Shanghai y sus millones de inmigrantes

James Irwin, periodista canadiense residente en Shanghai, China

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Con tal de poder quedarse en Shanghai, los inmigrantes están dipuestos a aceptar cualquier tipo de tareas.






“China es uno de los pocos países en que el gobierno tiene una política bien definida de urbanización.”










Acabado el tiempo
del urbanismo, empieza el de
la cultura.

Oriol Bohigas Guardiola, arquitecto español (1925)











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Por las noches, la estación de Shanghai se convierte en dormitorio improvisado de numerosos obreros inmigrantes.










El hombre ama tanto al hombre que, cuando huye de la ciudad, es para buscar la muchedumbre, es decir para volver a construir la ciudad en el campo.

Charles Baudelaire,
poeta francés (1821-1867)





Shanghaiphoto









Ficha técnica

Población. La aglomeración de Shanghai –la más poblada de China– cuenta 13,6 millones de habitantes instalados en 6.340 km2. Comprende la ciudad misma (374 km2), siete ciudades satélite y algunas pequeñas poblaciones rurales. Tenía más de cinco millones de habitantes en 1950, es decir que en menos de cincuenta años su población se ha duplicado con creces. Según las últimas proyecciones de la División de Población de las Naciones Unidas (véase World Urbanization Prospects, Nueva York, 1998), en 2015 debería llegar a los 18 millones.
Marco político. La municipalidad autónoma de Shanghai depende directamente del gobierno central. El actual Presidente de China, Jiang Zemin y su Primer Ministro, Zhu Rongji, fueron anteriormente alcaldes de Shanghai. Hoy día ocupa ese cargo Xu Kuangdi, que estudió en Inglaterra antes de ser profesor de Ingeniería de la Universidad de Shanghai.
Datos económicos. Primer puerto del país, Shanghai fue la puerta de entrada en el imperio de China a partir de 1842 (tratado de Nankín) y puede hacer gala de una larga tradición comercial e industrial. En tiempos más recientes, la política de apertura que la municipalidad emprendió desde fines de los años setenta con el acuerdo del gobierno central ha permitido acentuar su desarrollo. Sus florones son la industria pesada (metalurgia, siderurgia, petroquímica, construcciones aeronáuticas y navales), así como sus industrias textil, electrónica e informática. En 1990, el gobierno anunció la creación de una nueva zona económica especial bautizada Pudong, destinada a convertirse en el nuevo centro financiero de China.
Entre 1992 y 1996, la aglomeración registró una tasa de crecimiento económico anual de 14%, mientras la inversión extranjera directa ascendía a unos 10.000 millones de dólares al año. En 1997, ésta disminuyó a la mitad, con lo que ese mismo año la tasa de crecimiento bajó a 12,7% y, según las estimaciones oficiales, se situaba en torno a 9% en 1998. Las repercusiones de la crisis asiática y las reestructuraciones recientes de la industria han hecho aumentar el desempleo. Oficialmente el porcentaje de desempleo es de 8%, pero extraoficialmente se evalúa en el doble. Sin embargo, el ingreso anual por habitante sigue siendo superior por amplio margen al del resto de China: 3.000 dólares en Shanghai, frente a 860 dólares en el conjunto del país.
Recientemente se ha dado un carácter prioritario a nuevos sectores, como las telecomunicaciones, las nuevas tecnologías, la industria farmacéutica y la biología.

La ciudad más poblada de China recurre a una “población flotante” para responder a las necesidades de mano de obra, pero la controla cuidadosamente.

Frente a las puertas de la prestigiosa Universidad Fudan de Shanghai, tres hombres con uniformes militares en desuso desentonan entre la muchedumbre de estudiantes bien vestidos. Esperan detrás de unos carteles de cartón sujetos en las grietas de las aceras. En esos paneles que es fácil retirar en caso de que irrumpa la policía, ofrecen sus servicios para la construcción o para trabajos menores.
Procedentes de la vecina ciudad de Suchou, esos hombres, de 20 a 40 años, están listos para salir a escape. Sin empleo desde hace un mes, no han podido pagar los derechos de su permiso de residencia y corren el riesgo de ser expulsados en cualquier momento. “Casi no tenemos dinero. No podemos pagar los 15
RMB1 que cuesta un permiso de residencia de un mes: nos conviene evitar a la policía”, explica el mayor de los tres.

