El dilema de la clonación humana
David Dickson, jefe de informaciones de la revista científica Nature, autor del libro The New Politics of Science (University of Chicago Press, 1988)
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© Hervé Pinel












Nuestras existencias están en realidad, por la herencia, tan llenas de cifras cabalísticas y de sortilegios irresistibles, como si las brujas realmente existieran.

Marcel Proust,
escritor francés (1871-1922)












La clonación humana plantea delicados problemas de identidad y de relaciones humanas, especialmente en el seno de la familia.

La posibilidad de la clonación humana plantea problemas inéditos. La polémica más acalorada tiene lugar en el Reino Unido, patria de la oveja clonada Dolly.

Cuando en febrero de 1997 el investigador británico Ian Wilmut y sus colegas anunciaron que habían logrado clonar una oveja, Dolly, el mundo entero se inquietó ante la perspectiva de la clonación humana. El gobierno del Reino Unido aseguró que todo estaba previsto para controlar las consecuencias de los trabajos sobre la clonación.
A los comentarios de los dirigentes políticos de todo el planeta, que estimaban necesaria una moratoria mundial inmediata sobre este tipo de investigación, el Reino Unido respondió que en su territorio la clonación humana estaba prohibida en virtud de una ley dictada en 1990, la Human Fertilization and Embryology Act. En efecto, esta ley autoriza la investigación sobre el embrión humano hasta los 14 días y, en principio, parecía allanar el camino para una “clonación terapéutica”
1, o sea la preparación de una diversidad de tratamientos médicos potenciales.
El clima cambió en junio de 1999, cuando el gobierno se negó a aceptar el dictamen de la instancia de control creada por la ley de 1990, la muy respetada Human Fertilization and Embryology Authority, que proponía modificar la legislación a fin de autorizar oficialmente la investigación sobre la clonación terapéutica. Las autoridades declararon que necesitaban tiempo para estudiar las repercusiones éticas del problema.
El Reino Unido se encuentra ante un difícil dilema político. La técnica de la clonación concebida por Ian Wilmut y sus colegas fue en efecto saludada como un importante progreso científico, cuyas numerosas aplicaciones médicas potenciales iban a estimular considerablemente la economía británica (en particular la venta de patentes a compañías del mundo entero). Pero, en momentos en que la confianza en los expertos científicos del Estado se ha visto seriamente comprometida por el problema de la encefalopatía espongiforme (la “enfermedad de la vaca loca”) y se ha deteriorado aún más con la inquietud sobre los riesgos potenciales para la salud y el medio ambiente de las plantas genéticamente modificadas, el gobierno no desea poner nuevamente en peligro su credibilidad autorizando de manera precipitada una tecnología “revolucionaria” y controvertida.

