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Un barrio de chabolas en la municipalidad
de Yakarta Centro
Yakarta

Los resultados de la especulación
inmobiliaria son visibles en el centro de la capital indonesia.
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Ficha técnica
Población. En 1995 las Naciones Unidas estimaron la población
de la aglomeración urbana de Yakarta, capital y ciudad más grande de
Indonesia, en 8,6 millones de habitantes, frente a 1,4 millones en 1950. Tendrá
cerca de 14 millones en 2015, según las proyecciones de las Naciones Unidas.
Sus habitantes pertenecen a numerosos grupos étnicos. Los sundaneses, procedentes
de Java occidental, y los javaneses predominan, pero los oriundos de Sumatra, de
Minangkabau y de Bali están bien representados. La importante comunidad china
fue el blanco de los grandes disturbios de mayo de 1998. La mayor parte de los habitantes
de Yakarta son musulmanes, pero el budismo, el hinduismo y diversas confesiones cristianas
también están presentes.
Marco político. En 1996 el gobierno convirtió a Yakarta (661
km2) en un distrito metropolitano especial, dotado
de un estatuto y de una administración semejantes a los de una provincia.
La ciudad tiene un gobernador y cinco municipalidades: Yakarta Centro, Yakarta Sur,
Yakarta Norte, Yakarta Oeste y Yakarta Este. Los principales barrios comerciales
y financieros están en el centro y en el oeste. La mayor parte de las oficinas
públicas y de las embajadas se encuentran en Yakarta Centro. Cada municipalidad
comprende varios distritos (kecamatan), y cada distrito está integrado por
12 a 24 subdistritos (kelurahan). Los alcaldes son nombrados por el gobernador.
Datos económicos. Yakarta, que se desarrolló como centro comercial
durante la colonización holandesa, desempeña un papel importante en
los intercambios internos e internacionales. Su parte en el pib nacional es 9%; 14%
de los transportes y las comunicaciones, 15% de la industria manufacturera, 25% de
los comercios y servicios y 65% de los bancos se hallan en Yakarta.
Los artículos manufacturados que produce comprenden textiles, calzado, vestido,
productos alimenticios, productos químicos, plásticos y aparatos electrónicos.
Pero la industria es mucho menos importante que en otras ciudades asiáticas
con un nivel de desarrollo comparable.
Referencias históricas. A fines del siglo XVI, la Compañía
Holandesa de la Indias Orientales fundó una ciudad fortificada, Batavia, que
le servirá de factoría comercial. Los holandeses construyen canales
de desagüe y, más adelante, una red ferroviaria urbana muy extensa. En
1930, la ciudad tiene 530.000 habitantes y comprende un barrio chino y un barrio
europeo moderno rodeado de aldeas rurales (kampungs).
En 1945 los combatientes anticolonialistas proclaman la independencia de Indonesia
y dan a la ciudad el nombre de Yakarta.
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Lo de la aldea global es absurdo; en las ciudades han vuelto
a nacer las tribus.
Stephen A. Frears, director de cine
británico (1941)
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Víctimas de la
especulación inmobiliaria y de la arbitrariedad de los servicios de urbanismo,
millones de habitantes de Yakarta han tenido que rehacer su vida en suburbios lejanos.
Mediados de abril en el sur de Yakarta. En esa tarde pesada y húmeda,
típicamente tropical, Henry Muhamad Alí se detiene frente a un inmenso
panel de anuncios. “¡Miren!”, dice con amargura. “¡Está escrito
que, antes de construir una casa, hay que solicitar un permiso!” Alí está
amargado con razón. El panel está instalado a poca distancia del campus
de la Universidad de Indonesia, en el lugar preciso donde él vivía
hace diez años, en una casa construida de manera absolutamente legal en un
terreno de 2.000 m2. Un día lo expulsaron por la fuerza.
“Cientos de policías y de soldados, algunos con ametralladoras, obligaron
a mi mujer y a mis hijos a dejar nuestra casa”, que posteriormente fue demolida.
En toda la aglomeración de Yakarta, numerosos indonesios de las capas medias
y populares pueden relatar una historia similar. Eran propietarios legales de casas
cuya construcción había sido debidamente autorizada, y fueron expulsados
a fin de dejar espacio para los rascacielos y los grandes complejos inmobiliarios,
que han transformado totalmente el centro de Yakarta. Esas víctimas del urbanismo
moderno tuvieron que sacrificar su vivienda y sus costumbres y rehacer su vida en
otro lugar.
