La deforestación está que arde

Los bosques de Toyota

BOSQUES Y CLIMA: INTERESES EN JUEGO

Sophie Boukhari periodista del Correo de la UNESCO
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En Brasil se llevan a cabo numerosos proyectos de reforestación, pero al mismo tiempo la deforestación avanza. Según Greenpeace, 80 % de las talas son ilegales.







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En Tanzania, estas mujeres transportan esquejes hacia zonas forestales en rehabilitación.






La deforestación está
que arde

Durante los últimos 150 años, según el World Resources Institute (WRI), la deforestación y el cambio de utilización de las tierras contribuyeron hasta un 30% al aumento de la concentración de gases con efecto de invernadero en la atmósfera.
En la actualidad, según la Fao, las emisiones de co
2 imputables a esas mismas causas, en especial bajo los trópicos, representan cerca de 20% de las emisiones mundiales de gas carbónico debidas a la intervención humana. Los desbroces para liberar tierras cultivables o pastizales gravitan fuertemente en ese balance. En los años noventa, por ejemplo, Brasil emitía 27 veces más co2 debido a la deforestación que a causa de la combustión de energías fósiles, según la ong Biomass Users Network.
“Por lo general, la madera se quema en el lugar, pues no vale la pena conservarla si no tiene cierto valor”, explica Arthur Riedacker, experto francés en silvicultura. “El precio del transporte suele ser prohibitivo. En el Congo, por ejemplo, trasladar árboles desde el interior de los bosques hasta el litoral cuesta unos 150 dólares el m
3, mientras que el pino o el abeto se venden en Francia a 50 dólares el m3.”
Según el Wri, si no se toman medidas, el 15% del carbono que se acumule en el aire de aquí a 2050 podría deberse a la deforestación (el resto procedería esencialmente de la contaminación industrial). Esas emisiones en su mayor parte vendrían de la cuenca del Amazonas.
Después de 2050, se estima que la deforestación va a declinar... por falta de bosques. Según previsiones del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre los Cambios Climáticos, 73% de los bosques tropicales serán arrasados antes de 2100.







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Un vivero de árboles en la India.





Los bosques de Toyota


Yoshinori Takahashi, periodista en Tokio

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A la izquierda, una planta normal. A la derecha, una planta de la misma especie a la que se le han duplicado los cromosomas: crece más rápido y su capacidad de absorción de gas carbónico es mayor.

Las industrias ya no pueden ignorar el impacto de sus actividades en la naturaleza. En un mundo cada vez más contaminado y amenazado por el calentamiento, de esa toma de conciencia dependen su imagen y su futuro.
Toyota, la empresa japonesa constructora de automóviles, así lo entendió desde finales de los años ochenta. En 1992, año de la Cumbre de la Tierra, lanzó su programa “El bosque de Toyota”, cuyo objetivo es utilizar las biotecnologías para transformar a los árboles en agentes de descontaminación.
Hoy, Toyota está orgullosa de sus plantaciones experimentales, entre las que cabe mencionar la de Foresta Hills, a media hora de coche de su sede social, que procuran hacer revivir las satoyama –antiguas colinas protegidas. Situadas en las cercanías de regiones pobladas, proporcionan madera y productos muy cotizados, como las setas matsutake y el urushi, la laca japonesa.
“En estos bosques piloto desarrollamos las mismas actividades que nuestros abuelos en el siglo pasado”, explica Yashuiko Komatsu, jefe del proyecto “Y tratamos de crear los satoyama del siglo xxi.” Los ingenieros del gigante japonés explican que si bien luchan por reducir las emisiones de los coches no podrán eliminarlas totalmente, por lo que hay que encontrar otras soluciones, utilizando los árboles.
El proyecto de Foresta Hills sirve para medir el impacto de distintos tipos de plantaciones sobre la concentración de gas carbónico en el aire. Según las zonas, ésta puede ser 10 a 20 veces menor que en otros lugares. Los árboles con mejores resultados son los que crecen rápido y resisten a entornos difíciles, a las enfermedades y a los parásitos. Los biólogos desean entonces mejorar su cultivo. Por otra parte, al aumentar el número de cromosomas de ciertos árboles, han incrementado en un 30% su capacidad de absorción de gases tóxicos.
Toyota prosigue otras investigaciones para estimular el crecimiento de los árboles en suelos muy ácidos, a fin de reforestar el sudeste asiático devastado por la tala excesiva. En 1998 creó la empresa mixta Australian Afforestation Pty con productores de papel. De aquí a diez años se plantarán en Australia 5.000 hectáreas de eucaliptus de crecimiento rápido y resistentes a la sequía. Posteriormente se talarán para fabricar papel.
Los trabajos de Toyota despiertan críticas. A los ecologistas les preocupan los efectos que las especies genéticamente modificadas podrían tener sobre el medio ambiente. Otros sostienen que la verdadera prioridad para luchar contra el efecto de invernadero es reducir las emisiones contaminantes y la circulación de automóviles. “Los constructores plantan árboles para dar una hermosa imagen verde, esperando que sus ventas de coches no disminuyan”, estima Michel Raquet, de Greenpeace Europa. “¿Y qué van a obtener a cambio? Créditos de carbono, aunque no existe ninguna garantía científica acerca del impacto de sus proyectos forestales en la atmósfera.”
“Un día de éstos habrá que preguntarse, insiste Ashley Matton, del Worldwatch Institute, cuánto tiempo, energía y dinero tendremos que gastar todavía para manipular la naturaleza y satisfacer nuestra dependencia de las energías fósiles.”

