Yakarta, cuando la especulación impone su ley

Andreas Harsono, periodista en Yakarta (Indonesia).

photo
Un barrio de chabolas en la municipalidad de Yakarta Centro




Yakartaphoto








photo
Los resultados de la especulación inmobiliaria son visibles en el centro de la capital indonesia.





Ficha técnica

Población. En 1995 las Naciones Unidas estimaron la población de la aglomeración urbana de Yakarta, capital y ciudad más grande de Indonesia, en 8,6 millones de habitantes, frente a 1,4 millones en 1950. Tendrá cerca de 14 millones en 2015, según las proyecciones de las Naciones Unidas.
Sus habitantes pertenecen a numerosos grupos étnicos. Los sundaneses, procedentes de Java occidental, y los javaneses predominan, pero los oriundos de Sumatra, de Minangkabau y de Bali están bien representados. La importante comunidad china fue el blanco de los grandes disturbios de mayo de 1998. La mayor parte de los habitantes de Yakarta son musulmanes, pero el budismo, el hinduismo y diversas confesiones cristianas también están presentes.
Marco político. En 1996 el gobierno convirtió a Yakarta (661 km2) en un distrito metropolitano especial, dotado de un estatuto y de una administración semejantes a los de una provincia. La ciudad tiene un gobernador y cinco municipalidades: Yakarta Centro, Yakarta Sur, Yakarta Norte, Yakarta Oeste y Yakarta Este. Los principales barrios comerciales y financieros están en el centro y en el oeste. La mayor parte de las oficinas públicas y de las embajadas se encuentran en Yakarta Centro. Cada municipalidad comprende varios distritos (kecamatan), y cada distrito está integrado por 12 a 24 subdistritos (kelurahan). Los alcaldes son nombrados por el gobernador.
Datos económicos. Yakarta, que se desarrolló como centro comercial durante la colonización holandesa, desempeña un papel importante en los intercambios internos e internacionales. Su parte en el pib nacional es 9%; 14% de los transportes y las comunicaciones, 15% de la industria manufacturera, 25% de los comercios y servicios y 65% de los bancos se hallan en Yakarta.
Los artículos manufacturados que produce comprenden textiles, calzado, vestido, productos alimenticios, productos químicos, plásticos y aparatos electrónicos. Pero la industria es mucho menos importante que en otras ciudades asiáticas con un nivel de desarrollo comparable.
Referencias históricas. A fines del siglo XVI, la Compañía Holandesa de la Indias Orientales fundó una ciudad fortificada, Batavia, que le servirá de factoría comercial. Los holandeses construyen canales de desagüe y, más adelante, una red ferroviaria urbana muy extensa. En 1930, la ciudad tiene 530.000 habitantes y comprende un barrio chino y un barrio europeo moderno rodeado de aldeas rurales (kampungs).
En 1945 los combatientes anticolonialistas proclaman la independencia de Indonesia y dan a la ciudad el nombre de Yakarta.









Lo de la aldea global es absurdo; en las ciudades han vuelto a nacer las tribus.

Stephen A. Frears, director de cine británico (1941)

Víctimas de la especulación inmobiliaria y de la arbitrariedad de los servicios de urbanismo, millones de habitantes de Yakarta han tenido que rehacer su vida en suburbios lejanos.

