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Se ha iniciado el desmantelamiento
de la central nuclear de Gundrenmingen
en Baviera (Alemania).
La generación que utiliza actualmente
la energía nuclear deja a las generaciones futuras la responsabilidad de velar
por el desmantelamiento de las centrales y de financiarlo.

Una de las etapas del
desmantelamiento consiste
en desmontar las
estructuras auxiliares.

La manipulación de piezas altamente radiactivas exige medidas
de alta seguridad.
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Principales etapas
del desmante-
lamiento
El desmantelamiento de una central nuclear se hace en tres etapas, de acuerdo
con las recomendaciones formuladas por el Organismo Internacional de Energía
Atómica (OIEA). Se extrae el combustible y se desmontan
las estructuras auxiliares; se aísla el resto de las construcciones y de los
equipos radiactivos; se demuelen las instalaciones.
Se trata, pues, en una primera etapa de vaciar el combustible del núcleo del
reactor y de evacuarlo del lugar. En la segunda etapa, todos los materiales radiactivos
restantes son colocados y sellados en depósitos de seguridad. Es lo que se
llama el almacenamiento de los desechos. Si se los deja en el lugar entre treinta
y cien años, los materiales levemente contaminados como los metales o el cemento
perderán buena parte de su radiactividad. Por último, en una tercera
etapa, se despeja enteramente el sitio y se lo prepara para otras utilizaciones.
Aplazar los desmantelamientos permite ahorrar sumas considerables. Magnox Electric
en el Reino Unido, por ejemplo, decidió almacenar desechos durante un plazo
de 135 años, lo que permite aliviar la contabilidad de las centrales repartiendo
los gastos causados por el desmantelamiento.
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El final de una edad de oro
Es evidente que la época gloriosa de lo nuclear civil ha terminado, al
menos por el momento. En conjunto, su capacidad sólo progresó 5% desde
1990 y registró incluso un leve retroceso en 1998. Lo más probable
es que ésta aumente durante uno o dos años, antes de bajar brutalmente
a medida que se concluya la construcción de las últimas instalaciones
y que se acelere el cierre de los viejos reactores, costosos e impopulares.
En 1998, 429 reactores permanecían en actividad, frente a 430 cinco años
antes, y 33 nuevos reactores se estaban construyendo: siete de ellos podrán
funcionar probablemente de aquí a 2001 y es posible que otros 14 nunca se
terminen.
Europa occidental cuenta con 150 reactores en servicio y uno solo en construcción.
Los gobiernos europeos empiezan a preocuparse del cierre de los reactores existentes,
como lo demuestran los intentos de los gobiernos alemán y sueco de salir de
lo nuclear. En otros países, los gobiernos –especialmente en Francia– empiezan
a estudiar la necesidad de reducir su dependencia respecto del átomo.
En Europa del Este, en Rusia y Ucrania, unos 68 reactores se encuentran en servicio,
de los cuales cuatro son particularmente activos. La mayoría de esos países
han previsto desarrollar su industria nuclear pero enfrentan actualmente graves dificultades
económicas, por no hablar de la franca oposición de la opinión
pública desde la catástrofe de Chernobil en 1986.
El continente americano alberga 123 rectores. Dos nuevos –uno en Argentina y otro
en Brasil– están en construcción actualmente. En Estados Unidos y Canadá
la industria nuclear está sometida a una presión económica sumamente
fuerte pues las centrales no logran rivalizar con las demás fuentes de energía
eléctrica.
Asia sigue siendo el último bastión de lo nuclear, con 88 reactores
en actividad y 26 en construcción, aunque también una atenuación
es perceptible en esta región del globo. Japón cuenta con dos reactores
en construcción y Corea del Sur tuvo que revisar sus proyectos a la baja a
raíz de las convulsiones políticas y la crisis económica que
sacudieron al país. Taiwán construye actualmente sus dos últimos
reactores. Todos los intentos de Indonesia, de Tailandia y de Viet Nam de dotarse
de una industria nuclear civil han fracasado recientemente.
