Lagos: Código de supervivencia

Amy Otchet, periodista del Correo de la UNESCO

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En Apapa-Oshodi, una de las arterias principales de Lagos, los atascos se repiten día tras día.










Una ciudad se parece a un animal. Posee un sistema nervioso, una cabeza, unos hombros y unos pies. Cada ciudad difiere de todas las demás: no hay dos parecidas. Y una ciudad tiene emociones colectivas.

John Steinbeck, escritor estadounidense (1902-1968)





Lagos

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Ficha técnica

El estado de Lagos. Su superficie es de 3.577 km2. Comprende la zona urbana de Lagos, unos 1.183 km2, de los cuales sólo 728 se encuentran en tierra firme. Un nuevo gobernador tomó el relevo de la administración militar el 29 de mayo de 1999. El estado de Lagos está dividido en 20 distritos, que sufren de una penuria crónica de financiamiento y que serán gobernados por autoridades elegidas.
Población. Asciende a 5,6 millones de habitantes, según el censo más reciente, de 1991. Pero es dudosa la credibilidad de éste, pues, cuando se llevó a cabo, numerosos habitantes de la ciudad habían vuelto a su aldea de origen. En general, los expertos estiman la población de Lagos en una cifra que va de 10 a 13 millones de habitantes. Está compuesta esencialmente por los tres grupos étnicos principales, los yoruba, los ibo y los hausa. Según las previsiones de las Naciones Unidas, la ciudad alcanzará 20 millones de habitantes en 2010.
Referencias históricas. Antes de la llegada de los portugueses en el siglo XV, Lagos se llamaba Ekko. Declarada colonia británica en 1861, la ciudad, que contaba entonces 250.000 habitantes, fue dividida en barrios separados para los europeos expatriados, la población nativa y los inmigrantes. En 1960 pasó a ser la capital política y económica de la Nigeria independiente. En 1963 vivían allí más de un millón de personas.
En 1966 los militares tomaron el poder. Una guerra civil estalló el año siguiente, provocando una nueva oleada de inmigración hacia Lagos. El “boom” petrolero de comienzos de los años setenta, cuando el precio del barril de petróleo bruto aumentó de 30 centavos a 13 dólares, dio origen a una multiplicación de gastos en infraestructuras, en las que la irracionalidad corría parejas con la corrupción. Ejemplo: las autopistas que encierran la ciudad sin lograr aliviar la monstruosa congestión del tráfico. Las presiones sobre la economía y los transportes se intensificaron en esos años de fuerte crecimiento: en 1978 Lagos contribuía en una proporción de 40% al comercio exterior del país y reunía 40% de la mano de obra calificada. La recesión mundial de 1981 sumió a la ciudad en el endeudamiento y alimentó la inflación galopante que sigue haciendo estragos. Los problemas actuales —cortes de electricidad, escasez de viviendas, insalubridad, telecomunicaciones caóticas— se iniciaron en ese periodo. En 1991, Abuja fue proclamada oficialmente capital política de Nigeria.
Indicadores socioeconómicos. Según fuentes gubernamentales, 62% del pnb de Nigeria está concentrado en Lagos, así como 40% de la moneda que circula y 45% de la mano de obra industrial. Se estima, sin embargo, que dos tercios de los habitantes de la ciudad viven bajo el umbral de pobreza, y que 60% a 70% trabajan en el sector sector informal. Sólo un tercio de los hogares dispone de agua corriente. Lagos arroja diariamente 6.000 toneladas de basura, y sólo 0,09% de los desechos sólidos son tratados.

La gran metrópoli vive desde hace tiempo en una semianarquía. Pero los lagosianos dan muestras de un increíble ingenio para salir adelante.