Controles muy estrictos
En Shanghai hay numerosos residentes ocasionales. Forman la población “flotante”, según el término utilizado en China. En bicicleta o a pie, recorren las calles agitando campanillas o gritando para ofrecer sus servicios: son afiladores, vendedores de frutas y verduras o traperos. Como los tres individuos de Suchou, están dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de permanecer en la ciudad más dinámica de China.
El número de esos inmigrantes se estima en 3,3 millones sobre una población de 13,6 millones de habitantes en Shanghai. Las reformas económicas y la ambiciosa política para convertir a la ciudad en una gran plaza financiera han acelerado el crecimiento y transformado la ciudad en una gran obra en construcción. Los inmigrantes han venido a colmar las necesidades de mano de obra. Pero para la ciudad más poblada del país más poblado del planeta, esta inmigración masiva plantea nuevos problemas, que van de una fuerte presión sobre las infraestructuras a la agravación de las diferencias entre ricos y pobres.
China se urbaniza hoy día a un ritmo sin precedentes, comenta Wu Weiping, nacida en Shanghai y profesora de urbanismo en la Universidad Virginia Commonwealth en Estados Unidos. Un tercio de los 1.300 millones de chinos viven ya en las ciudades pero, según esta especialista, la proporción podría llegar a 50% en 2020. El desafío es enorme. Sin embargo, hasta ahora Shanghai parece haber evitado los peores problemas que los demás países en desarrollo enfrentan a causa de la explosión urbana. En efecto, la ciudad se ha dotado de un dispositivo eficaz, con el que no cuentan necesariamente las demás grandes megalópolis del mundo: una serie de controles sumamente estrictos que sólo un régimen férreo puede imponer.
“China es uno de los pocos países en que el gobierno tiene una política bien definida de urbanización”, afirma Wu Weiping. A fin de atenuar la presión demográfica sobre la ciudad más grande del país, las autoridades han alentado el desarrollo de ciudades pequeñas y medianas en el conjunto del territorio. Y, además, controlan a la población inmigrante a su llegada a la ciudad. En este aspecto, el ejemplo de Shanghai es elocuente.
La afluencia de inmigrantes a las ciudades comenzó en 1978, año en que China inició sus reformas económicas y autorizó el movimiento de la población. Anteriormente, el Estado controlaba esa movilidad a través del hukou, sistema basado en el lugar de origen: salvo autorización expresa, era obligatorio permanecer en su lugar de nacimiento. Emigrar sin permiso oficial no sólo era ilegal, sino que hacía la vida prácticamente imposible: sin la tarjeta hukou no se podían obtener las facilidades más esenciales, como los cupones de arroz, de carne y de tela de algodón.
Este sistema obligatorio era a la vez arbitrario e incompatible con la economía de mercado que China adoptó después de la revolución cultural. Con el auge económico, la necesidad de mano de obra no calificada aumentó rápidamente, en especial en las regiones costeras donde se concentra la mayor parte de las inversiones nacionales e internacionales. Para hacer frente a la demanda de mano de obra barata, las autoridades chinas alentaron la migración. Al mismo tiempo, la productividad agrícola mejoraba, la población aumentaba y las tierras arables disminuían: unos cien millones de obreros agrícolas perdieron su trabajo
El sistema de tarjeta hukou está siempre en vigor, pero ciudades como Shanghai otorgan también permisos de duración limitada para acoger a los inmigrantes. Este sistema permite al gobierno aliar “lo mejor de los dos mundos” – el occidental y el chino: flexibilidad y control. Los emigrantes deben obtener previamente de sus autoridades locales permiso para ir a trabajar fuera de su lugar de origen. A su llegada a la ciudad, los que tienen más suerte son alojados por parientes o amigos; los demás duermen donde pueden, pues no está previsto para ellos ningún sistema de hospedaje.
