
Manuel Castells
“Humanizar” la mundialización exigiría
orientar la extraordinaria potencia creadora de las nuevas tecnologías, de
las nuevas productividades económicas y de la comunicación universal
a través de Internet, de modo que no beneficie sólo a los sectores
más avanzados.

Esta foto y la foto debajo están tomadas de un reportaje del fotógrafo
sueco Lars Tunbjork sobre la deshumanización de las oficinas en Suecia.

© Lars Tunbjork/Agence Vu, Paris
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Las Naciones Unidas
según Castells
A las organizaciones internacionales
como la UNESCO les corresponde a mi juicio un papel
muy importante: pueden actuar como un nexo entre, por una parte, los gobiernos, que
a pesar de todo siguen siendo instrumentos políticos, y, por otra, las exigencias
de las poblaciones, especialmente en el terreno del desarrollo y de la paz. Por consiguiente,
deben servir de puntos de encuentro pero también, cada vez más, de
foros que impulsen proyectos prácticos. Por ejemplo, todo el mundo está
de acuerdo en que la educación es la clave de la disminución de las
desigualdades y de la exclusión. Pero ¿qué significa exactamente
educar? ¿Qué debe hacerse a escala mundial para que el tipo de educación
indispensable llegue a los dos tercios de la humanidad que actualmente están
al margen de ella? Evidentemente la respuesta han de darla los gobiernos. Pero la
Unesco es justamente el tipo de organización donde puede elaborarse una estrategia
mundial de educación.
Por lo demás, instancias como el Fmi, el Banco Mundial o el G8 se ocupan de
los sistemas de corrientes mundiales pero con especial hincapié en la innovación
tecnológica, la productividad económica y el desarrollo informacional.
Su poder ha de ser contrapesado por organizaciones internacionales como la UNESCO, la OMS o la OIT,
que serían capaces de elaborar el nuevo contrato mundial de carácter
social y cultural, tal como las primeras hacen respecto de la economía y la
tecnología. Pero sólo lo lograrán si ganan una legitimidad y
una potencia equivalentes aprovechando a su vez la fuerza de las redes...
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Un trabajo de titán
“Desmesura”, “desafío
insensato”, “trabajo enciclopédico”, “erudición impresionante”: la
publicación de la obra maestra de Manuel Castells fue saludada con críticas
ditirámbicas.
Es cierto que la ambición del autor puede parecer un tanto excesiva: nada
menos que “comprender nuestro mundo”—todo nuestro mundo— “para tratar de dar sentido
a lo que hoy aparece como un espantoso caos”. “En el último cuarto de siglo,
una revolución tecnológica, centrada en torno a la información,
ha transformado nuestro modo de pensar, de producir, de consumir, de comerciar, de
gestionar, de comunicar, de vivir, de morir, de hacer la guerra y de hacer el amor.”
Manuel Castells explica por qué y cómo en tres volúmenes de
casi medio millar de páginas cada uno,* fruto de doce años de un trabajo
que se burló de las fronteras geográficas y las barreras disciplinarias.
Afirma allí que la organización de la sociedad industrial —economías,
unidades políticas, conjuntos industriales, identidades culturales— se producía
siempre en torno a centros. Estos desaparecen. En la “sociedad informacional” una
lógica de redes se impone en todos los sectores. “El poder de los flujos predomina
sobre los flujos de poder.”
Se necesitaba tal vez una trayectoria original para elaborar un pensamiento tan iconoclasta.
En 1962, a los veinte años de edad, Manuel Castells, entonces “un poco marxista
pero no leninista”, mucho más “anarquista y libertario”, abandona su España
natal para estudiar en Francia. Será expulsado de ese país en mayo
del 68 y regresará dos años más tarde. El azar lo lleva a interesarse
por la sociología urbana, de la que pasará a ser una figura destacada.
Su tesis, The City and the Grassroots, recibió en 1983 el premio C. Wright
Mills a la mejor obra de ciencias sociales en Estados Unidos. Enseña esta
disciplina en la Universidad de Berkeley, después de haber sido profesor de
sociología en París durante doce años. Es miembro de la Academia
Europea y del Alto Comité de Expertos sobre la Sociedad de la Información
de la Comisión Europea.
Cordial y convincente, expone sus ideas con sencillez y una punta de ironía.
Se niega a ser un gurú, insistiendo constantemente en los límites de
su trabajo. “Cada vez que un intelectual ha querido responder a la pregunta ‘¿qué
hacer?’, se ha producido una catástrofe.”
