¿Un tratado sobre el genoma?

Los genes de la desigualdad
Mohamed Larbi Bouguerra, ex director del Instituto Nacional de Investigación Científica y Técnica de Túnez, autor de La Recherche contre le tiers monde (La investigación contra el Tercer Mundo, PUF, París, 1993) y de La Pollution invisible (La contaminación invisible, PUF, París, 1997)
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© Hervé Pinel












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¿Un tratado sobre el genoma?

«En el marco de la cooperación internacional (...), los Estados deberán esforzarse por (...) desarrollar y fortalecer la capacidad de los países en desarrollo para realizar investigaciones sobre biología y genética humanas, tomando en consideración sus problemas específicos y (...) permitir a los países en desarrollo sacar provecho de los resultados de las investigaciones científicas y tecnológicas a fin de que su utilización en pro del progreso económico y social pueda redundar en beneficio de todos”: en su artículo 19, la Declaración Universal sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos adapta los “derechos de solidaridad” a los criterios actuales. Este texto, que no es jurídicamente obligatorio, fue aprobado por la comunidad internacional en 1997, tras un largo proceso de negociaciones en el marco del Comité Internacional de Bioética (CIB) de la UNESCO.
La declaración consagra además dos grandes principios, explica Noëlle Lenoir, que presidió el CIB durante las negociaciones. Uno, el hombre no es un animal programado por sus genes: se rechaza el determinismo genético. Dos, la genética no debe utilizarse para justificar prácticas socialmente discriminatorias o racistas. En realidad, la “dignidad humana” es el elemento clave de este texto, que condena la clonación reproductiva.
Esta declaración, aprobada por iniciativa de la U
NESCO, es hoy el único texto de alcance universal que versa específicamente sobre los problemas de bioética. “Pero pienso que en el contexto actual de mundialización habrá que llegar a un tratado”, que los Estados signatarios estarán obligados a respetar, añade Lenoir. Una ardua tarea en perspectiva.

La compraventa de los tratamientos resultantes de los progresos de la genética va a aumentar el foso que separa ya a los habitantes del planeta en materia de acceso a la atención médica.

