| Manuel Vázquez Montalbán: la libertad de la escritura |
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Entrevista realizada por Lucía Iglesias Kuntz |
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![]() Una calle peatonal de Barcelona. |
El escritor,
ensayista y periodista español Manuel Vázquez Montalbán es,
además de padre del internacionalmente célebre detective Pepe Carvalho,
un observador lúcido y comprometido de la realidad contemporánea. • ¿Sabe que Manuel Vázquez Montalbán tiene más de 200 entradas en un motor cualquiera de búsqueda de Internet? ¿Qué le parece? Manuel Vázquez Montalbán: Yo sólo conocía dos páginas de Internet. Una que me hizo un italiano y otra un gallego norteamericano que se llama Colmeiro. Las conozco las dos y sé que existen, pero no he seguido indagando. Me he hecho instalar el Internet hace poco tiempo y aún no soy un experto navegante, ni mucho menos. • ¿Por qué un hombre como usted, que escribe poesía, ensayo, columnas de opinión y siempre ha seguido con ojos críticos la actualidad internacional se puso a escribir novela policiaca? M. V. M.: Es que toda la literatura se divide en novelas policiacas y novelas de amor, absolutamente toda. Dígame usted un título, el que sea, de la literatura universal y verá que el tema es o bien la investigación de la violación de un tabú, en definitiva de un delito, o bien una historia de amor. La novela policiaca, tal como se concibió, con un imaginario fijo, es una novela de género y de serie, muy rutinaria y muy previsible. Pero la moderna novela policiaca de los últimos treinta o cuarenta años es que no se tendría que llamar policiaca, es una novela como otra cualquiera en la cual se hace básicamente una indagación sobre lo que significa un delito social. En cuanto al tratamiento, la dignidad y la ambición literaria no tiene, en mi opinión, ninguna separación con respecto a una novela que no sea policiaca. Para mí es tan ambicioso literariamente John Le Carré o Graham Greene como pueda ser Virginia Woolf. Ya sé que es una herejía, pero yo creo profundamente esto. Y me interesa que a partir de un personaje fijo eso pueda convertirse casi en una saga con respecto a la evolución de una sociedad. • ¿A qué se debe el éxito de Carvalho, el detective privado que protagoniza sus novelas? M. V. M.: Yo creo que ha tenido éxito internacional por un motivo, y es porque no solamente ha reflejado la transición española, sino una transición en un sentido más amplio. Es un hombre que reproduce la atmósfera de los años sesenta, que habían creado unas grandes expectativas de cambio ecológico, los hippies, la droga anticonceptiva, la libertad en todos los sentidos, revoluciones blandas, revoluciones líricas. Y esta especie de desesperanza finisecular, en la que todo el mundo tiene miedo a perder el trabajo, a enfermar de sida, ese miedo a la libertad que han sabido inculcar perfectamente mediante mecanismos de carácter represivo desde el Papa de Roma hasta los manipuladores de los mercados de trabajo. Carvalho ha reflejado todo eso en sus novelas, por eso yo creo que su discurso puede ser entendible en Atenas o en muchos otros lugares. • ¿Por qué la cocina tiene un papel tan importante en sus libros, de los que es casi un personaje? M. V. M.: En primer lugar, porque yo, aparte de escribir lo único que sé hacer es cocinar. En segundo lugar, porque, sobre todo en la serie Carvalho, ya que en las otras novelas no se cita la cocina casi para nada, era un recurso necesario. Un personaje fijo necesita dos o tres tics reconocibles. No hay uno solo que no los tenga. Todo lector de Maigret sabe que está esperando la cocina de temporada, los primeros guisantes en la brasserie no sé cómo y la cerveza a presión como se la sirven en no sé dónde. El público está esperando que eso llegue, que Sherlock Holmes toque el violín o que esnife. Yo a Carvalho le dí dos o tres rasgos de esas características, y los he tenido que respetar novela tras novela. Pero además