|
Africa a la hora del relevo Codou Bop, en Dakar |
|
|
|
Los cambios experimentados
por las sociedades africanas en los últimos cincuenta años han minado
los fundamentos del poder tradicional de los ancianos. El poder del mayor tenía también una base política y religiosa. Regía los destinos de la aldea, participando en el consejo de ancianos y administraba el culto rendido a los antepasados, velaba por el respeto del orden social y sancionaba a quien transgrediese las prohibiciones. El anciano era el amo, aun cuando consultara a los menores, en especial sobre los asuntos familiares. Inspiraba un profundo respeto. Los jóvenes y las mujeres adoptaban una actitud sumisa frente a él. Cuando el individuo prevalece sobre el clan En las sociedades africanas, en su mayoría patrilineales y en las que mujer e hijos vivían con la familia del marido, las mujeres conservaban hasta su muerte un estatuto social inferior. Adquirían influencia al llegar a la menopausia, que acercaba su condición a la del hombre, pero nunca obtenían el derecho a representar a la familia o a asumir la responsabilidad de ésta. Incluso ancianas, estaban ausentes de los lugares de decisión oficiales y no disponían de poder económico o social. En el mejor de los casos, ejercían su autoridad en la esfera privada, en particular sobre sus nueras. Una serie de acontecimientos en la historia reciente han permitido a los jóvenes suplantar a sus mayores. La colonización, el advenimiento de las religiones reveladas, la generalización de la economía de mercado y del trabajo asalariado han hecho que el individuo prevalezca sobre el clan y han desbaratado las estructuras tradicionales. Pero los factores decisivos de la emancipación de los jóvenes han sido la escolarización y la urbanización. En los años cuarenta y cincuenta, la escasa minoría que tuvo acceso a la escuela de los blancos cumplió un papel decisivo en la transformación de las sociedades africanas y en la eliminación de los ancianos de las instancias del poder. La educación occidental descalificó el saber de éstos. Ahora los que “saben” son los escolarizados, es decir los jóvenes. Sus estudios, que prosiguen en la ciudad, les permiten además escapar a la tutela de los viejos de la aldea. En el periodo colonial, las escuelas primarias, las misiones y las escuelas normales contribuyeron así a formar a jóvenes africanos calificados de “evolucionados”: maestros, funcionarios, agentes sanitarios, etc. Mientras algunos se apartaban de sus hermanos de raza y de los valores africanos, otros cobraban conciencia de la opresión colonial y se acercaban a la clase obrera que se formaba en las ciudades. Estaban a la vanguardia de los combates políticos y sindicales y de la lucha por la independencia. Así, en su gran mayoría, los primeros jefes de Estado africanos fueron jóvenes. Pero, al acaparar el poder hasta una edad avanzada, algunos reforzaron la idea de que la gerontocracia africana aún no había dicho su última palabra. Un nuevo estilo de vida La evolución de la sociedad sigue carcomiendo sin embargo los fundamentos de ésta. La urbanización ha asestado otro golpe a esta forma de organización política de carácter eminentemente rural. En los años cuarenta, las actividades económicas empezaron a desplazarse hacia las ciudades. Los jóvenes constituyen el grupo con mayor movilidad, capaz de adaptarse a la vida urbana, a las nuevas tecnologías y a las formas modernas de trabajo. Son también más permeables a los valores occidentales, transmitidos por el sistema escolar, la administración y los medios de comunicación. Aunque los jóvenes de las ciudades siguen apegados a su aldea de origen, como viven lejos de su comunidad, adoptan nuevos estilos de vida y conquistan su autonomía. Surge una sociedad más individualista, en la que las relaciones de dominación y sumisión de los jóvenes a sus mayores tiene cada vez menos vigencia. Ahora, todo muchacho que dispone de los medios indispensables, puede casarse. Incluso las zonas rurales, que intensifican sus intercambios con las ciudades, no pueden sustraerse a esta evolución. Pero hay que hacer dos reparos. Por un lado, persiste la desigualdad entre los sexos. Las mujeres, incluso en las ciudades, siguen sometidas a la voluntad de los hombres de su familia. Por otro, la persistencia de una tasa de escolarización y de urbanización modestas, el desempleo y la pobreza mantienen a la gran mayoría de los jóvenes africanos en una situación de dependencia frente al grupo. La pregunta de si van a ser capaces de tomar el relevo de sus padres se plantea hoy con dramatismo. |