Centrales nucleares:
Una bomba de tiempo

Nicholas Lenssen, Especialista en energía y ex investigador en el Worldwatch Institute de Washington, DC.
Este artículo está tomado de trabajos realizados por Worldwatch.

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Se ha iniciado el desmantelamiento
de la central nuclear de Gundrenmingen
en Baviera (Alemania).









La generación que utiliza actualmente la energía nuclear deja a las generaciones futuras la responsabilidad de velar por el desmantelamiento de las centrales y de financiarlo.

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Una de las etapas del
desmantelamiento consiste
en desmontar las
estructuras auxiliares.






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La manipulación de piezas altamente radiactivas exige medidas de alta seguridad.





Principales etapas
del desmante-
lamiento

El desmantelamiento de una central nuclear se hace en tres etapas, de acuerdo con las recomendaciones formuladas por el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Se extrae el combustible y se desmontan las estructuras auxiliares; se aísla el resto de las construcciones y de los equipos radiactivos; se demuelen las instalaciones.
Se trata, pues, en una primera etapa de vaciar el combustible del núcleo del reactor y de evacuarlo del lugar. En la segunda etapa, todos los materiales radiactivos restantes son colocados y sellados en depósitos de seguridad. Es lo que se llama el almacenamiento de los desechos. Si se los deja en el lugar entre treinta y cien años, los materiales levemente contaminados como los metales o el cemento perderán buena parte de su radiactividad. Por último, en una tercera etapa, se despeja enteramente el sitio y se lo prepara para otras utilizaciones.
Aplazar los desmantelamientos permite ahorrar sumas considerables. Magnox Electric en el Reino Unido, por ejemplo, decidió almacenar desechos durante un plazo de 135 años, lo que permite aliviar la contabilidad de las centrales repartiendo los gastos causados por el desmantelamiento.










El final de una edad de oro

Es evidente que la época gloriosa de lo nuclear civil ha terminado, al menos por el momento. En conjunto, su capacidad sólo progresó 5% desde 1990 y registró incluso un leve retroceso en 1998. Lo más probable es que ésta aumente durante uno o dos años, antes de bajar brutalmente a medida que se concluya la construcción de las últimas instalaciones y que se acelere el cierre de los viejos reactores, costosos e impopulares.
En 1998, 429 reactores permanecían en actividad, frente a 430 cinco años antes, y 33 nuevos reactores se estaban construyendo: siete de ellos podrán funcionar probablemente de aquí a 2001 y es posible que otros 14 nunca se terminen.
Europa occidental cuenta con 150 reactores en servicio y uno solo en construcción. Los gobiernos europeos empiezan a preocuparse del cierre de los reactores existentes, como lo demuestran los intentos de los gobiernos alemán y sueco de salir de lo nuclear. En otros países, los gobiernos –especialmente en Francia– empiezan a estudiar la necesidad de reducir su dependencia respecto del átomo.
En Europa del Este, en Rusia y Ucrania, unos 68 reactores se encuentran en servicio, de los cuales cuatro son particularmente activos. La mayoría de esos países han previsto desarrollar su industria nuclear pero enfrentan actualmente graves dificultades económicas, por no hablar de la franca oposición de la opinión pública desde la catástrofe de Chernobil en 1986.
El continente americano alberga 123 rectores. Dos nuevos –uno en Argentina y otro en Brasil– están en construcción actualmente. En Estados Unidos y Canadá la industria nuclear está sometida a una presión económica sumamente fuerte pues las centrales no logran rivalizar con las demás fuentes de energía eléctrica.
Asia sigue siendo el último bastión de lo nuclear, con 88 reactores en actividad y 26 en construcción, aunque también una atenuación es perceptible en esta región del globo. Japón cuenta con dos reactores en construcción y Corea del Sur tuvo que revisar sus proyectos a la baja a raíz de las convulsiones políticas y la crisis económica que sacudieron al país. Taiwán construye actualmente sus dos últimos reactores. Todos los intentos de Indonesia, de Tailandia y de Viet Nam de dotarse de una industria nuclear civil han fracasado recientemente.
El programa de China es sin duda el más ambicioso: de tres reactores en servicio actualmente, piensa pasar a 50 de aquí a 2020. Sin embargo, es probable que termine, también, por renunciar a sus ambiciones nucleares, cuando la opinión pública empiece a debatir temas como la economía, la seguridad, el desmantelamiento de las centrales y el destino de los desechos radiactivos.