creo que en lo de la cocina hay también una metáfora de la propia cultura sobre la que a veces he insistido. La cocina es la máscara de la muerte. Para comer hemos de matar, sea una lechuga o sea un animal. Si el acto es directo, es decir, matas y comes, es una salvajada. Ahora, si matas, cocinas y comes aparece la faceta cultural, que es aplicar al acto de matar un artificio o una tecnología que lo dignifican y lo convierten en cultura. • ¿Y el otro tic de su personaje, quemar libros? M. V. M.: Carvalho dice en un momento determinado, o varias veces, que quema libros porque la literatura no le ha enseñado a vivir. Eso es una exageración que no tiene sentido, pero es un rito obligado del personaje. • ¿Y Carvalho nunca va a morir literariamente? M. V. M.: Ahí yo tengo un serio problema de credibilidad. Carvalho es un señor con el que yo ya me encerré con la apuesta de darle una edad, más o menos, aunque luego me haya ido olvidando. Pero la evolución psicológica del personaje se corresponde con la biológica, y eso hace muy difícil que Carvalho sobreviva como detective privado, porque implica un rito de gestos, de agresión, de fuerza física... y francamente él ya no puede permitirse estos lujos. Entonces, una de dos, o bien después de la vuelta al mundo con Biscuter (un ex presidario que actúa como asistente del detective) en la novela milenio, que espero que salga en el 2000, lo jubilo y se me acaba o lo reconvierto en otra cosa. Yo lancé una boutade que por lo visto ha cuajado bastante y me ha obligado a pensar que quizá no lo sea tanto. Consistiría en hacerlo espía, uno de estos espías que podríamos llamar postmodernos, al servicio de nuevos poderes que antes no tenían espías, como un gobierno autonómico, o espía municipal, espía ecológico, espía industrial, espía étnico... todo eso va a ser un negocio en el futuro. La actual división de conflictos que hay en el mundo, tal como la han incluso previsto ensayistas como Toffler o Enzensberger, toda esa nueva conflictividad que va a dar lugar a guerras civiles futuras necesitará servicios de información, y, ¿por qué no convertir a Carvalho en un espía de la Generalitat?, con toda la carga de ironía y de escenario simbólico a que eso pueda dar lugar. Lo estoy contemplando como una posibilidad, y todavía no sé si va a ir adelante o no. • ¿Cómo crea sus libros? M. V. M.: Es un sistema de acumulación muy clásico. El poeta Eliot describe muy bien ese proceso de creación. Hay una fase de acumulación de materiales, consciente o inconsciente. A veces hay cosas que vas acumulando y que no piensas en primera instancia que de ahí va a salir un libro, una novela o un poema. Pero eso va creando como una reserva, como un almacén. Cuando esos materiales tienen peso suficiente, buscan una salida. Es como la morrena de un glaciar, que va acumulando material, llega un momento en que éste busca una salida y aparece una corriente. Yo creo que el proceso de creación es ése. • ¿Cómo consigue mimetizarse tanto, escribir sobre la Argentina o sobre Bangkok como si hubiera vivido allí? M. V. M.: En primer lugar está ese proceso de documentación del que acabo de hablar, y luego que cada vez los procesos ideológicos y emocionales de la gente se parecen más. Porque de hecho nos alimentamos de lo mismo, de los mismos productos culturales, de los mismos productos mediáticos... Nuestros sistemas de vida cada vez se parecen más, nuestras relaciones de producción son muy parecidas... y esto hace que podamos comprender muchas cosas de cómo nos comportamos nosotros y cómo se comportan los demás. Hay una frase que se atribuye a Aristóteles, que dice que “el hombre es lo que come” y... es que culturalmente todos comemos prácticamente lo mismo. Lo más parecido que hay a estar dentro de un barrio de la periferia de Barcelona viendo la televisión es estar en un barrio del extrarradio de Bangkok viendo la televisión. Porque además vemos los mismos programas, que son todos norteamericanos. • ¿Por eso