Cronología

Eugenesia: las lecciones de la historia
Hilary Rose, Profesora de medicina en el Gresham College de Londres. Autora de Love, power and knowledge: Towards a Feminist Transformation of the Sciences (Cambridge Polity, 1994)
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© Hervé Pinel












Experimento un intenso deseo de regresar al útero. A cualquiera que sea.

Woody Allen,
cineasta estadounidense (1935)









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Cronología

1840-1850: Comienzos de la embriología moderna. El estonio Karl Ernst von Baer descubre las primeras etapas de la génesis del embrión.
1866: El monje checo Gregor Mendel enuncia las leyes de la herencia tras realizar diversos experimentos con guisantes.
1875-1883: En Alemania, Walter Flemming cuenta los cromosomas. Encuentra 24 pares en el ser humano, cifra que el indonesio Joe-Hin Tjio reduce a 23 pares en 1956.
1905: El “mendelismo”, ciencia de la herencia, es llamado “genética” (del griego genêtikos, relativo a la generación) por el inglés William Bateson.
1953: El estadounidense James Watson y el británico Francis Crick descubren la estructura en doble hélice del ADN. Así comienza realmente la genética molecular, que define la naturaleza de la información genética en términos fisicoquímicos.
1973: Primeros experimentos de clonación humana, por división de un embrión inicial. Primera transgénesis, realizada injertando genes no bacterianos en una bacteria. Se inicia la era de la ingeniería genética.
1978: Nacimiento en Gran Bretaña de Louise Brown, primera bebé probeta, concebida por fecundación in vitro.
1990: Lanzamiento del Proyecto Internacional sobre el Genoma Humano, cuyo objetivo es localizar e identificar todos los genes del ADN antes de 2003.
1995: Mediante la técnica de transferencia del núcleo, Mark Hughes realiza los primeros clones de un embrión humano, que destruye al cabo de unas semanas.
1997: Anuncio de la creación por el escocés Ian Wilmut de la oveja Dolly, clon realizado a partir de una célula “adulta” (
ver p.20).

Mirar de frente el pasado es una tarea dolorosa pero crucial para entender el debate actual sobre los peligros de una nueva eugenesia.

Durante casi medio siglo se asimiló la eugenesia (estudio de los factores que pueden mejorar determinadas características, físicas o mentales, de la especie humana, o impedir su presencia) a los horrores del nazismo. Aunque genetistas alemanes como Brenno Muller Hill revelaran la complicidad de la comunidad científica con los nazis, durante mucho tiempo se evitó indagar sobre las políticas eugenésicas de otros países.
Algunos historiadores han colmado este vacío recientemente, dando una imagen deprimente pero clara del apoyo político y cultural prestado a la eugenesia, desde comienzos del siglo xx a los años setenta, en Norteamérica y en numerosos países europeos. Es sorprendente el vivo interés que despertó la eugenesia entre los reformadores sociales, los intelectuales marxistas y socialistas o las feministas, convencidos de que la ciencia debía ayudar al Estado a desarrollar una población genéticamente “apta”. Algunos preconizaban una eugenesia negativa, a fin de limitar los nacimientos de “inaptos”; otros se pronunciaban por una eugenesia positiva que estimulara a los “aptos” a tener más hijos.

