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Unidos : bebés a medida Competitividad, desigualdad de ingresos, afán de lucro : la posibilidad de “programar” su bebé plantea graves dilemas, sobre todo en Estados Unidos. |
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![]() © Hervé Pinel
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1. La última frontera de la medicina Lee M. Silver, profesor de biología en la Universidad de Princeton (Estados Unidos) y en la Woodrow Wilson School of Public and International Affairs. Autor de Vuelta al edén: Más allá de la clonación en un mundo feliz (Santillana/Taurus) Boston (Estados Unidos), 1º de junio de 2010: Bárbara da de mamar a Max, su bebé: “Mi marido y yo lo escogimos entre los embriones que habíamos concebido”, confía a una amiga. “Nos aseguramos de que Max no se volvería obeso como mi hermano Tom, ni alcohólico como mi cuñada.” Seattle, 15 de marzo de 2050: Melissa va a dar a luz. Para olvidar las contracciones, mira las imágenes de síntesis de una niña de cinco años, rubia y de ojos verdes. Es la niña que Melissa está a punto de dar a luz. Sus genes le garantizan una protección de por vida contra el sida. Washington D. C., 15 de mayo de 2350: Los estadounidenses se dividen en dos clases: los “mejorados”, cuyas familias han invertido mucho en la concepción genética de su progenie, y los “naturales”, cuyas familias no han tenido los medios necesarios para hacerlo. Los “mejorados” representan 10% de la población y dominan las capas superiores de la sociedad, mientras los “naturales” ganan difícilmente su vida. Los padres de los “mejorados” ejercen presión sobre sus hijos para que no dilapiden su capital genético, adquirido a precio de oro, casándose con “naturales”. No se trata de ciencia ficción. Estas escenas se apoyan en los conocimientos actuales. Desde los años ochenta, las manipulaciones genéticas se practican con éxito en ratas, vacas, corderos y cerdos. Si no conciernen aún a los seres humanos es porque la incorporación de genes a las células de éstos sólo tiene éxito, cuando más, en 50% de los casos. Y tratándose de la operación aún más compleja consistente en modificar genes para curar una deficiencia, las posibilidades de éxito son de una en un millón. Pero la clonación modifica esta situación. Se puede ahora extraer una célula de un óvulo fecundado unos pocos días antes y clonarla en millones de ejemplares. A continuación, éstos podrían manipularse inyectando, por ejemplo, un adn extranjero con una aguja microscópica. Gracias a la “técnica de Wilmut” (explicada en la p. 21), es posible extraer el núcleo de una célula para insertarlo en un óvulo, que se implanta a continuación en el útero de la madre. Sólo se trata en este caso de uno de los numerosos procedimientos que estudian actualmente los laboratorios. Sea que recurra a uno o a varios métodos combinados, la manipulación genética de embriones humanos será segura y eficaz de aquí a mediados del siglo xxi. Nos encontraremos entonces frente a la última frontera de la medicina y de la filosofía: el poder de modificar la naturaleza de la especie humana. Las manipulaciones genéticas se iniciarán de manera absolutamente aceptable con el tratamiento de enfermedades graves, como la mucuviscidosis. En una primera fase los padres darán probablemente a sus hijos genes que otros individuos poseen naturalmente. Por ejemplo, harán que se inserte en el embrión genes que garanticen una resistencia a ciertas formas de cáncer o de contaminación con el vih (cerca de 1% de la población masculina de Estados Unidos posee un gen semejante que la inmuniza contra el sida). Podrán eliminar también toda predisposición a la obesidad, al alcoholismo o a enfermedades como la diabetes. Los genetistas estudiarán más adelante el cerebro y los sentidos. Los médicos reemplazarán o modificarán los genes responsables de las enfermedades mentales o del comportamiento antisocial, como la agresividad extrema. Gracias a los progresos de la tecnología, los padres tendrán la posibilidad de aumentar las dotes artísticas de sus retoños mejorando, por ejemplo, la agudeza visual o auditiva de