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Los peligros del agua virtual J.A. Allan, Profesor de la Escuela de Estudios Orientales de la Universidad de Londres |
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![]() Cosecha de trigo en Siria. ![]() En Egipto los campesinos pobres sólo disponen de métodos tradicionales de riego. |
Los dirigentes de los países dotados de agua desde hace cinco mil años deben armarse de un valor sobrehumano para anunciar que las reservas se agotan. Los jefes de Estado prefieren afirmar que son “suficientes”. Es un engaño. Es cierto que las reservas de agua dulce bastan par saciar la sed de la población —un metro cúbico de agua por año y por persona. Pueden también satisfacer las necesidades domésticas e industriales ordinarias, aún cuando ambas aumenten. Pero distan mucho de poder atender las enormes necesidades de la agricultura. Se requieren anualmente por lo menos 1.000 metros cúbicos de agua de mala calidad para producir lo indispensable para alimentar a un individuo. A fin de no correr riesgos políticos, los dirigentes esgrimen la solución cómoda del agua virtual. Para obtener una tonelada de trigo se requieren 1.000 toneladas (metros cúbicos) de agua. Importar un millón de toneladas de trigo equivale pues a importar mil millones de toneladas de agua. Desde finales de los años ochenta, la región importó 40 millones de toneladas de cereales y de harina al año. En términos de agua virtual, es más que la cantidad de agua del Nilo utilizada para la agricultura de todo Egipto. Este agua virtual está disponible de inmediato, y además no cuesta caro. En el mercado actual, dominado por Estados Unidos y la Unión Europea, el trigo se vende aproximadamente a la mitad de su precio de coste. Cultivar en el desierto La región saca todo el partido posible de esta situación, importando un producto altamente subvencionado que, además, permite ahorrar un recurso precioso. Pero el hecho de depender del comercio internacional para un recurso tan vital no es socialmente aceptable y no constituye una buena estrategia política. Todos los países aspiran a la autosuficiencia alimentaria. Así, en los Emiratos Arabes Unidos, a través de kilómetros de tuberías se abastecen de agua desalinizada las granjas más alejadas del desierto y se transporta tierra de un lugar a otro para crear nuevas explotaciones agrícolas. Hasta 1991 Arabia Saudí utilizó enormes cantidades de agua fósil —extraordinariamente pura pero no renovable— para producir trigo. En Libia el “Gran Proyecto de Río Artificial” consiste en bombear aguas profundas en el Norte del país y transportarla por cañerías subterráneas hasta las orillas del Mediterráneo para regar 200.000 hectáreas. Se estima que su coste será de 25.000 millones de dólares. Estos ejemplos son extremos. Pero en Egipto, donde alrededor de 90% del presupuesto para el agua se destina a la agricultura, el año pasado se importaron 7,5 millones de toneladas de cereales, o sea 7.500 millones de metros cúbicos de agua virtual, para alimentar a los 63 millones de habitantes del país. Al minimizar la importancia del agua virtual, existe el riesgo de que los países en cuestión no valoren debidamente el precio del agua y dejen de adoptar las medidas impopulares que se imponen. En Egipto el agua de riego es casi gratuita, lo que en definitiva resulta sumamente caro. Utilizada en la industria y en los servicios, la misma cantidad de agua podría proporcionar un beneficio cien veces superior. Pero políticamente la transición es un asunto delicado. Casi 40% de la población activa trabaja en la agricultura, y los campesinos, en su mayoría, disponen de un terreno de menos de dos hectáreas. No se puede pretender que, de la noche a la mañana, esa gente acepte pagar por el agua y abandonar su estilo de vida actual. Se necesita tiempo para modificar la percepción que la población tiene del agua y para desarrollar una economía diversificada que cree nuevos oficios en otros sectores. En ese aspecto, Israel constituye un ejemplo interesante. En ese país que se comprometió a hacer florecer el desierto, los sistemas de riego de que disponen los campesinos son sumamente eficaces. En los últimos diez años el gobierno demostró que era posible reducir el costo del agua para los cultivos agrícolas. Así, es uno de los pocos países del mundo que cobra buena parte de los gastos de suministro de agua de riego (40%). Sin embargo, para amortizar su costo real habría que duplicar o triplicar el precio actual del agua. Otros países de la región, como Jordania, Túnez o Marruecos, empiezan a adoptar una política semejante. El comercio del agua virtual tal vez permita ganar tiempo y disminuir las tensiones sociales inherentes a una transición difícil. O bien puede servir para dejar de hacer frente a un problema real. |