
Una panadería de Ceilandia, en
Brasilia, protegida por verjas. “Sonría, está siendo filmado”, dice
el cartel de la izquierda. “Señores clientes, disculpen el trastorno, pero
esto es una medida de seguridad. Aguarden y abriremos automáticamente, gracias.”,
dice el de la derecha.

En este barrio de Cruzeiro, los niños
pueden jugar seguros, pero rodeados de rejas.

Verjas de un “condominio fechado” en
Sobradinho, una de las ciudades satélite de Brasilia.
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Hoy en día se critica a Brasilia, se la acusa de
ser inhumana, fría, impersonal. Vacía, en suma. No es culpa nuestra
[de Lucio Costa y Oscar Niemeyer] si se ha convertido en víctima de las injusticias
de la sociedad capitalista.
Oscar Niemeyer,
arquitecto brasileño (1907)
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El urbanista Lucio Costa diseñó en 1957 el “plano-piloto” de Brasilia
en torno a “dos ejes principales que se cortan en ángulo recto para formar
una cruz” o incluso un gran pájaro…
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Ficha técnica
El distrito federal de Brasilia, que cubre una superficie de 5.788 km2,
comprende el “plano-piloto” (Brasilia), 16 “ciudades satélite” y una pequeña
zona rural.
Evolución de la población (censos oficiales)
La población del distrito federal pasó de 546.000 habitantes en 1970
a 1.176.800 en 1980 y a 1.822.000 en 1996. La aglomeración de Brasilia sigue
la misma tendencia que las demás grandes ciudades del país, a saber
una atenuación del crecimiento demográfico: de 8,1% al año,
entre 1970 y 1980, bajó a 2,84% entre 1980 y 1991. En el Brasil las corrientes
migratorias se han dirigido, estos últimos diez años, hacia los estados
de Mato Grosso y de Rondonia sobre todo, lo que ha disminuido la presión sobre
las metrópolis como São Paulo o Río de Janeiro.
Marco político. Tras el golpe de Estado de 1964 Brasil vivió
21 años de régimen militar. Las elecciones de 1985 devolvieron el poder
a los civiles.
La nueva constitución brasileña de 1988 establece que el distrito federal
es administrado por un gobernador, elegido, así como su vicegobernador, por
sufragio universal (era nombrado por el gobierno desde 1960). Joaquim Roriz fue el
primer gobernador elegido en 1990. Derrotado en las elecciones de 1994 por Cristovam
Buarque, volvió al poder en 1998. El gobernador, el vicegobernador y los administradores
de cada una de las circunscripciones del distrito constituyen el Ejecutivo. El poder
legislativo del distrito incumbe a 24 diputados elegidos cada cuatro años,
al mismo tiempo que el gobernador.
Datos económicos. En el distrito federal, 22% de las personas activas
son funcionarios, 14% trabajan en el comercio y 53% en los demás servicios.
La vitalidad económica se debe sobre todo a las empresas medianas y pequeñas
o a las microempresas creadas por los habitantes de las ciudades satélite.
Pero el desempleo afecta sin embargo a 22% de la población activa, según
el organismo oficial CODEPAN (Companhia do Desenvolvimento
do Planalto Central)
De acuerdo con los datos de la Secretaría de Industria, uno de cada tres habitantes
del distrito federal (el plano-piloto, las ciudades satélite y una pequeña
zona rural) tiene un coche y 92% de los hogares poseen televisión. Los habitantes
disponen en su casi totalidad de los servicios básicos esenciales: 93% de
la población tiene acceso al agua potable y 84% de los hogares están
conectados a un sistema de alcantarillado.
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En los suburbios de
la capital brasileña, incluso las familias pobres se rodean de rejas. Estas
protegen de los robos pero sacralizan también el espacio privado.
Brasilia tiene dos rostros. El primero es el de una capital futurista
construida entre 1957 y 1960. Concebida por el urbanista Lucio Costa y el arquitecto
Oscar Niemeyer, esta ciudad monumental bautizada “plano-piloto” (ver esquema) alberga, como estaba previsto, unos 300.000
habitantes, sobre todo funcionarios de los ministerios y de las embajadas (extranjeras).
Mucho menos conocida, la otra Brasilia, la de los suburbios poblados por brasileños
de clase media, modestos o pobres, no debía contar con más habitantes
que el plano-piloto, según las previsiones iniciales. Ahora bien, esos suburbios,
bautizados ciudades satélite, son ahora 16 y constituyen una inmensa trama
urbana, donde viven más de 1.300.000 personas. En este complejo mundo metropolitano,
una característica sorprende al visitante: la cantidad de viviendas rodeadas
de rejas, trátese de chalets elegantes, de modestas construcciones de madera
o de conjuntos residenciales.
