Las rejas de la otra Brasilia

Licia Valladares y Martine Jacot. Licia Valladares es socióloga en el Instituto Universitario de Investigación de Río de Janeiro (IUPERJ) y profesora invitada en el Instituto de Urbanismo, Universidad de París XII, Francia. Martine Jacot es periodista del Correo de la UNESCO.





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El urbanista Lucio Costa diseñó en 1957 el “plano-piloto” de Brasilia en torno a “dos ejes principales que se cortan en ángulo recto para formar una cruz” o incluso un gran pájaro…







Ficha técnica

El distrito federal de Brasilia, que cubre una superficie de 5.788 km2, comprende el “plano-piloto” (Brasilia), 16 “ciudades satélite” y una pequeña zona rural.
Evolución de la población (censos oficiales)
La población del distrito federal pasó de 546.000 habitantes en 1970 a 1.176.800 en 1980 y a 1.822.000 en 1996. La aglomeración de Brasilia sigue la misma tendencia que las demás grandes ciudades del país, a saber una atenuación del crecimiento demográfico: de 8,1% al año, entre 1970 y 1980, bajó a 2,84% entre 1980 y 1991. En el Brasil las corrientes migratorias se han dirigido, estos últimos diez años, hacia los estados de Mato Grosso y de Rondonia sobre todo, lo que ha disminuido la presión sobre las metrópolis como São Paulo o Río de Janeiro.
Marco político. Tras el golpe de Estado de 1964 Brasil vivió 21 años de régimen militar. Las elecciones de 1985 devolvieron el poder a los civiles.
La nueva constitución brasileña de 1988 establece que el distrito federal es administrado por un gobernador, elegido, así como su vicegobernador, por sufragio universal (era nombrado por el gobierno desde 1960). Joaquim Roriz fue el primer gobernador elegido en 1990. Derrotado en las elecciones de 1994 por Cristovam Buarque, volvió al poder en 1998. El gobernador, el vicegobernador y los administradores de cada una de las circunscripciones del distrito constituyen el Ejecutivo. El poder legislativo del distrito incumbe a 24 diputados elegidos cada cuatro años, al mismo tiempo que el gobernador.
Datos económicos. En el distrito federal, 22% de las personas activas son funcionarios, 14% trabajan en el comercio y 53% en los demás servicios. La vitalidad económica se debe sobre todo a las empresas medianas y pequeñas o a las microempresas creadas por los habitantes de las ciudades satélite. Pero el desempleo afecta sin embargo a 22% de la población activa, según el organismo oficial CODEPAN (Companhia do Desenvolvimento do Planalto Central)
De acuerdo con los datos de la Secretaría de Industria, uno de cada tres habitantes del distrito federal (el plano-piloto, las ciudades satélite y una pequeña zona rural) tiene un coche y 92% de los hogares poseen televisión. Los habitantes disponen en su casi totalidad de los servicios básicos esenciales: 93% de la población tiene acceso al agua potable y 84% de los hogares están conectados a un sistema de alcantarillado.

En los suburbios de la capital brasileña, incluso las familias pobres se rodean de rejas. Estas protegen de los robos pero sacralizan también el espacio privado.

