
El inspector Nestor Van Vellinghen
y un joven inmigrante. Esta foto y las siguientes muestran escenas de un vídeo
que se utiliza en los cursos de formación de la policía belga.
“Ponerle
palabras a una realidad, hablar de ella, permite objetivarla, darse cuenta de su
gravedad y de su importancia, comenzar a y reflexionar.”

En una atmósfera de camaradería
se discuten temas delicados y profundos.

La originalidad de los talleres
del Centro belga consiste en trabajar en grupo a partir de experiencias y testimonios
personales. |
En primera
línea de los conflictos sociales, las fuerzas del orden son un sector vulnerable
a las ideas xenófobas. Un programa belga lucha contra el racismo en la policía.
Divididos
en cuatro grupos, trece policías de Charleroi, una ciudad del centro de Bélgica,
participan en un animado pero desconcertante torneo de cartas. Desarmados y sin uniforme,
los oficiales, cuya edad promedio es 40 años, se hallan en un amplio salón
del castillo de Monceau, donde tiene lugar el taller contra el racismo y la xenofobia
del Centro para la Igualdad de Oportunidades y la Lucha contra el Racismo, organismo
público con sede en Bruselas fundado en 1993. En esta cuarta sesión,
a principios de octubre pasado, las carcajadas entre la parejas de formadores del
Centro y los policías son frecuentes. Sobre todo cuando los ganadores de cada
mesa se dan cita para una nueva partida donde rigen nuevas reglas desconocidas para
todos.
A cada
cual sus métodos
Jean, 42 años
y 21 de ellos en la policía, comenta que a los inmigrantes les ocurre lo mismo
porque “llegan a un país sin conocer las reglas y las suyas no les sirven
porque en este nuevo universo no funcionan”. Las normas que rigen la conducta de
las mujeres en el Islam y en Occidente, añade para dar un ejemplo, “son muy
distintas”. Más adelante, durante la evaluación, Jean declara que nunca
había tenido la oportunidad de discutir sobre estos temas, ni de hablar de
las relaciones que establece con los inmigrantes en su trabajo cotidiano.
Este es un ejemplo de uno de los once proyectos que nueve países europeos
llevan a cabo en el marco del NAPAG (NGO’s and police against prejudice/ ONG
y Policías contra los Prejuicios), un programa transnacional fundado por la
Comisión Europea en 1997 para luchar contra el racismo y la xenofobia mediante
talleres de formación destinados a los policías. Cada uno desarrolla
su propio modelo: el proyecto británico invita a miembros de comunidades étnicas
minoritarias a participar en sus talleres de formación, al igual que los catalanes,
quienes organizan jornadas destinadas a la Policía Autónoma de Cataluña
dictadas por inmigrantes; el francés hace énfasis en la integración
social de los extranjeros; mientras los alemanes se esfuerzan por sensibilizar a
los policías a los problemas que plantea una sociedad multicultural.
La necesidad de estos cursos se justifica porque en los últimos años
el racismo y la xenofobia han ganado terreno en muchos países europeos, en
particular debido a la crisis económica, el desempleo, el aumento de la población
inmigrante y los discursos xenófobos de partidos de extrema derecha cuyo caudal
electoral continúa creciendo.1 En este contexto, las fuerzas del orden
son un sector particularmente vulnerable.
Según datos del Centro para la Igualdad de Oportunidades y la Lucha contra
el Racismo, que recoge y da curso a las demandas de víctimas por actos racistas,
en Bélgica las fuerzas de seguridad son el sector contra el que se presentan
el mayor número de demandas por discriminaciones basadas en el origen del
individuo.2 En otros países europeos la
situación también es preocupante. En Gran Bretaña, un informe
del juez Sir William Macpherson, revelado a comienzos de 1999, calificó a
la policía londinense de “institucionalmente racista”; en Alemania, un estudio
oficial mostró que los abusos policiales contra extranjeros “no eran simples
casos aislados”, y el informe de Amnistía Internacional de 1999 denuncia abusos
de la policía en Francia, España, Grecia y Suiza contra inmigrantes
y miembros de minorías étnicas por motivos racistas.
En un sistema democrático es esencial que estos hechos no ocurran y que las
fuerzas del orden respeten el principio de igualdad de derechos para todos los ciudadanos.
Para ello, uno de los primeros pasos consiste en evitar que los estereotipos y los
prejuicios interfieran con la conducta profesional de los agentes. Tarea nada sencilla,
pues las opiniones y posiciones de los policías se forjan en el terreno, en
la línea de frente de los conflictos sociales, y son generalmente el resultado
de una amalgama de experiencias personales, de frustraciones y de rumores.
