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Madagascar. La deforestación puede provocar la aparición
de nuevos gérmenes patógenos.

El Instituto de Virología de Johannesburgo, Sudáfrica,
identificó al agente infeccioso responsable de la muerte de los mineros de
Durba: el filovirus Marburg.
Según
un artículo publicado en febrero de 1999 en la revista Nature por un equipo
internacional de investigadores, el chimpancé Pan troglodytes troglodytes
es el huésped natural del VIH-1, el virus mortal que
infecta actualmente a más de 30 millones de personas en el mundo.

La epidemia de cólera se propagó en el Perú a partir de 1991.
Aquí, las tumbas de las víctimas en Chimbote, al norte de Lima.

La picadura de la hembra del mosquito anofeles transmite el paludismo.
“Si no se
refuerzan los sistemas de protección del litoral, un aumento de 50 cm en el
nivel del mar en 2100 pondrá en peligro a 80 millones de personas más
de una vez al año, frente a los 46 millones que lo están en las condiciones
actuales. La llegada de oleadas de refugiados a los deltas y a las islas superpobladas
provocará la aparición de enfermedades como la difteria y la diarrea.”
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Las diez plagas
de Egipto, ¿una catástrofe ecológica?
Mientras aumenta la inquietud respecto de
los riesgos de nuevas enfermedades surgidas de los mares y los ríos, un destacado
experto cree que allí reside la clave de una antigua catástrofe: las
diez plagas que asolaron a Egipto hace casi 3.300 años.
Según el Éxodo, uno de los libros del Antiguo Testamento, Dios castigó
a Egipto con una serie de plagas terribles por haberse negado a liberar de la esclavitud
a Moisés y a sus seguidores. Durante mucho tiempo, los escépticos estimaron
que sólo se trataba de un mito, pero según el Dr. John Marr, ex jefe
de epidemiología de la ciudad de Nueva York, es muy posible que se base en
la realidad. De sus investigaciones se desprende que las plagas bíblicas pudieron
deberse a una catástrofe ecológica causada por la proliferación
de unas algas que, por su capacidad de propagar enfermedades, suscitan grave preocupación
entre los científicos de hoy.
La primera de las diez plagas, por la que las aguas del Nilo se tornaron rojas como
la sangre y no aptas para el consumo, recuerda a las “mareas rojas” tóxicas
provocadas por algas conocidas como dinoflageladas en ciertas regiones del mundo.
Es posible que el consiguiente desequilibrio ecológico provocado por la muerte
de los peces, afirma el Dr. Marr, condujera a la segunda y cuarta plagas, las ranas
y sus víctimas, los tábanos. Añade que un tipo especial de mosca
puede explicar la tercera y quinta plagas, los piojos y la enfermedad del ganado:
un culicoideo que se parece al jején provoca una picazón semejante
a la de los piojos y transmite virus mortales que diezman a los animales en pocas
horas.
El Dr. Marr señala que otro insecto, la mosca del caballo que provoca una
enfermedad bacteriana –el muermo– es un buen candidato para la sexta plaga, consistente
en úlceras en los hombres y los animales. Si bien la séptima y octava
plagas –el granizo y las langostas– necesitan poca explicación, la novena,
las tinieblas que duraron tres días, puede deberse a un brote de la fiebre
del Rift Valley, que provoca ceguera temporal.
Pero la más ingeniosa de las explicaciones del Dr. Marr se refiere a la última
y más dramática de todas las plagas: la muerte de los primogénitos.
Cree que es consecuencia directa de la reacción de los egipcios ante los desastres
anteriores. Tras recoger a toda prisa los pocos productos que habían sobrevivido
al granizo y las langostas, almacenaron el grano húmedo en silos. En tales
condiciones, éste se torna mohoso y se cubre de toxinas mortales. Ahora bien,
de acuerdo con la tradición bíblica, el hijo mayor recibe doble ración
de estos granos – de ahí las numerosas muertes entre los primogénitos.
Si el Dr. Marr tiene razón – y otros expertos afirman que este encadenamiento
es plausible–, la leyenda de las diez plagas de Egipto puede haber sido una advertencia
oportuna sobre un tema de actualidad: cómo una catástrofe ecológica
puede desencadenar enfermedades devastadoras que amenazan una civilización.
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Las constantes
intrusiones del ser humano en la naturaleza pueden desatar terribles amenazas: enfermedades
mortales transmitidas por microbios a los que durante mucho tiempo se dejó
tranquilos.
