Viajar por el estado de Bihar, al este de
la India, supone enfrentarse a múltiples dificultades, ya que los trenes están
siempre abarrotados y los autobuses deteriorados. En las llanuras del sur de la zona
central, a 100 km de la capital, Patna, situada en la orilla meridional del Ganges,
los desplazamientos son problemáticos debido al mal estado de las carreteras.
Además, los que viajan por esta región pueden verse obligados a solicitar
un salvoconducto a ciertas facciones armadas, que a veces pueden ser grupos maoístas,
pero que por lo común son los senas o ejércitos privados de la casta
de los propietarios de tierras. Se diría que de esta región ha desaparecido
toda autoridad encargada de velar por el cumplimiento de la ley.
Danwar Bihta es una aldea perdida por esos parajes remotos. A sólo 40 km de
Ara, la capital del distrito, resulta casi inaccesible a causa del pésimo
estado de la carretera. Existe la posibilidad de cruzar en barca el río Sone,
que no tiene puente, pero muy pocos son los que se atreven a hacerlo, por miedo a
las facciones armadas que campean en ambas orillas.
Danwar Bihta es un claro exponente de la anarquía generalizada que actualmente
impera en Bihar. Allí apenas se tiene noticia de las leyes promulgadas por
el poder legislativo. Los pobres viven en condiciones vergonzosas, como las bestias,
y pocos son los que llegan a viejos. En los últimos treinta años se
han producido en Danwar Bihta y aledaños varias matanzas que se han cobrado
la vida de más de mil personas, en su mayoría “dalits” o intocables
sin tierra.
Kusumlal es un jornalero que sobrevivió de milagro a la matanza perpetrada
por los terratenientes de Danwar Bihta el día de la elecciones legislativas
de 1989 y en la que perecieron acribillados a balazos más de 20 “dalits” que
pretendían votar libremente. Al igual que otros supervivientes de la matanza,
Kusumlal y su familia tuvieron que marcharse del pueblo porque sus vidas corrían
peligro, y viven ahora en unas chozas construidas junto a la carretera próxima
a la escuela primaria de una aldea a cinco kilómetros de Danwar Bihta. El
apiñamiento de las chozas, la pertenencia de todos a la misma casta, la distancia
que los separa de los terratenientes y la vecindad de la escuela brindan una seguridad
relativa.
Las cosas son aún peores para la mujer de Kusumlal, Dhanpatia, y su hija Punamia,
de ocho años, que tienen que recorrer a diario dos kilómetros para
acarrear el agua del río Sone en vasijas de barro. En la aldea el agua no
escasea pero la familia de Kusumlal pertenece, como otras, a la casta de los “intocables”,
y los habitantes del pueblo no les dejan sacar el agua de la alberca pública
que tienen a cuatro pasos.
La lucha armada
Kusumlal y su hijo Manjhi, de once
años, no encuentran trabajo en la aldea porque los terratenientes locales
no quieren dárselo, y, en su situación, no pueden arriesgarse a pedirlo
a quienes le dejaron como recuerdo la cicatriz de una herida de bala en el hombro
derecho. En busca de algún trabajo, tienen que recorrer distancias enormes,
a veces hasta diez kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, para ganar
30 miserables rupias al día (70 centavos de dólar). Lo peor es que
esos trabajos sólo existen durante cuatro meses al año, y los ocho
restantes no hay más que hambre y miseria.
Cuando se ve desocupado, el hijo de Kusumlal asiste a la escuela, pero esto no quiere
decir que reciba algún tipo de educación. Con frecuencia la escuela
está cerrada, ya que el maestro, un terrateniente de una aldea vecina, prefiere
dedicarse a supervisar las faenas agrícolas en sus tierras que a enseñar
a los niños “dalit”. A nadie se le ha ocurrido mandar a la hija de Kusumlal
a la escuela, ya que lo único que se espera de una niña es que se ocupe
cuanto antes de las faenas domésticas.