* Manuel Castells, La era de la información:
(vol. 1 La sociedad red; vol. 2 El poder de la identidad; vol. 3 Fin de
milenio), Madrid, Alianza Editorial.
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Para este
sociólogo español, la revolución tecnológica no sólo
transforma profundamente la economía y las comunicaciones: los fundamentos
de la sociedad industrial vacilan; surge una nueva “sociedad informacional”. ¿Qué
poder tendrá en ella el ciudadano?
La última reunión del G8 (las siete principales potencias económicas
del planeta y Rusia) estimó por primera vez que había que “humanizar”
la mundialización. ¿Significa ello que ésta es inhumana?
Es muy humana y muy creativa para los fuertes y sumamente inhumana para los débiles:
provoca una polarización sin precedentes.
El nivel de vida, así como los medios culturales y tecnológicos de
un tercio de la población mundial, han aumentado considerablemente. Sin embargo,
del último Informe sobre Desarrollo Humano del PNUD* se desprende que se han acentuado de manera
extraordinaria las desigualdades y la pobreza –se trata de dos nociones diferentes–,
así como la exclusión social y la marginación en el mundo en
su conjunto, con grandes excepciones como la India, China o Chile. Cuarenta por ciento
de los habitantes del planeta viven mal, con menos de dos dólares diarios.
Entre ellos, una proporción creciente sufre una miseria aguda y sobre todo
una extrema pobreza cultural: es totalmente incapaz de sacar partido de la aparición
de la sociedad informacional. Por consiguiente, “humanizar” la mundialización
exigiría orientar la extraordinaria potencia creadora de las nuevas tecnologías,
de las nuevas productividades económicas y de la comunicación universal
a través de Internet, de modo que no beneficie sólo a los sectores
más avanzados, educados y cultos de los países más poderosos.
Pero por el momento esta exigencia es una expresión de buenos deseos. Se afirma
que habría que actuar de otra manera, pero no existe un verdadero empeño
por corregir esos efectos de discriminación, sino todo lo contrario.
¿Esta discriminación coincide con la frontera que separa lo que
usted llama la “mano de obra genérica” de la “mano de obra autoprogramable”?
No del todo. El trabajador autoprogramable posee la información, la educación
y la cultura suficientes para adaptarse a los cambios constantes de las condiciones
tecnológicas y profesionales. No obstante, en este sistema laboral que ha
pasado a ser puramente individualizado, sin apoyo ni solidaridad sociales, pertenecer
a esta categoría no es sinónimo de invulnerabilidad: el menor tropiezo
serio –accidente físico o psicológico, dificultades familiares, etc.–
precipita a la persona del otro lado de la barrera. Por ejemplo, los hijos de cuadros
medios que comienzan a drogarse a los 18 o 20 años terminan en la cárcel
y entran también en el engranaje de la exclusión social.
En cuanto a la mano de obra genérica, es decir, los trabajadores que por falta
de calificación específica y por no haber llegado al nivel exigido
de educación y cultura no son capaces de integrarse en el sistema productivo
dominante –y las máquinas pueden o podrían reemplazarlos–, cabe afirmar
que se divide en dos categorías. Los que aún están relativamente
protegidos y conservan un trabajo porque son empleados de instituciones o viven en
países que los ayudan y les garantizan cierto nivel de vida. Y los que están
totalmente excluidos por vivir en zonas, tanto de países desarrollados como
subdesarrollados, que no disponen ni de infraestructuras ni de empresas que permitan
y garanticen el paso a una sociedad informacional. En ese caso, la exclusión
social es resultado de la ausencia de trabajo.
Usted estima que el capitalismo actual es más brutal que sus formas precedentes.
¿Por qué?
Porque ha roto el contrato social. Hoy la estructura en redes permite conectar todo
lo que tiene valor para el sistema dominante y conferir así a los conectados
un extremo dinamismo. Pero esa estructura permite también no conectar todo
lo que está desvalorizado a sus ojos: individuos, regiones, sectores, empresas,
etc., y condenarlas de ese modo a la decadencia. Y puesto que logra apropiarse de
todo lo que podrá procurarle valor, el capitalismo actual puede mostrarse
sumamente selectivo e imponer sus reglas. Tanto más cuanto que los Estados
y las instituciones, políticas o parapolíticas, que cumplían
un papel de contrapeso durante la revolución industrial, ejercen un control
muy limitado sobre los procesos mundiales de comunicación, de circulación
de capitales, de desarrollo tecnológico, de producción. Es pues la
ley del más fuerte, una dinámica puramente darwiniana.
