
Vista aérea de la Antártida: montañas rodeadas
de nubes.

Muerte de un albatros herido
por un anzuelo.

Gracias a la política de limpieza del entorno, los bidones
viejos comienzan a desaparecer del paisaje antártico.
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El continente de la paz y de la ciencia
La acción internacional concertada en la Antártida se inició
en 1957, con la iniciativa científica denominada “Año Geofísico
Internacional”. Sus resultados fueron tan impresionantes, científica y políticamente,
que en 1959 los países participantes firmaron el Tratado Antártico,
que entró en vigor en 1951. De una duración indefinida, convierte al
continente en una zona de paz y de ciencia, congela todas las reivindicaciones territoriales,
prohíbe las actividades militares y el depósito de desechos nucleares,
y alienta la cooperación científica y logística mundial. Los
signatarios iniciales fueron: Argentina, Australia, Bélgica, Chile, Estados
Unidos, Francia, Japón, Noruega, Nueva Zelandia, el Reino Unido, Sudáfrica
y la Unión Soviética. Desde 1961 una amplia gama de medidas adicionales
se decidieron de común acuerdo en las reuniones regulares de los países
del Tratado Antártico. De los 43 países del Tratado, los 27 que tienen
estatuto consultivo aplican hoy día activos programas de investigación
científica en ámbitos que van de la alta atmósfera a las rocas
bajo el glaciar continental, y de la bacteria en los testigos de hielo al origen
de los continentes del hemisferio Sur. Muchos de sus proyectos son de tal envergadura
(por ejemplo, el que persigue determinar si el conjunto del glaciar continental está
creciendo o fundiéndose) que sólo pueden ser realizados por vastos
equipos internacionales que trabajen durante muchos años. Dieciséis
nuevos países han adherido al Tratado pero sin iniciar investigaciones. Los
países del Tratado Antártico representan aproximadamente 70% de la
población mundial.
En 1991 firmaron un texto anexo al Tratado, el protocolo sobre el medio ambiente,
que prohíbe durante cincuenta años las operaciones mineras e instaura
un sistema de protección del medio natural.
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Base estadounidense de McMurdo, cerca del mar de Ross.
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El lugar más frío, más
seco, más ventoso del mundo
La Antártida y sus plataformas de hielo cubren aproximadamente 14 millones
de km2, o sea 10% de las tierras emergidas del planeta.
Menos de 1% escapa a la glaciación permanente. Este continente, el más
elevado de todos (su altura media se estima en 2.300 metros), está perpetuamente
cubierto por el mayor casquete glaciar del mundo, constituido por 400.000 años
de caídas de nieve sumamente compacta: tiene hoy día en ciertos lugares
cerca de 5 km de espesor. El casquete glaciar contiene más de 32 millones
de km3 de hielo (alrededor de 90% de todo el hielo
del mundo y 70% de su agua dulce), pero, con precipitaciones medias de cinco centímetros
por año solamente, la Antártida es la región más seca
de la Tierra. Es también la más fría (la temperatura media anual
es de -16°C). La temperatura más baja jamás registrada en la Tierra
fue en julio de 1983 en la estación de investigación rusa de Vostok:
-89,6°C. Vientos sumamente fuertes soplan durante todo el año, a veces
hasta 320 km/hora. La velocidad media anual registrada es de aproximadamente 67km/hora,
lo que hace que la Antártida sea la región más ventosa del planeta.
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En 1959,
un tratado internacional convirtió a la Antártida en el “continente
de la paz y de la ciencia”. Ese texto fue complementado en 1991 con un protocolo
para proteger el medio ambiente de ese continente aislado. Pero la sombra de una
contaminación que viene de fuera se cierne hoy día sobre él.
En vísperas de la reunión de los países signatarios del Tratado
Antártico (mayo de 1999, Lima, Perú), David Walton, experto del British
Antarctic Survey (Centro Británico de Investigaciones sobre la Antártida),
explica por qué la conservación de lo que sigue siendo “el lugar más
limpio del planeta” es importante para todos nosotros.
¿A quién
pertenece la Antártida?
A nadie. La Antártida es un caso único: ese continente está
regido desde hace casi 40 años por un tratado internacional (ver recuadro
p. 12), por lo que no puede ser administrado o controlado como un territorio sometido
a una soberanía nacional. Para modificar esas reglas se necesita el acuerdo
unánime de los 27 países signatarios del Tratado que tienen estatuto
consultivo.
¿Se necesita visa para ir allí?