En torno al estadio de Lagos, donde Nigeria acaba de perder un partido de fútbol, reina una gran efervescencia: raudales de jóvenes espectadores salen a la calle y dan rienda suelta a su rabia por haber perdido; la muchedumbre se precipita hacia unos minibuses amarillos abollados. Unas doce personas están hacinadas en uno de ellos; el chófer coloca la primera y acelera a fondo para ganar unos centímetros sobre los demás minibuses. Unas niñas se deslizan entre los coches para vender el agua de unos bidones que llevan sobre la cabeza. Unos muchachos proponen tijeras, pescado ahumado, pañuelos, globos, en medio del tráfico que se hace cada vez más denso. Estamos en Lagos, una ciudad milagrosamente en movimiento contra viento y marea.

El dinamismo del caos
Es difícil encontrar el centro, por no hablar de la lógica, de esta ciudad que tiene fama de ser la más peligrosa de Africa. Tres puentes unen unos 3.500 km2 de laguna, islas y albuferas al continente, donde anchas arterias sin alumbrado atraviesan desfiladeros de basurales humeantes. Calles sucias serpentean a través de unas 200 villas miseria, cuyos desagües se mezclan con desechos diversos. Muchas cosas de la ciudad son un misterio. Nadie sabe con exactitud cuál es la población de Lagos: oficialmente 6 millones, pero la mayoría de los expertos la estiman en 10 millones (
ver ficha técnica). Igualmente vago es el número de asesinatos cometidos al año, por no hablar de los afectados por el virus del sida o de la cantidad de drogas que transitan por el puerto de Agapa. La corrupción es endémica a todos los niveles. Los choferes de autobús ni siquiera disminuyen la velocidad cuando deslizan en la mano de un policía algunos billetes que les garantizan un paso expedito. Los ricos se atrincheran en dos islas fortalezas, a considerable distancia de una metrópoli donde, según las estimaciones, dos tercios de la población vive bajo el umbral de pobreza.
Pero considerar a Lagos como un arquetipo de pesadilla urbana sería eludir lo esencial.
Esta ciudad nigeriana sumamente dinámica en los planos económico, cultural y —desde 1991— político, es, pese a todos sus defectos, un polo formidable que atrae anualmente a unas 300.000 personas adicionales. No todas las calles están pavimentadas, y menos aún de oro, pero frente a las zonas rurales devastadas por la pobreza Lagos representa un Eldorado donde cabe esperar encontrar trabajo y una vida mejor. Para muchos, ganar lo necesario para subsistir es una lucha cotidiana, pero la convicción de que un día el sueño de una vida mejor se hará realidad es lo que hace vibrar a la ciudad.
Los lagosianos afirman que el secreto de su ciudad es el aguante. Para algunos, se trata más bien de una capacidad de resistir al sufrimiento. Ello explica en parte el éxito de la Iglesia evangélica. “Las personas buscan soluciones espirituales a sus problemas económicos”, explica el pastor Ebenezer Babajide, que en 1998 abrió su iglesia en el anexo de un jardín de infantes. Pero, más allá de la voluntad de sobrevivir, otro impulso se manifiesta.
“La búsqueda agresiva de una vida mejor que se observa en Nigeria no se encuentra en ningún otro lugar de Africa”, explica Félix Morka, director de la ong Centro de Acción por los Derechos Económicos y Sociales. El auge del petróleo de comienzos de los años setenta hizo nacer la esperanza de una vida mejor, a la que la población se aferra desesperadamente desde el derrumbe de la economía en los años ochenta, y pese a las dificultades resultantes de las políticas de ajuste estructural del Banco Mundial. “Es como si cada cual luchara solo para invertir la tendencia general a la baja de la economía”, prosigue Morka. “La gente busca capitales para lanzarse en los negocios. Ese empeño, típicamente nigeriano, en Lagos es aún más belicoso, con una concentración tan elevada de capitales y de población.”