El uso responsable de la clonación
La producción a voluntad de seres humanos repetidos por clonación apenas tiene defensores. El punto clave de la controversia es la clonación terapéutica, con sus numerosas aplicaciones médicas potenciales. Podría servir por ejemplo para tratar a las mujeres en las que el adn de las mitocondrias (el material genético que proporciona energía a la célula) está dañado, con riesgo de transmitir esta deficiencia a sus hijos. O para producir piel destinada a los injertos, mientras hoy es preciso extraerla de otra parte del cuerpo del paciente. O incluso para reemplazar células deterioradas de los huesos o del hígado.
El problema es que la palabra “clon” hiere vivamente las sensibilidades: evoca de inmediato la imagen del dictador o de la estrella que ordena su propia reproducción en múltiples ejemplares. La clonación es, a juicio de sus adversarios, el colmo de la instrumentalización del ser humano, ya que considera al individuo como un medio para dar satisfacción a otro y no como un fin en sí. En cuanto a la distinción entre “clonación reproductora” y “clonación terapéutica”, es para sus detractores puramente verbal, ya que, según ellos, autorizar la segunda conducirá inevitablemente a la primera.
A la inversa, esta distinción es crucial para los fervientes partidarios de aprovechar plenamente las posibilidades médicas de la clonación, entre los que figura Ian Wilmut: desde hace dos años y medio no ha cesado de aludir públicamente a las perspectivas que abren sus trabajos, sin ocultar sus peligros. Hoy es director científico de Geron Bio-Med, empresa fundada a comienzos de 1999 por el Roslin Institute y una compañía norteamericana de biotecnología, Geron, a fin de explotar sus descubrimientos.
Para Ian Wilmut y para muchos otros, la clonación humana plantea delicados problemas de identidad y de relaciones humanas, especialmente en el seno de la familia: “Todos somos capaces de imaginar, dice, lo que podría suceder si en nuestro hogar naciera un niño clonado. Piensen por ejemplo en las dificultades que ha de enfrentar si no responde a las expectativas de sus padres –lo que es muy probable, pues la personalidad sólo depende en parte del patrimonio genético.” Pero Ian Wilmut insiste también en las ventajas considerables de las técnicas de clonación si se las utiliza de manera responsable: “El potencial de tratamientos más eficaces es inmenso para enfermedades debidas, como la de Parkinson, a células dañadas que no pueden reproducirse.” Tras reconocer que el dilema es serio, se declara “muy deseoso de participar en todo debate sobre el tema”.
Los esfuerzos para obtener la autorización de realizar investigaciones sobre la clonación terapéutica han tropezado con serios obstáculos, siendo uno de los principales las presiones de los movimientos contrarios al aborto, que siguen siendo decididamente hostiles a toda forma de clonación. Ello quedó de manifiesto en Estados Unidos cuando el gobierno del Presidente Clinton presentó un proyecto de ley que debía a la vez prohibir la clonación reproductora y autorizar la del embrión con fines terapéuticos. A comienzos de 1999, el Instituto Nacional de Salud informó de que aunque el Congreso le prohibía financiar investigaciones sobre los embriones con fondos federales, estaba decidido a apoyar trabajos sobre las células tronco,
2 proporcionadas por el sector privado y obtenidas de embriones no utilizados de la fecundación in vitro. El Congreso busca actualmente la forma de colmar esta deficiencia.
El punto de vista de los adversarios norteamericanos de la clonación se acerca al que ha dominado los debates legislativos en Europa, especialmente en Francia y Alemania, al insistir en las posibles amenazas para la “dignidad humana”. Es por lo demás este enfoque, asociado a la idea de que la vida humana comienza desde la concepción, el que ha impulsado a la mayoría de los países europeos a prohibir no sólo los ensayos de clonación humana, sino toda investigación sobre los embriones. En cambio, el punto de vista de los dirigentes británicos (y estadounidenses) ha sido hasta ahora más pragmático: los inconvenientes potenciales de la clonación humana son a su juicio sobre todo los riesgos médicos, por ejemplo la incertidumbre sobre posibles complicaciones a largo plazo. .

Un abismo moral
Una declaración reciente del gobierno británico parece indicar que su posición ha cambiado y que en lo sucesivo habrá de tener en cuenta otros factores de carácter explícitamente ético. Este reconocimiento fue acogido de inmediato con satisfacción por los grupos religiosos de presión, como la Christian Action Research and Education. En sus declaraciones, citadas por el Times, su director Charles Colchester pide al gobierno que vele por que la nueva instancia encargada de indagar sobre las técnicas de clonación humana examine lo que denomina el “insondable abismo moral” a que puede conducir este tipo de investigación.
La decisión del gobierno fue muy criticada por los investigadores interesados. Robert Winston, que enseña cómo tratar la esterilidad en la Royal Postgraduate School de Londres, advirtió que si no se reconsideraba esa decisión muchos de los “mejores cerebros” del Reino Unido podrían sentir la tentación de abandonar el país para proseguir sus trabajos en otras latitudes. “Al sembrar la confusión en el debate sobre la clonación, añadió, el gobierno corre el riesgo de poner obstáculos a uno de los progresos médicos más importantes del decenio.”
Otras críticas surgieron de los que están ansiosos de que la clonación permita crear productos comercializables. “La ciencia británica se encuentra hoy día a la vanguardia de este nuevo sector en expansión”, estima John Sime, presidente de la Bioindustry Association, la organización profesional del sector biotecnológico en el Reino Unido. “Pero la competencia es viva y lo que está en juego es enorme, para los pacientes y para la economía.”
Algunos siguen siendo optimistas, convencidos de que en definitiva esas investigaciones serán autorizadas. “Si la mitad de lo que se dice de esas nuevas técnicas para tratar las enfermedades degenerativas fuera cierto, sería inmoral no proseguir las investigaciones”, estima Juliet Tizzard del Progress Educational Trust, organización de apoyo a la investigación sobre tecnologías de reproducción.
Pero el debate prosigue. La posibilidad de producir copias fieles de seres humanos adultos inspira fascinación a algunos y repulsión a otros. Está claro que, cualesquiera que sean los beneficios médicos potenciales de la investigación sobre la clonación, a sus partidarios les costará mucho obtener autorización para seguir adelante.


1. N. de la R.: Esta técnica, aún incipiente, se basa en el desarrollo de un óvulo que luego será destruido.
2. Células indiferenciadas a partir de las cuales se desarrollan células especializadas como las de la sangre.

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