El programa de China es sin duda el más ambicioso: de tres reactores en servicio
actualmente, piensa pasar a 50 de aquí a 2020. Sin embargo, es probable que
termine, también, por renunciar a sus ambiciones nucleares, cuando la opinión
pública empiece a debatir temas como la economía, la seguridad, el
desmantelamiento de las centrales y el destino de los desechos radiactivos.
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Las centrales nucleares
y el almacenamiento de sus desechos ¿son legados envenenados que dejamos a
nuestros tataranietos? El punto de vista de un experto.
Imagine
que después de un salto de mil años en el tiempo, usted se encuentra
en una misteriosa zona prohibida, cuajada de cúpulas de cemento y envuelta
en alambradas herrumbradas. Esas instalaciones abandonadas estarian vigiladas por
una especie de cofradía, cuyos integrantes impedirían a todo el mundo
el acceso a esos lugares peligrosos. Así podría concluir la historia
de unos 500 reactores nucleares civiles construidos en la segunda mitad del siglo
xx.
En todos los sectores industriales es sencillo y relativamente barato destruir las
fábricas viejas y los equipos anticuados. Las cosas se complican en cuanto
se trata de energía nuclear, en razón de la fuerte radiactividad de
las infraestructuras. Después de su cierre definitivo, una central nuclear
deja de ser una valiosa instalación que produce electricidad destinada a los
consumidores y se convierte en un montón de acero y cemento radiactivos en
espera de ser desmantelado.
El escenario imaginado más arriba tiene escasas probabilidades de producirse.
Sin embargo, lo cierto es que todavía no se sabe en qué se convertirán
las centrales nucleares una vez cerradas. “Sería irresponsable de nuestra
parte disfrutar de electricidad gracias a la energía nuclear y dejar que las
generaciones siguientes se las arreglen con los desechos”, advertía en 1990
François Chevenier, director del Organismo de Gestión de los Desechos
Radiactivos de Francia. Sin embargo, es exactamente lo que hacemos hoy: los reactores
nucleares, que pueden funcionar entre treinta y cuarenta años, nos legan una
herencia radiactiva, cuya vida puede prolongarse miles de años...
¿Qué destino reservar a esos reactores? El problema es cada vez más
agudo. No menos de 94 dejaron de operar definitivamente en los primeros meses de
1999, mientras 429 seguían funcionando en el mundo. Eso significa que uno
de cada 5,5 reactores ha sido cerrado. Pero sólo algunos han sido desmantelados.
Esa falta de diligencia es en parte voluntaria. Algunos países, como Japón
y Estados Unidos, anunciaron que sólo procederían a desmantelar sus
sitios nucleares diez a veinte años después de su cierre. Francia y
Canadá han resuelto esperar varias décadas. En cuanto al Reino Unido,
decidió lisa y llanamente dejar que transcurra más de un siglo antes
de desmontar el más mínimo reactor. Por consiguiente, las viejas centrales
nucleares podrían formar parte del paisaje de ciertos países por una
eternidad.
Su razonamiento es el siguiente. Cuanto más tiempo funciona un reactor, más
se carga la central de radiactividad, que emana de un bombardeo atómico. Y
cuanto más elevada es la radiactividad, más difícil, peligroso
y caro resulta proceder a su desmantelamiento y almacenar o sepultar los desechos.
Como la tasa de radiactividad disminuye con el correr del tiempo, es mejor dejar
que pasen varias decenas de años entre el cierre del reactor y su desmantelamiento,
para que esta última operación sea más fácil y menos
peligrosa. La radiactividad de las instalaciones –en especial en el núcleo
del reactor, donde se produce la reacción nuclear– perdura sin embargo durante
cientos de miles de años. El níquel 59, por ejemplo, una substancia
que se encuentra en el núcleo de los reactores, tiene una media vida radiactiva
(o sea el tiempo necesario para que la radiactividad disminuya a la mitad) de 80.000
años; y hay que esperar un millón de años para que se torne
inofensivo.
Una de las soluciones propuestas actualmente para deshacerse de los desechos consiste
en enterrarlos, a fin de aislarlos de los hombres y de la biosfera hasta que desaparezca
todo peligro. Sin embargo, ningún país ha corrido el riesgo de elegir
definitivamente el sitio en que se sepultarán.
