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Gurdev Singh Khush

La urbanización y la industrialización devoran cada
vez más tierras cultivables. China ha promulgado una ley para impedir la reconversión
de esas tierras. Abajo, en la provincia de Yunnán, labores agrícolas
en las cercanías de la ciudad.
“Si todos los arroceros se dedicaran a la agricultura
biológica, la producción agrícola actual se reduciría
a la mitad y habría una nueva crisis alimentaria. A mi juicio, la agricultura
biológica no es un alternativa viable: su generalización conduce a
la catástrofe.”

Países
productores de arroz


Los diez primeros
países
productores de arroz
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Toda una vida por el arroz
Su nombre tal vez no diga nada, pero en cambio la variedades
de arroz que ha inventado son sumamente conocidas. Desde hace 32 años, Gurdev
Singh Khush, con su equipo del IRRI (Instituto de Investigación sobre el Arroz de Manila, Filipinas),
ha introducido más de trescientas, entre las que cabe mencionar el IR 8, el IR 36, el IR 64 y el IR
72, que, en la década de 1960, desencadenaron la revolución verde en
Asia. Hoy, las variedades del IRRI y sus descendientes se siembran en más de 70% de los arrozales
del mundo.
“Al principio los agricultores se mostraban escépticos ante nuestras nuevas
variedades que necesitaban menos tiempo para madurar que las tradicionales. Pero
nuestra perseverancia fue recompensada”, recuerda el investigador. Durante los primeros
veinticinco años de su programa, la producción de arroz se duplicó,
aumentando de 256 millones de toneladas en 1966 a 518 millones en 1990. Ello permitió
alimentar adecuadamente a 700 millones de personas más.
En 1976, Gurdev Singh Khush puso a punto el IR 36. Bautizado “arroz milagro”, es una de las variedades más
cultivadas en el mundo. Según estimaciones del IRRI, el IR
36 añade anualmente 5 millones de toneladas de arroz a los recursos nutritivos
de Asia y mil millones de dólares de ingresos a sus agricultores.
¿Qué impulsó a Gurdev Khush a dedicarse a la investigación
agronómica? “Soy oriundo del Penjab, en el Norte de la India. Allí
reinaba la pobreza y faltaba comida. Mi padre era campesino y me estimuló
vivamente a hacer algo por los agricultores”, confía el científico,
que hoy día tiene 64 años de edad. Sus trabajos le han valido numerosas
recompensas. La más prestigiosa es el Premio Mundial de la Alimentación,
que le fue otorgado en 1996 por la World Food Prize Foundation, en Des Moines (Estados
Unidos) por su contribución “al progreso del desarrollo humano al mejorar
la calidad, la cantidad y la disponibilidad de las reservas alimentarias mundiales”.
Gurdev Singh Khush vive actualmente en Los Banos, cerca de Manila (Filipinas), con
su familia. Está elaborando nuevas variedades a fin de aumentar los rendimientos
en 25%: “Es la misión de mi vida: seguir trabajando para mejorar el arroz
y alimentar cada vez a más personas”, dice.
E.A.
• http://www.cgiar.org/iri
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Logró duplicar
la producción mundial de arroz en veinticinco años gracias a nuevas
variedades: fue la “revolución verde”. Hoy día este investigador emérito,*
aboga por una “revolución todavía más verde” que pueda conjurar
el hambre en el mundo en el próximo siglo.
Varios expertos temen una crisis alimentaria
en Asia a mediano plazo: la población aumenta y la tasa de crecimiento de
la producción agrícola declina. ¿Existe realmente el riesgo
de que la hambruna vuelva a aparecer?
