Armas genéticas: ¿una pesadilla
del siglo
XXI?

Ethirajan Anbarasan

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© Jacques Langevin/Sygma, París









“Es urgente estudiar salvaguardias de carácter social y ético para impedir la fabricación y el uso
de armas étnicas.”









Investigación sobre el genoma: esperanzas y dilemas

Lanzado en 1990, el Proyecto sobre el Genoma Humano es un programa de investigación internacional de quince años de duración, dotado de un presupuesto de 3.000 millones de dólares. Apunta a descubrir e identificar el conjunto de nuestros 60.000 a 80.000 genes (el genoma humano). De dimensión internacional, ha sido presentado como el principal esfuerzo científico jamás intentado en biología. También persigue determinar la secuencia completa de los 3.000 millones de subunidades del adn humano (ácido desoxirribonucleico), la molécula que codifica la información genética y da las instrucciones biológicas necesarias para “fabricar” un ser humano. Por lo menos dieciocho países han lanzado hasta la fecha proyectos de investigación sobre el genoma, y mil individuos de cincuenta nacionalidades son miembros de la Human Genome Organization (HUGO), la institución que procura coordinar la cooperación internacional.
En 1998, alrededor de 7% de los genes habían sido secuenciados y normalmente el proyecto debe concluir en 2003, para el cincuentenario del descubrimiento de la estructura del
ADN por James Watson y Francis Crick. Al determinar la secuencia de las bases en el ADN humano en su totalidad, se terminará por saber dónde están situados los genes y qué instrucciones lleva cada segmento de ADN en particular. Gracias a esas informaciones, los investigadores podrán entender la función de los genes y cómo provocan las enfermedades. La investigación sobre el genoma ha ayudado ya a los científicos a identificar los genes ligados a la diabetes, al cáncer de mama y a la enfermedad de Alzheimer.
El proyecto plantea también una serie de dilemas inéditos, en aspectos como las pruebas genéticas de predisposición a las enfermedades hereditarias, la posible utilización de la información genética sobre los individuos con fines comerciales (en los seguros, por ejemplo) y utilización conjunta de los conocimientos por parte de países ricos y pobres.
Por último, la U
NESCO adoptó la Declaración Universal sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos, que las Naciones Unidas hicieron suya el 9 de diciembre de 1998. Establece en particular que nadie debe ser objeto de discriminaciones basadas en sus características genéticas, que tendrían por finalidad o por efecto atentar contra sus derechos individuales.



Sitios web
http://www.
gene.ucl.ac.uk/hugo
(The Human Genome Organization)
http://www.
nhgri.nih.gov
(The National Human Genome Research Institute)
http://www.
ornl.gov/hgmis
(Human Genome Project Information)
http://www.
tigr.org
(The Institute for Genomic Research)
http://ww.bma.
org.uk/mindex.htm
(British Medical Association)








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© T.B.G./Sipa Press, París

Frente a la amenaza de las nuevas armas biológicas fabricadas gracias a la cartografía del genoma humano, es urgente reforzar los controles.

Parece un asunto de ciencia ficción. Pero al igual que muchos otros vaticinios que con excesiva rapidez fueron juzgados delirantes, éste podría convertirse en realidad. Los progresos recientes de la investigación quizás se traduzcan en la creación de un arsenal biológico de nuevo cuño, capaz de atacar a un grupo humano con características biológicas comunes, como podría ser el caso de ciertos grupos étnicos.
“Lamentablemente, será posible concebir armas biológicas de este tipo cuando se sepa más acerca del genoma”, estima Vivienne Nathanson, que dirige la comisión “Ciencia y política de salud” de la British Medical Association (B
MA), la organización profesional de los médicos británicos. Esta perspectiva podría desprenderse de las investigaciones internacionales realizadas en el marco del Proyecto sobre el Genoma Humano (véase el recuadro), cuya finalidad es trazar el mapa y la secuencia de los genes contenidos en nuestro organismo.