La originalidad de los talleres del Centro belga consiste precisamente en trabajar
en grupo a partir de las experiencias personales y de los testimonios que los policías
estén dispuestos a compartir. El punto de partida de estos talleres no es
pues ni un discurso teórico sobre la tolerancia, ni los artículos de
la Declaración de Derechos Humanos, sino las intervenciones de los policías
generadas, a lo largo de seis días, por actividades como juegos de cartas,
juegos de roles u observación de fotos, documentales y escenas de películas.
Un espacio
de palabra y reflexión
Marisa Fella, formadora
del Centro, afirma que este tipo de ejercicios, “en apariencia banales”, estimulan
reflexiones profundas de los agentes sobre sus prácticas profesionales. Recuerda
una oportunidad en la que tras armar un rompecabezas se planteó el tema de
la comunicación y la agresividad, que luego desembocó en un debate
sobre la violencia policial. “Discutieron sobre su propia violencia como policías,
en qué circunstancias eran violentos y en qué circunstancias no lo
eran, y de cómo manejar la violencia de los hombres bajo sus órdenes.”
Se crea así un “espacio de palabra y reflexión” que permite a los policías
tomar distancia con respecto a su oficio, algo que difícilmente pueden hacer
en el contexto de su actividad profesional. Poco a poco, a medida que se establece
un clima de confianza, los participantes dejan a un lado la jerga oficial y comienzan
a reconocer los matices de la realidad. Cuando un policía explica, por ejemplo,
que no soporta ver el lugar que ocupa la mujer en el Islam, ello significa ya un
avance, pues empieza a establecer una diferencia entre un rechazo global a los musulmanes
y la reprobación de un aspecto particular de su cultura.
Para Fella, el aspecto más alentador de su trabajo como formadora es “comprobar
que detrás del uniforme hay seres humanos que se plantean interrogantes sobre
su profesión y se cuestionan a nivel personal sobre la manera de desempeñar
su oficio”. El mero hecho de hablar voluntaria y abiertamente sobre estos temas es
ya un gran paso, pues “ponerle palabras a una realidad, hablar de ella, permite objetivarla,
darse cuenta de su gravedad y de su importancia, y comenzar a reflexionar”, explica.
Algo que no ocurría hace seis años, cuando empezaron los talleres del
Centro.
En ese entonces, la formación estaba centrada en el inmigrante y no en el
policía. El objetivo era aportar información sobre la cultura de los
países de origen de los inmigrantes, cómo habían llegado a Bélgica,
datos demográficos y el sentido de algunas fiestas religiosas como el Ramadán
o el de ciertas prácticas como el uso del chador.
Pero los responsables del Centro advirtieron muy pronto que este tipo de cursos informativos
no sólo no sensibilizaban a los policías a la diversidad, sino que
eran contraproducentes. Los policías tenían la impresión de
que al dar explicaciones sobre la manera de actuar de los inmigrantes, los formadores
pretendían justificar comportamientos que eran, a su modo de ver, completamente
intolerables. Se sentían menospreciados, lo que generaba un clima de gran
hostilidad hacia los responsables de los cursos. Las evaluaciones eran demoledoras:
“Los formadores creen que somos ignorantes y que por eso somos racistas”; “vienen
a echarnos bonitos discursos sobre los inmigrantes, como si todos fueran amables
y simpáticos, pero ellos nunca han estado en la calle”.
En la actualidad, ya no se observan este tipo de resistencias o al menos no con la
misma intensidad. La puerta al cambio queda abierta. Subsisten, sin embargo, algunos
inconvenientes. Los policías afirman que no saben muy bien cómo utilizar
luego en sus intervenciones, casi siempre rápidas y en medio de un gran estrés
y confusión, lo que aprenden en estos talleres sobre la gestión de
conflictos, la comunicación no verbal y el manejo de la agresividad.
Una
puerta abierta al cambio
Otra dificultad mayor
radica en los recursos limitados con que cuenta el programa. El Centro dispone apenas
de cinco formadores, y sólo tres de ellos de tiempo completo. Entre 1994 y
1998, unos 300 agentes asistieron a este tipo de talleres, un número bastante
modesto si se tiene en cuenta que policías y gendarmes belgas suman 36.200.
Una de las propuestas a mediano plazo para superar este obstáculo es convertir
al actual equipo en “formadores de formadores”.
Otro de los puntos débiles del programa es que son los comisarios quienes
solicitan los cursos de formación para sus hombres, por lo que éstos
no se dictan necesariamente allí donde más actos de discriminación
se cometen. Y cuando los cursos efectivamente se llevan a cabo, rara vez forman al
conjunto del personal, lo que crea desequilibrios dentro de la comisaría.
A pesar de todo, a juicio de los participantes, la dinámica de intercambio
y reflexión que se establece entre policías y formadores es alentadora.