Mediados de abril en el sur de Yakarta. En esa tarde pesada y húmeda, típicamente tropical, Henry Muhamad Alí se detiene frente a un inmenso panel de anuncios. “¡Miren!”, dice con amargura. “¡Está escrito que, antes de construir una casa, hay que solicitar un permiso!” Alí está amargado con razón. El panel está instalado a poca distancia del campus de la Universidad de Indonesia, en el lugar preciso donde él vivía hace diez años, en una casa construida de manera absolutamente legal en un terreno de 2.000 m
2. Un día lo expulsaron por la fuerza. “Cientos de policías y de soldados, algunos con ametralladoras, obligaron a mi mujer y a mis hijos a dejar nuestra casa”, que posteriormente fue demolida.
En toda la aglomeración de Yakarta, numerosos indonesios de las capas medias y populares pueden relatar una historia similar. Eran propietarios legales de casas cuya construcción había sido debidamente autorizada, y fueron expulsados a fin de dejar espacio para los rascacielos y los grandes complejos inmobiliarios, que han transformado totalmente el centro de Yakarta. Esas víctimas del urbanismo moderno tuvieron que sacrificar su vivienda y sus costumbres y rehacer su vida en otro lugar.
En Yakarta, y en Indonesia en general, la especulación inmobiliaria ha sido más intensa que en el resto de Asia. Por varias razones. En primer lugar, no existe ningún sistema fiscal progresivo capaz de disuadir de acumular bienes raíces. Segunda razón: la tradición. A los indonesios les gusta invertir en la tierra. Fuente de ingresos, es además signo de una buena situación social. Entre altos funcionarios y promotores privados hay una verdadera competición por la propiedad inmobiliaria. En general, cuanto más elevado es el rango de un responsable, más terrenos posee. La tercera razón es la actitud de los bancos indonesios: siempre han considerado los bienes raíces como una buena garantía para los préstamos. En los años ochenta y noventa, se hicieron una competencia encarnizada para financiar la especulación inmobiliaria, sin advertir que la economía indonesia era estructuralmente frágil.
Entre octubre de 1993 —fecha en que el gobierno dictó medidas de desreglamentación, entre otras la liberalización de la propiedad de la tierra— y junio de 1998, la National Land Agency de Indonesia otorgó a decenas de promotores “permisos de apropiación” sobre una superficie total de 250.000 hectáreas. El permiso de apropiación autoriza a las empresas inmobiliarias a tomar contacto con residentes de una determinada zona para negociar la venta de sus terrenos. En la práctica, los promotores a menudo utilizaron métodos enérgicos para forzar a los pequeños propietarios a vender.
Según estimaciones del Ministerio de la Vivienda, los terrenos así “liberados” por sus propietarios para la construcción son, en 1999, suficientes para satisfacer la demanda indonesia de nuevas viviendas durante un siglo. Dicho de otro modo, la “burbuja de jabón” especulativa estalló: si el sector bancario indonesio está empantanado hoy en la crisis económica, ello se debe en parte a esta cantidad de préstamos inmobiliarios no rentables. Durante esta auténtica “fiebre inmobiliaria”, el Estado ignoró los planes de urbanismo que él mismo había elaborado.
A fines de los años setenta y en los años ochenta, en el momento álgido de la evacuación forzada de habitantes de los barrios populares y modestos, aparecieron infinidad de artículos en los periódicos indonesios denunciando la violencia y la brutalidad que los promotores ejercían sobre los pequeños propietarios. Los abogados de las organizaciones de defensa de los derechos humanos intentaron negociar desesperadamente. A veces, ellos mismos fueron arrastrados ante los tribunales, e incluso encarcelados.

