
Wangari Muta Maathai

En Madagascar, un bosque arrasado para convertir los suelos en cultivos de arroz.

Una militante del Movimiento Cinturón Verde creado por Wangari Muta Maathai
en 1977.
“Plantar un árbol encierra un mensaje muy claro: con ese simple acto usted
puede mejorar su hábitat. La población cobra así conciencia
de que puede influir en su entorno, y ello es un primer paso hacia una mayor participación
en la vida de la sociedad.”
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El combate de una
mujer africana
En un país en el que
las mujeres quedan relegadas a un papel secundario en el plano político y
social, la trayectoria de Wangari Muta Maathai, de 59 años de edad, constituye
una excepción. Bióloga de formación, fue la primera mujer de
Africa Oriental que obtuvo un doctorado, llegó a ser catedrática y
dirigió un departamento universitario, todo ello en la Universidad de Nairobi.
Wangari Muta Maathai inició su acción en el Consejo Nacional de Mujeres
de Kenya en 1976. A través de ese organismo lanzó el proyecto ”Harambee
para salvar la tierra” (harambee significa en swahili ”actuar unidos”). Finalmente,
en 1977, el proyecto recibió el nombre de Movimiento del Cinturón Verde.
Este movimiento lanzó programas para fomentar y salvaguardar la biodiversidad,
proteger el suelo, crear puestos de trabajo especialmente en las zonas rurales, dar
una imagen positiva de las mujeres ante la comunidad y afianzar las cualidades de
éstas como dirigentes.
Su objetivo esencial era lograr que la población comprendiera la necesidad
de proteger el medio ambiente, plantando árboles y aplicando políticas
a largo plazo. Cerca de 80% de los 20 millones de árboles plantados aún
está en pie. En la actualidad, Cinturón Verde tiene más de 3.000
viveros, con lo que da trabajo a unas 80.000 personas, en su mayoría mujeres
campesinas.
En 1986, el movimiento fundó una Red Panafricana de Cinturones Verdes y organizó
seminarios y programas de formación destinados a otros países africanos.
Ello condujo a Tanzania, Uganda, Malawi, Lesotho, Etiopía y Zimbabwe a adoptar
los métodos del Cinturón Verde.
Miembro de la Junta Consultiva en Asuntos de Desarme del Secretario General de las
Naciones Unidas, Wangari Muta Maathai ha sido agraciada con 14 premios internacionales.
Entre ellos fue galardonada con el prestigioso Right Livelihood Award, considerado
como un Premio Nobel alternativo, como reconocimiento de su ”contribución
al bienestar del género humano”.
En un país que durante decenios estuvo sometido a un régimen de partido
único, a menudo fue duramente golpeada por la policía por participar
en manifestaciones que exigían la protección de los bosques de Kenya.
”Los gobiernos piensan que amenazándome y agrediéndome van a hacerme
callar”, dice Maathai. ”Pero tengo piel de elefante. Y alguien tiene que hacer oír
su voz.”
Esta madre de tres hijos está empeñada actualmente en una batalla para
salvar las 2.500 hectáreas de los bosques de Karura, al noroeste de Nairobi,
donde el gobierno quiere edificar complejos de viviendas.
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“Hubo parlamentarios
que me reprocharon el hecho de estar divorciada. Creo que en el fondo esperaban que
al poner en tela de juicio mi condición de mujer lograrían someterme.
Después se dieron cuenta de su error.”
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Datos y cifras

Kenya
República de Kenya
(Jamhuri ya Kenya):
Antigua colonia inglesa, obtuvo su independencia en 1963 y se convirtió en
república el año siguiente.
Superficie: 582.646 km2
Capital: Nairobi
Población: 28,4 millones
Idiomas: kiswahili, inglés
Esperanza de vida al nacer: 52 años
Tasa de alfabetización de adultos: 79,3%
PNB per cápita: 372 dólares
Presidente: Daniel T. Arap Moi
Moneda: chelín de Kenya
(74 chelines = 1 dólar)
Fuente:
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo , Informe sobre Desarrollo
Humano 1999.