Brasilia tiene dos rostros. El primero es el de una capital futurista construida entre 1957 y 1960. Concebida por el urbanista Lucio Costa y el arquitecto Oscar Niemeyer, esta ciudad monumental bautizada “plano-piloto” (
ver esquema) alberga, como estaba previsto, unos 300.000 habitantes, sobre todo funcionarios de los ministerios y de las embajadas (extranjeras).
Mucho menos conocida, la otra Brasilia, la de los suburbios poblados por brasileños de clase media, modestos o pobres, no debía contar con más habitantes que el plano-piloto, según las previsiones iniciales. Ahora bien, esos suburbios, bautizados ciudades satélite, son ahora 16 y constituyen una inmensa trama urbana, donde viven más de 1.300.000 personas. En este complejo mundo metropolitano, una característica sorprende al visitante: la cantidad de viviendas rodeadas de rejas, trátese de chalets elegantes, de modestas construcciones de madera o de conjuntos residenciales.
En Núcleo Bandeirante, la más antigua de las ciudades satélite (15 km al sur del plan piloto), o en las ciudades vecinas de Taguatinga, Guará y Cruzeiro, las altas rejas de hierro a menudo instaladas en el límite de la acera, a veces hasta el primer piso de hermosos chalets, dan la impresión de que sus habitantes “viven enjaulados”. En las ciudades más pobres y más recientes, como Santa María, la última de las ciudades satélite (1994), en Recanto das Emas o en Samambaia, muchos invierten en rejas de hierro en torno a viviendas precarias de madera, incluso antes de que se transformen en construcciones sólidas. Otro tanto sucede con los nuevos inmigrantes que siguen instalándose, a un ritmo menos sostenido (
ver ficha técnica), en la “periferia de la periferia”, en las zonas rurales, hasta el estado vecino de Goiás.
El primer argumento invocado para explicar esas protecciones elevadas es la inseguridad. “Hace apenas ocho o nueve años, las ciudades satélite eran seguras, dice Jessé de Souza, un oficial de 35 años. Pero desde entonces los ladrones pululan. Los rateros ya no se atreven con las mansiones ricas construidas a orillas del lago, en el plano-piloto: están demasiado lejos y sus sistemas de seguridad son sumamente complejos. Los edificios del plano-piloto son vigilados por guardias las 24 horas del día. En las ciudades satélite, en cambio, es más fácil. Se roba de todo: bicicletas, coches, radios de los automóviles y lectores de
CD o televisores dentro de los hogares. Han tratado de entrar en casa. Ahora la reja nos protege.” Oriundo del estado de Bahía, Jessé de Souza vive en Ceilandia (360.000 habitantes), ciudad satélite fundada en los años setenta para dar vivienda a los inmigrantes que vivían en las favelas.

Violencia e inseguridad
María de Jesús Pereira, ama de casa de 40 años, se empeñó en que su marido instalara rejas antes de que nadie intentara penetrar en su hogar: el desempleo es elevado en Santa María y los robos frecuentes. “Y mis cuatro niños pueden jugar sin peligro, añade. Puedo incluso dejarlos fuera, tras las rejas cerradas, cuando voy a hacer las compras.”
Desde comienzos de los años ochenta, la violencia y la inseguridad están omnipresentes en Brasilia, y aún más en otras ciudades del Brasil o de América Latina. Se ha desarrollado una verdadera industria de la vigilancia privada y las ventas de dispositivos de seguridad —del mero teléfono interno hasta las cámaras con pantallas de control— se han ido a las nubes. La materialización más extrema de estas inquietudes son los condominios fechados, conjuntos residenciales privados (casas o edificios con establecimientos comerciales y servicios) y rodeados de muros, donde se entra después de pasar una barrera y de identificarse ante los guardias de las garitas. Los promotores han vendido con éxito el concepto de “tranquilidad-seguridad” a los compradores. En el corazón de las ciudades o en los suburbios, la multiplicación de esos “condominios cerrados” o de otras zonas protegidas representa la creación de enclaves fortificados, según la expresión de Teresa Caldeira,
1 por las capas superiores o medias de la población. Contribuye en buena medida a acentuar una segregación urbana, donde los menos favorecidos son relegados a un espacio público pero insuficientemente equipado, e incluso en malas condiciones.
En Brasilia el plano-piloto constituye en sí una especie de fortaleza cuyos muros serían invisibles: la única frontera que separa la capital de las ciudades satélite, instaladas a considerable distancia, es un cinturón verde. Es en ese límite donde aparecieron en estos últimos años “condominios cerrados”, mientras las ciudades satélite se llenaban de rejas, a un ritmo sorprendente.
Profesora de la Universidad de Brasilia, la urbanista Marilia Steinberg estima que el leitmotiv de la seguridad oculta otras motivaciones más complejas. “Emigrar a Brasilia representó para todos nosotros un riesgo, una aventura”, afirma. “Entre los que permanecieron en la nueva capital o en sus alrededores, no conozco a nadie que no haya mejorado sus condiciones de vida desde su llegada. La reja protege pero hace también aparecer los elementos visibles de una ascensión económica y social rápida.” Contrariamente a un muro que ocultaría totalmente la vista, las rejas dejan ver la vivienda e incluso escenas de la vida familiar. También ofrecen a la mirada el o los coches (signos de éxito social) estacionados junto a la casa.
Otros testimonios confirman que esas protecciones tranquilizadoras, eficaces e incluso indispensables, cumplen a veces además papeles simbólicos. Los habitantes de la otra Brasilia vinieron a la ciudad para iniciar una nueva vida con la esperanza de tener éxito. Pero esa esperanza estuvo a punto de verse defraudada. Entre 1957 y 1960, la construcción del plano-piloto exigió la contratación de más de 100.000 obreros llamados candangos, procedentes en su mayoría del nordeste brasileño. Durante las obras de construcción, los candangos se habían instalado en barracones de madera en los límites del plano-piloto. Tras la inauguración oficial de Brasilia, el 21 de abril de 1960, esas habitaciones precarias fueron consideradas “favelas ilegales”. Pero la mayoría de los obreros, orgullosos de haber cumplido una obra de pioneros al construir la nueva capital, se negaron a partir. Otros inmigrantes, que siguieron sus pasos, llegaron de todo el Brasil y se instalaron en terrenos baldíos en el exterior del plano-piloto.
Ante esta afluencia, las autoridades del distrito federal se decidieron, a partir de 1970, a planificar en la medida de lo posible el desarrollo de esas zonas de hábitat modesto o pobre, más que a tratar de expulsar a sus ocupantes. Terminaron por construir y habilitar infraestructuras en las ciudades satélite para evitar toda “invasión” desordenada del plano-piloto.
Existe pues la impresión de que cada familia de inmigrantes, a través de las rejas, desea mostrar en cierto modo que ha logrado conquistar su propio espacio, grande o pequeño, y por consiguiente realizar en parte su sueño en el distrito federal, a las puertas de la “Brasilia oficial”, que es el término que suele emplearse. La historia de Cleiton Pereira Santos, joven geógrafo de 23 años, ilustra perfectamente esa trayectoria y esos valores. “Mi padre, originario de un pueblo del estado de Piauí, en el Nordeste, vino a trabajar como albañil a Brasilia a comienzos de los años sesenta, explica. Alojado inicialmente por un pariente, más adelante pudo traer a mi madre. Primero alquilaron un departamentito en el plano-piloto. Pero querían tener su “propio” techo. Construyeron entonces su primera casa, sumamente modesta, en Taguatinga. La vendieron para construir un chalet con rejas en Ceilandia. Mi padre, que logró montar una pequeña empresa, ahora quiere venderla para comprar un nuevo terreno y construir allí un condominio fechado.”
Llegar a ser propietario corresponde a un ideal compartido por todas las capas de la sociedad brasileña. Según las estadísticas oficiales, 72% de las viviendas de todo tipo son propiedades privadas y los organismos gubernamentales, como el Banco Nacional de la Vivienda, siempre han fomentado el acceso a la propiedad más que el alquiler, incluso en el caso de las construcciones populares.