Si las tendencias actuales persisten, tarde o temprano la región deberá
afrontar situaciones de escasez. En la mayor parte de los países de Asia donde
el alimento básico es el arroz, el crecimiento demográfico aún
no se ha estabilizado y la demanda de productos alimenticios aumenta. De acuerdo
con las proyecciones de las Naciones Unidas, en 2020 habrá 8.000 millones
de individuos en la Tierra, de los cuales 5.000 millones serán consumidores
de arroz. Para satisfacer esta demanda, la cosecha mundial de arroz, que actualmente
es de 560 millones de toneladas anuales, deberá pasar a 840 millones. Todo
ese arroz deberá proceder de las tierras cultivadas existentes, pues en muchos
países no hay más tierras arables disponibles. Por consiguiente, los
países asiáticos tendrán que aumentar su producción alimentaria
en general y a la vez promover activamente el control de la natalidad.
¿La producción alimentaria aumenta suficientemente rápido como
para satisfacer la demanda?
Desgraciadamente, no. No logra seguir el ritmo de la demografía. Entre
1960 y 1990, la tasa de crecimiento de la producción alimentaria mundial era
2,8% al año y la de la población 2,1% o 2,2%. Por lo tanto, no había
problemas. La situación ha cambiado en los años noventa. La población
aumenta ahora 1,8% al año, y la producción alimentaria sólo
1,5%. La inversión en regadío prácticamente se ha suspendido.
Tierras de buena calidad se sacrifican a la industrialización. Si la tendencia
se mantiene, no será posible hacer frente a la demanda.
¿Hasta qué punto las nuevas tecnologías pueden hacer aumentar
los rendimientos? ¿Cuáles son los objetivos de la investigación
sobre el arroz?
Disponemos actualmente de variedades de arroz cuyo rendimiento potencial es de
unos 100 quintales1 por hectárea. Pero el rendimiento medio del
arroz regado en Asia se sitúa en torno a 50 quintales. Para elevar este promedio
a 80, habría que revisar el sistema de producción, invertir más
en riego y capacitar a los agricultores para el empleo de las nuevas tecnologías.
Tenemos la esperanza de lanzar a la circulación, en los primeros años
del siglo XXI,
nuevas variedades de semillas cuyo rendimiento potencial será de 120 a 125
quintales por hectárea.
La investigación sobre el arroz va a orientarse en mayor medida hacia una
agricultura ecológica. Los seleccionadores del mundo entero están desarrollando
nuevas variedades resistentes a la sequía y a los insectos y capaces de vencer
las malas hierbas. En los treinta a cincuenta años venideros, habrá
que disponer también de variedades capaces de soportar temperaturas más
elevadas, causadas por el calentamiento del planeta.
¿Cuál es la tarea prioritaria del Instituto Internacional de Investigación
sobre el Arroz (IRRI)?
El próximo objetivo del IRRI es una “revolución aún más
verde”: producir más arroz con menos tierra, menos agua, sin insecticidas
ni herbicidas químicos. Hemos concebido para ello un “superarroz”, actualmente
en una fase experimental, obtenido gracias a los métodos de selección
tradicionales. Tendrá una estructura totalmente diferente de las variedades
tradicionales.
En la primera variedad de arroz de alto rendimiento, el IR 8, el peso de la planta se reparte en igual medida
entre el grano y la paja. Con el superarroz, el grano pesa 60% y la paja 40%. Esta
nueva variedad poseerá una mayor capacidad de fotosíntesis, que dirigirá
más energía hacia la producción de granos y menos hacia las
hojas. Un primer prototipo fue elaborado hace algunos años. Procuramos mejorar
la calidad del grano e integrar genes que permitan que la planta resista a las enfermedades
y a los insectos, a fin de que los agricultores no necesiten utilizar pesticidas.
Por primera vez hemos extraído del maíz el gen que da tanta fuerza
a su tallo y lo hemos introducido en el nuevo arroz. Este hará que la planta
cargue más granos y aumentará el rendimiento al menos 60% respecto
de las variedades existentes. Esperamos que los agricultores puedan utilizarlo a
comienzos del próximo siglo.
Cuando usted se incorporó al IRRI, hace treinta y dos años, el objetivo
primordial era elaborar variedades de arroz con alto rendimiento para prevenir una
crisis alimentaria. Luego apareció la agricultura ecológica. Hoy día
se intenta crear semillas genéticamente modificadas. ¿Qué piensa
usted de esta evolución?
