¿Debe legalizarse la prostitución?

Amy Otchet

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Locales de prostitución en un barrio de Amsterdam, Países Bajos.
















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En Manila, las prostitutas se acercan
a los barcos buscando clientes.






El marco legal

Según el Convenio de las Naciones Unidas para la represión de la trata de personas y de la explotación de la prostitución ajena, de 1949, ratificado por 72 Estados: “la prostitución y el mal que la acompaña, la trata de personas... son incompatibles con la dignidad y el valor de la persona humana...” Las Partes se comprometen a castigar a toda persona que
• concertare la prostitución de otra persona, aun con el consentimiento de tal persona;
“explotare la prostitución de otra persona, aun con el consentimiento de tal persona”;
• mantuviere una casa de prostitución, la administrare o a sabiendas la sostuviere o participara en su financiamiento”;
• diere o tomare a sabiendas en arriendo un edificio... para explotar la prostitución ajena”.
En la práctica los gobiernos han establecido tres marcos legales básicos sobre la prostitución:
La prohibición implica que la aceptación de un pago a cambio de sexo y a veces el hecho de pagar se consideran ilegales y se castigan. Así sucede, por ejemplo, en los Estados del Golfo y en la mayor parte del territorio de Estados Unidos.
La penalización significa que la ley prohíbe ciertas actividades relacionadas con el hecho de pagar por el sexo en lugar del sexo pagado en sí. Esas actividades son buscar clientes, anunciarse, vivir de las ganancias de la prostitución, reclutar prostitutas o ayudarlas a pasar de un país a otro. Este es el marco legal más frecuente del sexo comercial en toda Europa Occidental, la India, el Sudeste asiático, Canadá, Australia y el Pacífico y la mayoría de los países de América Latina.
La reglamentación indica la existencia de excepciones al derecho penal para aquellos sectores de la industria sexual que cumplan ciertas condiciones. En el caso de las trabajadores del sexo, esos sistemas suelen imponer controles de salud obligatorios.

Algunos ejemplos:
Brasil: la prostitución no es ilegal, pero sí lo es dirigir un burdel, alquilar locales a las prostitutas, explotar a menores o vivir de las ganancias de una prostituta.
Canadá: la ley no prohíbe el acto de la prostitución, pero penaliza un buen número de actividades afines, como la provocación, vivir de las ganancias de la prostitución, montar un prostíbulo, etc.
Dinamarca: no es ilegal prestar servicios sexuales siempre y cuando la prostitución no sea la principal fuente de ingresos (en cuyo caso la acusación es de vagabundeo). Es ilegal el reclutamiento.
Grecia y Turquía: ambos países han legalizado la prostitución. Las prostitutas deben inscribirse en un registro y acudir a una clínica para someterse a reconocimientos regulares, en ocasiones hasta dos veces por semana.
India: Pese a las numerosas leyes que existen contra la industria del sexo y la prostitución tradicional relacionada con las castas, la prostitución y la trata son corrientes. Las condiciones en que ejercen las prostitutas son pésimas.
Senegal: Es ilegal ayudar, instigar, provocar o vivir de las ganancias de la prostitución o montar un burdel. Las prostitutas tienen que inscribirse en un registro, ser titulares de una tarjeta y someterse a reconocimientos médicos regulares. La mayoría de las mujeres trabajan en el sector informal. La aplicación de la ley es escasa.
Tailandia: Es ilegal prostituirse o vivir de las ganancias de la prostitución, pero las leyes apenas se aplican.


