
© Hervé Pinel
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Nuestras existencias están
en realidad, por la herencia, tan llenas de cifras cabalísticas y de sortilegios
irresistibles, como si las brujas realmente existieran.
Marcel
Proust,
escritor francés (1871-1922)
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La clonación humana plantea delicados
problemas de identidad y de relaciones humanas, especialmente en el seno de la familia. |
La posibilidad
de la clonación humana plantea problemas inéditos. La polémica
más acalorada tiene lugar en el Reino Unido, patria de la oveja clonada Dolly.
Cuando en
febrero de 1997 el investigador británico Ian Wilmut y sus colegas anunciaron
que habían logrado clonar una oveja, Dolly, el mundo entero se inquietó
ante la perspectiva de la clonación humana. El gobierno del Reino Unido aseguró
que todo estaba previsto para controlar las consecuencias de los trabajos sobre la
clonación.
A los comentarios de los dirigentes políticos de todo el planeta, que estimaban
necesaria una moratoria mundial inmediata sobre este tipo de investigación,
el Reino Unido respondió que en su territorio la clonación humana estaba
prohibida en virtud de una ley dictada en 1990, la Human Fertilization and Embryology
Act. En efecto, esta ley autoriza la investigación sobre el embrión
humano hasta los 14 días y, en principio, parecía allanar el camino
para una “clonación terapéutica”1, o sea la preparación de una
diversidad de tratamientos médicos potenciales.
El clima cambió en junio de 1999, cuando el gobierno se negó a aceptar
el dictamen de la instancia de control creada por la ley de 1990, la muy respetada
Human Fertilization and Embryology Authority, que proponía modificar la legislación
a fin de autorizar oficialmente la investigación sobre la clonación
terapéutica. Las autoridades declararon que necesitaban tiempo para estudiar
las repercusiones éticas del problema.
El Reino Unido se encuentra ante un difícil dilema político. La técnica
de la clonación concebida por Ian Wilmut y sus colegas fue en efecto saludada
como un importante progreso científico, cuyas numerosas aplicaciones médicas
potenciales iban a estimular considerablemente la economía británica
(en particular la venta de patentes a compañías del mundo entero).
Pero, en momentos en que la confianza en los expertos científicos del Estado
se ha visto seriamente comprometida por el problema de la encefalopatía espongiforme
(la “enfermedad de la vaca loca”) y se ha deteriorado aún más con la
inquietud sobre los riesgos potenciales para la salud y el medio ambiente de las
plantas genéticamente modificadas, el gobierno no desea poner nuevamente en
peligro su credibilidad autorizando de manera precipitada una tecnología “revolucionaria”
y controvertida.
El uso
responsable de la clonación
La producción a voluntad de seres humanos repetidos por clonación apenas
tiene defensores. El punto clave de la controversia es la clonación terapéutica,
con sus numerosas aplicaciones médicas potenciales. Podría servir por
ejemplo para tratar a las mujeres en las que el adn de las mitocondrias (el material
genético que proporciona energía a la célula) está dañado,
con riesgo de transmitir esta deficiencia a sus hijos. O para producir piel destinada
a los injertos, mientras hoy es preciso extraerla de otra parte del cuerpo del paciente.
O incluso para reemplazar células deterioradas de los huesos o del hígado.
El problema es que la palabra “clon” hiere vivamente las sensibilidades: evoca de
inmediato la imagen del dictador o de la estrella que ordena su propia reproducción
en múltiples ejemplares. La clonación es, a juicio de sus adversarios,
el colmo de la instrumentalización del ser humano, ya que considera al individuo
como un medio para dar satisfacción a otro y no como un fin en sí.
En cuanto a la distinción entre “clonación reproductora” y “clonación
terapéutica”, es para sus detractores puramente verbal, ya que, según
ellos, autorizar la segunda conducirá inevitablemente a la primera.
A la inversa, esta distinción es crucial para los fervientes partidarios de
aprovechar plenamente las posibilidades médicas de la clonación, entre
los que figura Ian Wilmut: desde hace dos años y medio no ha cesado de aludir
públicamente a las perspectivas que abren sus trabajos, sin ocultar sus peligros.
Hoy es director científico de Geron Bio-Med, empresa fundada a comienzos de
1999 por el Roslin Institute y una compañía norteamericana de biotecnología,
Geron, a fin de explotar sus descubrimientos.
Para Ian Wilmut y para muchos otros, la clonación humana plantea delicados
problemas de identidad y de relaciones humanas, especialmente en el seno de la familia:
“Todos somos capaces de imaginar, dice, lo que podría suceder si en nuestro
hogar naciera un niño clonado. Piensen por ejemplo en las dificultades que
ha de enfrentar si no responde a las expectativas de sus padres –lo que es muy probable,
pues la personalidad sólo depende en parte del patrimonio genético.”