En Asia se registraron graves periodos de escasez alimentaria en los años
sesenta. Era urgente incrementar la producción agrícola. El IRRI
lo logró poniendo a punto variedades de arroz con alto rendimiento que llegan
a la madurez en 110 días, en lugar de los 180 necesarios para las variedades
tradicionales. Esta mutación, que se llamó “revolución verde”,
contribuyó a que de 1967 a 1992 la producción de arroz en Asia se duplicara
y a prevenir así el hambre. En algunos países como Indonesia, la cosecha
de arroz se triplicó. Pero se comprobó que la utilización de
pesticidas y de abonos era perjudicial para el medio ambiente. Entonces, se empezó
a dar prioridad a una agricultura sostenible. Se incitó a los agricultores
a utilizar estiércol orgánico, abono compuesto, biofertilizantes. Después
de lo cual se crearon variedades de semillas resistentes genéticamente a ciertos
insectos, a fin de limitar al mínimo indispensable el empleo de insecticidas
peligrosos.
Nos dimos cuenta, por otra parte, de que las nuevas semillas daban más en
las zonas bien irrigadas y mucho menos en la montaña o en las regiones regadas
únicamente por las lluvias —donde viven en su mayoría los campesinos
más pobres. Nuestro próximo desafío es crear variedades de arroz
resistentes a la sequía, para ayudar a esos agricultores desfavorecidos.
Se ha acusado a la revolución verde, de la que usted fue uno de los grandes
representantes, de haber provocado una degradación de los suelos al abusar
de los abonos y los pesticidas. ¿Cómo responde a esa crítica?
En lo esencial me parece injustificada. El Asia de los años sesenta vivía
bajo la amenaza de una hambruna inminente: aumentar la producción alimentaria
era la prioridad. Abonos minerales y productos fitosanitarios sirvieron para estimular
la productividad. No hay pruebas ni cifras que demuestren que la degradación
de los suelos se debió a la revolución verde. Es posible que la forma
de explotación de las tierras no haya sido adecuada. Y que la utilización
excesiva de abonos y pesticidas, la falta de sistemas de avenamiento apropiados en
los campos durante las lluvias torrenciales, así como las inundaciones, hayan
contribuido al agotamiento de los suelos.
Muchas ideas falsas circulan a propósito de los abonos minerales. Nuestras
investigaciones han demostrado que el arroz exige nutrientes equilibrados para producir
granos en abundancia. Poco importa que provengan de abonos minerales o de estiércol
orgánico. Los agricultores de Estados Unidos y de otros países desarrollados
siguen empleando abonos y obtienen rendimientos superiores. Si el uso de abonos minerales
planteara problemas, serían los primeros en dar la alarma.
Si los abonos no son peligrosos, por qué algunos cultivadores optan por la
agricultura biológica?
A veces para obtener beneficios. Los productos “bio”, cultivados sin abonos minerales
ni pesticidas, tienen gran demanda en los países occidentales. Pero esos agricultores
“bio” producen la mitad de lo que obtenían antes con los abonos. Si todos
los arroceros se dedicaran a la agricultura biológica, la producción
agrícola actual se reduciría a la mitad y habría una nueva crisis
alimentaria. A mi juicio, la agricultura biológica no es una alternativa viable:
su generalización conduce a la catástrofe.
Algunos sostienen que en razón de las innovaciones del IRRI, numerosas variedades
tradicionales de arroz han desaparecido y que se ha perdido una rica diversidad genética.
Es natural que los agricultores adopten las variedades con rendimientos más
elevados. Por consiguiente, el número de variedades cultivadas disminuye.
En Estados Unidos en los años sesenta se utilizaban 50 variedades de soja;
hoy sólo se encuentran cinco o seis, nuevas y con alto rendimiento. ¿Cómo
impedir que los agricultores opten por lo que da mayores beneficios? Pero las semillas
de las variedades tradicionales no han desaparecido. En nuestro banco en el IRRI
conservamos unas 85.000 variedades tradicionales de arroz cultivadas antes de la
revolución verde. Países como Indonesia, India y China tienen sus propios
centros de conservación de semillas que serán utilizadas por las generaciones
futuras para crear nuevas variedades.
