Las diez plagas de Egipto, ¿una catástrofe ecológica?

LAS PICADURAS MORTALES DEL TERCER MILENIO
Robert Matthews, corresponsal científico del Sunday Telegraph, Londres

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Madagascar. La deforestación puede provocar la aparición de nuevos gérmenes patógenos.











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El Instituto de Virología de Johannesburgo, Sudáfrica, identificó al agente infeccioso responsable de la muerte de los mineros de Durba: el filovirus Marburg.








Según un artículo publicado en febrero de 1999 en la revista Nature por un equipo internacional de investigadores, el chimpancé Pan troglodytes troglodytes es el huésped natural del VIH-1, el virus mortal que infecta actualmente a más de 30 millones de personas en el mundo.




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La epidemia de cólera se propagó en el Perú a partir de 1991. Aquí, las tumbas de las víctimas en Chimbote, al norte de Lima.







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La picadura de la hembra del mosquito anofeles transmite el paludismo.









“Si no se refuerzan los sistemas de protección del litoral, un aumento de 50 cm en el nivel del mar en 2100 pondrá en peligro a 80 millones de personas más de una vez al año, frente a los 46 millones que lo están en las condiciones actuales. La llegada de oleadas de refugiados a los deltas y a las islas superpobladas provocará la aparición de enfermedades como la difteria y la diarrea.”





Las diez plagas de Egipto, ¿una catástrofe ecológica?

Mientras aumenta la inquietud respecto de los riesgos de nuevas enfermedades surgidas de los mares y los ríos, un destacado experto cree que allí reside la clave de una antigua catástrofe: las diez plagas que asolaron a Egipto hace casi 3.300 años.
Según el Éxodo, uno de los libros del Antiguo Testamento, Dios castigó a Egipto con una serie de plagas terribles por haberse negado a liberar de la esclavitud a Moisés y a sus seguidores. Durante mucho tiempo, los escépticos estimaron que sólo se trataba de un mito, pero según el Dr. John Marr, ex jefe de epidemiología de la ciudad de Nueva York, es muy posible que se base en la realidad. De sus investigaciones se desprende que las plagas bíblicas pudieron deberse a una catástrofe ecológica causada por la proliferación de unas algas que, por su capacidad de propagar enfermedades, suscitan grave preocupación entre los científicos de hoy.
La primera de las diez plagas, por la que las aguas del Nilo se tornaron rojas como la sangre y no aptas para el consumo, recuerda a las “mareas rojas” tóxicas provocadas por algas conocidas como dinoflageladas en ciertas regiones del mundo. Es posible que el consiguiente desequilibrio ecológico provocado por la muerte de los peces, afirma el Dr. Marr, condujera a la segunda y cuarta plagas, las ranas y sus víctimas, los tábanos. Añade que un tipo especial de mosca puede explicar la tercera y quinta plagas, los piojos y la enfermedad del ganado: un culicoideo que se parece al jején provoca una picazón semejante a la de los piojos y transmite virus mortales que diezman a los animales en pocas horas.
El Dr. Marr señala que otro insecto, la mosca del caballo que provoca una enfermedad bacteriana –el muermo– es un buen candidato para la sexta plaga, consistente en úlceras en los hombres y los animales. Si bien la séptima y octava plagas –el granizo y las langostas– necesitan poca explicación, la novena, las tinieblas que duraron tres días, puede deberse a un brote de la fiebre del Rift Valley, que provoca ceguera temporal.
Pero la más ingeniosa de las explicaciones del Dr. Marr se refiere a la última y más dramática de todas las plagas: la muerte de los primogénitos. Cree que es consecuencia directa de la reacción de los egipcios ante los desastres anteriores. Tras recoger a toda prisa los pocos productos que habían sobrevivido al granizo y las langostas, almacenaron el grano húmedo en silos. En tales condiciones, éste se torna mohoso y se cubre de toxinas mortales. Ahora bien, de acuerdo con la tradición bíblica, el hijo mayor recibe doble ración de estos granos – de ahí las numerosas muertes entre los primogénitos.
Si el Dr. Marr tiene razón – y otros expertos afirman que este encadenamiento es plausible–, la leyenda de las diez plagas de Egipto puede haber sido una advertencia oportuna sobre un tema de actualidad: cómo una catástrofe ecológica puede desencadenar enfermedades devastadoras que amenazan una civilización.

Las constantes intrusiones del ser humano en la naturaleza pueden desatar terribles amenazas: enfermedades mortales transmitidas por microbios a los que durante mucho tiempo se dejó tranquilos.