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“Durante los
últimos treinta años, Africa no ha tenido gobernantes visionarios y
altruistas preocupados por el bienestar de su pueblo.” |
Esta defensora
keniana del medio ambiente y de la democracia espera que en el próximo milenio
los dirigentes africanos se preocupen en primer lugar del pueblo.
Usted afirmó en una oportunidad que mejorar la calidad del medio ambiente
sólo será posible si progresan las condiciones de vida de la población.
Si uno desea salvar el entorno, primero hay que proteger al pueblo. Si somos incapaces
de preservar a la especie humana, ¿qué objeto tiene salvaguardar las
especies vegetales?
A veces se tiene la impresión de que la gente pobre destruye el medio ambiente.
Pero esas personas están tan agobiadas por la lucha por la vida que no pueden
preocuparse por los daños a veces irreparables que están causando al
entorno para satisfacer sus necesidades más esenciales.
Así, paradójicamente, los más desfavorecidos, cuya supervivencia
depende de la naturaleza, son también en parte responsables de su destrucción.
Por eso, insisto, si realmente queremos salvar nuestro entorno, habrá que
mejorar las condiciones de vida de los pobres.
Por ejemplo, en algunas regiones de Kenya, las mujeres recorren kilómetros
para procurarse leña en los bosques, pues en las cercanías de sus aldeas
ya no quedan árboles. Cuando escasea el combustible, deben caminar cada vez
más lejos para obtenerlo. El resultado es que se preparan menos comidas calientes,
la nutrición se resiente y el hambre aumenta. Si esas mujeres dispusieran
de medios, no tendrían que expoliar esos valiosos bosques.
¿Cuál es la importancia actual de los bosques de Kenya y de Africa
Oriental?
Desde comienzos del siglo la tendencia fue reemplazar las especies autóctonas
por especies exóticas comercializables. Hoy advertimos cuáles son las
consecuencias de esa política. Hemos entendido que al talar los bosques originales
estábamos destruyendo nuestra rica biodiversidad. Pero el daño ya estaba
hecho.
Cuando en 1977 el Movimiento del Cinturón Verde (ver recuadro)
inició su campaña de plantación de árboles, la cubierta
forestal de Kenya era aproximadamente 2,9%. Hoy la superficie arbolada ha disminuido
a un 2%, lo que significa que perdemos más árboles de los que plantamos.
El otro problema grave es que el medio natural de Africa Oriental es muy vulnerable.
Estamos muy cerca del desierto del Sahara, y los expertos han advertido que si prosigue
la tala indiscriminada, éste podría avanzar hacia el sur de manera
incontenible, ya que son los árboles los que impiden la erosión del
suelo causada por las lluvias y el viento. Al eliminar lo poco que nos queda de bosque,
lo que hacemos es crear minidesiertos del Sahara. Ya hay pruebas fehacientes de este
fenómeno.
Nuestro movimiento organiza seminarios de educación cívica para la
población rural, especialmente los agricultores, en el marco de campañas
de sensibilización a los problemas ambientales. Si se preguntara a cien campesinos
cuántos han visto desaparecer un manantial o una corriente de agua en el transcurso
de su vida, casi treinta levantarían la mano.
¿Qué resultados ha obtenido su movimiento y en qué medida
ha impedido el deterioro del entorno en Kenya?
A mi juicio, el éxito más importante del Cinturón Verde ha sido
crear mayor conciencia en los ciudadanos, y en especial en la población rural,
acerca de los problemas ecológicos. Diversos sectores de la población
se dan cuenta ahora de que la suerte del entorno concierne a todo el mundo y no sólo
al gobierno. En parte gracias a esta sensibilización ahora podemos ejercer
presión en los responsables políticos. Los ciudadanos les exigen que
protejan el medio ambiente.