Una economía subterránea
En vez de rebelarse o estallar por efecto de las tensiones, los lagosianos aprovechan al máximo las estructuras informales, según Morka “un increíble recurso renovable, que ha resultado ser el mejor aliado del gobierno militar”. La economía subterránea permite subsistir a más de la mitad de los habitantes de la ciudad y reduce los riesgos de rebelión popular.
Ejemplo típico es el de un profesor que gana unos 5.000 nairas por mes, el equivalente de 55 dólares. Un segundo trabajo, un pequeño almacén de comestibles, le permite pagar los gastos de escolaridad de su hija (85 dólares por semestre). En el inmenso mercado negro, afluyen frutas y verduras procedentes del Benin vecino; su paso por la frontera es facilitado por la corrupción de los aduaneros, que ganan unos 55 dólares por mes. Cuando el gobierno reduce el abastecimiento interno de combustible por las necesidades de la exportación, el sector informal llena los tanques de los taxis y los autobuses y no se interrumpe el transporte. Al espíritu de iniciativa se suma la energía de la desesperación: al anochecer se “piden prestadas” las carretillas de las construcciones y se alquilan a veinte cents por noche a los sin techo que buscan una cama. Cuando la lluvia transforma el mercado en un barrial, los niños traen baldes de agua y proponen a los clientes lavarles los pies por unos pocos nairas.
El sector informal es también el trabajo del que empuja una carreta de casa en casa para retirar la basura: 65 dólares al mes, sin contar los 55 dólares que gana vendiendo los desechos recuperables. Es también un camión-cisterna que, previo pago de 6 dólares, llena el estanque de 400 litros de un propietario que revende el agua a cinco cents el balde. Es, por último. el trueque que practica el panadero cuando le queda demasiado pan por la noche o las motocicletas que proponen transporte en las esquinas donde los autobuses no se detienen. Una misma regla impera en Lagos, del mercado de frutas y verduras animado hasta el puerto pesquero tranquilo: buscarse la vida.
Un dédalo de tablas se extiende sobre el lago de Ebute Metta, donde casi 400 casuchas de madera sobre pilotes parecen flotar al margen de la suciedad y el ritmo loco de Lagos. Niños desnudos se balancean sobre las tablas, mientas las mujeres se bañan o preparan la comida. “Construimos este lugar solos”, dice el jefe Johnson Aibe, que cambia pescado por leña de un aserradero vecino, para construir casas y canoas. Nadie tiene títulos de propiedad en esta comunidad. Un consejo de ancianos decide quién puede construir una casa y a qué precio. Esos habitantes han aprendido, tras duras experiencias, que cuanto menos tengan que ver con la administración, tanto mejor. Vivían al otro lado del lago, pero en 1985 el gobierno decidió demoler sus casas para construir complejos de viviendas que ellos no podrían alquilar. Muchos lo perdieron todo, sin recibir indemnización alguna. La única solución era reconstruir en otro sitio, con sus propios medios.
En muchos aspectos, Ebute Metta recuerda el Lagos de los años cincuenta y sesenta, cuando la gente llegaba masivamente de los campos y constituía pequeñas comunidades en el corazón de la ciudad, agrupadas por etnia o por lugar de origen. El Lagos cosmopolita de hoy ha ido más allá de esa tradición. “Eko gbole o gbole”: en una expresión yoruba, uno de los 250 dialectos del país, con doble significado: “Lagos es un crisol” y “todo es posible en Lagos”. Los vínculos de la familia ampliada siguen tejiéndose en esta ciudad. Las habitaciones de huéspedes casi nunca están libres: siempre hay un primo o un hermano que alojar. Las congregaciones religiosas cumplen también un papel importante pues prestan ayuda a sus miembros. Como en cualquier otra gran ciudad, las relaciones personales son un factor clave para encontrar vivienda o un nuevo trabajo. En Lagos son igualmente esenciales para obtener acceso a los servicios básicos, como el agua y la electricidad. Los cortes de corriente eléctrica de más de ocho horas son el pan de cada día. Sólo los ricos pueden darse el lujo de un generador, pero siempre hay alguien que se las arregla para conectarse con la red eléctrica de un edificio público vecino.