Fuente: Prostitution Education Network






El dilema europeo

En algunos países europeos, como Alemania o los Países Bajos, ejercer la prostitución es legal, pero únicamente para los ciudadanos de la Unión Europea. Esta restricción tiene como objetivo combatir el tráfico de mujeres en general, pero a veces agrava indirectamente la suerte de éstas.
Según la Organización Internacional de Migraciones, 80% de las casi 10.000 mujeres víctimas de tráfico en Alemania proceden de países de Europa Central o del Este (y no de Asia, como podría creerse). Un cierto número de estas mujeres eran conscientes de que al expatriarse tendrían que prostituirse, pero no esperaban tener que vivir en condiciones tan duras. A menudo, se les confisca el pasaporte y el dinero con el que podrían regresar a su país. A veces son violadas, vendidas a clubes de alterne o a otros proxenetas. Y si se rebelan, sus familiares reciben amenazas en sus países de origen. Se supone que las leyes alemanas deberían protegerlas, pero como no disponen de permiso de trabajo quedan confinadas en su estatuto de inmigrantes ilegales, sin ningún derecho. En 1997, las autoridades alemanas detuvieron a más de 1.500 mujeres víctimas de estos tráficos, expulsando a 95% de ellas.

Algunos grupos de mujeres consideran que las prostitutas son víctimas, pero para otros son “trabajadoras sexuales” con plenos derechos.

Según la International Sex and Red-Light Guide (Guía Internacional del Sexo y la Prostitución), “desde que los chinos sentenciaron que ‘quien consigue la riqueza consigue la gloria’, las mujeres sin familia, inteligencia o fortuna han utilizado el único medio de que disponían para ganar dinero rápidamente. Una habitación, una cama, una provisión de preservativos, una luz roja... y ya está el burdel montado. A 30 dólares por cliente, estas muchachas pueden ganar mucho más que trabajando en una fábrica por 4 dólares diarios, como suele suceder en casi todos los países subdesarrollados.”
Esta guía, que cuesta 30 dólares en Estados Unidos, añade que cada uno debe sacar el mayor beneficio posible de esta actividad comercial. Según sus autores, la prostitución es un negocio cuyo único principio es el de obtener lo más posible por la suma que se paga. “Si una mujer elige utilizar su cuerpo de este modo, en lugar de dejarse explotar como una esclava por empleadores de miseria, y si hay hombres dispuestos a pagar mejor que esos explotadores, no hay nada que objetar. Después de todo, no se trata de nuestro cuerpo ni de nuestro dinero, así que tampoco es asunto nuestro. Pero mientras no se arregle la situación económica mundial y el problema de la superpoblación, alguien tendrá que pagar la cuenta.”
Pero, ¿quién? ¿Los más pobres, los más vulnerables? No se puede negar que la industria del sexo ha adquirido dimensiones internacionales y que en muchos países, sobre todo de Asia, es un motor de la economía. La ironía está en que la prostitución no es del todo legal. Y su legalización, ¿reduciría algunas de las desigualdades y los abusos de que son víctimas las prostitutas? ¿O, al legitimarla, se anularía la labor de varios decenios para mejorar la condición femenina?