Los ciudadanos de un país signatario deben obtener el permiso exigido por
el protocolo sobre el medio ambiente de 1991. Como esos países representan
70% de la población mundial, la mayoría de las personas que se dirigen
actualmente a la Antártida tienen ese documento. Las agencias de viajes lo
expiden para los turistas. Los países no signatarios del Tratado no tienen
que otorgar un permiso.
¿Son numerosos los turistas?
Ese continente alejado de todo los atrae, con su fauna y sus paisajes sublimes.
Comenzaron a venir por barco en 1960. Desde hace veinte años, su número
aumenta regularmente. En la última década, el turismo aéreo
también se ha desarrollado. En 1998 la Antártida recibió más
de 10.000 turistas –lo que supera el personal de la estaciones científicas
locales y de sus bases logísticas. Unos sesenta sitios se utilizan regularmente
con fines turísticos.
¿Y esos turistas contaminan?
Muchos de ellos son conscientes de los problemas ambientales. Hasta ahora no
disponemos de pruebas de deterioros que les serían imputables. Pero es absolutamente
necesario limitar el número de visitantes antes de que la vida vegetal y animal
desaparezca, simplemente por efecto de la muchedumbre.
¿Cómo hacer para lograrlo?
Al parecer, por el momento no existe un medio legal para poner un tope al número
de turistas en una zona internacional. Los Estados pueden ayudar otorgando autorización
sólo a las agencias que tienen una conducta ecológica responsable.
A esas agencias les corresponde limitar el impacto de los turistas controlando a
sus clientes.
Lo inquietante es que la capacidad de los barcos de turismo aumenta: embarcaciones
que pueden acoger hasta 1.700 pasajeros proponen cruceros a la Antártida,
y otros están en condiciones de transportar a 800 viajeros a algunos sitios.
Hasta ahora he podido comprobar que en esos barcos los guías realizan encomiables
esfuerzos para informar a los turistas y velan por el respeto riguroso de las reglas
ecológicas cuando están en tierra, donde no dejan ningún desecho.
Los navíos no arrojan sus basuras por la borda en las aguas antárticas.
Y, en general, los visitantes no parecen perturbar seriamente la fauna.
¿Por qué es tan importante salvaguardar el medio ambiente antártico?
Porque está menos contaminado que ningún otro en el mundo. Es un caso
especial: no hay industrias, no hay agricultura, no hay poblamiento humano permanente.
Puede servirnos de base para medir los niveles de contaminación en otras latitudes.
Nos dice si la situación se agrava o no. La Antártida sólo seguirá
siendo científicamente valiosa si es bien administrada.
La extracción de testigos de nieve en la Antártida nos ha permitido
medir la contaminación. Podemos seguir en la nieve la curva del aumento de
los niveles de plomo en la atmósfera desde la revolución industrial:
el alza más rápida se produjo cuando se añadió al combustible
de los coches. La nieve conserva también el rastro de la contaminación
planetaria provocada por las pruebas nucleares de los años cincuenta y sesenta.
Más recientemente, hemos podido detectar partículas de carbono procedentes
de los incendios de bosques tropicales.
¿Qué se puede hacer para conjurar esas amenazas?
Hay que distinguir entre los peligros mundiales y locales. A nivel local, hasta
mediados de los años cincuenta se realizaron en la Antártida pocas
investigaciones científicas. La única actividad económica era
la pesca de la ballena. En esa época se consideraba que los océanos
podían utilizarse como vertederos, y arrojar basuras en zonas deshabitadas
era normal. Cuando comencé a trabajar sobre la Antártida en 1967, numerosas
estaciones de investigación ni siquiera pensaban en el reciclado. Depositaban
sus desechos en rincones perdidos de la Antártida. Lamentablemente, dadas
las bajas temperaturas de ese continente, prácticamente no hay biodegradación:
las basuras que las estaciones abandonaron desaprensivamente en sus comienzos siguen
allí. Es el problema de los desechos el que alarmó a los países
del Tratado y los impulsó a firmar en 1991 el protocolo para la protección
del entorno antártico. Ese texto, que entró en vigor oficialmente en
enero de 1998 pero es aplicado por la mayoría de ellos desde 1991, introdujo
reglamentos ecológicos rigurosos y obliga a los Estados a reparar los daños
que provocaron.
¿Es eficaz ese protocolo?
Se trata de las reglas de conservación y de gestión del medio ambiente
más estrictas dictadas hasta la fecha. Cubren la totalidad de las actividades
humanas en la Antártida y contemplan, entre otros, planes de crisis para combatir
la contaminación marina y proteger la fauna y la flora. Ninguna extracción,
ninguna prospección minera o petrolífera será autorizada antes
de los próximos cincuenta años. Los países del Tratado tomaron
en serio su papel de administradores e hicieron grandes inversiones para cambiar
ciertas prácticas. Cuesta muy caro ser limpio ecológicamente. Cuando
Estados Unidos firmó el protocolo dedicó 30 millones de dólares
a las operaciones de limpieza en torno a sus estaciones.
