|
Armas genéticas: ¿una pesadilla Ethirajan Anbarasan |
||
|
![]() © T.B.G./Sipa Press, París |
Frente a la amenaza de
las nuevas armas biológicas fabricadas gracias a la cartografía del
genoma humano, es urgente reforzar los controles. “Lamentablemente, será posible concebir armas biológicas de este tipo cuando se sepa más acerca del genoma”, estima Vivienne Nathanson, que dirige la comisión “Ciencia y política de salud” de la British Medical Association (BMA), la organización profesional de los médicos británicos. Esta perspectiva podría desprenderse de las investigaciones internacionales realizadas en el marco del Proyecto sobre el Genoma Humano (véase el recuadro), cuya finalidad es trazar el mapa y la secuencia de los genes contenidos en nuestro organismo. ¿Reglamentar la investigación genética? A fines del año pasado, la investigación sobre el genoma dio un paso fundamental: por primera vez los científicos descifraron la totalidad del programa genético de un animal. Se trataba de un microscópico ascaris, el Caenohabditis elegans, pero como las lombrices y los seres humanos tienen muchos genes en común, los biólogos estiman que el genoma de la lombriz es una clave esencial para interpretar el funcionamiento del nuestro. Y cuando los científicos conozcan en detalle los mecanismos genéticos de los seres humanos, les resultará más fácil encontrar las causas de numerosas enfermedades. Una vez establecido el mapa genético de un individuo, un médico podrá saber por anticipado si un determinado medicamento le hará efecto o no y sabrá adaptar el tratamiento. Será posible de ese modo descubrir predisposiciones a diversas enfermedades y, gracias a la terapia génica, reemplazar los genes deficientes o reparar los defectuosos. Pero también es posible que las investigaciones tengan funestas consecuencias. Se ha demostrado que, en el plano biológico, los seres humanos tienen entre sí más puntos en común que diferencias, desacreditando así los viejos prejuicios raciales. Pero las diferencias existen. Y si las investigaciones en curso producen datos suficientes sobre la distinciones genéticas entre grupos humanos, peligrosos microorganismos podrían un día dirigirse específicamente contra algunos de ellos. Malcolm Dando toma muy en serio esta posibilidad. Este profesor de la Universidad de Bradford (Reino Unido), es especialista en temas relacionados con la paz. En su reciente informe, titulado “Biotecnología, armas y humanidad”, que redactó para la Bma, explica cómo la revolución biotecnológica podría ser utilizada para atacar la constitución genética de un grupo étnico. “Es urgente estudiar salvaguardias de carácter social y ético para impedir la fabricación y el uso de armas étnicas”, estima. Los científicos reconocen que aún no son técnicamente realizables, pero, para algunos, podrían llegar a serlo en los próximos diez años. “Es inútil esperar el término del Proyecto sobre el Genoma Humano, insiste Malcolm Dando. No se puede dejar pasar más tiempo sin reglamentar la investigación genética.” Recuerda que la comunidad internacional ya inició la lucha para eliminar las armas biológicas existentes. Estas son portadoras de agentes que propagan enfermedades mortales, como el ántrax y otras toxinas, que pueden diezmar a los seres humanos sin causar el menor daño a los edificios o a las infra-estructuras. Según Dando, algunos cientos de kilos de una preparación bacteriológica podrían matar hasta tres millones de personas concentradas en una ciudad como Nueva York. Es sabido que el régimen del apartheid, en Sudáfrica, había preparado armas biológicas que podrían utilizarse contra la población negra, en especial tornándola estéril. Pero hasta ahora son pocos los Estados que han recurrido a las armas biológicas durante una guerra, en parte por temor de aniquilar a poblaciones amigas o matar a sus propios soldados. Los avances recientes de la investigación genética mencionados por Dando eliminarían esos temores. Algunos países utilizan ya los conocimientos genéticos para “mejorar” sus armas biológicas, por ejemplo dotándolas de agentes que refuercen la resistencia a los antibióticos. Es probable que esa tendencia se acentúe a medida que se conozcan las aplicaciones de ese saber. Establecer procedimientos de control La proliferación de los conocimientos