Esterilización forzada
Cuando se conocieron los horrores del nazismo, numerosos países evitaron el uso del término “eugenesia”, aunque siguieron practicándola. Esas “políticas demográficas” contemplaban esencialmente la esterilización forzada de las mujeres “retrasadas mentales”. Si a ello se añaden motivaciones racistas, no es de extrañar que hubiera una elevada proporción de afroamericanas entre las 60.000 esterilizadas a la fuerza, entre 1907 y 1960, en varios estados norteamericanos. En Escandinavia, dirigentes políticos y genetistas aplicaron medidas de esterilización forzada porque temían que el Estado Providencia en ciernes impulsara a los “inaptos” a reproducirse. Entre 1934 y 1975, 63.000 personas, de las cuales 90% eran mujeres, fueron esterilizadas autoritariamente en Suecia, y 48.000 en Noruega. Los genetistas y políticos británicos y neerlandeses recurrieron, en cambio, a programas “voluntarios”, pero procediendo a una segregación masiva de los “retrasados mentales”.
El silencio que cubría estos periodos sombríos de la historia no tiene nada de extraño. Se requiere gran valor para desenterrar los horrores del pasado. En Suecia, la prensa reveló en los años setenta la eugenesia practicada en el pasado, despertando indignación en la opinión pública, pero el gobierno esperó hasta 1996 para indemnizar a las mujeres que fueron víctimas de ella.
Hoy, el renovado interés por el pasado se debe en parte al Proyecto sobre el Genoma Humano. Desde su concepción en 1985, grandes investigadores como James Watson, codescubridor de la estructura del
ADN, sintieron la necesidad de dar a conocer esa siniestra historia, para que la sombra de la vieja eugenesia estatal no obstaculizara la ejecución del proyecto. Han dedicado una parte del presupuesto de investigación de 3.000 millones de dólares a estudiar el pasado, y también las dimensiones sociales, jurídicas y éticas de las investigaciones en curso. Pues nuevas formas de eugenesia pueden surgir de los adelantos de la genética.
Hoy los genetistas tienen buen cuidado de evitar, en general, toda vinculación con la eugenesia estatal y adoptan una nueva estrategia: a los pacientes —los padres potenciales— les dejan, tras las explicaciones del caso, elegir las pruebas; al Estado le prometen que habrá menos niños minusválidos. Pero muchos movimientos de defensa de los minusválidos insisten en que esas pruebas apuntan a detectar lo “anormal”. Una “persecución” que restringe sin cesar la idea misma que tenemos de lo “normal” y que, según afirman los militantes, va a agravar el rechazo que sufren todos los minusválidos.
La postura de algunos miembros de esas organizaciones no dista mucho de la oposición tajante a todo examen genético, a fin de impedir que las mujeres aborten para eliminar los fetos llamados “anormales”. Esta posición inquieta sobremanera al movimiento femenino mundial que lucha por el derecho al aborto. El movimiento de los minusválidos podría aparecer como un aliado “objetivo” de las organizaciones contrarias al aborto.
Pese a la proliferación de pruebas —todas patentadas y lucrativas—, la genética no ha logrado hasta la fecha cumplir sus promesas en materia de terapia génica. A menudo los médicos se encuentran con enfermedades que no saben tratar y presentan el aborto como tratamiento. Como toda buena madre aceptará someterse a los diagnósticos prenatales que pueda pagar o que le reembolse el Estado, para muchos expertos en bioética, feministas y miembros de los movimientos de defensa de los minusválidos, la multiplicación de esas pruebas se traducirá en una “eugenesia consumista”; so pretexto de ofrecer una mayor posibilidad de escoger, incitará en realidad a seleccionar a los “genéticamente correctos”.
Para saber si una decisión es realmente libre, cabe formular una pregunta clave: ¿A quién beneficia la prueba? ¿A los individuos o a las empresas que la venden? Para la mayoría de las mujeres —no todas— un examen prenatal que puede revelar con certeza una temible dolencia genética aumenta, dolorosamente por cierto, la libertad ética de escoger. Pero, ¿qué decir de una posible abundancia de pruebas para deficiencias genéticas de menor importancia como la sordera o la baja estatura?
La multiplicación de las pruebas plantea otro grave problema ético: al concentrar nuestros esfuerzos en las debilidades genéticas corremos el riesgo de descuidar los factores sociales, como la pobreza. El sociólogo estadounidense Troy Duster subraya que el medio más eficaz —desde el punto de vista médico y económico— para lograr que nazcan más bebés sanos es ayudar a las mujeres de los medios desfavorecidos a alimentarse adecuadamente durante el embarazo. En California, son más numerosos los bebés que padecen graves problemas de salud e incluso la muerte debido a un peso insuficiente al nacer que los que sufren de enfermedades genéticas. La decisión de ese estado de invertir en pruebas de
ADN y no en la lucha contra la pobreza equivale, pues, según Troy Duster, a abrir discretamente la puerta a la eugenesia, con ciertas connotaciones discriminatorias puesto que hay una elevada proporción de afroamericanos entre los pobres.
¿Cómo utilizar mejor la biotecnología? Se podría en primer término lanzar un debate serio sobre las posibilidades y los límites de las pruebas genéticas. La opinión necesita información fidedigna, a fin de participar en la elaboración de una reglamentación humana y eficaz. Los grandes titulares, que anuncian “bebés a medida”, cuyo aspecto físico y nivel intelectual serán elegidos de antemano por padres caprichosos, no nos ayudan mucho a resolver los difíciles problemas éticos que se vislumbran. Empecemos más bien por aprender de los dos países donde la población tiene más confianza en el Estado: Dinamarca y los Países Bajos. Son los que más han hecho por encarar las biotecnologías lo más democráticamente posible.

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