Las centrales nucleares y el almacenamiento de sus desechos ¿son legados envenenados que dejamos a nuestros tataranietos? El punto de vista de un experto.

Imagine que después de un salto de mil años en el tiempo, usted se encuentra en una misteriosa zona prohibida, cuajada de cúpulas de cemento y envuelta en alambradas herrumbradas. Esas instalaciones abandonadas estarian vigiladas por una especie de cofradía, cuyos integrantes impedirían a todo el mundo el acceso a esos lugares peligrosos. Así podría concluir la historia de unos 500 reactores nucleares civiles construidos en la segunda mitad del siglo xx.
En todos los sectores industriales es sencillo y relativamente barato destruir las fábricas viejas y los equipos anticuados. Las cosas se complican en cuanto se trata de energía nuclear, en razón de la fuerte radiactividad de las infraestructuras. Después de su cierre definitivo, una central nuclear deja de ser una valiosa instalación que produce electricidad destinada a los consumidores y se convierte en un montón de acero y cemento radiactivos en espera de ser desmantelado.
El escenario imaginado más arriba tiene escasas probabilidades de producirse. Sin embargo, lo cierto es que todavía no se sabe en qué se convertirán las centrales nucleares una vez cerradas. “Sería irresponsable de nuestra parte disfrutar de electricidad gracias a la energía nuclear y dejar que las generaciones siguientes se las arreglen con los desechos”, advertía en 1990 François Chevenier, director del Organismo de Gestión de los Desechos Radiactivos de Francia. Sin embargo, es exactamente lo que hacemos hoy: los reactores nucleares, que pueden funcionar entre treinta y cuarenta años, nos legan una herencia radiactiva, cuya vida puede prolongarse miles de años...
¿Qué destino reservar a esos reactores? El problema es cada vez más agudo. No menos de 94 dejaron de operar definitivamente en los primeros meses de 1999, mientras 429 seguían funcionando en el mundo. Eso significa que uno de cada 5,5 reactores ha sido cerrado. Pero sólo algunos han sido desmantelados. Esa falta de diligencia es en parte voluntaria. Algunos países, como Japón y Estados Unidos, anunciaron que sólo procederían a desmantelar sus sitios nucleares diez a veinte años después de su cierre. Francia y Canadá han resuelto esperar varias décadas. En cuanto al Reino Unido, decidió lisa y llanamente dejar que transcurra más de un siglo antes de desmontar el más mínimo reactor. Por consiguiente, las viejas centrales nucleares podrían formar parte del paisaje de ciertos países por una eternidad.
Su razonamiento es el siguiente. Cuanto más tiempo funciona un reactor, más se carga la central de radiactividad, que emana de un bombardeo atómico. Y cuanto más elevada es la radiactividad, más difícil, peligroso y caro resulta proceder a su desmantelamiento y almacenar o sepultar los desechos. Como la tasa de radiactividad disminuye con el correr del tiempo, es mejor dejar que pasen varias decenas de años entre el cierre del reactor y su desmantelamiento, para que esta última operación sea más fácil y menos peligrosa. La radiactividad de las instalaciones –en especial en el núcleo del reactor, donde se produce la reacción nuclear– perdura sin embargo durante cientos de miles de años. El níquel 59, por ejemplo, una substancia que se encuentra en el núcleo de los reactores, tiene una media vida radiactiva (o sea el tiempo necesario para que la radiactividad disminuya a la mitad) de 80.000 años; y hay que esperar un millón de años para que se torne inofensivo.
Una de las soluciones propuestas actualmente para deshacerse de los desechos consiste en enterrarlos, a fin de aislarlos de los hombres y de la biosfera hasta que desaparezca todo peligro. Sin embargo, ningún país ha corrido el riesgo de elegir definitivamente el sitio en que se sepultarán.
Y las opiniones de los científicos difieren: algunos afirman que enterrarlos es una solución, y otros piensan que el problema es insoluble. Técnicamente, los desechos no pueden ser destruidos, y los expertos son incapaces de probar que no constituyen, incluso enterrados, una amenaza para el medio ambiente.
Toda hipótesis, para ser reconocida científicamente, ha de ser demostrada. Ahora bien, en materia de desechos radiactivos, habría que esperar varios miles de años y correr riesgos considerables antes de probar cualquier cosa. Muchos son, entre los simples ciudadanos o los científicos, los que critican la actitud extremadamente presuntuosa de nuestra civilización: no vacilamos en proyectarnos muy lejos en el tiempo, aunque privemos a las generaciones futuras de lo que jamás podremos devolverles. Dejar una herencia que no se contenta con empobrecer el planeta sino que lo pone también en peligro durante varios milenios es un acto de una irresponsabilidad sin precedentes.