Y las opiniones de los científicos difieren: algunos afirman que enterrarlos
es una solución, y otros piensan que el problema es insoluble. Técnicamente,
los desechos no pueden ser destruidos, y los expertos son incapaces de probar que
no constituyen, incluso enterrados, una amenaza para el medio ambiente.
Toda hipótesis, para ser reconocida científicamente, ha de ser demostrada.
Ahora bien, en materia de desechos radiactivos, habría que esperar varios
miles de años y correr riesgos considerables antes de probar cualquier cosa.
Muchos son, entre los simples ciudadanos o los científicos, los que critican
la actitud extremadamente presuntuosa de nuestra civilización: no vacilamos
en proyectarnos muy lejos en el tiempo, aunque privemos a las generaciones futuras
de lo que jamás podremos devolverles. Dejar una herencia que no se contenta
con empobrecer el planeta sino que lo pone también en peligro durante varios
milenios es un acto de una irresponsabilidad sin precedentes.
Recomendaciones
que siguen siendo letra muerta
Los políticos siempre han sido reacios a ocuparse de un problema que sólo
se volverá candente cuando hayan concluido su carrera. Durante mucho tiempo
los gobiernos y la industria ignoraron las advertencias lanzadas a propósito
de los desechos radiactivos o del desmantelamiento de las centrales nucleares. En
1951, James B. Conant, entonces presidente de la Universidad de Harvard y ex administrador
durante la guerra del Manhattan Project –el programa de fabricación de la
bomba atómica– habla por primera vez de la extraordinaria longevidad de los
desechos radiactivos. En 1957 un comité de la Academia Nacional de Ciencias
de Estados Unidos advierte que “la eliminación de los desechos radiactivos,
contrariamente a la de cualquier otro tipo de desechos, representa una amenaza tan
grave que no puede correrse ningún riego en materia de seguridad”. En 1960
una nueva comisión de la Academia insiste para que la cuestión de los
desechos se resuelva antes de autorizar la construcción de nuevas centrales
nucleares.
Todas estas recomendaciones fueron letra muerta. Las naciones se lanzaron, unas tras
otras, a la aventura nuclear. Políticos e industriales estimaron que los desechos
y el desmantelamiento de las centrales eran problemas totalmente controlables. Sin
embargo, les dedicaron escasos recursos. Carroll Wilson, primer director general
de la Comisión para la Energía Atómica de Estados Unidos, explica
que trabajar sobre el tema “no era prestigioso. A nadie se le daba una buena nota
por haberse interesado por los desechos nucleares”.
Por consiguiente, el asunto se enterró, en sentido real y figurado, hasta
fines de los años setenta. Entonces se conjugaron diversos factores para aminorar
el ritmo de construcción de nuevos reactores: accidentes y problemas de seguridad,
interrogantes en cuanto a las consecuencias para la salud, costos cada vez más
altos y desconfianza creciente de la opinión pública. Sin embargo,
la mayoría de la gente sigue pensando que no hay que inquietarse por el desmantelamiento
de los reactores y el almacenamiento de los desechos. Quizás tengan razón.
Sin embargo, estamos lejos de haber terminado de pagar la factura nuclear.
¿Quién
pagará y cuánto?
Seguimos sin saber muy bien cuánto cuesta un desmantelamiento y quién
debe financiarlo. Según ciertas estimaciones, representaría entre 10%
y 40% de la inversión inicial, a veces incluso 100%, es decir de 50 millones
a más de 3.000 millones de dólares, para los grandes reactores. La
construcción en 1960 del pequeño reactor de Yankee Rowe (Massachusetts),
de una capacidad de 167 megavatios, costó 186 millones de dólares.
Su desmantelamiento, 30 años más tarde, necesitó más
de 350 millones de dólares. Al gobierno y a los organismos a veces les ha
sido difícil justificar los costos de construcción y de mantenimiento
de los reactores nucleares. Tal vez les resulte aún más difícil
defender su cierre. Durante años el gobierno británico afirmó
que el desmantelamiento no sería particularmente costoso. Pero en 1989, cuando
trató de privatizar su industria nuclear, reconoció que el costo de
las operaciones sería cuatro veces superior a lo que había anunciado
inicialmente.