¿Nadie escapa a ella?
Se impone en cierto modo independientemente de la voluntad de las empresas: negar
esa ley implicaría para ellas ser eliminadas por la competencia dado que justamente
las redes sólo integran a las fuertes. Se impone además en el seno
mismo de la empresa, más allá de sus dirigentes o de sus accionistas
exteriores. Veamos el ejemplo del capitalismo avanzado de Silicon Valley que, entre
paréntesis, encarna hasta cierto punto el ideal de autogestión marxista
de los años sesenta. La remuneración de sus empleados no es un salario,
sino sobre todo acciones. Por consiguiente tienen interés en que el valor
de éstas aumente lo más posible, incluso si para ello hay que despedir
a un colega porque no es suficientemente productivo.
¿Ilustra este ejemplo una tendencia a su juicio fundamental de la nueva
sociedad: la individualización del trabajo en perjuicio de su organización
colectiva?
Más allá de los mitos difundidos actualmente sobre el impacto del nuevo
sistema tecnoeconómico en el empleo, medido esencialmente por la disminución
de desempleo, el cambio esencial reside en la flexibilidad de las relaciones de trabajo.
El funcionamiento de las empresas en redes, entre ellas y en su seno, está
liquidando el principio del puesto de trabajo estable y seguro, que nació
con la era industrial.
En Inglaterra, que fue la cuna de ese principio, todas las formas de trabajo temporal,
precario, con jornada parcial o autónomo, conciernen a 55% de la población
activa. El trabajo organizado de acuerdo con el modelo tradicional se ha vuelto minoritario.
La misma evolución se observa en las ciudades del Tercer Mundo, cada vez más
urbanizado, en las que predomina la llamada economía informal. Las relaciones
laborales se caracterizan por la ausencia de un empleo estable y regular a largo
plazo. Las actividades pueden ser sumamente rudimentarias, pero algunas son muy complejas.
Nos guste o no, la organización flexible del trabajo es tanto más eficaz
para las empresas, comparada con sus formas anteriores, que las que siguen funcionando
con una mayoría de mano de obra asalariada y un modo de trabajo estable y
fijo están condenadas por las reglas de la competencia. Por eso, las empresas
se apoyan cada vez más en un núcleo de trabajadores calificados que
desean conservar y en una vasta periferia de trabajadores temporales y subcontratistas.
En resumen, se produce una individualización de las relaciones de trabajo
entre los asalariados y los patrones, por un lado, y en el seno mismo de la población
de trabajadores autónomos, por otro: todo el mundo subcontrata con todo el
mundo.
Pero esta evolución introduce entonces una correlación de fuerzas
totalmente desigual entre los trabajadores y la empresa...
Sí, pero también entre los propios trabajadores. Los más fuertes
tienen un verdadero poder de negociación en función de lo que pueden
aportar a su empresa o a cualquier otra en el mercado. En cambio, los no calificados
carecen de esa fuerza y, por tanto, de una capacidad real de negociación colectiva
a través de los sindicatos: en el sector privado, ahora dominante, éstos
han quedado reducidos a su mínima expresión y la tasa de sindicalización
disminuye constantemente. Por eso hay que rechazar el retroceso de la protección
social y apoyar el paso de una protección de los individuos en su calidad
de trabajadores, como ocurre en la mayoría de los casos actualmente, a un
sistema de protección generalizada de las personas, trabajen o no.
El panorama que usted describe es particularmente sombrío...
Un análisis que redujera los efectos de las profundas transformaciones actuales
a la mera exclusión social no resulta aceptable. Esos efectos son sumamente
positivos para una proporción importante de la población, la misma
que a nivel mundial forja modelos y crea la opinión. No se trata de una elite
reducida, de una minoría oligárquica: 30% a 40% de los habitantes de
países como Estados Unidos o Francia pertenecen a ella. Ese sector ha ganado
inmensas posibilidades de creatividad no sólo económica sino también
social, intelectual, cultural. Paralelamente a la exclusión social, hay que
destacar los aspectos creadores y liberadores de esta revolución tecnológica.
¿Por ejemplo?