Recomendaciones que siguen siendo letra muerta
Los políticos siempre han sido reacios a ocuparse de un problema que sólo se volverá candente cuando hayan concluido su carrera. Durante mucho tiempo los gobiernos y la industria ignoraron las advertencias lanzadas a propósito de los desechos radiactivos o del desmantelamiento de las centrales nucleares. En 1951, James B. Conant, entonces presidente de la Universidad de Harvard y ex administrador durante la guerra del Manhattan Project –el programa de fabricación de la bomba atómica– habla por primera vez de la extraordinaria longevidad de los desechos radiactivos. En 1957 un comité de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos advierte que “la eliminación de los desechos radiactivos, contrariamente a la de cualquier otro tipo de desechos, representa una amenaza tan grave que no puede correrse ningún riego en materia de seguridad”. En 1960 una nueva comisión de la Academia insiste para que la cuestión de los desechos se resuelva antes de autorizar la construcción de nuevas centrales nucleares.
Todas estas recomendaciones fueron letra muerta. Las naciones se lanzaron, unas tras otras, a la aventura nuclear. Políticos e industriales estimaron que los desechos y el desmantelamiento de las centrales eran problemas totalmente controlables. Sin embargo, les dedicaron escasos recursos. Carroll Wilson, primer director general de la Comisión para la Energía Atómica de Estados Unidos, explica que trabajar sobre el tema “no era prestigioso. A nadie se le daba una buena nota por haberse interesado por los desechos nucleares”.
Por consiguiente, el asunto se enterró, en sentido real y figurado, hasta fines de los años setenta. Entonces se conjugaron diversos factores para aminorar el ritmo de construcción de nuevos reactores: accidentes y problemas de seguridad, interrogantes en cuanto a las consecuencias para la salud, costos cada vez más altos y desconfianza creciente de la opinión pública. Sin embargo, la mayoría de la gente sigue pensando que no hay que inquietarse por el desmantelamiento de los reactores y el almacenamiento de los desechos. Quizás tengan razón. Sin embargo, estamos lejos de haber terminado de pagar la factura nuclear.

