¿Hacia el fin del trabajo?

Charles Goldfinger, Consultor internacional, autor de Travail et hors-travail vers une société fluide (Editions Odile Jacob, 1998) y L’utile et le futile - l’économie de l’immatériel (Odile Jacob, 1994).

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© H. Donnezan/Rapho, Paris
















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La importancia de las labores de medición, de evaluación y de control no cesa de aumentar.













Nuevas fuentes de empleo

C.G.

La disminución del número de empleos en los sectores tradicionales parece general e irreversible. En los países industrializados en su conjunto, la proporción correspondiente al empleo industrial bajó de 28% en 1970 a 18% en 1994. En cambio, en el sector de servicios aumentan sin cesar. Con más precisión, es posible identificar cuatro grandes fuentes de nuevos empleos.
Las actividades de gestión de la información y del conocimiento: los servicios informáticos, la investigación y el desarrollo, la enseñanza y la formación emplean 40% de los trabajadores del conocimiento. Esas actividades que requieren un alto grado de saber contribuyeron en un 43% a la creación neta de empleos en Estados Unidos entre 1990 y 1995, si bien sólo representan 28% del empleo total.
La infotecnología: en ese ámbito hay penuria. Hasta tal punto que las asociaciones profesionales dan la voz de alarma y claman el apoyo de los poderes públicos. En la Unión Europea el desequilibrio entre la oferta y la demanda asciende a 500.000 empleos.
El sector de la salud: el desarrollo de los servicios que exigen un alto grado de saber tiene que ver con la prolongación de la esperanza de vida y el envejecimiento de la población, pese a lo cual la aspiración al bienestar físico y psicológico no cesa de aumentar. El incremento de los gastos de salud es persistente y universal. En los países de la O
CDE tomados en conjunto, esos gastos pasaron de 3,9% del PIB en 1960 a 7,2% en 1980 y a 8,4% en 1992.
La economía del esparcimiento: a ella obedece la expansión de los servicios culturales, deportivos y de distracción. Sumamente heterogénea, comprende tanto los parques de diversiones y los conciertos de rock como la cultura de alto nivel, ópera y grandes exposiciones de pintura, por ejemplo. Los productos de las industrias culturales se han convertido en bienes de consumo de masas. Jamás se había leído, escuchado música clásica y visitado museos hasta tal punto. Las infotecnologías van a ampliar aún más esta oferta. En California del Sur y en Nueva York los oficios en el sector del esparcimiento y de los multimedia constituyen una de las principales fuentes de nuevos empleos. En Los Angeles, las actividades vinculadas al cine y a la televisión generaron 40.000 puestos entre 1992 y 1997, y Hollywood se ha convertido en el principal empleador de esa metrópoli.

No, el advenimiento de una economía de lo inmaterial no es la sentencia de muerte del trabajo. Pero se acabaron las cadencias regulares, el empleo seguro, las jerarquías inmutables y los planes de carrera.

La profunda transformación de la economía suscita inquietudes. ¿Nos dirigimos acaso hacia el “fin del trabajo” anunciado por el economista norteamericano Jeremy Rifkin? Para éste y sus partidarios, hemos llegado al término de una evolución: la industria ya no crea empleos y en el sector de servicios la automatización sólo puede reducirlos. Es decir, que el volumen de trabajo está condenado inexorablemente a disminuir.
Sea cual sea su popularidad, esta tesis es errónea y perniciosa. La historia muestra que la innovación tecnológica siempre ha creado empleos en gran escala. La evolución actual no conduce de ninguna manera hacia el fin del trabajo. Por el contrario, la nueva economía encierra importantes fuentes de empleos nuevos que pueden compensar con creces las inevitables pérdidas de empleos tradicionales.

Auge del teletrabajo
La dinámica de la economía inmaterial transforma profundamente todos los aspectos del trabajo: su naturaleza, su organización, sus relaciones con las demás actividades. Su esencia no es la fabricación de objetos físicos, sino la manipulación de datos, de imágenes y de símbolos. El contenido de cada oficio se torna cada vez más abstracto. Un obrero calificado debe saber muchas más matemáticas que su padre o su abuelo. Incluso para ordeñar vacas o producir piezas de fábrica, la importancia de las labores de medición, de evaluación y de control no cesa de aumentar.
Cada vez más descarnado en su objeto, el trabajo lo es también en su conducción. La unidad de tiempo, de espacio y de acción, que caracterizaba el trabajo de la economía industrial, estalla en mil pedazos. El mundo del trabajo ya no avanza a la cadencia regular de ocho horas por día y cinco días por semana. Nuevos ritmos aparecen: el febril de los mercados financieros en perpetuo movimiento; el desigual de los oficios del espectáculo; el irregular de una producción vertiginosa cuyos elementos se entregan pocos minutos antes del montaje de los productos finales. El nuevo trabajo abandona sus lugares tradicionales: fábricas, oficinas, depósitos. Es la irrupción del teletrabajo: en el año 2000 los teletrabajadores europeos podrían ser 10 millones, frente a un millón en 1994.
Esta dispersión temporal y espacial va acompañada de una explosión funcional. La diversidad de oficios y modos de trabajo aumenta constantemente. En Estados Unidos el número de categorías de empleos ha pasado de 80 en los años cuarenta a cerca de 800 en la actualidad. Al mismo tiempo, los oficios se tornan obsoletos cada vez más rápido, sobre todo en la infotecnología, en la que numerosos empleos tienen un tiempo de vida limitado a unos pocos años. El trabajo se vuelve a la vez más descarnado y más inmediato, más disociado y más integrado: por un lado, la parcelación temporal y espacial es mucho más pronunciada que en la economía industrial; por otro, la infotecnología refuerza los vínculos entre las distintas etapas del trabajo y da fluidez al conjunto.