En Yakarta, y en Indonesia en general, la especulación inmobiliaria ha sido
más intensa que en el resto de Asia. Por varias razones. En primer lugar,
no existe ningún sistema fiscal progresivo capaz de disuadir de acumular bienes
raíces. Segunda razón: la tradición. A los indonesios les gusta
invertir en la tierra. Fuente de ingresos, es además signo de una buena situación
social. Entre altos funcionarios y promotores privados hay una verdadera competición
por la propiedad inmobiliaria. En general, cuanto más elevado es el rango
de un responsable, más terrenos posee. La tercera razón es la actitud
de los bancos indonesios: siempre han considerado los bienes raíces como una
buena garantía para los préstamos. En los años ochenta y noventa,
se hicieron una competencia encarnizada para financiar la especulación inmobiliaria,
sin advertir que la economía indonesia era estructuralmente frágil.
Entre octubre de 1993 —fecha en que el gobierno dictó medidas de desreglamentación,
entre otras la liberalización de la propiedad de la tierra— y junio de 1998,
la National Land Agency de Indonesia otorgó a decenas de promotores “permisos
de apropiación” sobre una superficie total de 250.000 hectáreas. El
permiso de apropiación autoriza a las empresas inmobiliarias a tomar contacto
con residentes de una determinada zona para negociar la venta de sus terrenos. En
la práctica, los promotores a menudo utilizaron métodos enérgicos
para forzar a los pequeños propietarios a vender.
Según estimaciones del Ministerio de la Vivienda, los terrenos así
“liberados” por sus propietarios para la construcción son, en 1999, suficientes
para satisfacer la demanda indonesia de nuevas viviendas durante un siglo. Dicho
de otro modo, la “burbuja de jabón” especulativa estalló: si el sector
bancario indonesio está empantanado hoy en la crisis económica, ello
se debe en parte a esta cantidad de préstamos inmobiliarios no rentables.
Durante esta auténtica “fiebre inmobiliaria”, el Estado ignoró los
planes de urbanismo que él mismo había elaborado.
A fines de los años setenta y en los años ochenta, en el momento álgido
de la evacuación forzada de habitantes de los barrios populares y modestos,
aparecieron infinidad de artículos en los periódicos indonesios denunciando
la violencia y la brutalidad que los promotores ejercían sobre los pequeños
propietarios. Los abogados de las organizaciones de defensa de los derechos humanos
intentaron negociar desesperadamente. A veces, ellos mismos fueron arrastrados ante
los tribunales, e incluso encarcelados.
Cambio de
planes
Algunos de los propietarios amenazados trataron de resistir. Un día, soldados
encargados de la expulsión fueron atacados a golpes de bambúes afilados.
“Muchas personas fueron asesinadas”, afirma Panangian Simanungkalit, del Centro de
Estudios de Bienes Raíces Indonesios. Estima que, entre 1966 y 1998, bajo
el régimen autoritario del Presidente Suharto, unas 4,5 millones de personas
fueron expulsadas de su vivienda en Yakarta.
Para Alí, que hoy tiene 55 años de edad, esta expulsión no era
la primera. En 1959, cuando Indonesia se preparaba para acoger los Juegos Asiáticos,
cientos de casas del barrio de Senayan en el centro de Yakarta, entre ellas la suya,
fueron demolidas para permitir la construcción del complejo deportivo de Senayan,
el más grande del Sudeste asiático. Recibió entonces una pequeña
indemnización, con la que adquirió un terreno a dos kilómetros
de allí. En 1979 decidió venderlo a buen precio y comprar el terreno
de 2.000 m2 en Srengseng Sawah donde sufrió
la segunda expulsión.
Antes de concluir la venta, tomó sin embargo las precauciones del caso. Consultó
el plano rector confeccionado por las autoridades. Olvidó sus temores, pues
se le informó que Srengseng Sawah había sido declarado zona residencial.
Luego se le otorgó un permiso de construir. Pero, en 1989, los mismos funcionarios
le dijeron lisa y llanamente que habían modificado el plano rector. Alí
protestó. Las autoridades de Yakarta ordenaron a los militares que intervinieran.
¿Cuál es el destino de esos millones de expulsados? ¿A dónde
van? ¿Cómo se las arreglan para rehacer su vida? Todo depende de los
medios de que dispongan. Las autoridades les pagan indemnizaciones en general muy
bajas. No representan, por término medio, según Panangian, la vigésima
parte del valor de su propiedad en el mercado. El Estado ha tratado de ofrecerles
viviendas a precios módicos en ciertos barrios. Una gota de agua en el océano.
