
© Hervé Pinel
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El hombre ha sido calificado
con razón de microcosmo, de “pequeño universo”, y deberían estudiar
la estructura de su cuerpo no sólo quienes quieren ser médicos sino
quienes ansían alcanzar un conocimiento más íntimo de Dios.
Al-Ghazali,
filósofo y místico persa (1058-1111).
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Israel: el derecho a no saber
Rae HB FishMan, periodista científica
en Israel

© Hervé Pinel
El amor transporta al séptimo cielo,
pero los casamientos se deciden en la tierra. Para los judíos ultraortodoxos,
las uniones se concertan entre ambos interesados pero también entre las familias,
teniendo en cuenta la mutua conveniencia. “La inteligencia y el nivel de estudios
son muy importantes, pero el origen, la posición social, la fortuna y la salud
también se tienen en consideración”, señala el rabino Yigal
Bezalel Shafran.
Las familias en las que existen enfermedades genéticas mortales son mal miradas,
pues en esta comunidad sumamente estricta el aborto sólo se admite si la vida
de la madre está en peligro. Ahora bien, los judíos askenazis (originarios
de Europa del Este) están expuestos a la enfermedad de Tay-Sachs, que provoca
demencia y la muerte durante la infancia. El riesgo puede llegar a 4% (una de cada
25 personas) tratándose de los askenazis, frente a 0,2% para los no judíos
y los judíos sefardíes (originarios de países mediterráneos).
En 1983, en Nueva York, un rabino y un médico crearon la organización
sin fines de lucro Dor Yeshorim, que ofrece a los askenazis la posibilidad de someterse
a pruebas genéticas prenupciales a fin de evitar la unión entre portadores
de una afección grave. En Nueva York, en Israel y en el Reino Unido, unas
70.000 personas se han sometido al test de Tay-Sachs y de otras enfermedades como
la mucoviscidosis (fibrosis cística del páncreas). Este programa se
inició en Israel en 1986 y desde entonces no ha nacido ningún niño
aquejado de la enfermedad de Tay-Sachs en el seno de la comunidad askenazi ultraortodoxa.
Todos sus miembros y sus jefes espirituales están de acuerdo sobre sus principios
y sus métodos.
Sin embargo, algunos genetistas estiman que este procedimiento vulnera el respeto
a la vida privada y el derecho “a saber”, caros a la medicina occidental, pues los
resultados de las pruebas se envían al rabino de la organización Dor
Yeshorim, y no a los interesados. Sólo se informa a la futura pareja si ambos
son portadores de la enfermedad, en cuyo caso éstos suelen renunciar a la
unión. Si sólo uno lo es, no se avisa a nadie y prosiguen los preparativos
de la boda.
Este procedimiento tal vez dé que pensar a la ciencia occidental y a las demás
culturas. Como las pruebas genéticas son cada vez más corrientes y
se refieren principalmente a enfermedades incurables, existe el riesgo de que las
personas afectadas tengan que vivir con lo que el rabino Shafran llama “la carga
emocional de un saber que sólo puede causar aflicción”. Podrían
eludirla si ese derecho se delegara en una autoridad del grupo social. Sus miembros
optarían entonces por el “derecho a no saber”.
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De la Iglesia
Católica al budismo, pasando por el Islam, el judaísmo y el protestantismo,
las religiones reaccionan de manera más o menos dogmática ante los
progresos de la ciencia.
Después
del sexo de los ángeles, lo que mas divide a los teólogos es el alma
de los embriones. Pero ahora el debate concierne a seres de carne y hueso y desborda
las fronteras de la cristiandad. “Aunque la religiosidad decrece, detrás de
los interrogantes que plantea la ingeniería genetica subyace la cuestión
metafísica, sea por tradición, por cultura o por obligación”,
estima Jean-François Mattéi, genetista y diputado francés.
¿Es posible recurrir al diagnóstico prenatal y tener en mente una interrupción
del embarazo cuando se detecta una anomalía genética grave? ¿Cabe
autorizar la investigación sobre el embrión, las terapias génicas
y la clonación? Para todas las religiones del Libro (cristianismo, judaísmo,
Islam), la respuesta depende en buena medida del estatuto del embrión: el
interrogante de si es o no un ser animado traza una frontera fluctuante entre la
buena y la mala ingeniería genética. “Si el embrión posee un
alma, pasa de una vida biológica a una vida humana y todo lo que atente contra
su integridad es considerado un crimen”, resume el genetista francés René
Frydman, autor de Dieu, la médecine et l’embryon (París, 1997). “Si
es inanimado, la prohibición subsiste –hay que respetar la vida concedida
por Dios– pero la falta es menos grave.”
El “frente
del rechazo”
La Iglesia Católica
se distingue en varios aspectos. En primer lugar, dispone de un magisterio único
allí donde las demás religiones permiten un enfoque más personal:
conversación con el rabino para los judíos, el pope para los ortodoxos,
el maestro para los budistas, etc. Además, las otras confesiones se dividen
en corrientes (judíos liberales u ortodoxos, budistas de diversa índole,
etc.) o en escuelas jurídicas (malikismo, hanafismo, safi’ismo, hanbalismo
para el islam sunní). Por último y esencialmente, todas las religiones
establecen el principio general del respeto a la vida y la dignidad humana. Pero
la Iglesia de Roma es la única que respeta el embrión “como una persona
humana desde el momento de su concepción”.