El eterno debate
A primera vista, estas preguntas parecen un refrito de un debate eterno, pero no lo son. La cuestión no se plantea ya en términos de moralidad, el dilema es si la prostitución es una forma de explotación que debe ser abolida o una profesión que hay que reglamentar.
Frente a esta polémica las agrupaciones de mujeres del mundo entero aparecen divididas en dos bandos: las que quieren erradicar la prostitución —como la Coalición no gubernamental contra la Trata de Mujeres—, y los grupos, radicados principalmente en el Reino Unido, los Países Bajos y Estados Unidos, que consideran a las prostitutas “trabajadoras del sexo” y defienden sus derechos. La hostilidad entre unos y otros es considerable. Por ejemplo, la Coalición acusa a los partidarios de reconocer los derechos de las prostitutas de representar los intereses de ‘chulos y proxenetas’. Y éstos responden afirmando que las abolicionistas permanecen encerradas en la torre de marfil de un feminismo académico, ajeno a la realidad que viven las prostitutas.
La línea divisoria entre los dos campos es la distinción entre la prostitución “libre” y la prostitución “forzada”. En general, las abolicionistas sostienen que la gran mayoría de esas mujeres son obligadas a ejercer la prostitución, y las trabajadoras del sexo replican que las cosas no son forzosamente así. En lo que unas y otras coinciden, aunque por distintas razones, es en que esta distinción simplifica excesivamente el problema. Es evidente que una niña nepalí de 12 años vendida a un prostíbulo de la India infestado por el sida no ha dado su consentimiento a esta forma de esclavitud. La drogadicta neoyorquina que tiene que hacer su cupo de clientes para que un proxeneta le administre la dosis que necesita tampoco es libre de tomar ninguna decisión. Pero, ¿qué sucede con la ucraniana que se queda sin empleo y decide irse a trabajar de camarera a Alemania pero termina en un burdel?
Para la Coalición, “las distinciones entre prostitución libre y forzada encubren las decisivas condiciones estructurales socioeconómicas —pobreza, marginación, falta de oportunidades y abuso sexual previo— que suelen llevar a las mujeres y las niñas a prostituirse”, según afirma Aurora Javate de Dios, de la filial de Asia y el Pacífico. “La crisis económica, las catástrofes naturales, la agitación política y las situaciones conflictivas convierten a mujeres y niñas en presa fácil de los traficantes y proxenetas. Este fenómeno se observa en todas partes, pero sobre todo en los países del Sur.” Javate de Dios estima que las leyes orientadas a establecer una distinción entre prostitución libre y forzada no tendrán nunca en cuenta la complicada dinámica de esas situaciones. Pueden tal vez hacer identificar las formas más extremas de coacción, pero ignoran las consecuencias de la pobreza y legitiman implícitamente las relaciones patriarcales.
En el bando opuesto, la línea de separación entre prostitución libre y forzada tampoco representa gran cosa. Lin Chew, ex portavoz de la Fundación contra la Trata de Mujeres, una
ONG de trabajadoras del sexo con sede en los Países Bajos, se pregunta: “¿cuándo toma alguien decisiones libremente, sobre todo en el mercado laboral? ¿Acaso un hombre que trabaja en una fábrica de productos químicos por un salario que nunca le permitirá salir de la pobreza ha elegido esa forma de vida? Y, ¿qué pasa con las mujeres que debido a su origen social nunca podrán desarrollar sus competencias? ¿Por qué el principio de la libre elección habría de aplicarse sólo a la prostitución?”
Ahora bien, hay un punto en el que ambos campos están de acuerdo: la despenalización. Es hora de revocar las leyes que han servido para castigar a las prostitutas en aras de la protección de la decencia y el orden públicos. Pero a partir de aquí vuelven a surgir las divergencias. Para los grupos abolicionistas como la Coalición, las mujeres son víctimas, pero todos los que se aprovechan de su explotación merecen ser castigados. Sin embargo, para los grupos que defienden los derechos de las prostitutas, no se puede ayudar a las trabajadoras del sexo si se condena a sus empleadores a la clandestinidad. En cambio es posible tratar de mejorar su situación, garantizando a esas trabajadoras un trato justo y protección frente a los riesgos profesionales. Este es, seguramente, el último capítulo del debate: el papel del Estado.
En este tema los grupos que abogan por los derechos de las prostitutas presentan divisiones internas. Unos defienden la despenalización completa, es decir, sin reglamentación ninguna, y otros militan a favor de una legalización controlada. Con ella, se instaurarían por ejemplo controles sanitarios, zonas de prostitución libre alejadas de los barrios residenciales, y, en suma, cobertura social para las profesionales con todo lo que ello implica: pagar impuestos sobre la renta, pero también tener derecho a seguridad social y jubilación.
En teoría, la finalidad de todas estas normas es proteger a las prostitutas, pero para algunos grupos como
COYOTE, partidario de la legalización total y radicado en Estados Unidos, algunas de ellas surten el efecto contrario. Según un informe de COYOTE, los burdeles regentados por el gobierno “serían la peor pesadilla de una prostituta, sobre todo cuando hay ya tantos antecedentes de abusos por parte de la policía”.
En cuanto a los permisos, “no contribuyen para nada a garantizar la seguridad del cliente ni de la prostituta. Esto no quiere decir que las mujeres no deban someterse a reconocimientos médicos frecuentes. Deben hacerlo”, afirma
COYOTE, aludiendo a las quejas según las cuales las mujeres son tratadas como ganado por los inspectores sanitarios en locales mal equipados. “Al igual que un restaurante pierde su reputación si la comida que sirve no está en buenas condiciones, la libertad de mercado regulará la situación sanitaria de las mujeres trabajadoras.”
Para la Coalición contra la Trata de Mujeres, el debate sobre el papel del Estado no es más que un medio de eludir los verdaderos problemas. La denominación de “trabajadoras del sexo” no dignifica a la mujer en cuestión, sino a los chulos, proxenetas y traficantes. Según Janice Raymond, afiliada también a la Coalición, “lo que las mujeres prostituidas tienen que soportar en su ‘trabajo’ equivale a lo que en otros contextos correspondería a la definición aceptada de acoso y abuso sexual. ¿El hecho de que se pague una cantidad de dinero transforma ese abuso en un ‘empleo’ al que se da el nombre de ‘trabajo sexual comercial’?”