sobre las armas biológicas se acentuó con el derrumbe de la Unión Soviética. En la URSS de los años ochenta, cerca de 30.000 científicos se dedicaban a la biología. En su mayoría hoy están sin trabajo, debido a la dificultades económicas del país. El año pasado algunos revelaron que ciertos Estados habían establecido contacto con ellos, pues querían obtener informaciones sobre los microbios utilizables en caso de guerra para destruir o proteger cosechas y sobre las técnicas de ingeniería genética que podían servir para fabricar gérmenes mortales sin antídoto. Según Dando, existen medios de disuadir a los científicos de la ex URSS de embarcarse en empresas de esa índole. Por ejemplo, habría que acercarse a ellos para impulsar proyectos comunes de investigación así como la reconversión en actividades civiles de los laboratorios e institutos que en el pasado se dedicaban a la defensa. A los especialistas en control de armamentos les inquieta mucho que las armas biológicas caigan en manos de grupos terroristas o de sectas. En 1995, el atentado con gas sarin (un gas tóxico asfixiante y mortal) cometido por la secta Aum Shinrykio en el metro de Tokio arrojó un saldo de doce muertos y 5.000 heridos. La investigación reveló que a la secta no le había costado nada encontrar científicos que trabajaran en las armas biológicas, pero que no había podido utilizarlas porque no contaba con el vector adecuado. Frente a esos riesgos, la primera medida que preconizan los expertos es reforzar la Convención sobre Armas Bacteriológicas y Toxínicas de 1972, que prohíbe concebir, fabricar, almacenar o adquirir armas de ese tipo. Sin embargo, ese instrumento no ha disuadido a los 142 Estados que lo firmaron de realizar investigaciones y obtener informaciones sobre las armas biológicas, “esencialmente, precisa Dando, porque esa convención no establece ningún procedimiento de control”. Informaciones genéticas accesibles por Internet “La amenaza de nuevas armas genéticas va a convertirse en un problema serio para la comunidad internacional”, estima Michael Moodie, Presidente del Instituto de Control de Armas Químicas y Biológicas, con sede en Estados Unidos. “La convención se refiere a esas armas pero habría que añadirle un protocolo que establezca medidas de control eficaces que se apliquen plenamente para tener la seguridad de que los Estados respeten sus obligaciones. Podría recurrirse a diversos medios, como el control de las exportaciones y el fortalecimiento de los dispositivos de información sobre los países sujetos a riesgo.” El informe de la BMA llama a los científicos y a los médicos a asumir sus responsabilidades morales, negándose a participar en todo proyecto de fabricación de armas biológicas y genéticas. Aboga por una estrecha vigilancia de todos los campos de la biotecnología a nivel mundial, y por que se abra un debate público acerca del uso del mapa del genoma. “Esas medidas pueden reducir la amenaza, pero no eliminarla”, comenta Nathanson. Existe una inquietud cada vez mayor en cuanto a un posible uso indebido de las informaciones genéticas accesibles por Internet. Es en la Red donde los científicos del mundo entero se informan mutuamente de los descubrimientos más recientes, y esas informaciones podrían ser interceptadas fraudulentamente por grupos privados. Para Nathanson, los que proporcionan servicios por Internet tienen la obligación moral de velar por que no se pueda encontrar en sus sitios ninguna información técnica sobre armas biológicas. ¿Cómo saber si un trabajo de investigación se lleva a cabo con finalidades buenas o malas? Ese es uno de los problemas más serios de la vigilancia. Es imposible hacer una distinción entre la investigación genética encaminada a preparar agentes terapéuticos y la que intenta elaborar agentes mortales o invalidantes. Por eso es aún más necesario velar por que la información se utilice con discernimiento. Según Dando, habría que lograr que los países en desarrollo compartan los beneficios de la revolución biotecnológica –muy útil contra las enfermedades y para el desarrollo económico– y se comprometan, como contrapartida, a no efectuar ninguna investigación malintencionada. “Ese es el punto esencial de las negociaciones entre los países signatarios de la Convención de 1972”, concluye. |
|
|
|
||