Cambio de planes
Algunos de los propietarios amenazados trataron de resistir. Un día, soldados encargados de la expulsión fueron atacados a golpes de bambúes afilados. “Muchas personas fueron asesinadas”, afirma Panangian Simanungkalit, del Centro de Estudios de Bienes Raíces Indonesios. Estima que, entre 1966 y 1998, bajo el régimen autoritario del Presidente Suharto, unas 4,5 millones de personas fueron expulsadas de su vivienda en Yakarta.
Para Alí, que hoy tiene 55 años de edad, esta expulsión no era la primera. En 1959, cuando Indonesia se preparaba para acoger los Juegos Asiáticos, cientos de casas del barrio de Senayan en el centro de Yakarta, entre ellas la suya, fueron demolidas para permitir la construcción del complejo deportivo de Senayan, el más grande del Sudeste asiático. Recibió entonces una pequeña indemnización, con la que adquirió un terreno a dos kilómetros de allí. En 1979 decidió venderlo a buen precio y comprar el terreno de 2.000 m
2 en Srengseng Sawah donde sufrió la segunda expulsión.
Antes de concluir la venta, tomó sin embargo las precauciones del caso. Consultó el plano rector confeccionado por las autoridades. Olvidó sus temores, pues se le informó que Srengseng Sawah había sido declarado zona residencial. Luego se le otorgó un permiso de construir. Pero, en 1989, los mismos funcionarios le dijeron lisa y llanamente que habían modificado el plano rector. Alí protestó. Las autoridades de Yakarta ordenaron a los militares que intervinieran.
¿Cuál es el destino de esos millones de expulsados? ¿A dónde van? ¿Cómo se las arreglan para rehacer su vida? Todo depende de los medios de que dispongan. Las autoridades les pagan indemnizaciones en general muy bajas. No representan, por término medio, según Panangian, la vigésima parte del valor de su propiedad en el mercado. El Estado ha tratado de ofrecerles viviendas a precios módicos en ciertos barrios. Una gota de agua en el océano. Pronto han sido devoradas por el bosque de edificios y de rascacielos.
Las autoridades suelen incitar a los pequeños propietarios expoliados a instalarse en los suburbios o a inscribirse en un plan financiado por el Estado: se trata de trasladar a los habitantes de las islas superpobladas hacia islas menos densas, como Irian Jaya, Kalimantan o Sumatra. Los que pueden permitírselo van a los suburbios. Muchos se han instalado en Bekasi en el este y en Tangerang en el oeste, que se han convertido en grandes polos de crecimiento industrial y de la población en la periferia de Yakarta. El destino de los pobres ha sido y sigue siendo muy distinto.
Comparado con muchos otros, Alí tuvo suerte. Cuando fue expulsado, presentó una denuncia a las autoridades. Al cabo de una batalla judicial prolongada, su recurso fue rechazado en apelación en 1996. Pero se le concedió una indemnización de unos 50 millones de rupias (19.230 dólares al tipo de cambio de entonces). Justo lo suficiente para comprar la parcela de 150 m
2 donde vive hoy día con su familia, a un kilómetro del lugar del que fue expulsado en 1989.
Cuando se quedó sin casa, Alí perdió también su trabajo de soldador. La familia se empobreció mucho, como tantas otras en la misma situación. Si hubiera podido conservar su primera casa en Senayan, sería muy rico, pues los precios en esa zona han subido a niveles astronómicos. Hoy Alí se encuentra sin trabajo y su esposa, Umroh Aini, se esfuerza por subvenir a las necesidades de la familia. Ha abierto un kiosco de bebidas sin alcohol y maní en una parada de autobús. Sus hijos, que tienen de 9 a 30 años, comparten con ellos la casita. Los tres mayores fracasaron en sus estudios y trabajan como choferes de autobús.
Al perder su vivienda, las personas desplazadas como Alí han perdido también confianza en sí mismas. Se encuentran bruscamente separadas del vecindario, de la familia, de toda esa red social de ayuda mutua y de solidaridad característica de la vida indonesia. Los residentes en los nuevos suburbios de Yakarta suelen tener orígenes étnicos y credos religiosos muy diversos. Proceden de regiones diferentes, lo que hace aún más difícil la integración comunitaria. Muchos no conocen a sus vecinos (
La desintegración comunitaria).
Los habitantes de los suburbios han de enfrentar múltiples problemas: transportes interminables, insalubridad, insuficiencia de la red telefónica y mala calidad del agua. La largas horas de transporte afectan a los que viven en los suburbios en todo el mundo, pero la situación de Yakarta es particularmente dramática.