Al principio, los mineros sólo parecían sufrir de influenza: fuerte cefalea, articulaciones dolorosas, fiebre. Pero pronto quedó de manifiesto que los trabajadores de la mina de oro de Durba, en el noreste de la República Democrática del Congo, padecían de algo mucho más serio. Sin que se sepa cómo, a fines de 1998 habían entrado en contacto con un terrible agente infeccioso que atacaba todos sus órganos internos, haciéndolos sangrar de manera incontenible.
En los meses siguientes, 60 mineros murieron de ese mal misterioso. De sus cuerpos con manchas rojas, la sangre fluía incluso después de la muerte. Los médicos del lugar jamás habían visto algo semejante. Al principio, ni siquiera los expertos de la Organización Mundial de la Salud (O
MS) pudieron afirmar con certeza cuál era la causa del fenómeno.
Pero muchos abrigaban la misma sospecha. Los mineros habían sido infectados por un nuevo virus: un minúsculo paquete de genes que habían permanecido intactos durante milenios en su hábitat natural hasta que la especie humana viniera a molestarlos. El presunto culpable de la misteriosa enfermedad era un filovirus, o virus en forma de hilo cuyos efectos catastróficos para el ser humano se habían descubierto treinta años antes.
En 1967, numerosos trabajadores de laboratorios de Alemania y Yugoslavia presentaron enigmáticos síntomas similares. Siete murieron, y muchos de los sobrevivientes sufrieron durante largo tiempo efectos que iban de la impotencia a la demencia. Las investigaciones realizadas permitieron concluir que los responsables de la infección eran unos monos importados de Uganda, muchos de los cuales habían muerto durante el viaje. Se estableció que esos animales eran portadores de un filovirus que se bautizó con el nombre de una de las ciudades de Alemania donde habían surgido los primeros casos: Marburg. Hasta la fecha no se ha descubierto ningún tratamiento: si el sistema inmunitario de la víctima no logra atajarlo, es fatal –destino que espera a más de 50% de las personas que lo contraen.

La ruptura del equilibrio ecológico
En mayo de 1999, la OMS confirmó sus sospechas: los análisis de sangre de los mineros demostraban que habían sido infectados por el virus de Marburg. De acuerdo con ciertas informaciones, la misma dolencia afectaba a militares en Zimbabwe, miles de los cuales habían cruzado hacia la República Democrática del Congo para apoyar al presidente Laurent Desiré Kabila, que intentaba sofocar una rebelión.
Afortunadamente, los análisis sanguíneos de los tres militares que se temía fueran portadores del virus resultaron negativos, y a comienzos del verano la enfermedad había desaparecido de Durba. El virus se había esfumado nuevamente, replegándose en su guarida de la selva, pero nadie sabe realmente dónde. En algún lugar, un ser vivo, tal vez un murciélago o un roedor, sirve involuntariamente de refugio a Marburg.
Lo que resulta claro es que, cuantas más incursiones realice el hombre en territorio virgen, mayor es el riesgo de que se produzca un nuevo encuentro con Marburg –o incluso algo peor. Tras años de uso y abuso desaprensivos de los recursos naturales del planeta, el riesgo que supone perturbar a nuevos gérmenes patógenos mortales debe en lo sucesivo tomarse muy en serio.
Hace mucho tiempo que se dio la alarma. Ya en 1485 apareció la llamada sweating desease (enfermedad del sudor), cuyas víctimas pasaban de un sudor repentino a la postración y la muerte en 24 horas. Arreció en otras cuatro oportunidades antes de esfumarse en 1551. La enfermedad del sudor hizo estragos en Inglaterra, provocando unas 20.000 víctimas –más de 0,5% de la población total del país.
