Las buenas recetas chilenas

Eduardo Olivares, en Santiago

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Una olla popular al aire libre en Santiago.






















Todos los años, cerca de 12 millones de niños mueren en el mundo antes de haber cumplido cinco años.





























 

Medidas ultraliberales primero y luego la decisiva intervención del Estado hiceron retroceder la pobreza. Pero las desigualdades persisten.

Chile es el único país de América Latina donde la pobreza ha retrocedido en el último decenio. Según la Comisión Económica para América Latina (C
EPAL, organismo de las Naciones Unidas con sede en Santiago), la tendencia se inició en 1987, durante la dictadura del general Pinochet, dos años antes del restablecimiento de la democracia. Ese año, 39% de los chilenos vivían bajo el umbral de pobreza. En 1996 no eran más que 20%. Y, según el Presidente chileno Eduardo Frei, dos millones de personas (de una población de 14,5 millones de habitantes) salieron de la pobreza entre 1990 y 1998, y la extrema pobreza disminuyó a la mitad.
A juicio de los analistas, tres grandes factores explican la envergadura de este proceso: crecimiento económico sostenido, aumento del gasto público en servicios sociales y puesta en marcha de programas para fomentar la producción. Ahora bien, cada sector político quiere llevarse los laureles. Destacando que la pobreza empezó a retroceder al final del régimen militar, la derecha estima que en buena medida ese resultado es fruto de las políticas ultraliberales instauradas a partir de 1978. En efecto, el general Pinochet había recurrido a los expertos monetaristas de la llamada escuela de Chicago (discípulos de Milton Friedmann) y su país fue el primero del continente en aplicar una desregulación generalizada y en practicar privatizaciones, abrir los mercados y disminuir los impuestos. Se controló la inflación, el crecimiento adquirió nuevo ímpetu y afluyeron las inversiones extranjeras, por lo que a fines de los años ochenta Chile fue considerado “el jaguar del Sur”. Los “Chicago Boys” habían prometido una riqueza “desbordante” y un retroceso “automático” de la pobreza, pero la regresión de esta última tardó en producirse. Además, ante el aumento de las protestas populares y al acercarse los comicios electorales de 1988 y 1989, el régimen había realizado esfuerzos en el plano social.
Una cosa es cierta: el presidente Patricio Aylwin, elegido en 1989, y su sucesor Eduardo Frei, en el poder desde 1994, aplicaron políticas claramente dirigidas contra la pobreza para contrarrestar los efectos negativos del modelo ultraliberal, que había dejado subsistir un alto nivel de pobreza. Paralelamente, el crecimiento sostenido persistió (un promedio anual de 7% entre 1991 y 1997, hasta que aminoró en 1998 como consecuencia de la crisis asiática). En 1996, 71% del gasto público se destinó a programas sociales y el salario mínimo aumentó 55% en términos reales entre 1989 y 1996, o sea más rápido que la productividad del trabajo. Para financiar esas medidas se contó con la colaboración de las empresas, que no se mostraron reacias a pagar impuestos sobre el aumento de sus beneficios. Sin embargo, en ningún momento se intentó aplicar impuestos sobre la fortuna, pues ello habría provocado una fuerte resistencia.

Un desafío para el futuro
Además de este esfuerzo de redistribución en el marco de un modelo que el presidente Aylwin había denominado “desarrollo con equidad”, se lanzaron programas de estímulo a la creación de empresas. Asimismo, se facilitó y se subvencionó el acceso a servicios como la electricidad, el teléfono, el agua potable y la capacitación de adultos. Otros programas contemplan el envío de profesionales jóvenes a las regiones más pobres del país, a fin de que inicien allí proyectos de desarrollo con la participación de mano de obra local. El Fondo de Solidaridad e Inversión Social (F
OSIS) cumplió, por su parte, un papel importante. Nacido hace siete años, financia más de 18.000 proyectos productivos elaborados por familias rurales, pescadores, pueblos indígenas y microempresarios, y cuenta con un presupuesto para formar a los participantes.
Persiste, sin embargo, una “deuda social” que el país aún no logra pagar, a saber la brecha que separa a los más ricos de los más pobres. Un informe del Banco Mundial para 1998-1999 muestra que Chile forma parte de los diez países del mundo donde las desigualdades son más pronunciadas: 10% de las personas más ricas del país tienen ingresos treinta veces superiores a los del 10% de personas más pobres. Esas disparidades demasiado grandes constituyen, pese a los progresos logrados en materia de lucha contra la pobreza, un desafío para el futuro de Chile.

El Correo de la UNESCO