Una última confidencia
El abastecimiento de agua es un problema constante en las ciudades del Sur, y Yakarta no constituye una excepción. P
AM Jaya, la compañía de agua, es tal vez la empresa pública peor administrada de la ciudad. Pese al fuerte crecimiento urbano entre 1987 y 1997 (170%), sólo puede abastecer de agua no contaminada a 5% de la población. Los desplazados deben recurrir a los pozos. El de Alí da un agua que se puede beber, pero muchas otras familias, sobre todo en Yakarta Centro y Norte, deben comprar el agua potable a vendedores ambulantes.
PT Telekom, la compañía indonesia de telecomunicaciones, se ha mostrado más eficaz. Entre 1992 y 1997, aumentó el número de líneas telefónicas de 560.000 a 1,7 millones en la ciudad, o sea 200%. Pero dista mucho de satisfacer las necesidades de los habitantes de Yakarta, que son casi 10 millones. Lamentablemente, el teléfono es un lujo que Alí no podría permitirse de ninguna manera. Cuando le piden su número, mueve la cabeza sonriendo. “Los zapatos que llevo son los únicos que salvé del desastre de 1989. Si no puedo comprarme otros, ¿cómo voy a tener teléfono?”
Y esa tarde de abril, añade una última confidencia. En mayo de 1998 se sumó a los miles de estudiantes que ocuparon la sede del Parlamento indonesio. Compartía su objetivo: expulsar a Suharto del poder. “Este cruce es su hija la que lo construyó”, lanza Alí alejándose del lugar en que su casa y su sueño le fueron arrebatados diez años antes. Perdió casi todo ese día maldito. Salvo su orgullo.

El Correo de la UNESCO

La desintegración comunitaria

Con un ingreso familiar inferior a veinte dólares por mes, cerca de la mitad de los habitantes de la capital de Indonesia viven hoy bajo el umbral de pobreza. La especulación inmobiliaria afectó en primer lugar a los barrios de chabolas. Wardah Hafidz, coordinadora de una ONG local, Urban Poor Consortium, menciona el caso, uno entre muchos, de los habitantes de Kampung Sawah, al oeste de Yakarta. En 1994, las autoridades decidieron expulsarlos. Un primer movimiento de resistencia fue rápidamente sofocado, y los pobladores se resignaron a partir. Aunque vivían allí desde hacía más de veinte años, recibieron sólo entre 30 y 70 dólares de indemnización. Tras la caída de Suharto en 1998, presentaron un recurso ante los tribunales, pero la justicia no ha dado aún su veredicto.
La compensación económica, por mínima que sea, dista mucho de ser la regla. El poder de negociación de los expulsados es casi inexistente, sobre todo si se tiene en cuenta que en su mayoría son ocupantes ilegales. Los promotores y sus agentes se valen de amenazas y de promesas para forzar a las familias a partir. Para organizar la resistencia, éstas suelen reunirse y elegir a representantes que se convierten en blanco de la violencia de matones pagados por los promotores, e incluso de militares enviados por las autoridades.
Los que tienen más suerte logran, en parte gracias a esa indemnización, instalarse en algún suburbio lejano. Pero a la gran mayoría no les queda más remedio que buscar un nuevo refugio, igualmente ilegal, en alguno de los barrios de chabolas que se extienden a lo largo de las vías del tren y de las orillas de los ríos. La especulación inmobiliaria empeora la situación económica de sus víctimas y es un factor primordial de pauperización de la sociedad.
Estas expropiaciones contribuyen a la desintegración del tejido social. La ciudad fue creciendo poco a poco, a medida que en torno al centro colonial se instalaban kampungs, que significa pueblos. La cohesión social era entonces muy fuerte, pues la mayoría de los habitantes de un kampung eran oriundos de la misma zona rural. Llegaron a obtener un reconocimiento administrativo, e incluso político. Cada kampung designaba a un “jefe”, que lo representaba ante las autoridades. Pero las expropiaciones destruyen esos lazos comunitarios al dispersar a los expulsados por toda la megalópolis.
Para Hafidz, la agravación de la violencia en Yakarta, incluso entre vecinos, se ha exacerbado por efecto de la reciente crisis económica. Pero hay que buscar sus razones profundas en el debilitamiento de la solidaridad y en la destrucción de los lazos sociales tradicionales.