No estoy de acuerdo cuando se afirma que el potencial genético de esas variedades
tradicionales se ha perdido totalmente. Elaborar una nueva variedad es integrar en
la nueva semilla genes procedentes de 30 a 40 variedades tradicionales diferentes.
Tomemos el IR
64, sumamente popular entre los agricultores del Asia: sus genes vienen de por lo
menos 44 progenitores diferentes. Es imposible poner a punto las variedades modernas
sin las tradicionales.
Según un informe de las Naciones Unidas, en veinte años las reservas
mundiales de agua dulce se redujeron a la mitad y es probable que la escasez se agrave
en los años venideros. ¿Cómo podrán los agricultores
hacer frente a esta situación?
Ese será otro problema muy grave. El arroz es un cultivo que consume mucha
agua. Y observamos que los agricultores utilizan demasiada: 5.000 litros de agua
por término medio para producir un kilo de arroz. Hoy día existen tecnologías
que permiten producir un kilo de arroz con 1.500 a 2.000 litros de agua solamente.
Por desgracia, numerosos cultivadores no están bien informados o no tienen
acceso a esas tecnologías. Muchos creen equivocadamente que necesitan mantener
en el arrozal algunos centímetros de agua sobre el nivel del suelo durante
todo el periodo de crecimiento. Hemos demostrado que basta con mantener el suelo
saturado de agua. Los países productores de arroz deben empeñarse en
preparar a sus arroceros para un mejor uso del agua.
La presión para producir más arroz es fuerte. Pero algunas organizaciones
ecologistas insisten en que el metano que emana de los arrozales contribuye al efecto
de invernadero. ¿Cómo resolver este problema?
Es cierto que los arrozales despiden metano, pero se ha exagerado la gravedad
del problema. Las estadísticas son claras: sólo 15% de las emisiones
mundiales de metano provienen de los arrozales, el 85% restante se debe a las actividades
industriales en el mundo. Comencemos por reducir estas últimas, con tecnologías
que respeten el medio ambiente. Pero no se puede dejar de producir arroz. Se va a
continuar porque es el alimento primordial de la humanidad. Ahora bien, en el IRRI
buscamos también los medios de reducir al mínimo, e incluso de eliminar
totalmente, esas emisiones de los arrozales.
En Asia se habla a menudo de repartir de manera igualitaria, mediante una reforma
agraria, las tierras cultivables entre los propietarios y los trabajadores agrícolas.
Lamentablemente, en numerosos países este proyecto no se concreta por razones
sociopolíticas. La actual repartición desigual de la tierra ¿tiene
a su juicio algún impacto en la producción alimentaria?
Esa repartición igualitaria es de suma importancia: influye en la producción
alimentaria y en el contexto socioeconómico. Veamos la India. Estados como
Bengala Occidental y el Penjab realizaron reformas agrarias en los años sesenta
y setenta, tras lo cual la producción aumentó. En cambio, en el estado
de Bihar, en el este, un puñado de propietarios posee la casi totalidad de
las tierras. Esta repartición desigual es la razón principal de los
enfrentamientos que oponen allí a propietarios agrícolas y jornaleros
desde hace cincuenta años. Comparada con la de otros estados, la producción
agrícola media de Bihar es muy débil. En Filipinas, desde la reforma
agraria de comienzos de los años setenta, los arrozales pertenecen a los productores
de arroz y no a los grandes propietarios. En Japón, la producción alimentaria
aumenta regularmente desde la reforma agraria de la postguerra.
Según ciertos estudios, el rápido aumento de la urbanización
y de la industrialización reduce poco a poco las superficies cultivables en
Asia. ¿Cuáles serán las consecuencias de este fenómeno
en los próximos veinticinco años?