Investigaciones recientes vinculan la aparición de esa enfermedad con un fenómeno sumamente moderno: la deforestación. La época y la propagación del mal coinciden con la destrucción masiva de los bosques en Shropshire, en el límite occidental de Inglaterra. Se sospecha que los leñadores permiten que la enfermedad se propague más allá del ser vivo que le sirve de huésped desde innumerables generaciones, y la ponen en contacto con una población suficiente para constituir una epidemia.
Es un escenario que se ha presentado reiteradamente en nuestra época. En Argentina, después de la Segunda Guerra Mundial, se despejaron con herbicidas amplias extensiones de pampa para destinarlas a nuevos cultivos. Ese proceso rompió el equilibrio natural entre las ratas de campo y sus predadores, y el número de roedores aumentó considerablemente. A comienzos de los años cincuenta, la población empezó a padecer fiebre, náuseas y dolores de cabeza, seguidos a veces de fuertes hemorragias y de una muerte atroz. Se logró establecer que el causante era un virus desconocido hasta entonces, Junín, del que eran portadoras las ratas de campo. El mismo fenómeno se produjo en Bolivia, cuando campesinos deseosos de cultivar maíz talaron bandas de bosques a orillas del río Machupo. Los trabajadores agrícolas contraían extrañas enfermedades y morían de manera horrible, y se descubrió que la causa era otro virus hemorrágico, Machupo, que portaban también las ratas de campo.
Por último, a principios de 1999, nuevos datos permiten relacionar las campañas de deforestación con el aumento de los estragos de la más terrible de las nuevas enfermedades: el sida. Según un artículo publicado en febrero en la revista Nature por un equipo internacional de investigadores, el chimpancé Pan troglodytes troglodytes es el huésped natural del VIH-1, el virus mortal que infecta actualmente a más de 30 millones de personas en el mundo. Apreciados por su carne por cazadores al servicio de las empresas madereras, esos monos son masacrados por millares cada año en condiciones ideales para la transmisión de los virus. Según las investigaciones más recientes, el virus VIH-1 llegó a las ciudades por medio de la carne infectada y de los propios cazadores, y luego se propagó por todo el planeta por transmisión sexual. Hasta la fecha, más de 12 millones de personas han muerto a causa del sida, de los cuales 80% en el Africa subsahariana.
El desprecio soberano por el equilibrio de los ecosistemas puede adoptar otras formas tan peligrosas como la destrucción de territorios vírgenes. Los intentos de reforestación del nordeste de Estados Unidos en el siglo xix causaron la aparición reciente de la enfermedad de Lyme, una infección bacteriana potencialmente fatal de las articulaciones, el corazón y el cerebro, transmitida a los humanos por las garrapatas de los ciervos.
Para combatir la deforestación causada por la agricultura intensiva, las autoridades locales lanzaron programas de reforestación y protección de los bosques. Crearon un paisaje grato tanto para el hombre como para los ciervos y para la ixodes scapularis, una garrapata acarreada por los ciervos que a su vez es portadora de la borrelia burgodorferi, la bacteria responsable de la enfermedad de Lyme. Al encontrar pocos predadores en el nuevo ecosistema, proliferaron los ciervos, que multiplicaron sus contactos con los seres humanos que habían invadido la región maravillados por su belleza “natural”. A mediados de 1970 se detectaron los primeros casos de la enfermedad entre los habitantes de Old Lyme, Connecticut. Desde entonces, el mismo proceso se ha dado en Europa, Asia y Australasia. Decenas de miles de casos de la enfermedad de Lyme se señalan anualmente en el mundo entero.