Dicho de otro modo, ¿el protocolo funciona bien pero la contaminación
llega del exterior?
Así es. La mayoría de los contaminantes de la Antártida proceden
de las actividades industriales y agrícolas del hemisferio Norte. Podemos
medirlos en el aire, la nieve, las plantas, los animales. Hay por ejemplo un grupo
particularmente nocivo de productos químicos denominados cop, “contaminantes
orgánicos persistentes” –insecticidas, herbicidas y otras sustancias peligrosas
para el medio ambiente. No existen en la naturaleza, se descomponen muy lentamente
en los ecosistemas marinos y terrestres y se acumulan allí con efectos tóxicos.
Ninguno es fabricado o utilizado en la Antártida; su utilización allí
está hoy día prohibida, al igual que en muchas otras regiones del mundo.
El hecho de que sea posible detectar y medir su presencia en los pingüinos y
las focas de la zona indica el nivel “tope” de la contaminación causada por
esos productos químicos en el mundo entero. El hecho de que muchos cop estén
presentes en la Antártida con tasas de concentración crecientes demuestra
que esos compuestos peligrosos se esparcen rápidamente y sin control y que
no se puede hacer gran cosa para evitarlo.
Cerca de 80% de las emisiones de gas con efecto de invernadero, que provoca el
recalentamiento del planeta y amenaza zonas frágiles como la Antártida,
vienen de los países del Norte, los mismos que firmaron el protocolo de 1991.
¿No es contradictorio?
En efecto, lo es. Es sorprendente que Estados que han cooperado admirablemente para
preservar el medio ambiente antártico no hagan un mínimo para controlar
la contaminación en su territorio. El Tratado Antártico es un poco
como el derecho marítimo internacional: todos los países están
de acuerdo sobre lo que debe ocurrir en alta mar, pero actúan de modo muy
diferente en sus aguas territoriales. El contraste es manifiesto entre lo que pueden
hacer cuando cooperan en una zona que no poseen, que no explotan y que carece de
población autóctona, y lo que hacen en su propio territorio, donde
hay una población, una industria y aspiraciones a vivir mejor.
¿Qué se puede hacer?
Es imposible impedir esta contaminación de “largo alcance” de la Antártida,
causada por las actividades industriales, mientras esa contaminación prosiga
en la fuente. Todo lo que podemos hacer es tratar de mantener nuestra casa antártica
limpia, teniendo cuidado de que toda actividad sea objeto previamente de un estudio
de impacto sobre el medio ambiente y utilizando las tecnologías y los procedimientos
que reduzcan al mínimo la degradación y la contaminación.
¿Es más fácil proteger el medio ambiente en la Antártida
que en el Artico?
Los países del Tratado Antártico han podido imponer reglas ecológicas
estrictas principalmente porque no hay una población autóctona que
procure desarrollarse a expensas del medio ambiente. El Artico, en cambio, tiene
una población considerable y Estados soberanos en su territorio: las actividades
mineras y la extracción de hidrocarburos y de gas se realizan en gran escala.
En Siberia los escapes de los oleoductos provocan gigantescos derrames de petróleo,
y las fundiciones crean problemas de contaminación con metales pesados.
¿Quién es responsable del deterioro del medio ambiente antártico?
Los ecologistas afirman que el Tratado no es claro sobre este punto.
Es cierto. Hasta ahora no se ha logrado ningún consenso. La cuestión
está en el orden del día de la reunión de Lima en mayo.
¿Por qué los países no llegan a un acuerdo sobre el asunto?
Ello plantea problemas complejos. Hay que conseguir que 27 países con
27 sistemas jurídicos diferentes y 27 visiones culturales se pongan de acuerdo
sobre el término “responsabilidad”. Veamos, por ejemplo, el concepto de parque
nacional. En Estados Unidos, un parque nacional es una zona protegida perteneciente
al Estado federal, que la administra con un criterio de conservación del medio
natural. En el Reino Unido, un parque nacional no pertenece al Estado, sino a numerosos
propietarios privados. Su objetivo esencial no es la conservación. Hay allí
fábricas, zonas residenciales y diversas actividades. No corresponde para
nada a la versión norteamericana, alemana y francesa del parque nacional.
Por consiguiente, el mismo término jurídico tiene un sentido totalmente
diferente según los países. Ese es uno de los principales problemas
que enfrentamos.