Nuevas perspectivas
Para ricos y pobres, los robos son una de las principales preocupaciones: cada hogar dedica unos 25 dólares al mes a pagar una patrulla encargada de la vigilancia del barrio, que de noche puede llegar a cerrar ciertos caminos.
“¡Alto al vandalismo! ¡Detengan a los ladrones que nos privan de agua”, indica un letrero pintado sobre una cañería matriz de agua que corre a lo largo de una gran arteria. Pero en una ciudad en la que, según las estimaciones, sólo 30% de los hogares tienen agua corriente, valerse de alguna trapisonda para aprovechar el agua de una cañería no es un crimen sino una artimaña para mejorar su destino. Hace falta aún que los lagosianos se organicen para hacer valer sus derechos económicos y sociales. Varias razones explican por qué no lo han hecho y, entre ellas, más de treinta años de control militar y de violaciones de los derechos humanos, como las perpetradas por el tristemente célebre general Abacha, muerto en 1998. ¿Cómo reclamar el derecho al agua en un régimen que transgrede abiertamente la ley?
La elección de un nuevo gobierno abre ciertas perspectivas Pero “las elecciones sólo son la parte visible del iceberg”, declara el profesor Akin Mabogunje, uno de los geógrafos más conocidos de Nigeria. Para que el buen sentido se imponga en una ciudad como Lagos, es necesario que la población intervenga en las decisiones que afecten a sus barrios”, prosigue Mabogunje. “Es la única manera de que contribuyan a las obras públicas y supervisen los gastos públicos.” El urbanista M. O. Ajayi explica que en lugar de obtener ayuda del gobierno para resolver los problemas esenciales, Lagos sólo recibe órdenes de arriba, que a menudo acarrean más daños que beneficios (ver recuadro).

El renacimiento de Maroko
El distrito de Maroko, demolido en 1990, es tal vez el ejemplo más elocuente. Cerca de 300.000 personas vivían en ese barrio levantado cerca de una playa. Situado debajo del nivel del mar, se inundaba periódicamente: mareas de lodo y de desechos hacían que el lugar fuese insalubre y “desagradable” a la vista para la comunidad vecina de Victoria Island, una fortaleza para ricos. “La policía apareció con las topadoras y nos expulsó”, cuenta Helen Omame, de 50 años, que rememora la destrucción de su casa, hace nueve años. “Algunas personas perdieron la vida y hubo niños que quedaron abandonados.” Hoy vive con su marido y sus ocho hijos a algunos kilómetros más abajo en la costa, en un nuevo Maroko, que es casi copia fiel del anterior, donde los más afortunados viven en casas de hormigón construidas por el Estado. Como muchas otras personas, Helen y los suyos no recibieron ninguna indemnización. Por la noche, los miembros de la familia Omane se separan para dormir en los cobertizos de madera del mercado. “Son los niños los que alimentan a la familia”, declara Helen. “Les es más fácil encontrar trabajos menudos, como recoger la basura o transportar sacos de madera a las obras de construcción.”
Ironía del destino, el nuevo Maroko es tal vez la zona de Lagos llamada a desarrollarse. “Afluye gente de todas partes”, observa Ellen Kole en la heladería que acaba de abrir. Casas blancas de lujo con grandes balcones surgen en el horizonte; las familias más modestas como la suya vienen a hacinarse en pequeñas viviendas de tres habitaciones, sin agua, sin electricidad y sin alcantarillado. “El nuevo gobierno va a invertir aquí”. anuncia Ellen. Mientras tanto, su familia y sus vecinos se las ingenian como pueden, y siguen empujando más lejos los límites de la ciudad.
Lagos avanza, sin plano ni líneas directrices, pero con una voluntad sin igual.

El Correo de la UNESCO