Viejas enfermedades y nuevas amenazas
El rebrote de antiguas enfermedades mortales que se creía derrotadas constituye también una señal de alarma. La tuberculosis, casi erradicada en Occidente, resurgió a comienzos de los años ochenta y es responsable de la muerte de tres millones de personas al año en el mundo. Numerosos expertos acusan al uso indiscriminado de antibióticos por los médicos occidentales, que ha permitido que el bacilo mutante de la tuberculosis cree cepas resistentes. En los países en desarrollo, la epidemia de sida –que priva a quienes la padecen de sistema inmunitario– hizo que a comienzos de los años noventa se triplicara el número de casos de tuberculosis.
En los últimos días de la Unión Soviética, la difteria, otra enfermedad bacteriana de los pulmones que ataca especialmente a los niños, era prácticamente desconocida. En 1998 se señaló la existencia de unos 40.000 casos, principalmente entre los pobres y los sin techo que afluyeron a las grandes ciudades después del derrumbe de la Urss y de su sistema de salud.
A principios de 1990, el cólera reapareció en América Latina después de un siglo de ausencia. Los especialistas sospechan que esta afección intestinal mortal, de origen bacteriano, llegó en el agua que los barcos asiáticos vertían al mar. A comienzos del siglo prácticamente no se conocían casos de cólera en el nuevo continente; hoy se contabilizan unos 60.000 todos los años. Por lo visto, la globalización del comercio no sólo ha facilitado el acceso a productos exóticos de tierras lejanas.
Sin embargo, de todas las enfermedades que vuelven a surgir, es la malaria la que hace más estragos, aunque se había creído erradicada. El optimismo inicial se debió a la utilización del ddt en los países en desarrollo para matar a los mosquitos portadores del parásito que la provoca. Introducido al término de la Segunda Guerra Mundial, el ddt salvó en diez años cinco millones de vidas. En 1948, en Sri Lanka había 2,8 millones de casos de malaria; en 1963, gracias al ddt, eran sólo 17. Pero a fines de los años cincuenta, ciertas observaciones permitieron concluir que el ddt persistía en los suelos y que, al ascender por la cadena alimentaria, tenía efectos mortales para algunas formas de vida.
Aunque algunos especialistas empiezan a cuestionar esta conclusión –en particular su pertinencia en el Sur–, en la actualidad el ddt está prohibido en todo el mundo. Por su parte, los mosquitos han reaparecido con renovados bríos. En Sri Lanka el número de casos de malaria aumentó de 17 a 2,5 millones sólo cinco años después de que se dejara de emplear ese insecticida. A nivel mundial, la cifras son aterradoras: 400 millones de casos al año, y unos dos millones de muertos –90% de ellos en Africa.
En marzo de 1999, Gro Harlem Brundtland, Directora General de la O
MS, definió la malaria como un ejemplo de pandemia mortal susceptible de fortalecerse debido al calentamiento de la tierra provocado por la contaminación originada por el hombre. La Dra. Brundtland destacó que en la actualidad se producen casos de malaria a una mayor altitud que en los años precedentes, en las altiplanicies de Kenya, por ejemplo. Aunque admite que este cambio puede obedecer a diversas causas, cree que una de ellas es el calentamiento del planeta. El aumento del nivel del mar, causado también en gran medida por el calentamiento mundial, constituye, según ella, otra amenaza. “Si no se refuerzan los sistemas de protección del litoral, un aumento de 50 cm en el nivel del mar en 2100 pondrá en peligro de inundación más de una vez al año zonas donde viven 80 millones de personas, frente a los 46 millones que lo están en las condiciones actuales”, advierte. “La llegada de oleadas de refugiados a los deltas y a las islas superpobladas provocará la aparición de enfermedades como la difteria y la diarrea. Es probable que el alza de las capas freáticas a lo largo de las costas favorezca también la introducción de agentes patógenos en los sistemas de alcantarillado y cursos de agua.”
Existen cada vez más temores de que el mar entrañe una amenaza más inmediata e insidiosa para la salud: la humanidad ha utilizado los mares del planeta como gigantescos vertederos. De un informe emitido por el Banco Mundial en 1993 se desprende que alrededor de 30% de la población mundial sólo cuenta con los cursos de agua, los ríos y el mar cómo único sistema de evacuación.
Practicado durante años, el depósito de tantos desechos en las aguas está empezando a repercutir en la salud. Los virus de enfermedades como la poliomielitis y la hepatitis han empezado a aparecer en los mariscos, mientras que proliferaciones de algas tóxicas (vastas colonias de organismos simples, ricos en agentes patógenos que prosperan en los nutrientes resultantes de los desperdicios) son cada vez más frecuentes a lo largo de las costas.
Ahora resulta claro que el mar actúa como un gigantesco frigorífico para microbios potencialmente mortales (como los retrovirus, responsables de diarreas agudas, y el virus de la polio) que a veces emergen causando estragos en tierra firme. En diciembre de 1992, miles de personas contrajeron el cólera en Bangladesh, a raíz de una crecida de aguas profundas del océano cargadas de bacterias en la costa meridional.
De la deforestación a la superpoblación, de las migraciones masivas a la mundialización, de la contaminación atmosférica a la de los oceános, son innumerables las ocasiones en que enfermedades nuevas o que se creían superadas pueden agredir a la humanidad. Pero se están aprendiendo algunas lecciones. Algunas muy elementales, y relativamente fáciles de aplicar, como el empleo de jeringas hipodérmicas desechables. Otras son igualmente obvias pero más difíciles de imponer: a saber, que los consejos en materia de prevención de enfermedades de transmisión sexual, como el sida, sean efectivamente cumplidos por las poblaciones expuestas.

Respeto del medio ambiente
Como sucede con cualquier amenaza, es primordial la vigilancia permanente. En su informe sobre la epidemia de peste en la India en agosto de 1994, el Instituto de Ciencias Médicas del país advirtió que el rebrote de las enfermedades infecciosas constituye una amenaza con proyección mundial. “El diagnóstico precoz y la rápida aplicación de medidas de control son esenciales”, afirmaban los autores del informe, que preconizaban la creación de centros nacionales de vigilancia que actuaran como sistemas de alerta.
El mensaje que hoy se desprende de muchas de las epidemias recientes es muy claro: debemos ser más prudentes en nuestras relaciones con el medio ambiente y sus delicados ecosistemas. Este principio simple cayó durante mucho tiempo en la categoría de los buenos deseos. Pero ignorarlo puede hoy día costarnos muy caro: nada menos que millones de muertes evitables.

El Correo de la UNESCO