Aunque la mayor parte de los gobiernos exigen de su organismo encargado de lo nuclear
que reserve parte de sus ingresos para el futuro desmantelamiento de los reactores,
se trata las más de las veces de fondos que figuran en la contabilidad, pero
que, en realidad, el organismo gasta de otro modo. Por consiguiente, se ignora totalmente
si dispondrá de la suma asignada cuando llegue el momento de actuar. E incluso
cuando los capitales se hayan reservado realmente, ¿qué hacer cuando
los reactores dejan de funcionar prematuramente, como sucede a menudo?
En Estados Unidos el costo del cierre de los reactores antes de la fecha prevista
podría llegar a más de 15.000 millones de dólares. En Suecia
el gobierno aumentó recientemente las sumas que las centrales deben asignar
a su desmantelamiento. En otros países, especialmente en Francia y en la mayor
parte de los países en desarrollo, los gobiernos decidieron esperar que llegara
el momento de hacerlo antes de destinar los fondos públicos necesarios al
desmantelamiento de las centrales.
En resumidas cuentas, la generación que utiliza actualmente la energía
nuclear deja a las generaciones futuras la responsabilidad de velar por el desmantelamiento
de las centrales y de financiarlo. Con el tiempo, éstos podrían representar
la mayor parte de los gastos que tendrán que sufragar la industria nuclear
y los gobiernos que la han apoyado, sobre todo si no se logra resolver el problema
de los desechos radiactivos. Aunque se dejara de producirlos, almacenar los ya existentes
requerirá inversiones y precauciones durante un periodo que escapa a nuestra
noción del tiempo. La humanidad va a tener que aislar y vigilar los desechos
radiactivos, incluidas las centrales que han dejado de funcionar definitivamente,
durante miles de años, a tal punto resultan peligrosos. Cualquiera que sea
el futuro del sector, falta mucho para que la edad de lo nuclear llegue a su término.
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Peligro
en los arrecifes de coral
El recalentamiento de la Tierra mata a los arrecifes coralinos y amenaza a un
gran número de islas, sobre todo de los océanos Pacífico e Indico.
Un reciente estudio realizado por el organismo estadounidense GCRA
(Global Coral Reef Alliance) afirma que el aumento de temperatura registrado en el
planeta en 1998 destruyó la mayoría de los arrecifes de coral que rodean
el archipiélago índico de las Seychelles.
Los corales, que pertenecen a la vez al reino animal y vegetal, protegen al litoral
de la erosión, sirven de refugio a numerosas especies marinas y constituyen
una atracción turística valiosa.
Estos remansos de biodiversidad llevan el nombre de “selvas tropicales” de los océanos.
“Los corales muertos no se renuevan”, advierte el presidente del GCRA,
doctor Thomas Goreau, que dirigió el estudio. También la contaminación
marina o los huracanes dañan los corales, pero sus efectos son mínimos
comparados con los que produce el recalentamiento del planeta.
Según los científicos, el aumento de temperatura en la atmósfera,
causado por gases con efecto de invernadero como el dióxido de carbono, está
empezando a repercutir en los océanos. Cuando la temperatura del agua sube
por encima de cierto grado, los corales reaccionan volviéndose blancos y expulsando
las algas que les dan color y los alimentan. Y si esa temperatura alta persiste,
el coral se debilita hasta morir.
Ya en los años ochenta los científicos comenzaron a observar que los
corales se blanqueaban, pero fue en 1998, año considerado el más cálido
del siglo, cuando el fenómeno se acentuó aún más. Los
especialistas afirman que durante al menos cinco meses de ese año mares y
océanos registraron temperaturas más altas de lo normal, lo que dañó
de un modo considerable los arrecifes que rodean a las Seychelles, la Isla Mauricio,
las Maldivas y Sri Lanka. “El 90% de los corales de las Seychelles y de algunas islas
de Indonesia están ya muertos”, afirma Goreau. Las barreras coralinas muertas
todavía no se han desintegrado, pero cuando ello ocurra, el litoral de las
islas de baja altitud del Océano Indico padecerá una erosión
que se traducirá en serias pérdidas para la pesca.
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