En Núcleo Bandeirante, la más antigua de las ciudades satélite
(15 km al sur del plan piloto), o en las ciudades vecinas de Taguatinga, Guará
y Cruzeiro, las altas rejas de hierro a menudo instaladas en el límite de
la acera, a veces hasta el primer piso de hermosos chalets, dan la impresión
de que sus habitantes “viven enjaulados”. En las ciudades más pobres y más
recientes, como Santa María, la última de las ciudades satélite
(1994), en Recanto das Emas o en Samambaia, muchos invierten en rejas de hierro en
torno a viviendas precarias de madera, incluso antes de que se transformen en construcciones
sólidas. Otro tanto sucede con los nuevos inmigrantes que siguen instalándose,
a un ritmo menos sostenido (ver ficha técnica), en la “periferia de la periferia”, en las zonas
rurales, hasta el estado vecino de Goiás.
El primer argumento invocado para explicar esas protecciones elevadas es la inseguridad.
“Hace apenas ocho o nueve años, las ciudades satélite eran seguras,
dice Jessé de Souza, un oficial de 35 años. Pero desde entonces los
ladrones pululan. Los rateros ya no se atreven con las mansiones ricas construidas
a orillas del lago, en el plano-piloto: están demasiado lejos y sus sistemas
de seguridad son sumamente complejos. Los edificios del plano-piloto son vigilados
por guardias las 24 horas del día. En las ciudades satélite, en cambio,
es más fácil. Se roba de todo: bicicletas, coches, radios de los automóviles
y lectores de CD o televisores dentro de los hogares. Han
tratado de entrar en casa. Ahora la reja nos protege.” Oriundo del estado de Bahía,
Jessé de Souza vive en Ceilandia (360.000 habitantes), ciudad satélite
fundada en los años setenta para dar vivienda a los inmigrantes que vivían
en las favelas.
Violencia
e inseguridad
María de Jesús Pereira, ama de casa de 40 años, se empeñó
en que su marido instalara rejas antes de que nadie intentara penetrar en su hogar:
el desempleo es elevado en Santa María y los robos frecuentes. “Y mis cuatro
niños pueden jugar sin peligro, añade. Puedo incluso dejarlos fuera,
tras las rejas cerradas, cuando voy a hacer las compras.”
Desde comienzos de los años ochenta, la violencia y la inseguridad están
omnipresentes en Brasilia, y aún más en otras ciudades del Brasil o
de América Latina. Se ha desarrollado una verdadera industria de la vigilancia
privada y las ventas de dispositivos de seguridad —del mero teléfono interno
hasta las cámaras con pantallas de control— se han ido a las nubes. La materialización
más extrema de estas inquietudes son los condominios fechados, conjuntos residenciales
privados (casas o edificios con establecimientos comerciales y servicios) y rodeados
de muros, donde se entra después de pasar una barrera y de identificarse ante
los guardias de las garitas. Los promotores han vendido con éxito el concepto
de “tranquilidad-seguridad” a los compradores. En el corazón de las ciudades
o en los suburbios, la multiplicación de esos “condominios cerrados” o de
otras zonas protegidas representa la creación de enclaves fortificados, según
la expresión de Teresa Caldeira,1 por las capas superiores o medias de la
población. Contribuye en buena medida a acentuar una segregación urbana,
donde los menos favorecidos son relegados a un espacio público pero insuficientemente
equipado, e incluso en malas condiciones.
En Brasilia el plano-piloto constituye en sí una especie de fortaleza cuyos
muros serían invisibles: la única frontera que separa la capital de
las ciudades satélite, instaladas a considerable distancia, es un cinturón
verde. Es en ese límite donde aparecieron en estos últimos años
“condominios cerrados”, mientras las ciudades satélite se llenaban de rejas,
a un ritmo sorprendente.
Profesora de la Universidad de Brasilia, la urbanista Marilia Steinberg estima que
el leitmotiv de la seguridad oculta otras motivaciones más complejas. “Emigrar
a Brasilia representó para todos nosotros un riesgo, una aventura”, afirma.
“Entre los que permanecieron en la nueva capital o en sus alrededores, no conozco
a nadie que no haya mejorado sus condiciones de vida desde su llegada. La reja protege
pero hace también aparecer los elementos visibles de una ascensión
económica y social rápida.” Contrariamente a un muro que ocultaría
totalmente la vista, las rejas dejan ver la vivienda e incluso escenas de la vida
familiar. También ofrecen a la mirada el o los coches (signos de éxito
social) estacionados junto a la casa.