éstos. Al entenderse mejor el funcionamiento del cerebro será posible desarrollar sus facultades cognitivas, reforzando por ejemplo el gen encargado de convertir la memoria a corto plazo en memoria a largo plazo. Este tipo de manipulación ya se practica en las ratas. En una segunda etapa las manipulaciones apuntarán a introducir genes ajenos al genoma humano. Gracias al traspaso de genes de murciélago, por ejemplo, el ser humano podrá captar ondas de radio o ver de noche. Es evidente que, en razón de la complejidad y los riesgos de esas manipulaciones, se requerirá mucho tiempo para llegar a eso. No es posible modificar el genoma humano sin tener la seguridad absoluta de no provocar ningún daño. El número y la diversidad de las intervenciones genéticas va a aumentar de manera exponencial, algo así como las adiciones a los sistemas de funcionamiento de las computadoras efectuadas en los años ochenta y noventa. Las perspectivas, que antes eran inconcebibles, se tornarán indispensables para los padres que puedan sufragarlas. 2. Los límites de la libertad Amy Otchet, periodista del Correo de la UNESCO “Con los servicios Gencal usted podrá tener el embrión de mejor calidad que es posible comprar. ¡No deje a sus hijos adorados librados al azar!” Que un anuncio de ese tenor pueda tentar a los futuros padres de Estados Unidos es sólo cuestión de tiempo, afirma el Dr. Jeffrey Botkin, especialista en bioética y genetista pediatra. Una de las más caras aspiraciones de los norteamericanos es hacer cuanto esté a su alcance para que sus hijos tengan éxito. Entonces, ¿por qué no darles una ventaja inicial seleccionando al “mejor” de un lote de óvulos fecundados o mejorando genéticamente a un niño por nacer? “Bienvenidos al mundo de la libertad de eugenesia”, dice Arthur Caplan, uno de los más destacados especialistas en bioética. Para este profesor de la Universidad de Pensylvannia, esta perspectiva significa “que las personas serán libres de decidir cómo quieren que sean sus niños, con la condición de que no los maten, no les hagan daño o no los empeoren. Si no hay riesgos (para la salud), no hay por qué criticar la aspiración a mejorar biológicamente a su hijo.” Philip Kitcher de la Universidad de Columbia no está de acuerdo. Para este filósofo que acuñó la expresión “eugenesia del laissez faire”: “Hemos llevado la competencia hasta el útero humano. Esperaba algo mejor. La raíz del problema está en la sociedad capitalista y el afán de éxito. Los padres se sentirán obligados a velar por que sus hijos tengan el material genético ‘adecuado’.” Los genetistas elaborarán nuevas pruebas y técnicas de adn para filtrar y quizás algún día mejorar los embriones, y “los padres vacilarán entre su deseo de hacer lo mejor por su progenie y su percepción de los prejuicios y las desigualdades que los rodean”, prevé Kitcher. Imaginemos una pareja escogiendo a su futuro retoño entre un lote de huevos fecundados in vitro y supongamos que los científicos descubren que ciertos genes corresponden a la homosexualidad. “Probablemente ciertos padres dirán: no tenemos prejuicios, pero es difícil para una lesbiana salir adelante en nuestra sociedad.” Las pruebas genéticas servirán para eliminar a los “indeseables”, según Kitcher, tal como hoy día la amniocentesis sirve en China y en la India para la selección sexual. Este tipo de eugenesia se acentuará en la medida en que se recurrirá a ella para aliviar ciertos problemas sociales, sin resolverlos. Si el color de la piel es mirado como una desventaja social, una pareja afronorteamericana procurará procrear un bebé blanco. Aunque los médicos puedan rechazar una petición en tal sentido, está por verse si el Estado regulará o no la selección de los embriones y el día de mañana su eventual “perfeccionamiento”. “Es poco probable que se imponga una regulación legal y no estoy seguro de que deba establecerse”, afirma Caplan: en Estados Unidos se estima que la “elección personal es la mejor respuesta a los problemas de concepción y reproducción”. Este respeto de la vida privada, agrega, ha hecho que el aborto sea legal. Si el Estado empieza a reglamentar las condiciones en