El papa Juan Pablo II lo ha recordado en diversas oportunidades, especialmente en
las encíclicas Veritatis Splendor (1993) y Evangelium Vitae (1995). Ello acarrea
una sucesión de prohibiciones: no al diagnóstico prenatal si puede
dar lugar a un aborto, no a la mayor parte de las investigaciones y de las terapias
sobre el embrión. El Pontífice se opone también a la clonación,
tanto reproductiva como terapéutica, por considerarla una violación
del principio de la unicidad de la persona y del sacrosanto vínculo entre
sexualidad y procreación. Las posturas de los cristianos ortodoxos se acercan
mucho a las del Vaticano. Pero el “frente del rechazo” de las tecnologías
del genoma se detiene allí. Para el Islam y el judaísmo lo que cuenta
es el momento en el que el embrión adquiere vida propia y el respeto a la
filiación. Para ciertos musulmanes transcurren 40 días antes de que
el espíritu (ruh) sea insuflado en el embrión y, para otros, 120 días.
Por consiguiente, si se acepta el diagnóstico prenatal, hay división
en cuanto al aborto. Según H’mida Ennaifer, del Instituto Superior de Teología
de Túnez, “los juristas musulmanes condenan unánimemente el aborto
después de que el feto haya recibido el soplo de vida. Algunos malikíes
lo condenan incluso cuando el embrión tiene menos de 40 días, mientras
otras escuelas lo toleran durante los cuatro primeros meses de embarazo”. El Islam
admite por lo demás las terapias génicas somáticas. Pero proscribe
en general la modificación de las células germinales y todo lo que
niega el principio de la creación divina, empezando por la clonación.
Para una minoría de juristas, en ciertos casos la clonación es preferible
a un “adulterio genético”, pues permitiría respetar la filiación:
en el marco de una reproducción asistida, evitaría a una pareja estéril
tener que recurrir a un tercer donante de gametos.
Los judíos invocan el Talmud. “En el momento de la travesía milagrosa
del Mar Rojo, incluso los embriones en el vientre de su madre cantaron la gloria
de Dios”, dice el Talmud de Babilonia. Al respecto, el comentario talmúdico
afirma: “Si los embriones pueden cantar la gloria de Dios, es que tienen un alma
y una conciencia.” Después del cuadragésimo día, precisa el
Talmud: antes el embrión “no es más que agua”. Para ajustarse a la
halakha (la ley judía), es preferible practicar el diagnóstico prenatal
antes del cuadragésimo día. Más allá de ese plazo sólo
se admite el aborto si la salud de la madre está en peligro. De hecho, todo
depende de la interpretación de los rabinos. Para algunos, si la madre cae
en una depresión al saber que el hijo que lleva en su seno padece una patología
incurable, el aborto es lícito incluso después de transcurridos 40
días. Otros son mucho más estrictos.
En cuanto a los experimentos sobre el embrión, se autorizan sobre todo si
éste no tiene posibilidades de sobrevivir. El judaísmo no excluye la
clonación, estima el jurista y teólogo francés Raphaël
Braï. “Si esa técnica se emplea con fines terapéuticos, hay que
debatir el asunto colectivamente. En este punto, entran en competición principios
religiosos como la unicidad de la persona y la obligación de someterse a tratamiento
médico.” En cambio, salvo excepciones, la clonación reproductiva se
descarta.
Los cristianos protestantes son, en general, aún más abiertos a los
progresos de la genética. Haciendo hincapié en el libre arbitrio, estiman
que cada caso es particular y lo someten solamente al juicio de la pareja. “Algunos
admiten el diagnóstico prenatal seguido de un aborto si la mujer así
lo decide”, explica el español Carlos de Sola, Jefe de la Unidad de Bioética
del Consejo de Europa. “Algunos aceptan incluso que se pueda elegir el sexo del futuro
hijo por selección del esperma, a fin de fundar una familia en la que haya
a la vez niñas y niños.” Las iglesias reformadas aceptan la investigación
sobre el embrión siempre que se someta a un estricto control. No cierran las
puertas a la clonación, pero rechazan sus aplicaciones mercantiles y eugenésicas.
El dogma es aún más ajeno al budismo. Como explica el especialista
francés Raphaël Liogier, “el único límite ético
es el sufrimiento. Buda es ante todo un terapeuta.” Para el Dalai Lama, jefe de los
budistas tibetanos, “hay que estudiar sobre todo cuáles pueden ser los beneficios
y los perjuicios de esas manipulaciones genéticas”. Le parece admisible que
sirvan para “mejorar el cuerpo humano, por ejemplo el cerebro”.
“El cuerpo físico no es más que un soporte para el karma (los actos
y las consecuencias de esos actos, que pueden remontarse a existencias pasadas lejanas,
en virtud de la teoría de la reencarnación)”, añade Liogier.
“Que éste haya sido trabajado genéticamente o clonado, en definitiva
no tiene importancia. En cambio, hay que evitar el aborto, pues deteriora el karma.”
Pero aun en ese caso todo es relativo y lo esencial es evitar el sufrimiento. Según
el Dalai Lama, “el aborto está permitido tratándose de una madre encinta
que arriesgaría su vida durante el parto o que daría a luz un hijo
con un grave impedimento.”
El panorama de las respuestas religiosas a los problemas de bioética está
en constante transformación, salvo la rigidez doctrinal del Vaticano y las
exasperaciones de los integristas de todas las confesiones. Frydman estima que, frente
a problemas que remiten al origen o al sentido mismo de la vida, “el discurso religioso
parece brindar una ayuda valiosa, siempre que recuerde los valores fundadores de
nuestra humanidad sin pretender imponerlos, que se presente como un ámbito
propicio al cuestionamiento y no como un conjunto de dogmas”.
El Correo de la UNESCO
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