Un símbolo de éxito social
Pero en Brasilia, como en el resto del país, ser propietario es también protegerse contra otro tipo de inseguridad, la resultante de la incertidumbre económica. Las crisis sucesivas refuerzan una idea muy sencilla: resulta fácil perder el trabajo pero será más difícil quedarse sin techo si éste es de uno, en un país en el que el sistema público de protección social es prácticamente inexistente. He ahí nuevas razones para velar por la seguridad de la casa y conservar su valor comercial. Una propiedad es más cara con rejas que sin ellas. Y todas las casas se revenden a buen precio en Brasilia, incluso las viviendas modestas de madera.
Es preciso entender esas rejas en este contexto de símbolos y de valores. Y seguramente son, en alguna medida, el contrapunto del plano-piloto de Lucio Costa y Oscar Niemeyer, espacio vanguardista de cemento y de monumentos. Los habitantes de la otra Brasilia no van a la capital, ciudad de la elite, más que para trabajar o de paso para regresar a sus hogares. ¿Serían entonces las rejas la respuesta de los más modestos a la segregación socioespacial que les impone la capital-ciudadela? ¿El símbolo de un éxito fuera de una fortaleza sin murallas?


1. Ver su artículo “Un nuevo modelo de segregación espacial: los muros de São Paulo”, en Revista internacional de ciencias sociales, nº 147, marzo de 1996.



Las rejas de Brasilia aún no han sido objeto de obras de especialistas. Sin embargo, cabe citar algunas obras de referencia:
• Brasília: a construção do cotidiano, de Brasilmar F. Nunes. Editora Paralelo 15, Brasilia, 1997.
• Brasília, ideologia e realidade: espaço urbano em questão, de Aldo Paviani. Editora Projeto/CNPQ, São Paulo, 1985.
• Brasília: moradia e exclusão, de Aldo Paviani. Editora UNB, Brasilia, 1996.
• The Modernist City: Architecture, politics and society in Brasilia, de James Holston. Yale University, 1986.

El Correo de la UNESCO