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Ha llegado la hora de la arquitectura. Y no puede haber
una nueva arquitectura sin un nuevo urbanismo. Desde siempre, periódicamente,
nuevas ciudades reemplazan a las antiguas. Pero hoy puede nacer la ciudad de los
tiempos modernos, la ciudad feliz, la ciudad radiante.
Le Corbusier,
arquitecto y urbanista
suizo-francés (1887-1965)
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Según lo que
hagamos con la mundialización, las ciudades —y por ende nuestra civilización—
se presentarán divididas y violentas, o humanas y pacíficas.
Las características de la vida urbana en el siglo XXI,
en el Norte y sobre todo en el Sur, no pueden preverse sin tener en cuenta el fenómeno
de la mundialización, que ya ha introducido cambios radicales. La ciudad —y
sobre todo la megalópolis—, por ser el ámbito donde estos cambios se
manifiestan con más vigor, será el teatro de las grandes transformaciones
del próximo siglo.
La mundialización tiende a concretar la noción de “aldea global” propuesta
por el canadiense Marshall McLuhan; la “edad de la información” que ésta
impone contrae el tiempo. Vivimos una aceleración jamás experimentada.
La urbanización del planeta obedece a este movimiento, y la rapidez con la
que se produce en el Sur resulta alarmante: de aquí a 2025, los dos tercios
de la humanidad vivirán en las ciudades, transformadas en el sitio privilegiado
de todas las oportunidades.
Por lo demás, la mundialización tiende a acentuar una “nueva geografía”
urbana en el Norte como en el Sur. Archipiélagos de consumidores acaudalados
se multiplican en las ciudades, en medio de un océano de excluidos. Las “economías
de mercado” impulsan cada vez más hacia las grandes urbes a los desocupados,
los inmigrantes, las minorías y los sin techo. En todas las megalópolis
—y no sólo las del Sur—las tensiones internas irán en aumento: en Nueva
York, por ejemplo, el 20% de personas más pobres gana 15 veces menos que el
20% de personas más ricas.
Siempre ha habido barrios considerados “elegantes” y otros “peligrosos”, más
aún en las viejas ciudades europeas que en las de las Américas, donde
la movilidad geográfica y social es mayor. Pero, en razón del crecimiento
de la población urbana, de la multiplicación de las tomas ilegales
de terrenos y de la acentuación de la inseguridad y la incertidumbre, esta
segregación social y espacial ha cambiado de ritmo y de escala. Hemos entrado
en un periodo de transición de la historia, en el que la discontinuidad gana
terreno sobre el ajuste. Los cambios radicales en la producción y el empleo,
la increíble concentración de capitales en manos del sector financiero
y especulativo pesan mucho más sobre nuestras vidas que los ajustes públicos
que se supone mejorarán la economía de mercado. La segregación
urbana adquiere pues una dinámica nueva cuyos efectos potenciales se ignoran
y, a causa del ritmo explosivo de crecimiento de las megalópolis, alcanza
una dimensión nunca vista.
Primer
escenario: todo anda mal.
La aceleración de la mundialización agrava la incertidumbre sobre el
porvenir. El miedo y los reflejos defensivos se agudizan en los individuos y en las
instituciones. Ello exacerba la intolerancia, la xenofobia, la desconfianza ante
todo lo que es innovador o extranjero. Las tensiones urbanas y la segregación
se acentúan; el espacio público, abandonado, se convierte en una peligrosa
tierra de nadie, lamentable hábitat de los marginados. La ciudad pierde su
vocación inicial: un crisol de encuentros y de intercambios.
Si, además, la mundialización sigue llevando aparejada una desregulación
de los mercados financieros y la persistencia de los mismos niveles de endeudamiento
de los países del Sur, éstos no podrán financiar sus infraestructuras
urbanas. Y si la falta de voluntad política se conjuga con la corrupción,
ello engendrará un clima cargado de violencia y de rebelión. Desprovistos
de fondos, los poderes reaccionarán de manera antidemocrática y se
asociarán incluso con mafias que aportarán sus capitales.
Segundo
escenario: todo va bien.
Según el principio “todo lo que hace el Estado es público, pero el
Estado no detenta todo lo que es público”, se sella un nuevo pacto entre el
Estado, el mercado, los individuos activos y la sociedad civil, de la que forman
parte las ong. La ciudad inventa una nueva calidad de vida y genera espacios de intercambio
entre ciudadanos. Se crean empleos en el sector social, el medio ambiente, la educación,
la investigación, la cultura y el esparcimiento, que ofrecen perspectivas
a los jóvenes.
En los países del Sur se establecen estrategias de planificación urbana
y de desarrollo a largo plazo a fin de aprovechar las oportunidades de la mundialización
pero evitando sus inconvenientes. El urbanismo se politiza y el Estado se asocia
al sector privado, bajo la supervisión de organizaciones de la sociedad civil.
Un hábitat decoroso se desarrolla gracias al microcrédito y a una reglamentación
de los precios de los materiales de construcción. El mejoramiento de las infraestructuras
permite integrar los barrios ilegales en la realidad civilizada de la ciudad. La
democracia inventa nuevas formas de gestión valiéndose de redes de
participación.
En un escenario
de transición,
las estrategias de acción
deben situarse entre esos extremos. Han de perseguir objetivos sociales para que,
en las megalópolis, surja una civilización fundada en una democracia
con participación y en un “capitalismo social” o “socialismo de mercado”.
Pero, más que nunca, el futuro no está trazado. En lo que a mí
respecta, deseo que el periodo actual de transición conduzca rápidamente
a un nuevo Renacimiento humanista, del que ya se advierten las premisas: abriríamos
entonces la vía a un desarrollo equitativo, humano y pacífico.
El Correo de la UNESCO
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