Pronto han sido devoradas por el bosque de edificios y de rascacielos.
Las autoridades suelen incitar a los pequeños propietarios expoliados a instalarse
en los suburbios o a inscribirse en un plan financiado por el Estado: se trata de
trasladar a los habitantes de las islas superpobladas hacia islas menos densas, como
Irian Jaya, Kalimantan o Sumatra. Los que pueden permitírselo van a los suburbios.
Muchos se han instalado en Bekasi en el este y en Tangerang en el oeste, que se han
convertido en grandes polos de crecimiento industrial y de la población en
la periferia de Yakarta. El destino de los pobres ha sido y sigue siendo muy distinto.
Comparado con muchos otros, Alí tuvo suerte. Cuando fue expulsado, presentó
una denuncia a las autoridades. Al cabo de una batalla judicial prolongada, su recurso
fue rechazado en apelación en 1996. Pero se le concedió una indemnización
de unos 50 millones de rupias (19.230 dólares al tipo de cambio de entonces).
Justo lo suficiente para comprar la parcela de 150 m2 donde vive hoy día con su familia,
a un kilómetro del lugar del que fue expulsado en 1989.
Cuando se quedó sin casa, Alí perdió también su trabajo
de soldador. La familia se empobreció mucho, como tantas otras en la misma
situación. Si hubiera podido conservar su primera casa en Senayan, sería
muy rico, pues los precios en esa zona han subido a niveles astronómicos.
Hoy Alí se encuentra sin trabajo y su esposa, Umroh Aini, se esfuerza por
subvenir a las necesidades de la familia. Ha abierto un kiosco de bebidas sin alcohol
y maní en una parada de autobús. Sus hijos, que tienen de 9 a 30 años,
comparten con ellos la casita. Los tres mayores fracasaron en sus estudios y trabajan
como choferes de autobús.
Al perder su vivienda, las personas desplazadas como Alí han perdido también
confianza en sí mismas. Se encuentran bruscamente separadas del vecindario,
de la familia, de toda esa red social de ayuda mutua y de solidaridad característica
de la vida indonesia. Los residentes en los nuevos suburbios de Yakarta suelen tener
orígenes étnicos y credos religiosos muy diversos. Proceden de regiones
diferentes, lo que hace aún más difícil la integración
comunitaria. Muchos no conocen a sus vecinos (La desintegración comunitaria).
Los habitantes de los suburbios han de enfrentar múltiples problemas: transportes
interminables, insalubridad, insuficiencia de la red telefónica y mala calidad
del agua. La largas horas de transporte afectan a los que viven en los suburbios
en todo el mundo, pero la situación de Yakarta es particularmente dramática.
Una última
confidencia
El abastecimiento de agua es un problema constante en las ciudades del Sur, y Yakarta
no constituye una excepción. PAM Jaya, la compañía de agua,
es tal vez la empresa pública peor administrada de la ciudad. Pese al fuerte
crecimiento urbano entre 1987 y 1997 (170%), sólo puede abastecer de agua
no contaminada a 5% de la población. Los desplazados deben recurrir a los
pozos. El de Alí da un agua que se puede beber, pero muchas otras familias,
sobre todo en Yakarta Centro y Norte, deben comprar el agua potable a vendedores
ambulantes.
PT Telekom, la compañía indonesia de telecomunicaciones, se ha mostrado
más eficaz. Entre 1992 y 1997, aumentó el número de líneas
telefónicas de 560.000 a 1,7 millones en la ciudad, o sea 200%. Pero dista
mucho de satisfacer las necesidades de los habitantes de Yakarta, que son casi 10
millones. Lamentablemente, el teléfono es un lujo que Alí no podría
permitirse de ninguna manera. Cuando le piden su número, mueve la cabeza sonriendo.
“Los zapatos que llevo son los únicos que salvé del desastre de 1989.
Si no puedo comprarme otros, ¿cómo voy a tener teléfono?”
Y esa tarde de abril, añade una última confidencia. En mayo de 1998
se sumó a los miles de estudiantes que ocuparon la sede del Parlamento indonesio.
Compartía su objetivo: expulsar a Suharto del poder. “Este cruce es su hija
la que lo construyó”, lanza Alí alejándose del lugar en que
su casa y su sueño le fueron arrebatados diez años antes. Perdió
casi todo ese día maldito. Salvo su orgullo.
El Correo de la UNESCO
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