Cursos de prostitución
Raymond hace alusión a los cursos de pago que existen en los Países Bajos para aprender a hacer ese trabajo sexual y que abarcan todos sus aspectos, desde cómo comportarse en los bares hasta la información sobre impuestos. “¿Qué persona en sus cabales animaría a una jovencita a “formarse” en esa actividad comercial? ¿Por qué se presta tanta atención a fomentar el ‘comercio’ y no se hace nada para ayudar a las mujeres a salir de él?”, se pregunta. “Porque es mucho más fácil creer que esas mujeres son prostitutas por eleccción... Pero si ha de plantearse la cuestión de la elección, planteémosla a los clientes: ¿por qué hay hombres que eligen comprar los cuerpos de millones de mujeres, llamar sexo a esa operación y, aparentemente, disfrutar con ello?”












Tecnologías para el desarme

Las minas antipersonal han matado o mutilado a 26.000 individuos en todos los rincones del planeta. En Camboya, uno de cada 200 ciudadanos sufre algún tipo de amputación debido a accidentes con armas de este tipo.
El 1° de marzo de 1999 entrará en vigor el tratado firmado por 130 países y ratificado por más de 40
1 que prohíbe el uso, almacenamiento, producción y transporte de minas antipersonal y urge a la destrucción de los más de cien millones de ellas activas en el mundo (véase El Correo de la UNESCO de octubre de 1998, pág. 35). El problema es cómo hacerlo con el mínimo riesgo para el ser humano.
La empresa española
GTD lidera el proyecto de 25 millones de dólares que, bautizado Advanced Global System to Eliminate Antipersonnel Landmines (ANGEL) y financiado por el programa europeo Eureka, trabaja en el desarrollo de una solución viable. “No proponemos una panacea universal, porque los remedios mágicos no existen”, explica el responsable del proyecto en GTD. “Pero el interés de nuestro sistema radica en que aúna varias tecnologías”, añade, citando entre ellas la telerrobótica, la observación por satélite y los más avanzados sistemas de medición electromagnética.
El método en estudio define las áreas sospechosas utilizando sobre todo datos geográficos proporcionados por satélites. A continuación, un pequeño helicóptero, no tripulado y dotado de sensores específicos, inspecciona esa zona para distinguir los sectores ciertamente libres de explosivos —y por lo tanto seguros para la población—, de los potencialmente minados. La siguiente fase se hace desde tierra, mediante un todoterreno ligero con un equipo capaz de ubicar de manera exacta cada una de las minas. Por último, un tercer vehículo, éste sí manejado por un operario, servirá de soporte para neutralizar o destruir las minas.
El desminador trabajará desde el interior de una estación debidamente acondicionada situada entre 50 y 100 metros de la amenaza, mejora considerable si se tiene en cuenta que, con los sistemas actuales, durante las tareas manuales la distancia entre hombre y mina es de pocos centímetros, lo que supone un enorme riesgo para el operador.
Aunque A
NGEL no será del todo operativo hasta el año 2004, los primeros ensayos reales se realizarán antes en Tuzla (Bosnia y Herzegovina), cuya universidad es una de las quince instituciones asociadas al proyecto, junto con las principales empresas del sector aeroespacial europeo (como la francesa Matra o la alemana Dornier) y el Massachusetts Institute of Technology (MIT) estadounidense.


1. Hasta septiembre de 1998

El Correo de la UNESCO