Los bosques podrían cumplir un papel decisivo en la lucha contra el efecto de invernadero. Una solución controvertida, que ha de manejarse con cautela.

Desde hace poco las empresas han empezado a interesarse vivamente por los árboles. A fines de 1999 y después de la japonesa Toyota (ver recuadro), la empresa francesa fabricante de automóviles Peugeot se ha embarcado, junto con otras, en una vasta operación de reforestación en el corazón de la selva amazónica, donde se plantarán 10 millones de árboles en 12.000 hectáreas sin bosque.
El objetivo de esta inversión de unos 10 millones de dólares, anunciada por el presidente de Peugeot, Jean-Martin Folz, es “dar un contenido al concepto de sumidero de carbono”. Dicho de otro modo, demostrar que limitar el consumo de combustibles fósiles (gas, petróleo, carbón, etc.) no es el único medio de luchar contra el calentamiento del planeta. Al utilizar la capacidad de los vegetales de absorber y almacenar el gas carbónico (
CO2, el gas con mayor efecto de invernadero), se podría disminuir su concentración en la atmósfera.

Sumideros de carbono
En efecto, a través de la fotosíntesis, los árboles en crecimiento despiden oxígeno y consumen agua, luz y CO2. Por ello, los bosques en expansión son calificados de “sumideros de carbono”: absorben gas carbónico. Cuando dejan de crecer, los árboles ya no son sumideros, sino receptáculos de carbono: almacenan enormes cantidades de este elemento, en la superficie y en los suelos, pero cumplen un papel neutro en el balance final de CO2. Por último, cuando se queman, los bosques despiden gas carbónico y se convierten así en fuentes de carbono. El gas carbónico que se desprende cuando los árboles viejos se descomponen se compensa con el que absorben los jóvenes que crecen en su lugar. Esa es la teoría, pues en los hechos, el ciclo global del carbono y el lugar que en él corresponde a los bosques todavía se conocen muy mal.
Otra incógnita es la forma en que se comportarán los bosques cuando el clima se torne más cálido. “No se conocen bien las repercusiones de un aumento de la concentración atmosférica de
CO2 en la fotosíntesis, el crecimiento de los árboles y las existencias de carbono en los bosques”, destaca N. H. Ravindranath, de nacionalidad india, uno de los tres coordinadores del informe especial sobre los bosques del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre los Cambios Climáticos (IPCC). El día de mañana un sumidero de carbono puede convertirse en una fuente de CO2.
Según los datos disponibles, los principales sumideros de carbono del planeta se encuentran en el Norte (Estados Unidos, Canadá, Europa, Rusia). Tras haber sido desbrozadas durante siglos, desde hace más de cien años la tendencia ha sido reforestar esas regiones, entre otras razones porque la revolución de la agricultura intensiva ha limitado las necesidades de tierras.
En cambio, en países donde la necesidad de tierras agrícolas no cesa de aumentar (
ver recuadro) se siguen talando los bosques tropicales sin tasa ni medida. Esa destrucción contribuye a aumentar la concentración de gases con efecto de invernadero (GEI) en la atmósfera. En cuanto al papel que cumplen los bosques tropicales en el ciclo del carbono, hay una acalorada controversia. En teoría deberían consumir tanto gas carbónico como el que despiden. Pero estudios recientes parecen indicar que absorben en realidad más CO2 del previsto. “En efecto, no hay una idea clara del estado de los recursos forestales ni de su dinámica en los países en desarrollo”, reconoce Youba Sokona, de la ONG Enda Tiers Monde. Sumamente costosos, los inventarios forestales escasean en el Sur. Y las estimaciones de la FAO suelen ser objetadas.

