
© Hervé Pinel
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La vida de la ciencia es esta
vida superficial. Persigue el éxito con talento y seriedad, y no tiene en
cuenta la naturaleza superior del ser humano.
Rabindranath
Tagore, poeta indio (1861-1941)
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La ideología
eugenista nazi todavía pesa mucho en las leyes y los debates actuales sobre
las aplicaciones de la genética humana.
En Alemania,
para abordar problemas de bioética hay que andarse con pies de plomo. En 1997,
el anuncio del nacimiento de Dolly, la oveja clonada, dio lugar a las especulaciones
más descabelladas en los medios de comunicación. Tachada de inmoral,
de inmediato la clonación humana fue rechazada categóricamente por
numerosos políticos, investigadores, representantes de las Iglesias y ecologistas.
Por lo demás, la ley alemana de 1990 sobre protección de los embriones
la prohíbe expresamente.
¿Cómo explicar esta cuasi unanimidad y las reacciones viscerales en
cuanto se habla de biología, medicina y ética? ¿Cómo
entender el retraso existente en Alemania en materia de “capacidad para pensar y
emitir juicios” respecto de esas cuestiones, como destaca el especialista en bioética
Ludger Honnefelder? Hay que recordar los horrores cometidos por los nazis en nombre
del eugenismo: esas teorías pseudocientíficas se desarrollaron en los
años treinta; a partir de 1939 justificaron, entre otras cosas, la eliminación
de los judíos, de los minusválidos (100.000 en cinco años) y
de los gitanos. En nombre de la ciencia y de la “raza de los amos”, médicos
y genetistas practicaron horribles experimentos con “cobayos humanos”. “Ese tema
siguió siendo tabú en la comunidad científica alemana hasta
comienzos de los años ochenta”, recuerda Benno Müller-Hill, genetista
de la Universidad de Colonia y autor de Ciencia mortal (1984). “No es posible pasar
frente a ese océano de sangre y seguir su camino como si nada.” Tanto más
cuanto que existe el riesgo de que la genética moderna dé origen a
nuevas formas de “racismo científico”. A su juicio, ésta podría
permitir establecer un vínculo entre los genes que influyen en ciertos rasgos
de la personalidad –como la agresividad– y una determinada pertenencia étnica,
alentando así la discriminación.
El pasado nacional socialista pesa también sobre la Convención sobre
los Derechos Humanos y la Biomedicina del Consejo de Europa, que Alemania se niega
a firmar. Para numerosos grupos políticos, religiosos, ecologistas y asociaciones
de minusválidos no es suficientemente restrictiva. Temen, al igual que el
socialdemócrata católico Robert Antretter, “un resurgimiento de la
falta de respeto a la vida, tal como se practicó en la época del nazismo”.
Se rebelan contra las disposiciones de ese texto que, con ciertas condiciones, permite
realizar investigaciones sobre personas incapaces de dar su consentimiento (esencialmente
niños y algunos minusválidos). Deploran que la Convención no
prohíba la investigación sobre embriones humanos, como ocurre en la
legislación alemana. Lejos de atenuarse, la resistencia adquiere cada vez
más fuerza en el Parlamento.
En realidad, sólo el diagnóstico prenatal parece escapar a la anatema
generalizada. Las Iglesias no lo condenan expresamente. Y para Wolf-Michael Catenhusen,
Secretario de Estado para la Investigación, es importante que los individuos
afectados puedan decidir libremente si tienen o no un hijo minusválido: “No
hay que olvidar que a raíz de esos exámenes los temores de los padres
se disipan en más de 90% de los casos.”
La reticencia “histórica” frente a la genética no parece haber disminuido
con la llegada al poder, en 1998, de la coalición que agrupa a los socialdemócratas
y los Verdes. En efecto, estos últimos tienen una actitud crítica respecto
de la medicina y la ciencia modernas. “Los progresos de la biomedicina vulneran la
idea misma que uno tiene de lo humano”, estima Monika Knoche, la experta de los Verdes
en materia de salud. Por su parte, científicos e industriales insisten en
que Alemania no debe permitir que sus competidores internacionales la aventajen en
el plano de las nuevas tecnologías. “Nos solazamos imaginando hipótesis
catastróficas”, declaró en una oportunidad el ex Jefe del Estado, Roman
Herzog. “Casi todos los descubrimientos científicos suscitan numerosos interrogantes
sobre los riesgos que entrañan, pero muy pocos sobre las oportunidades que
ofrecen.” La ingeniería genética aún más que los demás.
El Correo de la UNESCO
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