¿Reglamentar la investigación genética?
A fines del año pasado, la investigación sobre el genoma dio un paso fundamental: por primera vez los científicos descifraron la totalidad del programa genético de un animal. Se trataba de un microscópico ascaris, el Caenohabditis elegans, pero como las lombrices y los seres humanos tienen muchos genes en común, los biólogos estiman que el genoma de la lombriz es una clave esencial para interpretar el funcionamiento del nuestro. Y cuando los científicos conozcan en detalle los mecanismos genéticos de los seres humanos, les resultará más fácil encontrar las causas de numerosas enfermedades. Una vez establecido el mapa genético de un individuo, un médico podrá saber por anticipado si un determinado medicamento le hará efecto o no y sabrá adaptar el tratamiento. Será posible de ese modo descubrir predisposiciones a diversas enfermedades y, gracias a la terapia génica, reemplazar los genes deficientes o reparar los defectuosos.
Pero también es posible que las investigaciones tengan funestas consecuencias. Se ha demostrado que, en el plano biológico, los seres humanos tienen entre sí más puntos en común que diferencias, desacreditando así los viejos prejuicios raciales. Pero las diferencias existen. Y si las investigaciones en curso producen datos suficientes sobre la distinciones genéticas entre grupos humanos, peligrosos microorganismos podrían un día dirigirse específicamente contra algunos de ellos.
Malcolm Dando toma muy en serio esta posibilidad. Este profesor de la Universidad de Bradford (Reino Unido), es especialista en temas relacionados con la paz. En su reciente informe, titulado “Biotecnología, armas y humanidad”, que redactó para la Bma, explica cómo la revolución biotecnológica podría ser utilizada para atacar la constitución genética de un grupo étnico. “Es urgente estudiar salvaguardias de carácter social y ético para impedir la fabricación y el uso de armas étnicas”, estima. Los científicos reconocen que aún no son técnicamente realizables, pero, para algunos, podrían llegar a serlo en los próximos diez años. “Es inútil esperar el término del Proyecto sobre el Genoma Humano, insiste Malcolm Dando. No se puede dejar pasar más tiempo sin reglamentar la investigación genética.” Recuerda que la comunidad internacional ya inició la lucha para eliminar las armas biológicas existentes. Estas son portadoras de agentes que propagan enfermedades mortales, como el ántrax y otras toxinas, que pueden diezmar a los seres humanos sin causar el menor daño a los edificios o a las infra-estructuras. Según Dando, algunos cientos de kilos de una preparación bacteriológica podrían matar hasta tres millones de personas concentradas en una ciudad como Nueva York.
Es sabido que el régimen del apartheid, en Sudáfrica, había preparado armas biológicas que podrían utilizarse contra la población negra, en especial tornándola estéril. Pero hasta ahora son pocos los Estados que han recurrido a las armas biológicas durante una guerra, en parte por temor de aniquilar a poblaciones amigas o matar a sus propios soldados. Los avances recientes de la investigación genética mencionados por Dando eliminarían esos temores.
Algunos países utilizan ya los conocimientos genéticos para “mejorar” sus armas biológicas, por ejemplo dotándolas de agentes que refuercen la resistencia a los antibióticos. Es probable que esa tendencia se acentúe a medida que se conozcan las aplicaciones de ese saber.

Establecer procedimientos de control
La proliferación de los conocimientos sobre las armas biológicas se acentuó con el derrumbe de la Unión Soviética. En la U
RSS de los años ochenta, cerca de 30.000 científicos se dedicaban a la biología. En su mayoría hoy están sin trabajo, debido a la dificultades económicas del país. El año pasado algunos revelaron que ciertos Estados habían establecido contacto con ellos, pues querían obtener informaciones sobre los microbios utilizables en caso de guerra para destruir o proteger cosechas y sobre las técnicas de ingeniería genética que podían servir para fabricar gérmenes mortales sin antídoto. Según Dando, existen medios de disuadir a los científicos de la ex URSS de embarcarse en empresas de esa índole. Por ejemplo, habría que acercarse a ellos para impulsar proyectos comunes de investigación así como la reconversión en actividades civiles de los laboratorios e institutos que en el pasado se dedicaban a la defensa.
A los especialistas en control de armamentos les inquieta mucho que las armas biológicas caigan en manos de grupos terroristas o de sectas. En 1995, el atentado con gas sarin (un gas tóxico asfixiante y mortal) cometido por la secta Aum Shinrykio en el metro de Tokio arrojó un saldo de doce muertos y 5.000 heridos. La investigación reveló que a la secta no le había costado nada encontrar científicos que trabajaran en las armas biológicas, pero que no había podido utilizarlas porque no contaba con el vector adecuado.
Frente a esos riesgos, la primera medida que preconizan los expertos es reforzar la Convención sobre Armas Bacteriológicas y Toxínicas de 1972, que prohíbe concebir, fabricar, almacenar o adquirir armas de ese tipo. Sin embargo, ese instrumento no ha disuadido a los 142 Estados que lo firmaron de realizar investigaciones y obtener informaciones sobre las armas biológicas, “esencialmente, precisa Dando, porque esa convención no establece ningún procedimiento de control”.