Barcelona es casi un personaje más de muchas de sus novelas? M. V. M.: Sí. Barcelona es una ciudad portuaria y de paso, es también la coexistencia de muchas memorias dentro de un mismo lugar. Todo eso le da un carácter de ciudad plural, en todos los sentidos. Esas ciudades suelen ser muy interesantes desde el punto de vista literario. Hay muchas ciudades literarias y otras que no lo son. Barcelona tiene una gran carga de literatura dedicada a ella, como Buenos Aires, como tantas otras. En cambio, en Estados Unidos, por ejemplo, hay todo un imaginario creado por la literatura y el cine de San Francisco o de Nueva York, y en cambio apenas hay imaginario de Washington. • Y en lo personal, ¿qué es para usted la ciudad de Barcelona? M. V. M.: Es mi patria, en el sentido más auténtico de la palabra patria: el lugar donde has nacido, donde se han educado tus actos reflejos, donde has aprendido que los demás existen, y en qué medida son amenazadores o en qué medida son propicios. Donde has aprendido una serie de códigos de conducta, no sólo lingüísticos, sino de todo tipo y, también a detectar sistemas de señales por los que sientes que perteneces a ese territorio más que a ningún otro. A medida que racionalizas todo eso y haces tuya aquella afirmación de Saint-Exupéry, que decía yo soy del país de mi infancia, pues la infancia es un territorio físico, emocional, y Barcelona es eso para mí. Y concretamente yo diría que más que de Barcelona soy de un barrio de la ciudad, que es el que marca inicialmente, aunque luego se haga un esfuerzo de abstracción y de incorporación de nuevos elementos y diseños culturales. Eso es para mí básicamente Barcelona, y también, por su composición y por su historia, la clásica ciudad que no es una sola, sino que es diversas ciudades porque suma diferentes arqueologías. No solamente monumentales: la ciudad románica, la ciudad gótica, la ciudad del neoclasicismo, la del modernismo, la de Gaudí..., sino también diversas arqueologías de carácter humano. Es una ciudad que ha atraído diferentes movimientos migratorios que dieron lugar a la incorporación de elementos nuevos y a un cierto mestizaje tras el choque con la cultura previa. Es una ciudad además que se formó a finales del siglo pasado con gran parte del campesinado catalán, proletarios que acudieron a la revolución industrial de la ciudad. Es por lo tanto un encuentro de clases populares de distintos lugares del Estado. • Usted siempre ha sido una persona comprometida políticamente. ¿Piensa que la labor del escritor ha de ser obligatoriamente militante? M. V. M.: En absoluto. La escritura es un acto de libre elección. Hay un escritor que necesita esa voluntad de intervención social y política y otro que no la necesita; lo que se le ha de pedir a un escritor es que escriba bien. Yo sostengo la teoría, muy común por otra parte, de que siempre hay ideología en lo que propone cualquier escritor, aunque aparentemente sea el autor más desconectado de todo eso. Siempre hay una lectura ideológica, una toma de posición ante el mundo, la realidad y nosotros. Pero hay que respetar la libre elección del escritor, del que quiera sentirse en comunión con causas concretas y del que quiera sentirse en comunión consigo mismo. • Usted viajó recientemente a Cuba y escribió sobre la visita a la isla del Papa Juan Pablo II, ¿fue decisión suya o una idea del director de El País, el diario en el que escribe? M. V. M.: Fui a Cuba para recabar material para mi próximo libro, y cuando en mi periódico se enteraron de que iba a ir allí me pidieron crónicas. Todo lo que hay delante suyo aquí en mi despacho es cubano, todas las carpetas, documentos, libros... todo lo que está encima de las mesas es de tema cubano, porque estoy en pleno proceso de creación y por eso esto parece un campo de batalla. • A su modo de ver, ¿qué significó ese viaje? M. V. M.: La visita del Papa a Cuba me pareció un hecho capital, porque era sorprendente que al final del siglo XX, un Papa