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Cuando empezaba el
otoño, las hojas de los castaños cubrían la avenida que va de
la estación a la plaza. Al abrir la ventana que daba sobre el huerto de nuestra
casa, me cautivaba descubrir, como por encanto, la carpa del pequeño circo
instalado durante la noche en el prado del pueblo. En primavera, al abrir esa misma
ventana, la sorpresa me la daba el cerezo, que sonreía con todas sus flores
blancas. Era un niño en ese entonces y me entusiasmaba descubrir la carpa
que se levantaba justo frente a mi casa. El aire nocturno se llenaba de sonidos de
trompetas y redobles de tambores.
Generalmente se trataba del mismo circo que antes que yo Federico Fellini había
aplaudido en Rímini, la ciudad de la costa adriática, a diez kilómetros
del pueblo en que nací (Santarcangelo di Romagna, pequeña capital italiana
de la poesía dialectal). Recuerdo que Fellini y yo a menudo hablamos de él
cuando escribíamos el guión de la película Amarcord.
“Empieza el espectáculo”
Hacía tiempo
que ambos vivíamos en Roma. A menudo, los domingos por la mañana Fellini
me llevaba a Cinecittà (el centro de la industria cinematográfica italiana,
fundado hace sesenta y dos años, a diez kilómetros de Roma, Vía
Tuscolana) porque le gustaba mucho sentirse en ese mundo desierto y tranquilo. Pedía
las llaves del plató número 5, y entrábamos en ese espacio húmedo
y vacío. Apenas llegábamos, me decía con una voz cargada de
emoción: “Empieza el espectáculo.” E inmediatamente comenzaba a encender
las luces, una por una. Y al resplandor polvoriento de las bombillas que florecían
en ese recinto inmenso y oscuro, surgían en nuestra memoria una oleada de
sonidos e imágenes de espectáculos que nos llegaban de aquella infancia
lejana.
Incluso mi madre, Penélope, estaba de fiesta los días de circo. Todas
las mañanas iba a pedir al guardián de los animales africanos estiércol
de la jirafa o del viejo león. Lo utilizaba, con buenos resultados, como abono
para sus flores, que cultivaba en cacerolas rotas.
Espléndidos collages de recuerdos, las bellas fotografías de Massimo
Siragusa que acompañan estas líneas me hacen revivir esos días
de mi infancia y las largas visitas con el maravilloso Fellini al plató número
5 de Cinecittà, uno de los dieciséis platós de rodaje, que consideraba
como la verdadera Via Veneto, la de La Dolce Vita. (En este mítico plató
número 5 fue expuesto al público, para un último adiós,
el ataúd con los restos mortales del gran realizador, el 1º de noviembre
de 1993.)
Esas imágenes, además, me transportan mentalmente a uno de los países
que más he amado, Rusia, y me hacen pensar en el trabajo que efectué
con el realizador Andrei Krzasanovski. Hace unos años le entregué el
guión de unos dibujos animados, una fábula titulada El león
de barba blanca. Esa película, terminada hace poco, cuenta justamente la historia
de un circo pequeño cuya estrella principal es un león extraordinario
(Amedeo, Teo para sus amigos). El león envejece y con su envejecimiento se
acelera también la disgregación de esa pequeña familia circense.
Una música cargada de melancolía
Vuelven así a mi memoria, como burbujas de color, los encuentros con los grandes
payasos rusos, especialmente Karandash, tan pequeño que cuando se acercaba
a la mesa parecía estar sentado. O Popov, el gran Popov, que un día
en Holanda, en Amsterdam, presentó su más hermoso número: entra
en la pista, se apronta a comer a la luz de un proyector que ilumina parte del escenario.
Cuando se marcha recoge en sus manos esa luz, como si se tratara de migajas de pan,
lo que puede hacer porque está de acuerdo con el iluminador. Cuando está
a punto de retirarse, echa la luz dentro de su bolso. Los espectadores aplauden a
rabiar, a tal punto que, antes de salir definitivamente, Popov se detiene y lanza
su bolso hacia el público, que se inunda de luz.
Y no puedo olvidar tampoco las estatuas que Ilario Fioravanti, un viejo escultor
de Cesena, modeló con sus manos cargadas de incertidumbres infantiles. En
Pennabilli (pueblo del Montefeltro, entre Pesaro y Urbino donde vivo desde hace unos
diez años), Fioravanti reunió todas las estatuas susceptibles de evocar
un circo y su vida cotidiana. Se conservan aún en las habitaciones de un antiguo
palacio, en el corazón del casco antiguo, el Bargello; en las celdas destinadas
antiguamente a los prisioneros, hoy las estatuas de Fioravanti parecen esperar de
un momento a otro una salva de aplausos, por ahora en suspenso en el aire.
En este mundo que surge con deleite en mi memoria, algo llega con ímpetu a
embargarme de melancolía: los últimos motivos musicales que las caravanas
ofrecían a mi aldea poco antes y durante la partida. La música se prolongaba
en la niebla y se convertía en un lamento tristísimo que tratábamos
de oír hasta el final alzándonos sobre la punta de los pies. Nos reuníamos
entonces sobre la marca más clara dejada por la pista redonda del circo. A
veces encendíamos velas que trazaban un círculo luminoso en torno a
nosotros. |
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El Correo de la UNESCO
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Poeta, narrador
y guionista
El poeta Tonino Guerra, nacido en Santarcangelo
di Romagna en 1923, diplomado en pedagogía por la Universidad de Urbino, es
también un guionista de fama internacional. Se le deben por lo menos cien
relatos trasladados a la pantalla por Andrei Tarkovski, los hermanos Taviani, Federico
Fellini, Francesco Rosi, Vittorio De Sica y Michelangelo Antonioni (con el que acaba
de publicar L’aquilone, fábula ilustrada para la humanidad del tercer milenio,
Editorial Delfi, Cassina, Milán).
Algunos de sus poemas y relatos han sido traducidos al español, alemán,
francés, inglés y neerlandés. En su poema “La miel”, el gran
escritor italiano Italo Calvino dice que “Tonino Guerra transforma todo en cuento
y en poesía: de viva voz, por escrito o en una secuencia cinematográfica,
en italiano o en dialecto de Emilia Romagna (...) Creo que todos deberíamos
aprender su dialecto para poder leer esas historias maravillosas en la lengua original”.
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