La productividad se dispersa
El nuevo trabajo tiene un carácter no lineal: en la manipulación de la información, del saber o de la emoción ya no existe una relación directa entre el nivel del esfuerzo realizado y el resultado final. Ello trae consigo una gran dispersión de la productividad. Mientras en el trabajo industrial la diferencia entre un obrero con un buen rendimiento y uno mediocre era del orden de uno a cinco como máximo, en el trabajo inmaterial un excelente programador es cien veces más productivo que un programador medio.
El carácter no lineal del trabajo influye en las estructuras. La noción de jerarquía formal y rígida, impuesta en función de criterios inamovibles, ya no tiene mayor sentido. Hoy día sólo cuentan la competencia técnica, científica o artística, así como la capacidad de establecer un vínculo duradero con el cliente. La jerarquía funcional es reemplazada por lo que Thomas Stewart, un periodista de la revista estadounidense Fortune, llama “el cerebro-poder”, pues la autoridad es ejercida por quienes crean y controlan el nuevo patrimonio de activos intangibles (la información, la imagen, los conocimientos tecnológicos, el capital humano).
Las nuevas técnicas de gestión de los recursos humanos dan un carácter personal al control del rendimiento. Dos personas que ejerzan un oficio similar pueden tener una remuneración y una posición diferentes. Los aumentos automáticos y uniformes se dejan de lado en provecho de primas dependientes de los resultados. En la nueva empresa ya no hay sinecura, trátese de los trabajadores de base, de los ejecutivos o de los técnicos, supuestos beneficiarios de la nueva economía del saber. Ni siquiera los dirigentes se encuentran a salvo: el director gerente de una gran empresa norteamericana tiene hoy día diez posibilidades más de ser despedido por resultados deficientes que hace veinte años. Las nociones de lealtad y de lazos indestructibles entre la empresa y sus empleados ya no significan gran cosa.
La nueva dinámica del trabajo provoca una fuerte proliferación de los llamados empleos atípicos: tiempo parcial, trabajo temporal, horarios flexibles, contratos de corta duración. La casi totalidad de los empleos creados en Europa entre 1992 y 1996 eran de jornada parcial. Esta situación inquieta a numerosos observadores, pues a su juicio refleja un subempleo latente, incluso una desocupación disfrazada. Pero su pesimismo es exagerado. La multiplicación de los empleos atípicos se debe a la convergencia de varias tendencias estables. En el plano de la oferta de trabajo, el auge de los empleos atípicos forma parte de las estrategias de adaptación a una economía global, que funciona los siete días de la semana y las 24 horas del día, y de respuesta a la presión de la competencia. Para hacer frente a ésta, las empresas deben perseguir una utilización más eficaz y más flexible de la fuerza de trabajo. El desarrollo de los empleos no tradicionales obedece también a la evolución de la demanda. Los consumidores desean poder comprar instantáneamente los productos y servicios más variados, o distraerse en cualquier momento y en cualquier lugar. Para satisfacer esas aspiraciones, se necesitan tiendas o centros de atracciones abiertos hasta tarde y los domingos. La desmaterialización refuerza esa tendencia: la economía virtual de Internet es insomne.
La apertura de una amplia gama de formas de trabajo refleja por último factores demográficos estables, en particular la mayor participación de las mujeres y la prolongación de la esperanza de vida. Si para algunos el empleo atípico representa un mal necesario, para otros, en especial las mujeres, obedece a su propia decisión.
Entre los modos de trabajo tradicionales y los nuevos, las barreras ya no son herméticas: el movimiento entre unos y otros es cada vez más frecuente. En el curso de su existencia, una misma persona puede pasar de la jornada completa a la parcial, de la oficina al teletrabajo, de la seguridad de una firma poderosa a la aventura de una empresa propia. Las transformaciones de los modos de trabajo acarrean también una disipación de las fronteras rígidas que delimitaban su campo de aplicación. Los ámbitos tradicionalmente diferentes del trabajo, la educación y el esparcimiento, constituyen ahora espacios entrelazados y coexisten con flexibilidad en una especie de triple hélice de la vida social.

La mutación y sus frenos
La economía moderna, basada en la relación y en lo inmaterial, contiene un enorme potencial de crecimiento, puesto que no la limitan los inconvenientes de la escasez física. Sin embargo, la transición hacia la economía de lo inmaterial es un proceso abierto. A los poderes públicos les incumbe un papel decisivo en su orientación. Pueden retrasar la transformación, haciéndola más dolorosa y más costosa. Dos hipótesis pesimistas son plausibles: una economía que crea pocos empleos nuevos y se polariza entre una pequeña elite y el resto de la población, condenada a la marginalidad y a la precariedad. Ese riesgo es aún mayor dado que el marco reglamentario y legislativo actual, así como las concepciones ampliamente aceptadas y pesimistas del trabajo, constituyen frenos poderosos a la transformación y a la realización de las hipótesis optimistas. Estas exigen una profunda modificación de las estructuras institucionales y más aún un cambio profundo de los comportamientos y las mentalidades. Ahora bien, esas modificaciones son difíciles y entrañan riesgos políticos. Tropiezan con fuertes resistencias de los cuerpos constituidos y con la inercia psicológica y social. Sin embargo, la apuesta por un nuevo enfoque del empleo debe emprenderse si se quiere recoger el reto de la mutación.

El Correo de la UNESCO