que nacen los niños, los grupos contrarios al aborto podrían encontrar los medios de coartar el derecho de las mujeres a disponer de sus cuerpos. Además, dice Caplan, ¿cómo puede el Estado empezar a limitar lo que los padres ofrecen biológicamente a sus hijos cuando dejan plena libertad en ámbitos como la religión y la educación? Subraya que mejorar genéticamente a un embrión no es lo mismo que “programar” a un niño. Una educación religiosa estricta puede moldear a un niño mucho más que el perfeccionamiento de sus aptitudes atléticas. El problema, afirma Kitcher, reside en los efectos acumulados de las decisiones individuales. Si todos los padres prefieren algunos rasgos a otros, surgirá una sociedad más homogénea. El riesgo no es tanto una nación dominada por querubines regordetes rubios y de ojos azules. Kitcher teme más bien que la tendencia a escoger ciertas características “deseables” menoscabe el respeto de la diferencia, refuerce el racismo y aumente el foso entre los que pueden y los que no pueden sufragar los servicios genéticos más novedosos. Eticamente sería un error, declara Caplan, pero “no hay escapatoria”. Restringir la libertad individual en aras del bien común no corresponde a la tradición norteamericana. Pero aún puede haber un margen de maniobra en el plano legislativo, afirma Lori Andrews, director del Instituto de Ciencia, Derecho y Tecnología de Chicago. Las garantías constitucionales impiden que el Estado se inmiscuya en la decisión de una pareja de tener o no un hijo. Pero ello no significa reconocer la libertad absoluta de decidir qué tipo de hijo tener y en qué condiciones. El mayor obstáculo a la reglamentación reside en el serio conflicto existente entre los grupos antiaborto y la comunidad científica en cuanto a la investigación sobre el embrión. Según Andrews, las posturas extremas de ambos bandos han conducido a un “vacío legislativo” que permite al sector privado proseguir la investigación sin la vigilancia de las instancias federales. A la Food and Drug Administration (FDA) le corresponde decidir qué pruebas y tratamientos genéticos han de ofrecerse a los consumidores. Pero esas decisiones, añade Andrews, se basan en la seguridad y la eficacia: las consideraciones éticas y el debate público no entran en juego. El vacío legislativo deja una pesada responsabilidad en manos de la comunidad médica. Enormes beneficios potenciales están por realizarse en el campo incipiente de los servicios genéticos para la procreación. Las campañas publicitarias se centrarán en el “bebé perfecto” a fin de convencer a los padres de que sus niños por nacer merecen “lo mejor” en materia de diagnóstico prenatal y de mejoramiento genético. Sometidos a esas presiones comerciales, los padres necesitarán orientación medica y ética. Un amplio diálogo social Sin embargo, “la profesión médica ha hecho poco más que reconocer los problemas”, dice el Dr. Botkin de la Universidad de Utah. Los médicos tratan de adoptar un enfoque “no directivo” o neutral al revelar los resultados de las pruebas prenatales. Pero la decisión en materia de procreación se adopta en el momento en que se elige el tipo de pruebas a las que se somete la pareja. Tradicionalmente, la deontología médica determina el mínimo que debe hacer un médico en determinadas circunstancias. A medida que se desarrolle la genética, tendrá que definir también el máximo. Ahora bien, los médicos no pueden fijar por sí solos esos límites, es necesario un amplio diálogo social al respecto. La necesidad de que haya un debate público es un punto en el que todos concuerdan. Mientras para Caplan lo principal es ser un “buen padre”, Kitcher va más lejos: “Cuando empezamos a hablar de cómo retocar a los seres humanos desde que están en la matriz, es porque algo anda muy mal en nuestra sociedad. La solución reside en parte en la legislación, pero también en modificar la cultura de nuestra sociedad de la abundancia. Vivimos en la época del triunfo autoproclamado del capitalismo. Como filósofo, me permito preguntar: ¿es buena la competición para nosotros y para nuestros hijos?” |
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