Algunos Estados signatarios del Tratado, ¿tienen aún reivindicaciones
territoriales sobre la Antártida?
El Tratado Antártico congela todas las reivindicaciones territoriales que
existían en 1961, y éstas no pueden ampliarse ni puede añadírseles
nada. La eliminación de esta fuente de tensiones permitió a las partes
adaptar constantemente el Tratado para responder a la evolución de las necesidades
sociales y políticas de los 38 últimos años. Los consejos prudentes
de la comunidad científica internacional sobre los mejores métodos
de gestión del medio ambiente han cumplido un importante papel. En vista de
ello, el Tratado Antártico es un acuerdo internacional bastante diferente
de los demás, pues al incluir a los investigadores desde el comienzo, pudo
disponer de un asesoramiento científico de alto nivel.
¿Qué tipo de guerra científica se libra en la Antártida?
Las características ecológicas de ese continente permiten experiencias
científicas que no son posibles en ninguna otra parte. Estudiamos animales
y plantas que pueden vivir en las temperaturas sumamente bajas y en la atmósfera
extremadamente seca que caracterizan a la Antártida. Utilizamos la región
como zona experimental para poner a prueba teorías que intentan determinar
si la vida podría subsistir en Marte. Y administramos una de las reservas
de peces más vastas del hemisferio Sur.
Dadas las características del campo magnético de la Tierra, la Antártida
presenta ciertas particularidades únicas que permiten buscar las causas de
los huracanes solares. Cuando se produce una erupción en el sol, un huracán
de partículas cargadas se lanza hacia la Tierra y afecta a su alta atmósfera,
donde se encuentran cientos de satélites de comunicación, de navegación
y de televisión. En la Antártida medimos los huracanes solares y elaboramos
un modelo que nos avisará sus efectos probables: podremos así proteger
los satélites trasladándolos a una órbita más segura
o colocándolos fuera de circuito.
Los daños pueden afectar a gran número de personas. Hace algunos años,
un huracán solar creó corrientes inducidas tan poderosas que provocó
el colapso de la red de electricidad del conjunto de Quebec. Si podemos concebir
un modelo capaz de predecir la fuerza del huracán, cuándo va a arreciar,
etc., podremos tomar precauciones e impedir efectos de ese tipo.
También realizamos investigaciones sobre numerosos aspectos del recalentamiento
del planeta, de la fundición de los glaciares continentales y de la elevación
del nivel del mar.
Algunos dicen que las plataformas de hielo1 de la Antártida se desintegran
y parten a la deriva. ¿Es eso exacto?
Sabemos que algunas pequeñas plataformas flotantes de la península
antártica se desintegraron en los últimos cuarenta años. Ello
no modifica para nada el nivel del mar, puesto que flotaban, pero muestra claramente
que se está produciendo un recalentamiento regional importante. Pero ignoramos
si el conjunto del glaciar continental ha sido afectado. Estamos preparando un modelo,
pero necesitaremos muchos años para decir con certeza si los hielos continentales
pueden fundirse, y en qué plazo.
¿Qué sucede con la capa de ozono encima de la Antártida?
El descubrimiento por la British Antarctic Survey, en 1985, del agujero en la
capa de ozono encima de la Antártida atrajo la atención sobre este
problema: procesos industriales, en particular los clorofluorcarbonos (CFC), afectan
a la capa de ozono que impide que peligrosos rayos solares lleguen hasta la superficie
de la Tierra. En la primavera pasada su espesor encima de la Antártida fue
el más fino jamás registrado. No lograremos que el ozono suba a niveles
de protección normales mientras no hayamos eliminado todos los productos químicos
que lo destruyen en la alta atmósfera. Como los CFC siguen presentes, es muy
improbable un restablecimiento de la capa de ozono en los próximos decenios.
Actualmente existe un mercado negro de los CFC que permite eludir las restricciones
a su comercio y a su producción. Hay tantos cfc a nuestro alrededor –en los
frigoríficos y en las instalaciones de aire acondicionado – que no será
fácil deshacerse de ellos. Vamos a tener que afrontar una degradación
de la capa de ozono durante mucho tiempo. Se reduce ya en el Artico, y su espesor
encima de Europa ha bajado en los últimos años. Así sucede en
el mundo entero. Es alarmante ver hasta qué punto el difícil llegar
a dominar efectivamente un desastre planetario tan grave y proteger a las generaciones
futuras.
1. Formación
a lo largo de las costas de hielo horizontal, de 2 a 50 metros de espesor, que llega
a veces al fondo.
El Correo de la UNESCO
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