Ayacucho: rosas y espinas

Francisco Díez-Canseco Távara, presidente del Consejo por la Paz del Perú
Fotos de Alejandro Balaguer

Ayacucho, capital del departamento peruano del mismo nombre, donde se iniciaron hace casi veinte años las acciones de Sendero Luminoso, vive hoy entre rosas y espinas, entre la celebración de la derrota militar de ese grupo terrorista y la vigencia de una “paz armada”, ya que columnas emergentes de esa cruenta organización siguen presentes de manera subterránea en distritos y provincias aledañas.
Conocida también como Huamanga, por el nombre que le dieron los españoles al fundarla el 29 de enero de 1539, Ayacucho está situada a 2.752 metros de altitud en un fértil valle de la Cordillera occidental. Es una ciudad mestiza en la que todas las clases sociales comparten la tradición y el habla quechuas, pues una clase culta ha mantenido esa vieja cultura bilingüe sin que las discriminaciones sociales hayan afectado su continuidad como ha sido el caso en otros lugares del Perú.
Cuna de la cultura wari, extraordinario imperio preincaico, Ayacucho expresa su herencia mestiza en un rico folklore musical que mezcla el son andino del huayno con una clara influencia romántica de origen hispano. Esta música anima a la ciudad, cuyas 37 iglesias –oficialmente 33, por ser la edad de Cristo– se suman a la celebración de la máxima festividad huamanguina, la Semana Santa Ayacuchana, famosa en todo el Perú, donde coexisten el fervor cristiano y la tradición indígena. Interrumpida durante varios años por el temor de los habitantes a dinamitazos o emboscadas y por la imposibilidad de celebrar procesiones nocturnas, esta fiesta recuperó su esplendor sólo en 1993, después de la captura del máximo líder de Sendero Luminoso, Carlos Abimael Guzmán, el 12 de septiembre de 1992.
Además, en sus alrededores perduran importantes jalones de la historia del Perú y de América, como la Pampa de Quinua, donde se libró la batalla de Ayacucho, que selló la independencia de América Latina, y que hoy comienza a olvidar su pasado guerrero para transformarse en escenario de una contienda puramente cultural, el Encuentro de Teatro en el que participan compañías de todo el mundo.
Pero ni el clima celebratorio que han recuperado sus fiestas ni la casi normalización de su vida urbana pueden disimular las heridas dejadas por años de terror y de violencia. Ese legado ha marcado incluso a una parte de la juventud, que organizada en pandillas ha generado un nuevo problema social. Generalmente integradas por adolescentes que han visto de cerca el terrorismo y han perdido por su causa a algún pariente –rara es la familia huamanguina que no tiene algún muerto que velar–, se cuentan por decenas en el Ayacucho actual, y atacan, roban e incluso matan.
A ello se suma la situación precaria de los desplazados por la violencia terrorista, que han invadido literalmente la ciudad y que debido a las condiciones de un retorno incierto prefieren permanecer en ella en lugar de regresar a sus lugares de origen. Y es que el departamento de Ayacucho fue, con mucho, el más golpeado del Perú por el flagelo senderista: en sus negros anales figuran más de 10.000 asesinatos, 3.000 desaparecidos y 170.000 desplazados, que representan el 35% de su población actual.
Cuna de muchas culturas, ciudad de contrastes, de iglesias coloniales y viejas callejuelas perdidas, de mañanas de sol, de tardes de sombra y noches de huayno y cerveza, Ayacucho poco a poco sigue el difícil camino de una recuperación que requiere no sólo de tiempo, sino, sobre todo, de la reconstrucción del tejido social basada en la solidaridad, práctica tradicional de las comunidades andinas.
Aunque los años del toque de queda, cuando a partir de las ocho de la noche nadie se aventuraba a salir a la calle y comercios y restaurantes cerraban sus puertas a cal y canto, son cosa del pasado, en la provincia de Huamanga sigue vigente el estado de emergencia, al igual que en otras cuatro de las once que forman el departamento. Ello se traduce en la supresión de determinadas garantías constitucionales y otorga a la autoridad militar libertad para hacer allanamientos en edificios públicos y privados.
Paseando por las apacibles calles de Ayacucho bajo un cielo despejado, se diría que ninguna nube ensombrece la posibilidad del regreso a la paz. Sin embargo, ésta sólo podrá hacerse realidad a medida que la población vuelva a ejercer sus derechos básicos y al fin se apliquen medidas concretas contra la pobreza y la marginación.

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Perú

En el Perú, Ayacucho empieza a revivir. Pero veinte años de violencia han dejado dolorosas secuelas.


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En el mercado de Quinua, cerca de Ayacucho.



photo Niños en una escuela
del pueblo de Huanta.



photo “Festival de las Cruces”
de Luricocha. En la iglesia de este pueblo se bendicen un centenar
de cruces, algunas de las cuales miden más de cinco metros.

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En la última semana de mayo
el Festival de Teatro de Ayacucho…








Perú: el costo de la guerra sucia

Profesor de filosofía de la Universidad de Ayacucho, Carlos Abimael Guzmán, fundador de Sendero Luminoso (grupo disidente del partido comunista peruano), lanzó su “guerra popular prolongada” con un acto simbólico en mayo de 1980: a dos días de las elecciones, un comando quemó las urnas de Chuschi, pueblo aislado del departamento. Al término de doce años de régimen militar, la miseria parecía sin remedio y reinaba la anarquía. Muy al comienzo, los senderistas, sumamente bien organizados, habían sido bien acogidos por la población, a la que distribuyeron tierras. Todo degeneró cuando empezaron a asesinar a los campesinos “traidores” y a los responsables de organizaciones sociales, imponiendo un orden totalitario implacable y sanguinario, sobre la base de un discurso profético abstruso.
Los senderistas y sus “enemigos” del Movimiento revolucionario Túpac Amaru (MRTA), el otro grupo insurgente nacido en 1983, que firmó su sentencia de muerte con la toma de rehenes en la embajada del Japón en 1996, perdieron ambos con esta “guerra sucia”. El saldo es muy grave: 26.000 muertos, 4.000 desaparecidos y 50.000 huérfanos. El gobierno evalúa su costo económico en más de 25.000 millones de dólares, el equivalente de la deuda externa del país, cuyo servicio absorbe un tercio de las divisas procedentes de las exportaciones (en particular pesca, cobre, zinc, plata).
Elegido en 1990 y reelegido en 1995, el presidente Alberto Fujimori lanzó un vasto plan de ajuste estructural y de liberalización de la economía, pero limitando las libertades desde que realizó lo que muchos calificaron de “golpe de Estado civil” en 1992 (disolución del parlamento, suspensión de las garantías constitucionales, destitución de más de 500 magistrados).
La hiperinflación fue vencida (pasando de una tasa de 2.700% en 1989 a 7% en 1998) y el crecimiento fue el más alto de América Latina en 1994 (13%). Se aminoró en 1998 (2%), sobre todo a causa de las lluvias torrenciales de El Niño y de las repercusiones de la crisis asiática. Según el Banco Mundial, 54% de los 25 millones de peruanos viven bajo el umbral de pobreza y el subempleo afecta a la mitad de la población activa.