En segundo lugar, el Cinturón Verde introdujo la noción de preservación
del medio ambiente gracias a los árboles pues éstos satisfacen muchas
necesidades básicas de las comunidades rurales. En 1977 empezamos plantando
siete árboles en un pequeño parque de Nairobi. En esa época
no teníamos ni viveros, ni personal, ni fondos, sólo el convencimiento
de que los campesinos tenían un papel que cumplir en la solución de
los problemas ambientales. Proseguimos nuestra tarea y hoy día hemos plantado
más de 20 millones de árboles en todo el país .
Plantar un árbol encierra un mensaje muy claro: con ese simple acto usted
puede mejorar su hábitat. La población cobra así conciencia
de que puede influir en su entorno, y ello es un primer paso hacia una mayor participación
en la vida de la sociedad. Todo el mundo puede ver los árboles que hemos plantado,
son por ello los mejores embajadores de nuestro movimiento.
Pese a la Cumbre de Río, en 1992, y la de Kioto sobre el clima, en 1997,
no se han registrado grandes progresos en los programas y campañas de protección
ambiental a nivel mundial. ¿Por qué?
Lamentablemente para muchos dirigentes del planeta el “desarrollo” es sinónimo
de cultivos comerciales extensivos, presas hidroeléctricas onerosas, hoteles,
supermercados y artículos de lujo, es decir de expoliación de los recursos
humanos y naturales. Se trata de un enfoque a corto plazo que no atiende las necesidades
básicas de la población —alimentación adecuada, agua potable,
vivienda, atención hospitalaria, información y libertad.
Esta frenética carrera hacia un supuesto desarrollo ha dejado de lado la protección
ambiental. El problema es que los gobernantes no sólo no asumen la dirección
de las campañas de protección ambiental como deberían hacerlo,
sino que son en buena medida responsables de la destrucción del medio ambiente.
Además, el poder político está ahora en manos de personas con
intereses comerciales y que mantienen estrechas relaciones con las multinacionales,
cuya única meta es obtener beneficios a expensas del medio ambiente y de la
población.
También sabemos que las multinacionales han persuadido a muchos dirigentes
políticos del mundo de que no tengan en cuenta las declaraciones formuladas
en las conferencias internacionales sobre problemas ambientales. Estamos pues a merced
de esas grandes empresas, que pueden ser implacables e inhumanas. Y creo que como
ciudadanos deberíamos negarnos a ello.
Usted inició su carrera como académica. Más tarde empezó
a luchar por el medio ambiente, y ahora se la considera una activista por la democracia.
¿Cómo explica esa evolución personal a lo largo de veinticinco
años?
Pocos son los ecologistas que se preocupan sólo por la suerte de las abejas,
las mariposas y los árboles, pues saben que es imposible preservar un entorno
saludable sin un Estado que controle a las industrias contaminantes y la deforestación.
En Kenya, por ejemplo, se ha autorizado a grandes propietarios a construir lujosas
residencias en medio de los bosques. Como individuos conscientes debemos oponernos
a ello. Cuando alguien se inmiscuye en estos asuntos, entra en conflicto directo
con los responsables políticos y se le tacha de agitador.
Cuando en los años setenta enseñaba en la universidad de Nairobi advertí
que los derechos académicos de las profesoras no eran respetados por el hecho
de ser mujeres. Mi primer combate consistió en reivindicar esos derechos.
Simultáneamente, me vi enfrentada a problemas relacionados con mi trabajo
pero que al principio no había visto con claridad, como los derechos humanos.
Fue así como empecé a participar en una campaña en pro de la
democracia.
En los años setenta advertí que en una democracia joven como la nuestra
era muy fácil que los dirigentes se convirtieran en dictadores. Una vez que
lo eran, empezaban a utilizar los recursos nacionales como si fueran su propiedad
personal. Me di cuenta de que la Constitución les daba atribuciones que les
permitían hacer mal uso de las instituciones y los recursos del Estado.
Entonces me incorporé al movimiento en pro de la democracia y reclamé
reformas constitucionales y la creación del espacio político necesario
para garantizar la libertad de pensamiento y de expresión. No podemos vivir
con un sistema político que mata la creatividad y atemoriza a los individuos.