Si quieren quedarse más de tres días, deben obtener un documento de residencia válido por tres meses, que puede eventualmente ser prorrogado hasta dos años por una empresa o por la policía local. Esos permisos sólo se conceden si los solicitantes pueden justificar un alojamiento en la ciudad y un empleo. Además, deben obtener un permiso de trabajo, renovable todos los años por el equivalente de 8,4 dólares. A diferencia de los obreros y de los empleados de oficina, los comerciantes ambulantes y los vendedores al por menor han de solicitar una licencia comercial. Sólo una vez franqueadas todas estas barreras burocráticas se les autoriza oficialmente a permanecer en la ciudad.
Gracias a este sistema de permisos de duración limitada, las autoridades disponen de un medio eficaz para forzar a los inmigrantes a volver a su tierra en caso de recesión económica, como la que privó de trabajo al trío de Suchou durante casi todo el año 1998. Se estima, sin embargo, que en Shanghai uno de cada cuatro inmigrantes no señala su presencia a las autoridades. Transgredir la ley parece ser mucho más fácil que antes. La economía china se ha privatizado hasta tal punto que los individuos ya no han de pasar obligatoriamente por el Estado. Además, gracias a la liberalización económica, los productos básicos se han tornado tan abundantes que los cupones para la alimentación ya no son indispensables, lo que reduce la dependencia de la población frente a los órganos del Estado. Y los inmigrantes son demasiado numerosos para que la policía pueda controlar a todos.
Es posible obtener un permiso de residencia más largo, pero los obstáculos son tales que son muy pocos los que lo consiguen. Los candidatos han de comprar un apartamento o una casa, lo que exige sumas considerables; o estar apadrinados por una empresa, lo que sólo suele ocurrir con los más instruidos; o casarse con una persona nacida en la ciudad, lo que supone vencer los prejuicios y el desprecio de los shanghaineses respecto de la población inmigrante.
Al mantener un control sobre los inmigrantes, el Estado procura también asegurarse de que disponen de un mínimo para subsistir, por deber social y solidaridad, pero también por el afán de evitar a toda costa el estallido de un conflicto social que degenere en un vasto movimiento popular que podría amenazar el orden establecido.
Aunque siga siendo difícil, la vida de los inmigrantes no es insoportable. En los suburbios del noreste de la ciudad, por ejemplo, los residentes temporeros han instalado un campamento desde hace tres años en los terrenos del antiguo aeropuerto de Jiangwan, con el acuerdo de la municipalidad. Aunque el nivel de vida no es ni con mucho el de las clases medias y los nuevos ricos –escasos pero muy ostentosos– que han triunfado gracias a una combinación de relaciones, habilidad y privilegios, el campamento de Jiangwan está relativamente limpio y ordenado, y a años luz de las chabolas miserables de la mayor parte de los países en desarrollo. Alberga a unas 500 familias y comprende un dispensario rudimentario, algunos talleres, pequeñas fábricas y negocios, varios peluqueros, restaurantes baratos, huertos y una cantidad de oficios menores. Los niños están muy orgullosos de su escuela, que, aunque modesta, posee una televisión, un tocadiscos estereofónico y varios mapas del mundo en los muros. No tiene nada que envidiar a las miles de escuelas primarias rurales de China. Los maestros, en su mayoría de unos veinte años de edad, proceden de las mismas provincias que los inmigrantes y hablan sus dialectos. Los alumnos son alegres y abiertos. Todos llevan calzado adecuado y tienen un aspecto saludable. No se privan de comportarse como niños mimados, destino que la política china del hijo único ha reservado a la juventud.
En cuanto a los adultos, procedentes de la provincia vecina de Kiangsu o de las del interior como Honan, Anhwei o Szechuan, en su mayoría parten todas las mañanas del campamento a trabajar en Shanghai o en los alrededores. Cruzan las puertas del recinto bajo la mirada vigilante de los guardias, esencialmente antiguos obreros de las empresas del Estado, todos shanghaineses.