Se afirma que la medicina del siglo xxi será genética. El hecho de que se descifre el ADN, en el marco del proyecto internacional sobre el Genoma Humano, traerá consigo un flujo constante de aplicaciones. Estas permitirán mejorar la condición física de los seres humanos, en una época en que numerosos expertos sostienen que los cuidados médicos “convencionales” han llegado al límite de lo que pueden ofrecer.
En los próximos veinte años, lo más probable es que se registren enormes progresos en el plano de la terapia génica, de la inmunología y del cultivo de células tronco que permitan producir sangre exenta de toda contaminación para los leucémicos, por ejemplo. La incorporación al mercado de numerosos tests prenatales, con los que pueden detectarse anomalías genéticas en los embriones, impulsará el desarrollo de los servicios de asistencia genética.
Pero cabe preguntarse quiénes van a beneficiarse con la investigación y sus aplicaciones. Desde los comienzos del proyecto sobre el Genoma Humano, en 1990, J. D. Watson, uno de los padres del descubrimiento de la estructura de doble hélice del
ADN, había insistido en el carácter público de esta formidable empresa: “Las naciones de la Tierra deben entender que el genoma humano pertenece a los pueblos del mundo y no a sus países.”
Si bien la mayoría de los descubrimientos y de los nuevos tratamientos se han producido en los laboratorios de los países desarrollados, los ciudadanos del Sur, con su inteligencia y su acción, también han brindado su contribución. En 1956, el indonesio Joe-Hin Tjio probó de manera definitiva, en Suecia, que los cromosomas humanos eran 46. Por su parte, el Premio Nobel indio Har Gobind Khorama (1968) fue el primero en efectuar, en Estados Unidos, la síntesis de un gen. Por otro lado, el análisis del
ADN de ciertos pueblos indígenas suministró una información genética valiosa a los que hoy se reservan la propiedad intelectual de los descubrimientos que obtuvieron gracias a ella. Esos estudios de población permitieron identificar, entre otros, los genes de un varón de la tribu hagahai (Papua Nueva Guinea) que confieren inmunidad contra el virus HTLV de la leucemia.
Pero por falta de voluntad política o de medios, a numerosos países del Sur les cuesta aplicar una auténtica política científica que les evitaría ser totalmente dependientes de los países desarrollados. Sin embargo, algunos de ellos disponen de competencias humanas y de material que les permiten participar en las operaciones de establecimiento de secuencias del
ADN. Así ocurre en la India, que cuenta con seis laboratorios de ese tipo, dependientes del Centro de Biología Celular y Molecular de Haiderabad. En ese país, algunos especialistas habrían preferido secuenciar el ADN de organismos patológicos corrientes en la India, más que el de seres humanos tomados al azar. Así habría sido más fácil, dicen, concebir aplicaciones con una utilidad directa para los ciudadanos indios. El debate continúa, pues hoy nada garantiza que el análisis del genoma humano vaya a desembocar en la comercialización de tratamientos útiles para las poblaciones del Sur.
El otro interrogante es el del acceso a las terapias del futuro. Incluso dentro de los Estados desarrollados, que tienden a reducir sus gastos de salud, esos cuidados tan onerosos –al menos en sus comienzos– podrían trazar una nueva frontera entre los individuos acaudalados y los demás. Por consiguiente, existen escasas posibilidades de que tales tratamientos estén al alcance de las poblaciones del Tercer Mundo. En todo caso, éstas se encuentran a mil leguas de esa nueva visión de la medicina, ya que las infraestructuras sanitarias más elementales y el personal calificado son inexistentes.
En el supuesto de que algunos países, o incluso regiones enteras como el Africa negra, queden al margen de los beneficios de la medicina del mañana, ¿deben por ese motivo mantenerse ausentes de los debates bioéticos de hoy? La respuesta es no. En primer lugar, porque sus poblaciones suelen verse directamente afectadas. La eliminación, por ejemplo, de ciertos genes “nocivos” mediante terapias germinales –si algún día se aplicara a escala mundial– podría causarles graves perjuicios. Para entender la situación hay que saber que un solo gen puede actuar sobre varios caracteres (es el fenómeno de la pleiotropía). Así, el gen recesivo de la mucoviscidosis cumpliría una función en la resistencia al cólera.
Asimismo, la anemia falciforme o drepanocitosis (una enfermedad de la hemoglobina de la sangre) procura un cierto grado de protección contra la malaria falciparum –forma mortal de paludismo. Si se eliminara el gen que la provoca, ¿no se correría el riesgo de que aparecieran más casos de paludismo? Esta perspectiva resulta muy sombría en un mundo donde dicha enfermedad provoca ya dos millones de víctimas al año, y donde ningún grupo farmacéutico importante se decide a invertir en el desarrollo de una vacuna. De manera más general, ello afecta a todo el planeta en la medida en que, al manipular o suprimir ciertos genes, se corre el riesgo de empobrecer las reservas genéticas de las generaciones futuras. ¿No resulta temerario y peligroso anticipar las necesidades de éstas, en la medida en que nadie sabe en qué consistirá su entorno?
Ningún sector de la humanidad debería permanecer al margen de debates acerca de cuestiones existenciales, y por ende universales por antonomasia. Ahora bien, la bioética se interesa por el valor absoluto e intrínseco de cada individuo, por la esencia misma de la condición humana. Los límites que traza entre lo posible y lo aceptable deben fijarse con la participación de todas las culturas del mundo, aunque sean minoritarias o dominadas.
La bioética vuelve a plantear el problema de la solidaridad de los seres humanos ante la enfermedad. Cuando la medicina genética sirva no sólo para curar a los ricos, sino también para procurarles cierto bienestar –incluso prolongar su existencia o permitirles procrear hijos dotados de determinadas cualidades–, ¿será posible negar a los pueblos del Sur los beneficios de un saber que los liberaría del flagelo de las enfermedades parasitarias debilitantes, del sida o de las afecciones hereditarias? Un “apartheid sanitario” de ese jaez, ¿será viable mucho tiempo más y dejará indiferentes a las conciencias en el Norte?

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