Al principio,
los mineros sólo parecían sufrir de influenza: fuerte cefalea, articulaciones
dolorosas, fiebre. Pero pronto quedó de manifiesto que los trabajadores de
la mina de oro de Durba, en el noreste de la República Democrática
del Congo, padecían de algo mucho más serio. Sin que se sepa cómo,
a fines de 1998 habían entrado en contacto con un terrible agente infeccioso
que atacaba todos sus órganos internos, haciéndolos sangrar de manera
incontenible.
En los meses siguientes, 60 mineros murieron de ese mal misterioso. De sus cuerpos
con manchas rojas, la sangre fluía incluso después de la muerte. Los
médicos del lugar jamás habían visto algo semejante. Al principio,
ni siquiera los expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) pudieron afirmar con certeza cuál era
la causa del fenómeno.
Pero muchos abrigaban la misma sospecha. Los mineros habían sido infectados
por un nuevo virus: un minúsculo paquete de genes que habían permanecido
intactos durante milenios en su hábitat natural hasta que la especie humana
viniera a molestarlos. El presunto culpable de la misteriosa enfermedad era un filovirus,
o virus en forma de hilo cuyos efectos catastróficos para el ser humano se
habían descubierto treinta años antes.
En 1967, numerosos trabajadores de laboratorios de Alemania y Yugoslavia presentaron
enigmáticos síntomas similares. Siete murieron, y muchos de los sobrevivientes
sufrieron durante largo tiempo efectos que iban de la impotencia a la demencia. Las
investigaciones realizadas permitieron concluir que los responsables de la infección
eran unos monos importados de Uganda, muchos de los cuales habían muerto durante
el viaje. Se estableció que esos animales eran portadores de un filovirus
que se bautizó con el nombre de una de las ciudades de Alemania donde habían
surgido los primeros casos: Marburg. Hasta la fecha no se ha descubierto ningún
tratamiento: si el sistema inmunitario de la víctima no logra atajarlo, es
fatal –destino que espera a más de 50% de las personas que lo contraen.
La ruptura del
equilibrio ecológico
En mayo de 1999,
la OMS confirmó sus sospechas:
los análisis de sangre de los mineros demostraban que habían sido infectados
por el virus de Marburg. De acuerdo con ciertas informaciones, la misma dolencia
afectaba a militares en Zimbabwe, miles de los cuales habían cruzado hacia
la República Democrática del Congo para apoyar al presidente Laurent
Desiré Kabila, que intentaba sofocar una rebelión.
Afortunadamente, los análisis sanguíneos de los tres militares que
se temía fueran portadores del virus resultaron negativos, y a comienzos del
verano la enfermedad había desaparecido de Durba. El virus se había
esfumado nuevamente, replegándose en su guarida de la selva, pero nadie sabe
realmente dónde. En algún lugar, un ser vivo, tal vez un murciélago
o un roedor, sirve involuntariamente de refugio a Marburg.
Lo que resulta claro es que, cuantas más incursiones realice el hombre en
territorio virgen, mayor es el riesgo de que se produzca un nuevo encuentro con Marburg
–o incluso algo peor. Tras años de uso y abuso desaprensivos de los recursos
naturales del planeta, el riesgo que supone perturbar a nuevos gérmenes patógenos
mortales debe en lo sucesivo tomarse muy en serio.
Hace mucho tiempo que se dio la alarma. Ya en 1485 apareció la llamada sweating
desease (enfermedad del sudor), cuyas víctimas pasaban de un sudor repentino
a la postración y la muerte en 24 horas. Arreció en otras cuatro oportunidades
antes de esfumarse en 1551. La enfermedad del sudor hizo estragos en Inglaterra,
provocando unas 20.000 víctimas –más de 0,5% de la población
total del país.
Investigaciones recientes vinculan la aparición de esa enfermedad con un fenómeno
sumamente moderno: la deforestación. La época y la propagación
del mal coinciden con la destrucción masiva de los bosques en Shropshire,
en el límite occidental de Inglaterra. Se sospecha que los leñadores
permiten que la enfermedad se propague más allá del ser vivo que le
sirve de huésped desde innumerables generaciones, y la ponen en contacto con
una población suficiente para constituir una epidemia.
Es un escenario que se ha presentado reiteradamente en nuestra época. En Argentina,
después de la Segunda Guerra Mundial, se despejaron con herbicidas amplias
extensiones de pampa para destinarlas a nuevos cultivos. Ese proceso rompió
el equilibrio natural entre las ratas de campo y sus predadores, y el número
de roedores aumentó considerablemente. A comienzos de los años cincuenta,
la población empezó a padecer fiebre, náuseas y dolores de cabeza,
seguidos a veces de fuertes hemorragias y de una muerte atroz. Se logró establecer
que el causante era un virus desconocido hasta entonces, Junín, del que eran
portadoras las ratas de campo. El mismo fenómeno se produjo en Bolivia, cuando
campesinos deseosos de cultivar maíz talaron bandas de bosques a orillas del
río Machupo. Los trabajadores agrícolas contraían extrañas
enfermedades y morían de manera horrible, y se descubrió que la causa
era otro virus hemorrágico, Machupo, que portaban también las ratas
de campo.