Internet ha reducido el poder de los grandes monopolios de los medios de comunicación
y la capacidad del aparato estatal de controlar a las personas. Una de las consecuencias
es una mayor transparencia, sobre todo respecto de la corrupción política:
históricamente los poderosos espiaban a los ciudadanos; ahora puede producirse
el fenómeno inverso. El trabajo puede tornarse más autónomo
y las perspectivas profesionales más diversificadas: ya no se está
condenado a permanecer toda la vida en la misma burocracia ascendiendo sólo
gracias a la antigüedad. El nivel de educación de las mujeres se eleva
extraordinariamente (constituyen por ejemplo la mayoría de los diplomados
universitarios en Estados Unidos) y, pese a la discriminación que evidentemente
persiste, sus perspectivas profesionales son cada vez mayores. Es mejor que la reclusión
en el hogar.
Esta dinámica de la sociedad informacional, que constituye el tema central
de sus investigaciones, engendra al mismo tiempo su propia oposición. ¿Cómo?
El proceso es sumamente complejo. Primer punto: el Estado moderno (liberal, socialista
o marxista) se construyó sobre la negación de las identidades primarias
e históricas. El Estado hacía la nación, y no a la inversa.
Pero había logrado fundir esas identidades originales en el crisol de una
nueva identidad abstracta: la ciudadanía. Y protegía a sus ciudadanos.
Ahora bien, la mundialización hace que el Estado ya no consiga ser ese instrumento
de protección, ni ese transmisor de cohesión que encierra la noción
de ciudadanía. Entonces, y ése es el segundo punto, en el proceso de
instauración de una sociedad informacional que coloca a la competencia en
la cúspide de sus valores, dos reacciones son posibles. Para los más
fuertes, los que tienen dinero y poder, la competición puede dar sentido a
sus existencias si se forjan una identidad totalmente individualista, incluso narcisista
y consumidora: gano mucho y gasto mucho. Toda sociedad en red es fundamentalmente
individualista. Es la ideología de la elite técnica y económica
dominante, liberal y libertaria. Pero, a su alrededor, numerosas personas no tienen
lisa y llanamente los medios de acceder a esta ideología individualista, o
la rechazan. Dan entonces sentido a su existencia construyéndose identidades
comunitarias. Las erigen sobre códigos culturales que expresan valores simples
y sólidos: Dios, la etnia, el terruño, el género... Tienen la
sensación de que éstos les brindarán cierta protección
frente a las corrientes mundiales de las que han perdido el control.
Pero esas identidades son ambivalentes...
Pueden ser abiertas cuando entablan diálogos con los que reivindican otras
identidades. Pero cuando se afirman de modo tajante replegándose en sí
mismas y excluyendo a todas las demás, pueden ser fundamentalistas. Ahí
está la clave del problema: todo el mundo no puede ser argentino o serbio,
católico o islamista, mujer u homosexual; la afirmación pronunciada
de una identidad exclusiva como única forma de dar sentido a la existencia
conduce a la fragmentación en tribus, a una suerte de atomización colectiva.
La única respuesta ante ese grave peligro es lograr tender puentes entre esas
identidades tan diversas. Y el principal reto lanzado al Estado es que establezca,
además del contrato político entre ciudadanos, un contrato, de carácter
cultural esta vez, para que esos múltiples códigos culturales, esas
múltiples identidades se comuniquen entre sí. Sólo apoyado en
ese contrato podrá el Estado garantizar la coexistencia de éstas teniendo
en cuenta al mismo tiempo su afirmación. Sin embargo, dada la forma en que
se constituyó históricamente, no está en buenas condiciones
para hacerlo...
Frente a este doble peligro de exclusión y de fragmentación, ¿cómo
podría surgir una conciencia colectiva que se tradujera en una acción
política global?
Ese es el interrogante esencial, al que no doy ninguna respuesta. Mi trabajo no es
prospectivo, se basa en la observación. Y lo que observo es una exacerbación
de las resistencias frente al poder del sistema de redes, algunas de las cuales ya
no obedecen a una lógica humana: han pasado a ser lo que yo llamo autómatas.
El mejor ejemplo de ello es el mercado financiero mundial: controla todo, nadie lo
controla, ni siquiera los Estados. En primer lugar, acoge todo dinero cualquiera
que sea su origen, no sólo el de los financieros sino el de cualquier hijo
de vecino, incluido el suyo (gracias a sus ahorros o a su fondo de pensión).
A continuación, son los soportes lógicos y circuitos electrónicos
los que animan su circulación permanente. Por último y sobre todo,
ésta obedece a reglas que sólo son parcialmente económicas:
lo que yo llamo las turbulencias de la información cumplen en ella un papel
esencial. Diversos actores, incluidos los políticos, lanzan mensajes y crean
imágenes que mueven a una multiplicidad de actores a reaccionar en ese mercado.