Pero Ian Wilmut insiste también en las ventajas considerables de las técnicas
de clonación si se las utiliza de manera responsable: “El potencial de tratamientos
más eficaces es inmenso para enfermedades debidas, como la de Parkinson, a
células dañadas que no pueden reproducirse.” Tras reconocer que el
dilema es serio, se declara “muy deseoso de participar en todo debate sobre el tema”.
Los esfuerzos para obtener la autorización de realizar investigaciones sobre
la clonación terapéutica han tropezado con serios obstáculos,
siendo uno de los principales las presiones de los movimientos contrarios al aborto,
que siguen siendo decididamente hostiles a toda forma de clonación. Ello quedó
de manifiesto en Estados Unidos cuando el gobierno del Presidente Clinton presentó
un proyecto de ley que debía a la vez prohibir la clonación reproductora
y autorizar la del embrión con fines terapéuticos. A comienzos de 1999,
el Instituto Nacional de Salud informó de que aunque el Congreso le prohibía
financiar investigaciones sobre los embriones con fondos federales, estaba decidido
a apoyar trabajos sobre las células tronco,2 proporcionadas por el sector privado
y obtenidas de embriones no utilizados de la fecundación in vitro. El Congreso
busca actualmente la forma de colmar esta deficiencia.
El punto de vista de los adversarios norteamericanos de la clonación se acerca
al que ha dominado los debates legislativos en Europa, especialmente en Francia y
Alemania, al insistir en las posibles amenazas para la “dignidad humana”. Es por
lo demás este enfoque, asociado a la idea de que la vida humana comienza desde
la concepción, el que ha impulsado a la mayoría de los países
europeos a prohibir no sólo los ensayos de clonación humana, sino toda
investigación sobre los embriones. En cambio, el punto de vista de los dirigentes
británicos (y estadounidenses) ha sido hasta ahora más pragmático:
los inconvenientes potenciales de la clonación humana son a su juicio sobre
todo los riesgos médicos, por ejemplo la incertidumbre sobre posibles complicaciones
a largo plazo. .
Un abismo
moral
Una declaración
reciente del gobierno británico parece indicar que su posición ha cambiado
y que en lo sucesivo habrá de tener en cuenta otros factores de carácter
explícitamente ético. Este reconocimiento fue acogido de inmediato
con satisfacción por los grupos religiosos de presión, como la Christian
Action Research and Education. En sus declaraciones, citadas por el Times, su director
Charles Colchester pide al gobierno que vele por que la nueva instancia encargada
de indagar sobre las técnicas de clonación humana examine lo que denomina
el “insondable abismo moral” a que puede conducir este tipo de investigación.
La decisión del gobierno fue muy criticada por los investigadores interesados.
Robert Winston, que enseña cómo tratar la esterilidad en la Royal Postgraduate
School de Londres, advirtió que si no se reconsideraba esa decisión
muchos de los “mejores cerebros” del Reino Unido podrían sentir la tentación
de abandonar el país para proseguir sus trabajos en otras latitudes. “Al sembrar
la confusión en el debate sobre la clonación, añadió,
el gobierno corre el riesgo de poner obstáculos a uno de los progresos médicos
más importantes del decenio.”
Otras críticas surgieron de los que están ansiosos de que la clonación
permita crear productos comercializables. “La ciencia británica se encuentra
hoy día a la vanguardia de este nuevo sector en expansión”, estima
John Sime, presidente de la Bioindustry Association, la organización profesional
del sector biotecnológico en el Reino Unido. “Pero la competencia es viva
y lo que está en juego es enorme, para los pacientes y para la economía.”
Algunos siguen siendo optimistas, convencidos de que en definitiva esas investigaciones
serán autorizadas. “Si la mitad de lo que se dice de esas nuevas técnicas
para tratar las enfermedades degenerativas fuera cierto, sería inmoral no
proseguir las investigaciones”, estima Juliet Tizzard del Progress Educational Trust,
organización de apoyo a la investigación sobre tecnologías de
reproducción.
Pero el debate prosigue. La posibilidad de producir copias fieles de seres humanos
adultos inspira fascinación a algunos y repulsión a otros. Está
claro que, cualesquiera que sean los beneficios médicos potenciales de la
investigación sobre la clonación, a sus partidarios les costará
mucho obtener autorización para seguir adelante.
1. N. de la R.: Esta técnica,
aún incipiente, se basa en el desarrollo de un óvulo que luego será
destruido.
2. Células indiferenciadas a partir de las cuales se desarrollan células
especializadas como las de la sangre.
El Correo de la UNESCO
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