Las víctimas de un sistema de discriminación
Los campamentos como el de Jiangwan están sometidos a la jurisdicción de un comité vecinal encargado de velar por la seguridad pero también de verificar que cada residente es titular de un permiso de residencia y que ha cancelado los derechos. Una familia paga unos 50 dólares por mes a los propietarios privados que, por lo general, no viven muy lejos. En un país en el que el Estado siempre se ha encargado de procurar a la población viviendas a bajo costo, esos alquileres son muy altos. Otro tanto puede afirmarse de los gastos de escolaridad semestrales (50 dólares). Sin embargo, es muy raro que los inmigrantes se quejen, probablemente porque viven mejor en Shanghai que en sus provincias natales y tienen esperanzas para el futuro.
Además del sistema de permisos, la población dispone de otros medios de controlar a la población flotante, como la política municipal de control “en la base”. Shanghai ha movilizado a toda su población adoptando una organización piramidal que coloca a la ciudad en la cumbre, al barrio inmediatamente después, la calle a continuación y el vecindario en la base. Gracias a los comités vecinales, las autoridades mantienen un contacto cotidiano con los inmigrantes. En el pasado, esos comités estaban integrados por ciudadanos que se inmiscuían en la vida de la gente, denunciando y castigando toda conducta reprobable –de las aventuras extraconyugales a las formas más moderadas de disidencia política–; ahora están compuestos únicamente por profesionales. Los jubilados de antaño, destaca Wu Weiping, han cedido su lugar a un personal remunerado, a menudo funcionarios con una formación adecuada. Hoy los chinos ya no ven en esos comités una amenaza de injerencia en su vida privada, sino un medio concreto de abordar los problemas cotidianos.
Para Wu Weiping, este tipo de estructura ya no tiene mucho que ver con la dictadura de la planificación central. Es una forma sumamente eficaz de ejercer cierto control sobre la población pero respondiendo a la vez a sus necesidades en materia de servicios sociales. Como cada comité vigila a lo sumo a 2.000 personas, reina en ellos una cierta cordialidad.
La población utiliza otro medio para controlar a la población de inmigrantes: ejerce presión sobre sus empleadores para que les proporcionen una vivienda. Según Wu Weiping, 36% de los inmigrantes de Shanghai viven en su lugar de trabajo o en las cercanías; al parecer, aproximadamente la mitad de los trabajadores procedentes del medio rural alojan en habitaciones proporcionadas por empresas de la ciudad, y dos tercios de los inmigrantes obreros de la construcción viven en el lugar donde se realizan las obras.
El destino de la población flotante es más envidiable en Shanghai que en otros países en desarrollo, pero los inmigrantes distan mucho de disfrutar de las mismas ventajas que los shanghaineses. Considerados ciudadanos de segunda clase, son aceptados a regañadientes por razones laborales, pero se les reprocha ser una carga adicional para las infraestructuras de la ciudad. Sin embargo, mientras los shanghaineses reciben generalmente ayudas de su empleador o del gobierno para pagar la escolaridad de sus hijos y la atención médica, los residentes temporeros deben hacer frente a la totalidad de esos gastos. Sus hijos, muchos de los cuales han nacido en Shanghai, están condenados a permanecer al margen de la sociedad. Tienen pocas posibilidades de alternar con compañeros nativos de la ciudad. Y los shanghaineses de cepa no soportarían que su retoño se casara con una inmigrante. Por lo demás, es muy improbable que ello ocurra, a causa –entre otras cosas– de las diferencias culturales y lingüísticas. Además, ese tipo de matrimonio tiene un grave inconveniente: el hijo de una unión entre un shanghainés y un inmigrante hereda el lugar de origen de su madre.
Si el inmigrante es despreciado, ello se debe, según se dice, a su dialecto, su tosquedad y sus ambiciones desmedidas. Tradicionalmente, por ejemplo, los varones inmigrantes se compran un traje antes de venir a la ciudad para tratar de obtener un trabajo de oficina. Pero las más de las veces terminan con su traje flamante –con la etiqueta aún pegada en la manga– no en los barrios ricos, sino en las obras de construcción. Además, a juicio de los shanghaineses, los inmigrantes son responsables, entre otras cosas, del aumento de la criminalidad.
Las muestras de desprecio y de discriminación son muy frecuentes. Frente a un liceo del centro de la ciudad, zona en la que se advierte el orgullo de los habitantes por los nuevos edificios, estadios, vías rápidas y el metro, construidos todos con mano de obra inmigrante, un policía controla la identidad de una vendedora ambulante que ofrece cordones de zapatos multicolores a los alumnos. Sin dignarse a bajar de su moto, increpa violentamente a esta mujer de mediana edad y le aplica una multa. Desesperada y llorosa, ésta trata de defenderse, pero el policía cierra violentamente su cuaderno y parte en medio del estrépito de su motor. Sin dejar de llorar, la mujer reúne sus escasas pertenencias y se aleja, bajo la mirada indiferente de los transeúntes. ¿A dónde va? A nadie parece importarle.


1. La unidad monetaria china es el renminbi (RMB).

El Correo de la UNESCO