En numerosos países asiáticos, los campos cultivados se encuentran
en las cercanías inmediatas de las ciudades, grandes o pequeñas, y
son las primeras víctimas de la extensión urbana. En China, las tierras
agrícolas están desaparecido a un ritmo rápido para atender
las necesidades de la industria y de la urbanización. En los años setenta,
más de 35 millones de hectáreas se dedicaban al cultivo de arroz en
el país; en 1990, sólo 31 millones. Y China no dispone de tierras inexplotadas
que podría dedicar a la agricultura. Su gobierno, consciente del problema,
promulgó una ley rigurosa para impedir la reconversión industrial o
inmobiliaria de las tierras arables.
En Indonesia, especialmente en Java, 60.000 hectáreas plantadas de arroz se
pierden anualmente para construir fábricas o viviendas. En Filipinas, unas
10.000 hectáreas de arrozales se esfuman todos los años por las mismas
razones. Ahora bien, no es posible reemplazar esos arrozales perdidos aumentando
el desbroce. En países como Filipinas casi no quedan bosques. Para compensar
parcialmente las pérdidas de tierras, los países de Asia deben esforzarse
por ampliar sus superficies de regadío. Pero ello exige, una vez más,
grandes inversiones.
Las poblaciones rurales, en numerosos países de Asia, sufrieron graves perjuicios
por el adelanto o retraso del monzón, fenómeno que los científicos
atribuyen al cambio climático mundial. Si la situación persistiera,
¿cuáles serían las consecuencias?
Sería desastroso para la agricultura que el fenómeno bautizado
la Niña se produjera nuevamente. En 1998, en el Sudeste Asiático, el
monzón tuvo cuatro meses de retraso: las lluvias torrenciales cayeron en la
época de la cosecha y el arroz fue destruido. Los cultivadores sufrieron graves
pérdidas estos dos últimos años. Espero que ese fenómeno
siga siendo excepcional, y sólo aparezca una vez cada diez años.
¿La crisis financiera asiática ha afectado a la producción de
arroz?
Esa crisis afectó sobre todo a Corea del Sur, Tailandia, Indonesia y Malasia.
En Corea del Sur y Malasia el sector agrícola no sufrió y la producción
de arroz se mantuvo normal estos dos últimos años. Tailandia logró
hacer frente al impacto sobre todo gracias al dinamismo de sus arroceros: muchos
tailandeses que trabajaban en las fábricas se reintegraron a los arrozales.
Por consiguiente, las superficies cultivadas aumentaron y Tailandia pudo producir
más arroz que los años precedentes. Su gobierno entendió que
el cultivo del arroz es la columna vertebral del país y ahora atribuye mayor
importancia al desarrollo agrícola.
En Indonesia, la crisis económica tuvo consecuencias negativas. Por falta
de fondos, el gobierno indonesio dejó de subvencionar los abonos, cuyos precios
se fueron a las nubes. Muchos arroceros tuvieron que abandonar sus cultivos porque
no podían adquirir abonos. En 1998, los productores indonesios de arroz fueron
golpeados a la vez por la crisis económica y por la Niña: las reservas
de arroz cayeron al nivel más bajo registrado en el decenio. Hace algunos
años Indonesia exportaba arroz. Hoy importa 3 millones de toneladas al año.
¿Y China?
Según numerosos expertos, sufrirá probablemente una escasez de
alimentos muy grave durante el próximo siglo. Su población aumenta
a un ritmo de 1,1% al año. Se estima que la tasa de crecimiento de ésta
sólo llegará a estabilizarse en torno a 1.600 millones de habitantes
—hoy son 1.200 millones. Ello significa que habrá 400 a 500 millones más
de bocas que alimentar. Ahora bien, sólo 11% de la superficie de China es
cultivable, el resto es montañoso o desértico. China va a convertirse
entonces en el principal importador de cereales de aquí a treinta años.
* Director de la sección “Selección
creadora, genética y bioquímica” del Instituto Internacional de Investigación
sobre el Arroz en Manila, Filipinas (International Rice Research Institute, IRRI).
1. Un quintal = 100 kilogramos.
El Correo de la UNESCO
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