
En la tienda de la Asociación Semilla se vende la ropa fabricada
en su taller.
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Alrededor del mundo
Europa no tiene el monopolio de las empresas sociales, que
trabajan en la conjunción de lo económico y lo social. En el Japón
hace tiempo que existen mutuales de seguros y cooperativas de consumidores. Más
recientemente, nuevas cooperativas han aparecido en el sector de los servicios, las
más de las veces por iniciativa de mujeres. Desde hace más diez años,
en Quebec el programa de lucha contra el desempleo apoya la creación de cooperativas
y de asociaciones de reinserción. En Estados Unidos surgen numerosas iniciativas
comunitarias basadas en la actividad voluntaria. Las que sobreviven establecen lazos
con asociaciones y autoridades locales, pero pocas veces cuentan con apoyo del gobierno.
En Africa y en América Latina se multiplican las cajas de microcrédito,
las agrupaciones de base y otras asociaciones de barrio, sumamente activas en materia
de formación profesional y de creación de puestos de trabajo. Constituyen
un sector informal a veces más importante que el mercado del trabajo “estructurado”.
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Educación
personalizada contra deserción masiva
Un grupo de educadores uruguayos decidió luchar contra
el analfabetismo en un barrio pobre de Montevideo dedicando una atención personalizada
tanto a los niños desertores de la escuela como a sus madres.
Según los educadores, la principal causa del fracaso escolar es el insuficiente
contacto del niño con la escritura en su entorno familiar, donde prima el
lenguaje oral aprendido sobre todo con la madre. Un niño que vende dulces
en la calle, por ejemplo, puede fracasar en sus cursos de matemática en la
escuela, a pesar de ser muy ágil en operaciones de suma y resta. Incapaz de
desvincularse de los objetos concretos mediante abstracciones, el niño no
logra escribir con símbolos matemáticos las operaciones que realiza
a diario mentalmente.
Las madres, en general analfabetas o analfabetas funcionales, desempeñan un
papel clave para que el niño pueda aprender a manejar símbolos y acceda
al pensamiento abstracto, estimulándolo positivamente. Para integrarla al
proceso de aprendizaje se realizan dos reuniones semanales de una hora con la madre
y sus hijos en su propio hogar, después de haber negociado los horarios con
el educador.
El proyecto –que involucró a 1.168 personas y cuenta con el apoyo del Ministerio
de Educación uruguayo y la ong Terre des Hommes– no pretende reemplazar la
escuela sino crear puentes para que los jóvenes regresen a ella. Su éxito
radicó precisamente en que un 100% de los jóvenes de las 88 familias
que participaron en él regresaron a la escuela y mejoraron de modo sustancial
sus resultados. No sólo la lectura se convirtió en una nueva actividad
dentro de la familia, sino que además algunos niños y madres han empezado
a escribir diarios personales, lo que ha servido para “reforzar la autoestima de
los niños y canalizar la agresividad de las madres”, según Adriana
Briozzo, coordinadora del proyecto del Instituto de Educación Popular “El
Abrojo”. También se han organizado lecturas callejeras y se creó una
biblioteca ambulante. Los educadores de “El Abrojo” esperan poder extender este proyecto
–ganador del Premio Alfabetización Noma de la UNESCO en 1998– a un número mayor de familias.
abrojo@chasque.apc.org
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Semilla, al igual que miles
de asociaciones en España, lucha por la integración social de los jóvenes
cumpliendo la función de pasarela hacia el mercado del trabajo.
“Algunos no podemos
ir a la ‘poli’, no podemos pedir un crédito al banco, no podemos elegir...
