salvar el planeta.” |
|