poco menos que se asumiera como el salvador de una revolución marxista. La situación me parecía entre la caricatura y el prodigio. • ¿Cómo ve el porvenir de Europa? ¿Qué papel puede representar una Europa unida en un mundo globalizado? M. V. M.: Yo creo que ya es inseparable la idea de Europa que se pueda tener con la idea de globalización. Cuando se concibió la Europa unida se tenía más una idea de bloques, de que Europa podía ser una tercera vía. El impulso inicial era impedir que las frondas que se habían producido en la lucha por el mercado europeo, que habían dado lugar entre otros motivos a las guerras mundiales, pudieran volverse a producir. Así que cuajó un imaginario de la Europa bloque, que pudiera competir con el bloque norteamericano o con el asiático. Hoy día estamos en un concepto más amplio, que es la globalización. Entonces, creo que sigue siendo interesante la idea de Europa por una característica en mi opinión determinante: Europa tiene un sustrato cultural diferente de otros bloques posibles. Y en ese sustrato cultural aún tienen mucho peso todas esas luchas por la emancipación, por la igualdad, por la libertad, que han formado parte de la historia europea. Así pues, una lectura europea del capitalismo globalizado tiene que ser a la fuerza una lectura diferente de la que puede tener una cultura como la norteamericana, para la cual una política de resultados o la eficacia del sistema son determinantes. En cambio, en una política europea, depende de quién la dirija claro, pero aún hay un background, un sustrato de memoria de la lucha por la emancipación, de conseguir conquistas sociales. Y es una lectura diferente a un desarrollo capitalista. Yo creo que es así. • ¿Y si no fuera así? M. V. M.: Si no fuera así dejaría de interesarme bastante el proyecto. Ahora, si la Europa que se va a organizar tiene una verdadera política social interna y externa, una política más solidaria con respecto a las relaciones Norte-Sur, es una Europa que me interesa. Pero si va a ser un bloque más, que va a hacer la misma política que puedan a hacer otros, evidentemente no habrá más remedio que asumirlo, pero para mí no tendrá interés. Y yo creo que la intención y la finalidad de la Europa unida dependerán mucho de la correlación de fuerzas que haya dentro de ella. Si acaban imponiéndose los sectores neoliberales duros de capitalismo salvaje, Europa será un bloque capitalista salvaje. • ¿Qué le parece el auge de los nuevos medios electrónicos de expresión? En su opinión, ¿la cultura audiovisual reemplazará a la cultura escrita? M. V. M.: Hasta ahora cualquier nuevo medio que ha aparecido ha suscitado esa polémica de que iba a acabar con el libro, y no ha sido así. Cada medio ha tenido luego su territorio y su función fundamental. Quizá a las nuevas generaciones que ya llevan incorporado el ordenador como instrumento les resulte más fácil. Pero leer un texto literario en una pantalla, yo no creo que esto se pueda hacer nunca. Se podrán generar incluso nuevas formas de expresión literaria a través de la pantalla, pero no tendrán la consistencia, la duración o la extensión que podrá tener una novela. Por lo tanto, podrán surgir nuevos géneros quizá relacionados con el ordenador, pero los tradicionales yo creo que están muy ligados a la formalización del libro y a la operación de luego poder recuperar la lectura, volver atrás y adelante y a la sensación del tacto de un objeto, el vehicular de la literatura, que es el libro. • ¿Qué significó para usted ser nombrado doctor honoris causa por la Universidad Autónoma de Barcelona? M. V. M.: Como acto de una gran entidad simbólica, no lo fue, porque no llevó nadie toga ni nada de eso. Tuvo todo un carácter como el que describió mi editora italiana, que dijo que parecía un acto de mayo del 68. Todo el mundo estuvo muy distendido, muy suelto. Yo no me di casi cuenta del rito, pero claro, tenía una íntima satisfacción, y es que en cierto sentido lo que había publicado en la