El propio Kusumlal apenas tiene idea de lo que es el mundo más allá
de su infortunada existencia. Jamás asistió a la escuela, y ha pasado
toda su vida sin salir de Danwar Bihta o sus inmediaciones. Fue varias veces a Ara,
convocado para testimoniar en el proceso a que dio lugar la matanza perpetrada en
su pueblo, pero todo lo que vio fue la sala del tribunal.
Kusumlal no ha perdido la esperanza. Sabe que no es el único en su caso. Comparten
sus condiciones de vida casi millón y medio de jornaleros “dalit” de Bihar,
que empiezan a agruparse para constituir organizaciones de campesinos y jornaleros
que luchen por mejorar su situación. Ante la imposibilidad de zafarse por
medios pacíficos de la implacable represión de que son víctimas,
algunos “dalit” como Kusumlal apoyan el Grupo Guerrero Popular (PWG) y el Centro
Comunista Maoísta (MCC), partidarios de la lucha armada para acabar con la
dominación de las castas superiores. Muchos otros se suman al Partido Comunista
de la India (marxista-leninista), conocido localmente como “Maaley”, que combina
la acción política y la lucha campesina. Juntos han formado su propio
“ejército” para defender sus derechos.
No es dinero lo que Kusumlal quiere, sino un trato digno. Quiere que los terratenientes
dejen de violar y de explotar sexualmente a las mujeres de su casta, y que el Ranbir
Sena, el ejército privado que mantienen, no lleve a cabo más matanzas.
No sabe cuándo, pero está convencido de que un día sus deseos
se realizarán. |
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La extrema pobreza y
la opresión están a la orden del día para los “dalits” (intocables)
del estado más atrasado de la India. ¿Por cuánto tiempo seguirán
aún sin ser atendidas sus legítimas reivindicaciones en pro de un trato
humano y digno?
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Bihar: el imperio de la injusticia
Bihar es, detrás de Uttar Pradesh, el estado más poblado de la India.
Su extensión equivale a la mitad de Alemania, pero su población es
superior a la de Alemania y Austria juntas. Este estado, cuyo nombre se deriva del
término sánscrito vihara (monasterio), cuenta con innumerables monumentos
y sitios históricos budistas, entre ellos el de Bodh Gaya, donde Buda alcanzó
la iluminación hace 2.500 años.
Contrastando con su glorioso pasado, Bihar se encuentra hoy sumergido en el caos
económico y en tensiones sociales sin precedentes. Le corresponde el dudoso
honor de ser uno de los estados con mayor índice de criminalidad (14 asesinatos
diarios y un secuestro cada cuatro horas). Al igual que en otros estados de la India,
la población está dividida en castas según un sistema ancestral,
en el que los “dalit” o intocables ocupan el peldaño más bajo de la
escala social. Los intocables representan el 15% de la población del estado,
pero poseen menos de 2% de las tierras cultivadas. Esta desigualdad ocasiona tensiones
sociales, que dan lugar a frecuentes choques entre los propietarios de tierras y
los jornaleros “dalit”, privados de ellas. La resistencia activa se inició
en los años sesenta, al integrarse estos últimos en grupos de inspiración
maoísta.
Los terratenientes y otros miembros de las castas superiores, por su parte, reclutaron
sus propios ejércitos para defender su supremacía. Las mujeres, los
niños y los ancianos suelen ser las víctimas de esas matanzas. El gobierno
de la nación, sea cual sea el partido en el poder, se ve impotente para poner
fin a treinta años de violencia.
Bihar, con el índice de alfabetización y la renta per capita más
bajos del país, es el estado más atrasado de la India y, al mismo tiempo,
el más rico en recursos minerales (40% de la producción total de la
India). El actual primer ministro, Rabri Devi, dirige el gobierno centrista del Rashtriya
Janata Dal (Partido Nacional Popular).
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