Por último, a principios de 1999, nuevos datos permiten relacionar las campañas
de deforestación con el aumento de los estragos de la más terrible
de las nuevas enfermedades: el sida. Según un artículo publicado en
febrero en la revista Nature por un equipo internacional de investigadores, el chimpancé
Pan troglodytes troglodytes es el huésped natural del VIH-1, el virus mortal
que infecta actualmente a más de 30 millones de personas en el mundo. Apreciados
por su carne por cazadores al servicio de las empresas madereras, esos monos son
masacrados por millares cada año en condiciones ideales para la transmisión
de los virus. Según las investigaciones más recientes, el virus VIH-1
llegó a las ciudades por medio de la carne infectada y de los propios cazadores,
y luego se propagó por todo el planeta por transmisión sexual. Hasta
la fecha, más de 12 millones de personas han muerto a causa del sida, de los
cuales 80% en el Africa subsahariana.
El desprecio soberano por el equilibrio de los ecosistemas puede adoptar otras formas
tan peligrosas como la destrucción de territorios vírgenes. Los intentos
de reforestación del nordeste de Estados Unidos en el siglo xix causaron la
aparición reciente de la enfermedad de Lyme, una infección bacteriana
potencialmente fatal de las articulaciones, el corazón y el cerebro, transmitida
a los humanos por las garrapatas de los ciervos.
Para combatir la deforestación causada por la agricultura intensiva, las autoridades
locales lanzaron programas de reforestación y protección de los bosques.
Crearon un paisaje grato tanto para el hombre como para los ciervos y para la ixodes
scapularis, una garrapata acarreada por los ciervos que a su vez es portadora de
la borrelia burgodorferi, la bacteria responsable de la enfermedad de Lyme. Al encontrar
pocos predadores en el nuevo ecosistema, proliferaron los ciervos, que multiplicaron
sus contactos con los seres humanos que habían invadido la región maravillados
por su belleza “natural”. A mediados de 1970 se detectaron los primeros casos de
la enfermedad entre los habitantes de Old Lyme, Connecticut. Desde entonces, el mismo
proceso se ha dado en Europa, Asia y Australasia. Decenas de miles de casos de la
enfermedad de Lyme se señalan anualmente en el mundo entero.
Viejas enfermedades
y nuevas amenazas
El rebrote de
antiguas enfermedades mortales que se creía derrotadas constituye también
una señal de alarma. La tuberculosis, casi erradicada en Occidente, resurgió
a comienzos de los años ochenta y es responsable de la muerte de tres millones
de personas al año en el mundo. Numerosos expertos acusan al uso indiscriminado
de antibióticos por los médicos occidentales, que ha permitido que
el bacilo mutante de la tuberculosis cree cepas resistentes. En los países
en desarrollo, la epidemia de sida –que priva a quienes la padecen de sistema inmunitario–
hizo que a comienzos de los años noventa se triplicara el número de
casos de tuberculosis.
En los últimos días de la Unión Soviética, la difteria,
otra enfermedad bacteriana de los pulmones que ataca especialmente a los niños,
era prácticamente desconocida. En 1998 se señaló la existencia
de unos 40.000 casos, principalmente entre los pobres y los sin techo que afluyeron
a las grandes ciudades después del derrumbe de la Urss y de su sistema de
salud.
A principios de 1990, el cólera reapareció en América Latina
después de un siglo de ausencia. Los especialistas sospechan que esta afección
intestinal mortal, de origen bacteriano, llegó en el agua que los barcos asiáticos
vertían al mar. A comienzos del siglo prácticamente no se conocían
casos de cólera en el nuevo continente; hoy se contabilizan unos 60.000 todos
los años. Por lo visto, la globalización del comercio no sólo
ha facilitado el acceso a productos exóticos de tierras lejanas.
Sin embargo, de todas las enfermedades que vuelven a surgir, es la malaria la que
hace más estragos, aunque se había creído erradicada. El optimismo
inicial se debió a la utilización del ddt en los países en desarrollo
para matar a los mosquitos portadores del parásito que la provoca. Introducido
al término de la Segunda Guerra Mundial, el ddt salvó en diez años
cinco millones de vidas. En 1948, en Sri Lanka había 2,8 millones de casos
de malaria; en 1963, gracias al ddt, eran sólo 17. Pero a fines de los años
cincuenta, ciertas observaciones permitieron concluir que el ddt persistía
en los suelos y que, al ascender por la cadena alimentaria, tenía efectos
mortales para algunas formas de vida.