Negociaciones difíciles
Pese a todas esas incógnitas, por razones más políticas que científicas, el concepto de sumidero de carbono parece vivir su época de gloria. Fue consagrado en 1997 cuando los negociadores del Protocolo de Kioto lo introdujeron en los artículos 3.3 y 3.4.
Según los términos de ese Protocolo, que fue motivo de difíciles negociaciones a la luz del Convenio de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (1992), los países industrializados se comprometieron a reducir sus emisiones anuales netas de gei en 5% por término medio en 2008-2012 con respecto a sus niveles de 1990. Para hacerlo, algunos países, encabezados por Estados Unidos, exigieron que se establecieran tres “mecanismos de flexibilidad”. El primero consiste en la creación de un mercado en el que los países industrializados negociarán entre sí la compra y la venta de permisos de emisiones. El segundo es un programa de “aplicación conjunta” (
AC), que les dará derecho a créditos de carbono como contrapartida de las reducciones de emisiones que hayan financiado en la Europa ex comunista (por ejemplo, apoyando programas de descontaminación industrial). El tercero es un “mecanismo para un desarrollo limpio” (MDL), equivalente del programa de aplicación conjunta, pero esta vez entre países industrializados y en desarrollo. Ello daría lugar a un “comercio internacional del aire” vivamente criticado por numerosos expertos y militantes ecologistas, que acusan a los países que más contaminan de querer eludir mediante ese mecanismo la obligación de reformar a fondo, en sus territorios, su modelo de consumo energético.
Ahora bien, la incorporación del concepto de sumidero de carbono a las disposiciones del Protocolo de Kioto es una manera de hacer más flexible su aplicación: según el artículo 3.3, “la acción humana directamente relacionada con el cambio de uso de la tierra y la silvicultura,
1 limitada a la forestación, reforestación y deforestación desde 1990” podrá ser utilizada por los Estados para cumplir sus compromisos. Supongamos que una empresa financia hoy un proyecto de reforestación en su país, o que los Países Bajos patrocinan plantaciones de árboles en Polonia, en 2008-2012 calcularán las cantidades de CO2 que esas plantaciones hayan absorbido y las contabilizarán como reducciones de sus propias emisiones de gei.
El artículo 3.4 del Protocolo añade, sin más precisiones, que otras actividades humanas relacionadas con las variaciones de las emisiones y la absorción de gei, podrán también ser tomadas en cuenta. “Esos artículos constituyen soluciones de compromiso de último minuto”, recuerda Michel Raquet, de Greenpeace Europa: “Fueron redactados sin que se supiera muy bien lo que implicaban, y no todo el mundo estaba de acuerdo en las definiciones de los términos empleados. Ahora bien, éstos difieren según las instituciones y los países.” Las negociaciones futuras decidirán.
También tendrán que determinar si los sumideros de carbono entrarán o no en el
MDL. En caso afirmativo, los países del Norte podrán financiar proyectos de silvicultura o de lucha contra la deforestación en el Sur para obtener créditos de emisiones, en lugar de invertir dentro de sus fronteras en la limitación de los desechos industriales y de los transportes, lo que suele ser más oneroso.
El I
PPC, órgano científico del Convenio de 1992, augura un futuro brillante a los sumideros de carbono. Como recuerda la FAO, el IPPC “estima, con un nivel medio de seguridad, que, a nivel mundial, la retención de carbono derivada de la menor forestación, la regeneración forestal, el incremento de las plantaciones y el desarrollo de la agrosilvicultura2 entre 1995 y 2050 podría suponer entre el 12 y el 15% de las emisiones de carbono originadas por los combustibles fósiles en el mismo periodo”.
Arthur Riedacker, experto francés que participa en los trabajos del I
PPC, destaca que esos proyectos producen biomasa y madera de construcción, lo que limita también el consumo de energía fósil. La biomasa es una energía renovable de sustitución. En cuanto a la madera, puede reemplazar al plástico o al hormigón, cuya fabricación exige hidrocarburos. Pero, para Ashley Matton, del Worldwatch Institute, existe el riesgo de que el mecanismo de los sumideros de carbono se utilice para eludir la aplicación de los términos del Protocolo al permitir que grandes cantidades de carbono fósil sigan contaminando la atmósfera y al favorecer “prácticas forestales inadecuadas”.
Para prevenir esos riesgos, todo el mundo concuerda en que el concepto de sumidero de carbono ha de ser objeto de un examen y de una reglamentación muy estrictos. El I
PPC, que entregará su informe en mayo de 2000, debería definir con precisión los términos “forestación”, “reforestación” y “deforestación” del artículo 3.3, pues en caso contrario se desarrollarán prácticas aberrantes. De acuerdo con el texto actual, por ejemplo, un Estado podría arrasar un bosque viejo y replantar especies de crecimiento rápido, explica Bill Hare, especialista de Greenpeace. Las talas no se contabilizarían en sus emisiones, pero la reforestación le daría derecho a créditos de carbono. En ese caso, los países en cuestión se beneficiarían, pero no así la atmósfera ni el entorno: por un lado, un viejo bosque y su suelo almacenan más carbono que el que podría guardar una plantación joven; por otra parte, la biodiversidad sufriría con la operación.
Otra dificultad: si Japón financia un proyecto de protección de un bosque en Malasia, podría reclamar, como contrapartida, créditos de carbono equivalentes a las emisiones que habría acarreado la destrucción de ese bosque. Pero ¿cómo confirmar que ésta se habría producido realmente sin el proyecto japonés? Por lo demás, ¿de qué sirve proteger una porción de sabana africana si las poblaciones pueden ir a deforestar más lejos?
Por el momento, la cuestión de los sumideros suscita un animado debate. La comunidad internacional aparece dividida en tres grupos. Por un lado, diversos países desarrollados (Estados Unidos, Nueva Zelandia, Australia, etc.) procuran imponer una definición y utilización amplias de los sumideros. En ciertos países como Nueva Zelandia, la absorción de carbono resultante de las plantaciones de árboles representa porcentajes muy altos de las emisiones de gei. Si se tienen en cuenta sin restricciones, en 2008-2012 les permitirían cumplir sus compromisos sin adoptar ninguna medida en otros sectores (industria, transporte, vivienda, etc.).
En Estados Unidos, que se ha comprometido a disminuir sus emisiones en 7% de aquí a diez años, el mecanismo de los sumideros se emplea para “vender” el protocolo de Kioto al Congreso, que se niega a ratificarlo, afirma Ashley Matton. El gobierno de Bill Clinton sostiene que los sumideros “podrían representar una parte significativa de las reducciones de emisiones prometidas”. Según un artículo reciente de la revista New Scientist, Washington procura explotar el artículo 3.4 para hacer que los vertederos de productos derivados de la madera entren en la definición de sumideros de carbono: es cierto que es preferible enterrar los desechos del papel y de la madera que destruirlos (lo que libera
CO2). Pero ¿hasta dónde se llegará? “En el espíritu de Kioto, habría que orientarse hacia formas de desarrollo que emitan menos gei, lo que significa estimular el ahorro de energía, reformar los transportes, mejorar los procesos industriales y el hábitat. Los esfuerzos en materia de silvicultura vendrían después”, recuerda Riedacker.
Europa, segundo grupo de países, se muestra prudente: espera las conclusiones del Ipcc para pronunciarse. Por último, los países en desarrollo “están divididos”, según Ravindranath. “Lo que les interesa es el desarrollo, más que el carbono”, añade Youba Sokona, miembro de un grupo de trabajo del I
PPC.