Informaciones genéticas accesibles por Internet
“La amenaza de nuevas armas genéticas va a convertirse en un problema serio para la comunidad internacional”, estima Michael Moodie, Presidente del Instituto de Control de Armas Químicas y Biológicas, con sede en Estados Unidos. “La convención se refiere a esas armas pero habría que añadirle un protocolo que establezca medidas de control eficaces que se apliquen plenamente para tener la seguridad de que los Estados respeten sus obligaciones. Podría recurrirse a diversos medios, como el control de las exportaciones y el fortalecimiento de los dispositivos de información sobre los países sujetos a riesgo.”
El informe de la B
MA llama a los científicos y a los médicos a asumir sus responsabilidades morales, negándose a participar en todo proyecto de fabricación de armas biológicas y genéticas. Aboga por una estrecha vigilancia de todos los campos de la biotecnología a nivel mundial, y por que se abra un debate público acerca del uso del mapa del genoma. “Esas medidas pueden reducir la amenaza, pero no eliminarla”, comenta Nathanson.
Existe una inquietud cada vez mayor en cuanto a un posible uso indebido de las informaciones genéticas accesibles por Internet. Es en la Red donde los científicos del mundo entero se informan mutuamente de los descubrimientos más recientes, y esas informaciones podrían ser interceptadas fraudulentamente por grupos privados. Para Nathanson, los que proporcionan servicios por Internet tienen la obligación moral de velar por que no se pueda encontrar en sus sitios ninguna información técnica sobre armas biológicas.
¿Cómo saber si un trabajo de investigación se lleva a cabo con finalidades buenas o malas? Ese es uno de los problemas más serios de la vigilancia. Es imposible hacer una distinción entre la investigación genética encaminada a preparar agentes terapéuticos y la que intenta elaborar agentes mortales o invalidantes. Por eso es aún más necesario velar por que la información se utilice con discernimiento. Según Dando, habría que lograr que los países en desarrollo compartan los beneficios de la revolución biotecnológica –muy útil contra las enfermedades y para el desarrollo económico– y se comprometan, como contrapartida, a no efectuar ninguna investigación malintencionada. “Ese es el punto esencial de las negociaciones entre los países signatarios de la Convención de 1972”, concluye.


¿Cómo luchar contra la pedofilia en la Red?

Cuanto más conectado está el planeta, más apremiante se torna el problema: ¿cómo luchar contra la pornografía con la participación de niños en Internet?
La difusión de fotos de abusos sexuales cometidos con niños ha seguido una curva exponencial: a esa conclusión llegaron los expertos que se reunieron recientemente en la
UNESCO para estudiar el tema. Agnès
Fournier de Saint-Maur, de Interpol, destacó que las operaciones contra individuos sospechosos de cometer actos de pedofilia culminó, hace algunos años, con la incautación de unos pocos videos y revistas. En 1998 la Operación Catedral permitió la detención de 96 personas en 12 países y el descubrimiento de unas 500.000 imágenes conservadas en computadora en un solo país, Estados Unidos.
Como Internet permite difundir esas fotos de manera casi anónima, las redes se entrecruzan para multiplicar los intercambios, y se favorece la oferta y la demanda. Y aunque aumenten los medios legales para combatir esas redes, lo cierto es que las leyes difieren de un país a otro. En el Reino Unido, por ejemplo, la policía no puede perseguir a los divulgadores de esos materiales porque 95% de ellos se encuentran en el extranjero. El mayor número de sitios Web incriminados se encuentra en el Japón, donde no está prohibido ni poseer ni difundir imágenes pornográficas en las que aparezcan niños.
La policía tropieza así con un obstáculo tecnológico, a saber la encriptación informática de la transmisión de este tipo de material. Se presiona cada vez más a los fabricantes de programas para que revelen los códigos utilizados y se denuncia a los proveedores de acceso a los servicios cuando se niegan a cerrar los sitios de carácter pedófilo. Si la industria informática no participa en la protección de los niños, “es muy posible que la justicia lo haga en su lugar”, declara Fournier de Saint-Maur.
Esas amenazas crean cierto malestar entre los defensores de los derechos humanos. ¿Es deseable que la policía fije criterios de censura en Internet? La encriptación en Internet no sólo es utilizada por los pedófilos sino también por disidentes que tratan de ejercer uno de sus derechos fundamentales: la libertad de expresión.

El Correo de la UNESCO