Uno de los formadores explica al grupo que necesita cinco voluntarios para un juego
de roles en el que tres policías desempeñarán el papel de jóvenes
inmigrantes y dos el de policías. Los primeros voluntarios que alzan la mano
son los que quieren hacer de inmigrantes.
Cuando la pareja de agentes pasa frente al grupo de inmigrantes, el policía
que interpreta a Fabio, un ciudadano belga de origen latino de 18 años, los
apostrofa: “Pollo, pollo...” La pareja de policías da la vuelta enseguida
para interpelar a los jóvenes, mientras que sus compañeros se ríen
de ese mote con el que todos han sido tratados alguna vez.
Cuando se habló sobre esta escena, algunos dijeron que hubieran seguido de
largo porque ya no se interpela a nadie por “tan poca cosa”. Otro señaló
que hace unos años los jóvenes habrían recibido un buen par
de bofetadas.
El formador aprovechó esta ocasión para mostrar cómo la percepción
de lo que es una injuria cambia con los años y para insistir no sólo
en el aspecto subjetivo de esa percepción, sino también sobre los ajustes
progresivos que los hombres van operando entre lo que se aprende un día en
un aula y la realidad.
Antes de seguir, uno de los oficiales explica que a los policías se les llama
“pollos” porque el edificio de la prefectura de policía de París, en
el Quai des Orfèvres, está situado en un antiguo gallinero. “¿Ah
sí?“, musita alguien que visiblemente no estaba al corriente, mientras que
otros se ríen.
François Delor, psicoanalista y formador del Centro, es sensible a esta reacción,
que considera importante desde un punto de vista metodológico. “La risa”,
explica, “es una forma de eludir la confrontación; reír juntos es compartir
una forma de intimidad que permite trabajar en un clima de confianza”.
La tarea del formador, atento a todo lo que se dice y hace durante las sesiones,
consiste también en captar ciertas expresiones, enmarcarlas en un contexto
más amplio, y apoyarse en ellas para demoler algunos prejuicios y certezas.
Fred, 40 años y 17 de ellos en la policía, cuenta que una vez le dieron
la orden, a su modo de ver “absurda”, de detener a todos los gitanos del mercado
de Charleroi. Un colega suyo en cambio la respalda porque “los controles sistemáticos,
sobre todo entre los gitanos, previenen los robos”. Fred reacciona de inmediato:
“Pero mi trabajo no es detener gitanos por el simple hecho de ser gitanos”, y propone
más bien desplegar agentes vestidos de civil que puedan atrapar con las manos
en la masa a los ladrones, sean extranjeros o belgas. Las palabras de Fred para alertar
sobre el contenido manifiestamente xenófobo de una orden son más eficaces
para prevenir las actitudes racistas que cualquier discurso, porque no vienen de
un formador, sino de un colega.
Resonancias
en el tiempo
En medio de bromas
y apuntes jocosos, en una atmósfera de camaradería y confidencialidad,
se discuten temas delicados y profundos como si no lo fueran. Pero, ¿qué
garantiza que estos policías integrarán en su práctica algo
de todo lo dicho y oído en estos talleres y adoptarán un comportamiento
más objetivo hacia los inmigrantes en general?
Delor está profundamente convencido de que este tipo de intercambios producen
efectos positivos que, quizá algún día, influirán en
el espíritu de estos hombres para orientar de otra manera su acción:
“Las palabras y los intercambios que parecen más intrascendentes tienen a
veces resonancias inauditas en el tiempo.” Y añade que los individuos tienen
tendencia a integrar como “recurso cognitivo potencial” elementos dispersos cuya
utilidad no se revela necesariamente en el momento en el que son recogidos.
Una idea que parece corroborar el testimonio de Christian Raes, comisario adjunto
de la policía de Bruselas. En una entrevista al diario belga Le Matin, en
julio de 1998, afirmó que durante la formación “creamos lazos entre
los miembros del grupo, y todavía hoy algo de todo aquello permanece. Aunque
no he cambiado radicalmente, a veces sí interpreto las cosas de otra forma
y además trato de tomar un poco más de tiempo para escuchar a mis hombres”.
Los talleres del Centro para la Igualdad de Oportunidades y Lucha contra el Racismo
aportan sin duda elementos para combatir un discurso racista y xenófobo.
Pero modificar comportamientos muy arraigados en la sociedad es una tarea de largo
aliento que dependerá, como siempre, del entusiasmo y la voluntad de cada
uno.
1. Los triunfos electorales recientes
de la extrema derecha en Austria y Suiza son los ejemplos más notables.
2. Égaux et reconnus, bilan 1993-1998 et perspectives de la politique des
immigrés et de la lutte contre le racisme, Centre pour l’égalité
des chances et la lutte contre le racisme, página 16, Bruselas, 1999.
El Correo de la UNESCO
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