Las prioridades del desarrollo
A cada cual sus decisiones y sus limitaciones en materia de desarrollo. La India, China y los países del sudeste asiático, que disponen de industrias competitivas, parecen más bien hostiles a la introducción de proyectos de silvicultura en el mdl. Preferirían recibir inversiones de los países ricos en proyectos industriales, que suponen mayores transferencias de tecnología. En cambio, a ciertos Estados de América Latina, como Costa Rica, que centran su desarrollo en el ecoturismo, les interesa desarrollar sus bosques.
En cuanto a los países africanos, donde la mitad de las emisiones de gei está ligada a la deforestación, lo cierto es que vacilan. En un continente en que el imperativo esencial es la seguridad alimentaria, temen que se confisquen tierras agrícolas para plantar árboles. Pero dada la fragilidad de su estructura industrial, existe el riesgo de que no aprovechen para nada el mdl si los proyectos forestales quedan excluidos. Así, varios expertos son favorables a ellos, con ciertas condiciones. “Los parques protegidos no nos interesan”, resume Sokona. “Obligan a desplazar poblaciones sin ofrecerles nada a cambio. Es demasiado fácil para los países ricos venir a plantar árboles en nuestro territorio, cercarlos, y ganar créditos de carbono. En cambio, soy partidario de la agrosilvicultura, que responde a nuestras necesidades.”
Por el momento, pocos Estados asumen una postura clara. Cada uno hace sus cálculos para encontrar su verdad en el fondo de los sumideros. La verdadera batalla debería librarse después de mayo de 2000, cuando el I
PPC haya entregado sus conclusiones.

El Correo de la UNESCO