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Bilbao: el efecto Guggenheim Lucía Iglesias |
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![]() Vista de una de las escultóricas galerías. |
Bilbao deja
atrás la decadencia industrial y exhibe un rostro nuevo en el que cultura
y servicios son los conceptos clave. El museo Guggenheim Bilbao cumplirá en octubre un año de vida. Doce meses en los que el edificio del arquitecto afincado en California Frank O. Gehry ha superado todas las previsiones, ha recibido más visitantes que habitantes tiene la ciudad y contribuido a dar a Bilbao un lugar en el mapa del mundo. Mientras en los primeros noventa Sevilla estrenaba el primer tren de alta velocidad del país y se engalanaba para celebrar su Exposición Universal, Barcelona exhibía al mundo sus Juegos Olímpicos y Madrid era capital cultural europea, Bilbao, azotada por el declive de la industria pesada y el cierre de acerías y astilleros, habría podido hundirse en la nostalgia de su pasado. Pero este puerto mercante del norte de España decidió dotarse de un porvenir y borrar su imagen de ciudad gris, que poco tenía que ofrecer si no era su importancia como plaza financiera, sede de los principales bancos del país y de la segunda Bolsa de España. De la mano de prestigiosos arquitectos de todo el mundo, Bilbao emprendió una revolución que para muchos no ha hecho más que comenzar: limpieza de fachadas, renovación del puerto, un aeropuerto que ha estrenado torre de control y se prepara para recibir más vuelos que nunca con una nueva terminal, un plan de carreteras a 18 años vista, proyectos de drenaje para convertir la ría del Nervión en un espacio apto para la navegación deportiva o de placer... Un plan de reconversión de 1.500 millones de dólares en el que aunaron sus esfuerzos la Unión Europea, el gobierno central, el vasco, la diputación provincial, y la empresa privada. Entre tantos proyectos, no podía faltar el metro. Una idea de los años setenta que dormía en los cajones de la administración local que ha hecho realidad el arquitecto británico Norman Foster. Los futuristas accesos de la primera de sus líneas, semicírculos en forma de abanico pronto bautizados fosteritos por los bilbaínos, adornan la ciudad y, sobre todo, contribuyen a absorber parte del caos circulatorio que imperaba en una ciudad de 370.000 habitantes, que se elevan a un millón si tenemos en cuenta su periferia. Mientras, en Nueva York, una maratón de reuniones entre el patronato de la Fundación Solomon R. Guggenheim, dirigida por Thomas Krens, y las autoridades vascas, representadas por el lehendakari (jefe del gobierno autónomo vasco) José Antonio Ardanza, dieron como resultado el actual orgullo de todos, el museo Guggenheim. Tras el rechazo de ciudades como Sevilla, Madrid, Viena o Salzburgo, el proyecto de dar a la célebre colección de arte moderno y contemporáneo una nueva sede en Europa, además de las de Berlín y Venecia, ponía por fin rumbo a Bilbao en virtud de un acuerdo enteramente financiado por los vascos. El Ayuntamiento se comprometió a ceder el terreno, un solar en desuso que formó parte del puerto industrial, y el gobierno autónomo y las autoridades provinciales costearon los 154 millones de dólares del proyecto. A cambio, la Fundación se comprometió a poner a disposición del museo sus colecciones, a suministrar servicios de gestión y a programar las exposiciones. Paralelamente, la sede bilbaína del Guggenheim se dotaba de una colección propia cuyas obras son en su mayoría de artistas contemporáneos. Willem de Kooning, Andy Warhol o Robert Rauschenberg tienen ya casa en España, junto a figuras vascas como Txomin Badiola, Eduardo Chillida o Prudencio Irazábal. El 18 de octubre de 1997, el rey Juan Carlos, el presidente de la Fundación, el arquitecto y las autoridades inauguraron el museo ante los ojos de 10.000 curiosos. En su primer mes de vida, cien mil personas conocieron el Guggenheim, convirtiéndolo en el tercer museo más concurrido de España, detrás del Prado y del Reina Sofía, ambos en Madrid. Además, de los 700.000 visitantes en los primeros ocho meses (los cálculos más optimistas esperaban 400.000 en un año), casi uno de cada cuatro eran extranjeros. Ochenta empresas privadas se comprometieron a colaborar con el museo de una u otra forma y 86 de cada cien visitantes expresaron el deseo de volver: había nacido el efecto Guggenheim. Hoy, en Milán o Londres llueven ofertas de fin de semana para visitar este coloso de vidrio y titanio. Aprovechando la renovación del aeropuerto, compañías aéreas de países como Portugal, Bélgica o Alemania multiplican sus conexiones con la capital vizcaína. Cruceros de lujo atracan junto a los pesqueros de toda la vida en el puerto de la ciudad, donde sus acomodados pasajeros se sorprenden de la bienvenida que les brindan. En lo que antes era una zona portuaria en la que se acumulaban contenedores de carga a la espera de ser fletados, se alza hoy el último gran museo construido en el siglo XX, máximo exponente de la nueva identidad de la ciudad. Hasta el 22 de octubre cuelgan en sus paredes las obras de una exposición de 5.000 años de arte chino, desde el Neolítico hasta la Edad Moderna, que en Europa se verán únicamente en Bilbao. En sus 10.000 m2 de superficie de exposición (19 galerías en tres plantas), pueden verse hasta enero próximo las esculturas y serigrafías de la artista vasca Cristina Iglesias. Una de sus