dirección de la historia de la comunicación había tenido su fruto. Con respecto a esa Universidad, tengo recuerdos muy especiales. Yo escribí un libro en la cárcel, que publiqué en el año 63, que se llama Informe sobre la información. Todo el material que utilicé, porque era el único que me dejaban meter en la cárcel, fue el de la Unesco. Por eso, mi Informe se parece tanto al Informe McBride, aunque sin falsa humildad debo decir que yo lo publiqué antes. Porque me basaba en los informes de la Unesco sobre la desigualdad en la repartición del papel, la desigualdad de la repartición de las grandes agencias de noticias, etc. Ese libro fue en España como el tuerto en el país de los ciegos, aunque lo escribí a los 22 años y con una precariedad de materiales bastante notable. En un momento en el que toda la literatura de la comunicación estaba copada por la oficial del franquismo, o por la doctrina social de la Iglesia, que no era mucho mejor, este libro apareció como una especie de bálsamo, y fue adoptado secretamente por escuelas de periodismo y estudiosos. Ese vínculo con la Universidad lo reforcé luego actuando como profesor de comunicación, dirigiendo también algunos seminarios y publicando algunos libros. Todo eso forma parte de uno de mis sustratos, y entrar en esa universidad supuso el reconocimiento a esa parte mi actividad. • ¿Piensa que los jóvenes pueden abordar con esperanza el siglo XXI? M. V. M.: Nunca hay que dar consejos a nadie, y mensajes de esperanza..., si lo planteamos de una manera bastante cínica, en el mejor sentido de esa palabra... es que la esperanza la van a necesitar, aunque implica autoengaño. Si no tienes un mínimo de esperanza o confianza en el futuro, aunque te tengas que autoengañar, entonces llegarías a unos niveles de lucidez en los que lo más aconsejable sería el suicidio individual y colectivo. Para que haya esperanza tiene que haber una cierta capacidad de autoengaño, o bien tener una fe tan extraordinaria en tu proyecto, sea religioso, amoroso, social, ideológico, que pases por encima de cualquier cosa. Como eso hoy en día es muy difícil, porque los grandes actos de fe después de la comprobación de lo que ha sido la historia es muy difícil tenerlos, a lo que se ha de llegar como conclusión es a que la esperanza es necesaria para continuar el juego mecánico de la existencia. Entonces, lo que sí que hay que tener, lo que estoy transmitiendo en todo lo que puedo escribir es que estamos asistiendo a un punto culturalmente bastante siniestro. Se nos está inculcando por parte de la cultura dominante, primero la inutilidad del saber histórico, la inutilidad de la indagación hacia el pasado y también la inutilidad de tener utopías, de pensar que las cosas podrían ser diferentes. Si se hace un análisis del por qué estos dos planteamientos culturales llegan al mismo tiempo se ve que están perfectamente ensamblados, y te obligan a estar sólo pendiente del presente, a no juzgar nunca el espectáculo del desorden, social o económico, a no buscar de dónde viene. Como te han extirpado el derecho a analizar quién es el culpable en el pasado de esto de hoy, además la historia se queda sin culpables, que es lo que les interesa. En segundo lugar, cuando tú dices que deberíamos organizar las cosas de una manera diferente, te dicen, oiga, usted es un utopista peligroso, ¿no se ha dado cuenta usted de a dónde nos han llevado las utopías del siglo XX? que, ¿a qué te obligan?, a aceptar lo que te dan: el orden que te dan, el mercado de trabajo que te dan, las relaciones Norte-Sur que te dan, las relaciones centro y periferia que te dan... porque si tú dices que podría ser de una manera diferente, casi cae encima tuyo el estigma de post-revolucionario nostálgico. Por eso, para creer en el futuro hay que pensar que hay que recuperar por una parte el pasado y saber las causas de lo que estás viviendo y por otra parte ejercer el derecho que tiene toda promoción humana nueva a modificar lo que encuentra. |