Aunque algunos especialistas empiezan a cuestionar esta conclusión –en particular
su pertinencia en el Sur–, en la actualidad el ddt está prohibido en todo
el mundo. Por su parte, los mosquitos han reaparecido con renovados bríos.
En Sri Lanka el número de casos de malaria aumentó de 17 a 2,5 millones
sólo cinco años después de que se dejara de emplear ese insecticida.
A nivel mundial, la cifras son aterradoras: 400 millones de casos al año,
y unos dos millones de muertos –90% de ellos en Africa.
En marzo de 1999, Gro Harlem Brundtland, Directora General de la OMS, definió la malaria como un ejemplo de
pandemia mortal susceptible de fortalecerse debido al calentamiento de la tierra
provocado por la contaminación originada por el hombre. La Dra. Brundtland
destacó que en la actualidad se producen casos de malaria a una mayor altitud
que en los años precedentes, en las altiplanicies de Kenya, por ejemplo. Aunque
admite que este cambio puede obedecer a diversas causas, cree que una de ellas es
el calentamiento del planeta. El aumento del nivel del mar, causado también
en gran medida por el calentamiento mundial, constituye, según ella, otra
amenaza. “Si no se refuerzan los sistemas de protección del litoral, un aumento
de 50 cm en el nivel del mar en 2100 pondrá en peligro de inundación
más de una vez al año zonas donde viven 80 millones de personas, frente
a los 46 millones que lo están en las condiciones actuales”, advierte. “La
llegada de oleadas de refugiados a los deltas y a las islas superpobladas provocará
la aparición de enfermedades como la difteria y la diarrea. Es probable que
el alza de las capas freáticas a lo largo de las costas favorezca también
la introducción de agentes patógenos en los sistemas de alcantarillado
y cursos de agua.”
Existen cada vez más temores de que el mar entrañe una amenaza más
inmediata e insidiosa para la salud: la humanidad ha utilizado los mares del planeta
como gigantescos vertederos. De un informe emitido por el Banco Mundial en 1993 se
desprende que alrededor de 30% de la población mundial sólo cuenta
con los cursos de agua, los ríos y el mar cómo único sistema
de evacuación.
Practicado durante años, el depósito de tantos desechos en las aguas
está empezando a repercutir en la salud. Los virus de enfermedades como la
poliomielitis y la hepatitis han empezado a aparecer en los mariscos, mientras que
proliferaciones de algas tóxicas (vastas colonias de organismos simples, ricos
en agentes patógenos que prosperan en los nutrientes resultantes de los desperdicios)
son cada vez más frecuentes a lo largo de las costas.
Ahora resulta claro que el mar actúa como un gigantesco frigorífico
para microbios potencialmente mortales (como los retrovirus, responsables de diarreas
agudas, y el virus de la polio) que a veces emergen causando estragos en tierra firme.
En diciembre de 1992, miles de personas contrajeron el cólera en Bangladesh,
a raíz de una crecida de aguas profundas del océano cargadas de bacterias
en la costa meridional.
De la deforestación a la superpoblación, de las migraciones masivas
a la mundialización, de la contaminación atmosférica a la de
los oceános, son innumerables las ocasiones en que enfermedades nuevas o que
se creían superadas pueden agredir a la humanidad. Pero se están aprendiendo
algunas lecciones. Algunas muy elementales, y relativamente fáciles de aplicar,
como el empleo de jeringas hipodérmicas desechables. Otras son igualmente
obvias pero más difíciles de imponer: a saber, que los consejos en
materia de prevención de enfermedades de transmisión sexual, como el
sida, sean efectivamente cumplidos por las poblaciones expuestas.
Respeto del medio
ambiente
Como sucede
con cualquier amenaza, es primordial la vigilancia permanente. En su informe sobre
la epidemia de peste en la India en agosto de 1994, el Instituto de Ciencias Médicas
del país advirtió que el rebrote de las enfermedades infecciosas constituye
una amenaza con proyección mundial. “El diagnóstico precoz y la rápida
aplicación de medidas de control son esenciales”, afirmaban los autores del
informe, que preconizaban la creación de centros nacionales de vigilancia
que actuaran como sistemas de alerta.
El mensaje que hoy se desprende de muchas de las epidemias recientes es muy claro:
debemos ser más prudentes en nuestras relaciones con el medio ambiente y sus
delicados ecosistemas. Este principio simple cayó durante mucho tiempo en
la categoría de los buenos deseos. Pero ignorarlo puede hoy día costarnos
muy caro: nada menos que millones de muertes evitables.
El Correo de la UNESCO
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