Pero no están coordinados entre sí, y ninguno puede prever a ciencia
cierta la reacción de los mercados. Múltiples actores, algunos con
más poder que otros, pueden por consiguiente influir en la situación
en la que se producen todas esas transacciones financieras. Practican así
juegos de estrategia, pero nadie puede controlar ni el desarrollo ni el desenlace
del partido: se ha creado un autómata.
¿Qué pasa entonces con la política?
Hoy día no es definida por los medios de información sino en el
seno del espacio mediático. Son esencialmente las innumerables cadenas de
televisión de tipos cada vez más diversos las que lo ocupan, y progresivamente
el Internet. Sólo tiene existencia política, o sea sólo pasa
a ser una opinión política en la mente de la gente, lo que aparece
en los medios de comunicación. Evidentemente, los actores políticos
tradicionales se organizan ahora en función de esta escena mediática.
Pero distan mucho de desempeñar allí los papeles principales. Una pluralidad
y una multiplicidad de lobbies, de grupos de intereses, de organizaciones profesionales
de creación y de manipulación de mensajes y de imágenes se han
sumado a ellos. Estas últimas crean nuevamente turbulencias de información,
fruto de sus estrategias deliberadas y del grado de autonomía de los propios
medios de información. Pero el resultado político final –el impacto
sobre la decisión de los ciudadanos– es independiente de la voluntad de cada
uno de los actores. Es la culminación “automática” de interacciones
que nadie controla.
¿Cómo reacciona el ciudadano ante este “automatismo”?
Observo que hace dos cosas: primero, vota en contra. Los principales cambios
electorales, debidos a oscilaciones de sólo 5% a 10% del electorado, son consecuencia
de movimientos de oposición a un acontecimiento o a una decisión pasados
y no de adhesión a un proyecto político por aplicarse. Esos votos de
desconfianza prueban que el ciudadano tiene una relación defensiva con el
sistema político. A continuación, sitúa a los actores de este
sistema en el nivel más bajo del prestigio social. Los juzga corruptos, dispendiosos,
ineficaces. En consecuencia, la gente piensa cada vez más que la política
ya no es un instrumento para cambiar la vida.
¿Qué pueden hacer entonces los que quieren cambiarla?
Nuestra generación vivió convencida de que el Estado era la palanca
fundamental en la que había que apoyarse para que prosperara un proyecto político
que respondiera a las expectativas y las necesidades de la sociedad civil. Pero ¿qué
puede hacer hoy el Estado, condicionado como está por el autómata financiero
y el autómata mediático? Su margen de maniobra es sumamente estrecho.
En lo sucesivo, en aquellos que sienten una voluntad de transformación o aspiran
a que su vida no consista solamente en ganar dinero, se desarrolla un nuevo tipo
de acción política, esta vez sin ninguna intervención del Estado.
Llegan a actuar políticamente con un enfoque ético y práctico:
obtener un cambio muy concreto en un área geográfica determinada, en
un momento dado, en un ámbito limitado. Ese cambio es a todas luces insignificante
si se tiene en cuenta la escala de las transformaciones que se necesitan, pero por
lo menos es efectivo. Se trata de una política empírica con resultados
inmediatos. La ong Médicos sin Fronteras, por ejemplo, o el movimiento Jubileo
2000, que ha obtenido resultados indiscutibles para aliviar la deuda de los países
más pobres, han seguido esta vía con éxito.
¿Esta política de corto alcance está a la altura de los desafíos
existentes?
Mi apuesta es que todas esas acciones parciales y fragmentarias, llevadas a cabo
por miles de personas, constituirán poco a poco una red. Mi esperanza es que
el desarrollo de las redes se fortalezca hasta englobar incluso a aquellos que quieren
combatir sus efectos inaceptables. Que junto a las redes del dinero, de la tecnología,
de la información, se constituyan redes igualmente poderosas, y por ende igualmente
eficaces, pero alternativas, que transmitan valores diferentes y que terminen por
generar nuevas estrategias políticas globales.
Pero las transformaciones fundamentales se producen ya sin esperar esta última
etapa. Fíjese en el movimiento femenino. Ha impuesto la mayor revolución
cultural de la historia de la humanidad, y sin seguir los cauces políticos
tradicionales. Sin embargo, los cambios de los códigos culturales, que primero
tuvieron lugar en la mente de las mujeres, eran tan profundos que finalmente fueron
institucionalizados por los sistemas políticos, al menos cuando éstos
son dinámicos y democráticos.
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