¿Quién pagará y cuánto?
Seguimos sin saber muy bien cuánto cuesta un desmantelamiento y quién debe financiarlo. Según ciertas estimaciones, representaría entre 10% y 40% de la inversión inicial, a veces incluso 100%, es decir de 50 millones a más de 3.000 millones de dólares, para los grandes reactores. La construcción en 1960 del pequeño reactor de Yankee Rowe (Massachusetts), de una capacidad de 167 megavatios, costó 186 millones de dólares. Su desmantelamiento, 30 años más tarde, necesitó más de 350 millones de dólares. Al gobierno y a los organismos a veces les ha sido difícil justificar los costos de construcción y de mantenimiento de los reactores nucleares. Tal vez les resulte aún más difícil defender su cierre. Durante años el gobierno británico afirmó que el desmantelamiento no sería particularmente costoso. Pero en 1989, cuando trató de privatizar su industria nuclear, reconoció que el costo de las operaciones sería cuatro veces superior a lo que había anunciado inicialmente.
Aunque la mayor parte de los gobiernos exigen de su organismo encargado de lo nuclear que reserve parte de sus ingresos para el futuro desmantelamiento de los reactores, se trata las más de las veces de fondos que figuran en la contabilidad, pero que, en realidad, el organismo gasta de otro modo. Por consiguiente, se ignora totalmente si dispondrá de la suma asignada cuando llegue el momento de actuar. E incluso cuando los capitales se hayan reservado realmente, ¿qué hacer cuando los reactores dejan de funcionar prematuramente, como sucede a menudo?
En Estados Unidos el costo del cierre de los reactores antes de la fecha prevista podría llegar a más de 15.000 millones de dólares. En Suecia el gobierno aumentó recientemente las sumas que las centrales deben asignar a su desmantelamiento. En otros países, especialmente en Francia y en la mayor parte de los países en desarrollo, los gobiernos decidieron esperar que llegara el momento de hacerlo antes de destinar los fondos públicos necesarios al desmantelamiento de las centrales.
En resumidas cuentas, la generación que utiliza actualmente la energía nuclear deja a las generaciones futuras la responsabilidad de velar por el desmantelamiento de las centrales y de financiarlo. Con el tiempo, éstos podrían representar la mayor parte de los gastos que tendrán que sufragar la industria nuclear y los gobiernos que la han apoyado, sobre todo si no se logra resolver el problema de los desechos radiactivos. Aunque se dejara de producirlos, almacenar los ya existentes requerirá inversiones y precauciones durante un periodo que escapa a nuestra noción del tiempo. La humanidad va a tener que aislar y vigilar los desechos radiactivos, incluidas las centrales que han dejado de funcionar definitivamente, durante miles de años, a tal punto resultan peligrosos. Cualquiera que sea el futuro del sector, falta mucho para que la edad de lo nuclear llegue a su término.



Peligro
en los arrecifes de coral

El recalentamiento de la Tierra mata a los arrecifes coralinos y amenaza a un gran número de islas, sobre todo de los océanos Pacífico e Indico. Un reciente estudio realizado por el organismo estadounidense GCRA (Global Coral Reef Alliance) afirma que el aumento de temperatura registrado en el planeta en 1998 destruyó la mayoría de los arrecifes de coral que rodean el archipiélago índico de las Seychelles.
Los corales, que pertenecen a la vez al reino animal y vegetal, protegen al litoral de la erosión, sirven de refugio a numerosas especies marinas y constituyen una atracción turística valiosa.
Estos remansos de biodiversidad llevan el nombre de “selvas tropicales” de los océanos. “Los corales muertos no se renuevan”, advierte el presidente del GCRA, doctor Thomas Goreau, que dirigió el estudio. También la contaminación marina o los huracanes dañan los corales, pero sus efectos son mínimos comparados con los que produce el recalentamiento del planeta.
Según los científicos, el aumento de temperatura en la atmósfera, causado por gases con efecto de invernadero como el dióxido de carbono, está empezando a repercutir en los océanos. Cuando la temperatura del agua sube por encima de cierto grado, los corales reaccionan volviéndose blancos y expulsando las algas que les dan color y los alimentan. Y si esa temperatura alta persiste, el coral se debilita hasta morir.
Ya en los años ochenta los científicos comenzaron a observar que los corales se blanqueaban, pero fue en 1998, año considerado el más cálido del siglo, cuando el fenómeno se acentuó aún más. Los especialistas afirman que durante al menos cinco meses de ese año mares y océanos registraron temperaturas más altas de lo normal, lo que dañó de un modo considerable los arrecifes que rodean a las Seychelles, la Isla Mauricio, las Maldivas y Sri Lanka. “El 90% de los corales de las Seychelles y de algunas islas de Indonesia están ya muertos”, afirma Goreau. Las barreras coralinas muertas todavía no se han desintegrado, pero cuando ello ocurra, el litoral de las islas de baja altitud del Océano Indico padecerá una erosión que se traducirá en serias pérdidas para la pesca.

El Correo de la UNESCO