Con sus calificaciones académicas usted podría haber vivido cómodamente
en Estados Unidos o en cualquier otro país occidental. Pero decidió
instalarse en Kenya. En los últimos veinticinco años ha sido insultada,
amenazada, golpeada, encarcelada y en varias oportunidades se le prohibió
abandonar el país. ¿Lamentó alguna vez haber regresado a Kenya
para defender sus ideales con la acción directa?
No fue un acto de voluntad, pero nunca me arrepentí de haber regresado a Kenya
y de contribuir al desarrollo de mi país y de mi región. Sé
que mi acción no ha sido totalmente inútil.
Muchas personas vienen a verme y me dicen que mi labor ha sido un incentivo para
ellas. Siento una gran satisfacción porque al comienzo, en especial durante
la dictadura, era difícil hablar.
Hasta hace pocos años, había personas que se me acercaban en la calle
y murmuraban: “Estoy con usted y rezo por usted.” Tenían tanto miedo que no
querían que nadie las oyera. Sé de muchos que temían hablarme
o que los vieran conmigo porque podían ser castigados.
Al quedarme en Kenya y enfrentar procesos y tribulaciones constituí una fuerza
más positiva que si me hubiera marchado a otro país. Habría
sido muy distinto si viviendo en Occidente hubiera alzado la voz para decir lo que
había que hacer en Kenya. Al permanecer aquí doy aliento a mucha más
gente.
¿Piensa que sufrió virulentos ataques y atropellos porque se opuso
a decisiones tomadas por hombres?
Nuestros hombres piensan que las mujeres africanas deben ser obedientes y sumisas,
y en ningún caso superiores a sus maridos. No cabe duda de que al comienzo
mucha gente me combatió porque soy mujer y porque era intolerable que tuviera
opiniones tan concluyentes.
Sé que en ocasiones ciertos varones con posiciones destacadas, entre ellos
el Presidente Daniel Arap Moi, se burlaron de mí. Hubo parlamentarios que
me reprocharon el hecho de estar divorciada. Creo que en el fondo esperaban que al
poner en tela de juicio mi condición de mujer lograrían someterme.
Después se dieron cuenta de su error.
En 1989, por ejemplo, nos enfrentamos seriamente a las autoridades para salvar el
Parque Uhru, en Nairobi. Afirmé que sería absurdo destruir ese hermoso
parque en el centro de la ciudad para reemplazarlo por un complejo de viviendas.
El Parque Uhru era un lugar maravilloso, el único en Nairobi donde las familias
podían pasar un rato al aire libre con toda tranquilidad.
Cuando lancé la campaña contra la construcción del “Monstruo
del Parque”, nombre con el que más tarde se conoció al proyecto, se
me ridiculizó y se me acusó de no entender el desarrollo. No he estudiado
planificación del desarrollo, pero sé que una ciudad necesita espacios
verdes. Felizmente otras organizaciones no gubernamentales y miles de ciudadanos
se sumaron a nuestras protestas y logramos salvar el parque.
El gobierno, que quería destruirlo, lo declaró después patrimonio
nacional. Podrían haberlo hecho sin atacarme y sin burlarse de mí.
¿Qué la movió a participar en las elecciones presidenciales
de 1997? ¿Por qué, pese a su popularidad, no obtuvo un número
apreciable de votos?
Decidí presentarme a las elecciones por varias razones. En 1992, cuando por
primera vez se legalizó en Kenya un sistema multipartidista, procuré
por todos los medios con otros grupos políticos formar una coalición
de oposición, pero fue en vano. Como numerosos candidatos de oposición
aspiraban a la presidencia, me retiré de la campaña.
Como era de esperar, la oposición perdió las elecciones y ahora todo
el mundo acepta que la campaña que emprendimos para unirla era una buena idea.
Desde 1992 queríamos formar un gobierno de unidad nacional en el seno de la
oposición. Exactamente lo que ahora ésta proclama hoy día.