Otros testimonios confirman que esas protecciones tranquilizadoras, eficaces e incluso
indispensables, cumplen a veces además papeles simbólicos. Los habitantes
de la otra Brasilia vinieron a la ciudad para iniciar una nueva vida con la esperanza
de tener éxito. Pero esa esperanza estuvo a punto de verse defraudada. Entre
1957 y 1960, la construcción del plano-piloto exigió la contratación
de más de 100.000 obreros llamados candangos, procedentes en su mayoría
del nordeste brasileño. Durante las obras de construcción, los candangos
se habían instalado en barracones de madera en los límites del plano-piloto.
Tras la inauguración oficial de Brasilia, el 21 de abril de 1960, esas habitaciones
precarias fueron consideradas “favelas ilegales”. Pero la mayoría de los obreros,
orgullosos de haber cumplido una obra de pioneros al construir la nueva capital,
se negaron a partir. Otros inmigrantes, que siguieron sus pasos, llegaron de todo
el Brasil y se instalaron en terrenos baldíos en el exterior del plano-piloto.
Ante esta afluencia, las autoridades del distrito federal se decidieron, a partir
de 1970, a planificar en la medida de lo posible el desarrollo de esas zonas de hábitat
modesto o pobre, más que a tratar de expulsar a sus ocupantes. Terminaron
por construir y habilitar infraestructuras en las ciudades satélite para evitar
toda “invasión” desordenada del plano-piloto.
Existe pues la impresión de que cada familia de inmigrantes, a través
de las rejas, desea mostrar en cierto modo que ha logrado conquistar su propio espacio,
grande o pequeño, y por consiguiente realizar en parte su sueño en
el distrito federal, a las puertas de la “Brasilia oficial”, que es el término
que suele emplearse. La historia de Cleiton Pereira Santos, joven geógrafo
de 23 años, ilustra perfectamente esa trayectoria y esos valores. “Mi padre,
originario de un pueblo del estado de Piauí, en el Nordeste, vino a trabajar
como albañil a Brasilia a comienzos de los años sesenta, explica. Alojado
inicialmente por un pariente, más adelante pudo traer a mi madre. Primero
alquilaron un departamentito en el plano-piloto. Pero querían tener su “propio”
techo. Construyeron entonces su primera casa, sumamente modesta, en Taguatinga. La
vendieron para construir un chalet con rejas en Ceilandia. Mi padre, que logró
montar una pequeña empresa, ahora quiere venderla para comprar un nuevo terreno
y construir allí un condominio fechado.”
Llegar a ser propietario corresponde a un ideal compartido por todas las capas de
la sociedad brasileña. Según las estadísticas oficiales, 72%
de las viviendas de todo tipo son propiedades privadas y los organismos gubernamentales,
como el Banco Nacional de la Vivienda, siempre han fomentado el acceso a la propiedad
más que el alquiler, incluso en el caso de las construcciones populares.
Un símbolo
de éxito social
Pero en Brasilia, como en el resto del país, ser propietario es también
protegerse contra otro tipo de inseguridad, la resultante de la incertidumbre económica.
Las crisis sucesivas refuerzan una idea muy sencilla: resulta fácil perder
el trabajo pero será más difícil quedarse sin techo si éste
es de uno, en un país en el que el sistema público de protección
social es prácticamente inexistente. He ahí nuevas razones para velar
por la seguridad de la casa y conservar su valor comercial. Una propiedad es más
cara con rejas que sin ellas. Y todas las casas se revenden a buen precio en Brasilia,
incluso las viviendas modestas de madera.
Es preciso entender esas rejas en este contexto de símbolos y de valores.
Y seguramente son, en alguna medida, el contrapunto del plano-piloto de Lucio Costa
y Oscar Niemeyer, espacio vanguardista de cemento y de monumentos. Los habitantes
de la otra Brasilia no van a la capital, ciudad de la elite, más que para
trabajar o de paso para regresar a sus hogares. ¿Serían entonces las
rejas la respuesta de los más modestos a la segregación socioespacial
que les impone la capital-ciudadela? ¿El símbolo de un éxito
fuera de una fortaleza sin murallas?
1. Ver su artículo “Un nuevo
modelo de segregación espacial: los muros de São Paulo”, en Revista
internacional de ciencias sociales, nº 147, marzo de 1996.
Las rejas de Brasilia aún no han sido objeto de obras de especialistas. Sin
embargo, cabe citar algunas obras de referencia:
• Brasília: a construção do cotidiano, de Brasilmar F. Nunes.
Editora Paralelo 15, Brasilia, 1997.
• Brasília, ideologia e realidade: espaço urbano em questão,
de Aldo Paviani. Editora Projeto/CNPQ, São Paulo, 1985.
• Brasília: moradia e exclusão, de Aldo Paviani. Editora UNB,
Brasilia, 1996.
• The Modernist City: Architecture, politics and society in Brasilia, de James Holston.
Yale University, 1986.
El Correo de la UNESCO
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