Ikosi, más allá de la tragedia

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Ni las topadoras ni los disparos han podido con los tenderetes del mercado de Ikosi.







La ciudad no es una jungla de aslfato, sino un zoo humano.

Desmond Morris,
zoólogo británico (1928)

El intento de demolición de un mercado en Lagos exacerbó la desconfianza recíproca entre autoridades y administrados. Estos últimos proponen soluciones.

Un cadáver se descompone en una calle de Ikosi, el principal mercado de frutas y verduras de Lagos. El hombre fue muerto el día anterior, el 15 de abril de 1999, cuando el gobierno local envió topadoras para arrasar el mercado. El difunto, anónimo, descalzo, está vestido con un pantalón corto y una camiseta con el nombre de Michael Jordan, el jugador de baloncesto norteamericano. Era probablemente uno de los numerosos inmigrantes que trabajaban como vendedores clandestinos en este mercado que permite subsistir a 12.000 personas. Su rostro está cubierto con un trozo de tela, único gesto que sus compañeros pudieron hacer por él. Sólo los servicios públicos están habilitados para levantar los cadáveres pero sus agentes no se atrevan a entrar en Ikosi.
En tiempos normales, el bullicio de los camiones descargando ananás, bananas o batatas hubiera reinado en este laberinto de tiendas, puestos y mesas tambaleantes. Pero ese día, en el aire saturado de olores de frutas en descomposición y de gases lacrimógenos, la tensión es viva. La víspera, la responsable del gobierno local, Sra. Thorpe, contrató a una empresa privada para que demoliera Ikosi, por considerar que constituye una fuente potencial de incendios y una guarida de criminales. Según afirma, actuó con el respaldo de los dirigentes sindicales del mercado.
Sevi Taiwo es una de ellos. “Construimos este lugar solos”, explica esta mujer, que trabaja en Ikosi desde hace treinta años. Declara haberse entrevistado con las autoridades locales en varias oportunidades para estudiar cómo mejorar las condiciones sanitarias del mercado. Temía, si el mercado era arrasado y reconstruido, que los derechos por un puesto resultasen prohibitivos para los comerciantes actuales. Su voz no fue oída.
La mañana del 15 de abril, los policías dieron a todo el mundo la orden de largarse, mientras una topadora avanzaba hacia el primer puesto. Su dueño les suplicó que se detuvieran pero los policías atacaron a su empleado de 24 años, que fue molido a palos y muerto. La topadora seguía avanzando y la muchedumbre se defendía a pedradas. Los policías replicaron con gases lacrimógenos y armas de fuego. Como los que protestaban afluían sin cesar, los policías se replegaron. Enardecida por esta retirada, la gente prendió fuego a la topadora.
Una hora más tarde, la policía regresó con refuerzos. “Los comerciantes ya no intentaron resistir; salieron huyendo de los policías que disparaban”, relata Mutia Akintae, un estudiante que pasaba por allí. “Iba corriendo cuando sentí que mi ropa se inflamaba”, añade. Recibió también ácido sobre el pecho y la cara, de ahí los rumores de que se había hecho venir a bandas de desocupados para ayudar en la faena.
Los comerciantes de Ikosi estiman que varias decenas de personas murieron y que la cuarta parte de las tiendas fueron destruidas. Los dirigentes sindicales, a quienes se acusa de complicidad con el gobierno, se ocultan. Las mujeres evacúan los escombros y los hombres patrullan para expulsar a los saqueadores. En cuanto a los ancianos, procuran obtener el apoyo del oba, el rey tradicional de la zona.
A los 97 años, el oba está enfermo. De todos modos, precisa su secretario, el príncipe Jede Rokosu, el oba sólo tiene autoridad espiritual. “He oído decir que hubo muertos en Ikosi, reconoce, pero no los he visto.” ¿El príncipe y el rey estarían dispuestos a venir a Ikosi para consultar a los ancianos? “No, no sería apropiado”. Y si la población viniera a ver al rey, ¿podría éste hacerse eco de sus preocupaciones ante el gobierno? “El giro que han tomado los acontecimientos no lo permite”, responde el príncipe.
Dos días después del ataque, la comunidad de Ikosi pidió consejo a un militante por los derechos humanos, Uzodinma Nwaogbe. En un local precario, las mujeres instalaban más bancos a medida que la asistencia aumentaba. El jefe Bamiro, líder improvisado, pronunció una oración por la paz. Se analizó la situación y Nwaogbe propuso presentar una denuncia.
Poco a poco ha surgido una nueva actitud. Cuando irrumpieron las topadoras, los comerciantes preferían morir antes que aceptar la destrucción del mercado. Luego entendieron que su coraje no impediría otro ataque. Para sobrevivir, tenían que organizarse. Después de consultar a la población, los ancianos decidieron hacer una proposición al gobierno: si las autoridades imparten directrices precisas para un nuevo Ikosi, los comerciantes lo construirán con sus manos.
El ambiente, sin embargo, permanece tenso, pues se teme un nuevo ataque policial. Los neumáticos todavía humean a la entrada del mercado. Más lejos, reaparecen racimos de plátanos y sacos de mijo en las tiendas. Los niños transportan agua, notas de música escapan de una peluquería. El cadáver todavía yace en el suelo, pero Ikosi recupera un soplo de vida.

El Correo de la UNESCO