En las elecciones generales de 1997, traté de persuadir a la oposición
de que se uniera y presentara un candidato de una comunidad étnica contra
la KANU,1
el principal partido de Kenya. Pero algunos grupos de oposición me calificaron
por ello de tribalista. Cuando todos mis esfuerzos para unir a la oposición
fracasaron, decidí presentar mi candidatura a la presidencia.
Durante la campaña me di cuenta de que en este país es muy difícil
ser elegido sin dinero, y yo no lo tengo. Advertí que por buena, honrada y
demócrata que sea una persona, si no tiene cómo pagar a los electores
no es elegida. Y perdí.
Todo esto constituyó una experiencia nueva para mí. Ahora puedo hablar
con conocimiento de causa. Comprobé también que la población
aún no está madura para la democracia y que es urgente emprender una
labor de educación cívica y de formación de una conciencia política.
La población todavía se deja guiar por motivaciones étnicas
y vota en función de ellas. El problema étnico fue un factor clave
durante las últimas elecciones.
Pese a sus inmensos recursos naturales, Africa va muy a la zaga de otros continentes
en materia de desarrollo y crecimiento. ¿Por qué razón?
Sin lugar a dudas, por la ineficacia de sus gobernantes. Esta generación de
dirigentes africanos pasará a la historia por su grave irresponsabilidad que
ha puesto de rodillas al continente. Durante los últimos treinta años,
Africa no ha tenido gobernantes visionarios y altruistas preocupados por el bienestar
de su pueblo.
Hay razones históricas que lo explican. Poco antes de otorgar la independencia
a muchos países africanos, el poder colonial promovió a jóvenes
africanos situándolos en posiciones hasta ese momento inaccesibles para los
nativos y los preparó para tomar el poder dejado por la administración
colonial.
Esos nuevos administradores y esas flamantes elites africanas disfrutaron de un estilo
de vida y de privilegios semejantes a los de las autoridades de los imperios coloniales.
Y en cuanto a los objetivos para el país, nada diferenciaba a los nuevos dirigentes
de los antiguos, salvo el color de la piel.
Fue así como los dirigentes africanos abandonaron a su pueblo. Para conservar
el poder siguieron la misma receta que el sistema colonial, a saber, sembrar el antagonismo
entre comunidades. Estos conflictos internos persistieron durante décadas
en muchos países africanos, consumiendo sus escasos recursos.
Por consiguiente, lo que necesitamos son mejores dirigentes. Si no lo logramos, no
hay esperanza. La historia enseña que si no sabemos proteger lo que nos pertenece,
alguien vendrá y se apoderará de ello. Si nuestros pueblos no logran
protegerse a sí mismos, seguirán siendo explotados, ellos y sus recursos.
También es cierto que las potencias occidentales, en especial los antiguos
amos coloniales de la región, han seguido explotando a Africa y actuando en
estrecha connivencia con sus dictadores y dirigentes irresponsables. Esa es la razón
por la que estamos agobiados de deudas que no podemos reembolsar.
El continente africano necesita ayuda internacional para mejorar su situación
económica. Pero la mayor parte de la ayuda exterior para Africa es más
bien una terapia de supervivencia frente a flagelos sociales: programas de socorro
contra el hambre, asistencia alimentaria, control de la natalidad, campamentos de
refugiados, fuerzas de mantenimiento de la paz, misiones humanitarias. Apenas se
destinan recursos para programas de desarrollo sostenible como formación y
educación funcionales, creación de infraestructuras, producción
de alimentos o estímulo a las empresas. No hay un solo centavo para iniciativas
culturales y sociales que capacitarían a la población y liberarían
su energía creadora.
Espero que en el próximo milenio surjan nuevos dirigentes en Africa. Confío
en que éstos se preocuparán más de su pueblo y utilizarán
los recursos del continente para ayudar a los africanos a salir de la pobreza.
1 Fundada en 1960, la Kenya African National
Union (KANU
Unión Nacional Africana de Kenya) ganó las primeras elecciones después
de la independencia del país en 1963 y se mantiene en el poder desde entonces.
El Correo de la UNESCO
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