Yo sólo tengo mi nombre.” Esta frase de un personaje de Mi nombre es Joe,
la última película del cineasta británico Ken Loach sobre la
exclusión social, define perfectamente la situación de los que se hallan
fuera del “sistema”. El objetivo de la Asociación Semilla, como el de tantas
ong de España dedicadas a la integración social de los jóvenes,
es romper el círculo vicioso de la exclusión y permitir a los menores
de 25 años encontrar un trabajo estable y, lo que es más importante,
aprender un oficio. “La idea es apoyar el empleo de continuidad. Pero a corto plazo
encontrar un trabajo aunque sólo sea por unos meses es un primer paso, así
tienen algo que poner en su currículum, porque estos chavales poseen muchas
habilidades, pero no pueden hacerlas constar en un documento oficial”, observa Luis
Oscar Reyes, responsable del centro de información juvenil y del club de empleo
de esta asociación que nació hace casi un cuarto de siglo y que tiene
su sede principal en la ciudad dormitorio madrileña de Villaverde.
“Creo que esta experiencia me permitirá encontrar un trabajo”, asegura Cristina,
de 19 años, que conoció la existencia de Semilla en el colegio y que,
tras dos años en el taller de diseño y moda, donde estudió corte
y confección, trabaja ahora en la tienda Metas— también propiedad de
esta ONG—. Allí ha aprendido los entresijos de un negocio de decoración
textil y ropa de hogar: desde cómo se lleva la caja hasta el trato con el
público o la fabricación de cortinas, estores o edredones. “Van rotando
en los distintos puestos. Aprenden cómo funciona una empresa y, lo que es
más importante, asumen responsabilidades”, afirma Paloma, encargada de la
tienda, en la que, además de las estudiantes, trabajan cinco personas contratadas,
tres educadoras y dos costureras profesionales.
Más
vale prevenir que curar
Cristina es una de los cientos de jóvenes que han pasado por los locales de
esta ong que actualmente acoge a 270 personas y cuyos programas están financiados
por organismos públicos y privados españoles y europeos. Su ubicación
en Villaverde no es casual. Este suburbio tiene un alto índice de fracaso
escolar (60%), alcoholismo, paro, drogadicción, familias desestructuradas
o bandas juveniles. Los jóvenes alumnos llegan a la asociación por
propia iniciativa, por consejo de familiares y amigos o por derivación de
los servicios sociales. Los menores de 16 años (edad límite de la escolarización
obligatoria) pasan primero por el centro de día, donde quienes llevan más
de cuatro meses sin acudir a la escuela reciben una educación adaptada a su
situación. También hay un programa en horario de tarde para ayudar
a los adolescentes a superar el fracaso escolar.
Para los mayores existen tres talleres prelaborales con una duración que oscila
entre dos y tres años: informática, diseño y moda, y hostelería.
El último estadio de la formación es la inserción laboral que,
en un primer momento, se lleva a cabo en la propia asociación que cuenta,
además de la tienda-taller, con un servicio de cátering. “Luego, tenemos
convenios con distintas empresas como Campofrío (una de las principales empresas
españolas de alimentación) o Alcampo (multinacional francesa) para
que los jóvenes puedan realizar prácticas no remuneradas durante un
periodo no superior a tres meses. También hemos puesto en marcha un proceso
de inserción laboral tutelada en el que participan 40 jóvenes y que
consiste en subvencionar a las empresas con 30.000 pesetas mensuales si contratan
a estos chicos durante seis meses”, dice Reyes. Además, la asociación
funciona como un centro de empleo que canaliza ofertas de trabajo, ayuda a redactar
un currículum y orienta sobre los cursos de formación que imparte el
Instituto Nacional de Empleo (INEM). Aunque los responsables de la Asociación
Semilla no disponen de datos precisos, aseguran que un 80% de sus beneficiarios han
encontrado trabajo, muchos de ellos en pequeñas tiendas del propio barrio.
La experiencia de Semilla no es única. Si bien no existen datos oficiales
ni una legislación específica al respecto, se calcula que en España
hay más de un millar de organizaciones de este tipo, incluyendo las llamadas
cooperativas sociales –las más numerosas–, las empresas de inserción
y otras iniciativas similares, sobre todo, en Cataluña (más de 200),
Andalucía (150), Madrid (100), las dos Castillas (60), País Vasco (50),
Valencia (50) y Galicia (50). Difieren en métodos o en organización,
pero todas comparten un principio fundamental para combatir la marginación:
la lucha contra la exclusión tiene que comenzar antes de que ésta se
produzca.
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