salas mide 130 metros de largo por 30 de ancho; su superficie bastaría para disputar un partido de fútbol sala. Hay un auditorio, una biblioteca, un restaurante de cocina vasca, una librería con lo último en pintura contemporánea.... Y el museo no sólo ofrece arte. Su inconfundible silueta ha sido fondo de spots publicitarios y escenario del estreno internacional del último disco de los Smashing Pumpkins, Adore. Los Simple Minds utilizaron la pinacoteca como decorado en la grabación de su videoclip Glitterball, y los modistos Carolina Herrera y Paco Rabanne transformaron su atrio central en una pasarela en la que presentaron sus colecciones. Por primera vez en mucho tiempo, esta población de clima húmedo y gris la mayor parte del año es noticia en todo el mundo por algo que no son los secuestros o la violencia terrorista. Pero, ¿cómo reaccionan los bilbaínos ante ese repentino protagonismo de una ciudad que hasta ahora ocupaba sólo unas pocas líneas en las guías turísticas? Al principio, “con escepticismo”, recuerda el periodista Félix Linares. “La gente veía las máquinas y se preguntaba: a ver qué van a hacer aquí.” Con el tiempo, se fue viendo que la cosa iba en serio, y ahora la gente está contenta y bastante divertida: “Algo tan habitual como un japonés haciendo fotografías se festeja como lo nunca visto”, comenta. Sin embargo, los restauradores todavía no se han puesto del todo a la altura de las circunstancias, y encontrar un restaurante abierto un domingo por la noche sigue siendo “misión casi imposible”, revela Linares. Para Ángel Gago, secretario general de la Asociación de Hostelería de Vizcaya, es indudable que el sector se ha revitalizado: “El turismo que antes llegaba a la provincia era de tipo económico. La gente venía entre semana a las ferias de muestras y a hacer negocios. De lunes a viernes la ocupación era más o menos correcta, pero los sábados y domingos esto era un desierto”, porque además no pocos bilbaínos pasan los fines de semana fuera de la ciudad en las playas cercanas. Actualmente, la media de ocupación anual se acerca al 43%. “Pero un aumento demasiado rápido de la oferta nos obligaría a bajar los precios, y eso es lo que no queremos los profesionales”, explica su representante. Con todo, el turista que llega hoy a Bilbao tiene un poder adquisitivo entre medio y alto, “por lo que los restaurantes y hoteles que se han beneficiado más son los que aparecen en las guías de turismo, no más de quince o veinte” en un sector que representa 8.000 establecimientos. Al margen de la razonable prudencia, Gago estima que cualquiera que visite hoy Bilbao debe hacerse la promesa de regresar: “Dese cuenta de que tenemos el museo de Gehry, el metro de Foster, el puente de Santiago Calatrava, la zona que bordea el Palacio de Congresos, que es de César Pelli, un argentino que reside y trabaja en Nueva York... pues es todo un catálogo de cinco o seis arquitectos de renombre mundial reunidos en un perímetro de pocos kilómetros.” En su reciente libro Txoriburu (Cabeza de chorlito), la escritora e ilustradora Asun Balzola describe cómo era su ciudad natal en los años cuarenta: “Eran años de hierro y vivíamos en Bilbao, ciudad también de hierro, siempre mojada, brillante y negra porque llovía sin parar (...) Las calles y las casas, muy sucias de los humos de las fábricas, tenían las sombras verdes de los paraguas.” “Bilbao era una buena réplica de Coketown, la imaginaria ciudad industrial que Dickens describe en Tiempos Difíciles”, escribe. Hoy, Balzola se sonríe al comentar la nueva imagen de la capital vizcaína: “El barrio de mi niñez ha cambiado de una manera increíble. Ha pasado de ser un sitio ruidoso e industrial a ser un lugar muy apacible. Bilbao era una ciudad gris, del estilo de lo que puede ser, no sé... Manchester, y ahora es blanca, luminosa”. Para ella, lo más curioso del efecto Guggenheim es que “la gente lo ha hecho suyo, no ven el museo como una cosa de unos señores que están en Nueva York, sino como algo propio”. Además, “lo más esperanzador es que los jóvenes son sus primeros fans. Cuando estás dentro del edificio, la luz, las espirales de su arquitectura hacen que casi dé igual lo que haya dentro, casi se podría visitar aunque estuviera vacío”. Sin duda, concluye la escritora, el Guggenheim “ha alegrado mucho Bilbao, porque se ve desde muchos sitios. Vas andando por una calle y de repente ves el monte enfrente y los tejados de titanio. Es una pasada”. Y la revolución continúa. Porque a los atractivos naturales de la región (sus paisajes y su gastronomía), se suman otros proyectos todavía en marcha: “En los cuatro o cinco años que sigan a la inauguración del Guggenheim se verá la transformación radical de la ciudad”, asegura Guillermo Fernández, del Ayuntamiento. A finales de año se inaugurará el Palacio Euskalduna de Congresos y de la Música, un edificio de los arquitectos Federico Soriano y María Dolores Palacios que asemeja a un barco en construcción y cuyo objetivo es introducir a Bilbao en los circuitos internacionales de ópera, conciertos y congresos. Lo que es seguro es que el museo de Gehry, hermano menor del edificio de Frank Lloyd Wright de la Quinta Avenida neoyorquina, figura ya como miembro de pleno derecho en los anales de la arquitectura de este siglo. Y en el exterior, además de las colas, esa sensación entre sorprendida e incrédula de los bilbaínos, que parecen decir: pues vaya con el Guggenheim. |