Grandes remedios para grandes males

CERO EN CONDUCTA
Lucía Iglesias Kuntz, periodista del Correo de la UNESCO
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“Disciplina, orden y compromiso” son los valores que una escuela estadounidense trata de inculcar en sus alumnos, que por lo general tienen un pasado difícil. En la foto, 14 alumnos castigados en el pasillo.






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Las agresiones y peleas entre alumnos enturbian a menudo la buena marcha de los cursos escolares.







“Se ha investigado mucho sobre el rendimiento académico de los alumnos y sobre cómo mejorarlo, mientras que su desarrollo social y emocional nos preocupa poco”.






Grandes remedios para grandes males

Expertos, empresas e instituciones de diversos países han propuesto a las autoridades educativas programas especiales para vencer la indisciplina. Así por ejemplo, en Sevilla (España), cualquier escuela que lo solicite puede integrarse en el proyecto Sevilla Anti Violencia Escolar (SAVE). Puesto en marcha en 1996 por la catedrática de Psicología de la Educación y el Desarrollo Rosario Ortega Ruiz, su propósito es prevenir la aparición de malos tratos entre los alumnos mejorando la convivencia y las relaciones interpersonales. Mediante cuestionarios y otras técnicas exploratorias, un grupo de expertos del programa estudia la situación en el centro y elabora un informe detallado de la situación.
Si a la vista de este informe el profesorado decide acogerse al programa, los especialistas de SAVE establecerán un sistema de apoyo a la labor educativa del profesorado y se constituirá un grupo de trabajo para la prevención de la violencia . Además, el equipo que dirige la profesora Ortega ha elaborado con financiación española y europea un paquete didáctico titulado “Convivencia escolar. Qué es y cómo abordarla”, distribuido en todas las escuelas públicas de Andalucía.
En Georgia (Estados Unidos), se aprobó en abril de 1999 una ley que requería a las 6.500 escuelas de ese estado “crear un programa de educación del carácter para todos los grados” a partir del curso 2000-2001. Para implementarla, el Departamento de Educación creó recientemente el Character Education Center, que trata de fortalecer en los niños rasgos como coraje, patriotismo, ciudadanía, honestidad, respeto por el otro, amabilidad, cooperación, autoestima, cortesía, compasión, tolerancia, diligencia, generosidad, puntualidad, aseo personal o respeto al medio ambiente. Jason Wetzel, director adjunto del centro, confía en que el “modelo georgiano”, como empieza a conocerse el sistema en los medios de comunicación nacionales, “reducirá la violencia, creará mejores estudiantes y ciudadanos, y en suma, una comunidad mejor y más civil”.
En Francia, la red Gaspar (Groupe académique de soutien et de prévention pour les adolescents à risques), creada por el Rectorado de Lille en 1989, ha intervenido desde entonces en 150 establecimientos del norte del país. Su eje de actuación es la prevención y el interés principal estriba en que, además de profesores y directivos, da cabida a estudiantes voluntarios.
En Japón, el programa “Educación del corazón” (Kokoro no kyoriku), patrocinado por el ministerio de Educación, tiene como meta revitalizar el civismo y la responsabilidad entre los jóvenes nipones, así como defender y promover la dimensión espiritual y moral de la educación.
Por último, en otros lugares se ensayan iniciativas más marginales, o escuelas especializadas en abordar problemáticas complejas. Se trata de una especie de escuelas de la última oportunidad, aunque por lo general los expertos coinciden en criticar esta especie de segregación, casi siempre temporal, de los alumnos problemáticos. Para Rosario Ortega, separar a los alumnos más problemáticos no es una buena solución, porque “la educación pública y gratuita debe atender a los niños en su contexto social y asumir los problemas reales tal y como son. Otra cosa es que en casos extremos estos niños necesiten una reeducación específica, que puede hacerse también en su contexto natural, utilizando procedimientos específicos, que los hay”.

Faltas de respeto, insultos o vandalismo son la realidad cotidiana de muchas escuelas. Para poner freno a la creciente indisciplina, los docentes necesitan medios y capacitación.

Merlo, Argentina: “Un niño de 13 años herido de bala en el colegio.” Springfield, Estados Unidos: “Un muerto y 30 heridos en un tiroteo en un instituto.” Kobe, Japón: “Un escolar muere decapitado a manos de un adolescente de 14 años”. En los últimos años, asesinatos, agresiones, robos, conatos de incendio o peleas entre alumnos con resultados nefastos han ocupado las páginas de sucesos de los principales periódicos. Vigilantes de seguridad, controles policiales o detectores de metales han transformado a los institutos más problemáticos en verdaderos terrenos minados ante los ojos incrédulos de la opinión pública y la impotencia de los profesores.
Sin embargo, la violencia escolar no es sólo un problema de navajas, bates de béisbol o marihuana en las aulas; los comportamientos incívicos, la destrucción de los locales o del mobiliario escolar, la falta de respeto entre iguales o hacia un superior, que impiden el desarrollo normal de un curso académico, son situaciones a las que los docentes de establecimientos públicos o privados, de primaria o de enseñanza media, deben hacer frente día a día. El profesor Bernard Charlot, catedrático de Ciencias de la Educación de la Universidad de Saint-Denis, a las afueras de París, distingue entre cuatro fenómenos. En primer lugar, la violencia propiamente dicha, “que se manifiesta por golpes o injurias graves, por hechos que ante una corte de justicia constituirían delitos penales”. La indisciplina, en cambio, “es un desacato al reglamento interior, mientras que lo que llamamos incivilidades son ataques a las buenas maneras, como cerrar la puerta en las narices de un profesor o de otro alumno”. El último fenómeno, en su opinión no menos grave, es “una especie de indiferencia hacia el que enseña, a veces ostentatoria, que causa una angustia creciente entre los docentes”.
Entre los ejemplos de este tipo de actitud, Charlot cita el de alumnos que faltan continuamente a clase y piensan que no se les puede sancionar porque “no hacen mal a nadie”, o el de los que “viven su vida” sentados al fondo de la clase, y, cuando el profesor los invita a participar, le replican: “¡Pero si no le estábamos molestando!”
En cualquier caso, visitar una sala de profesores y preguntar qué les pasa a los jóvenes es atenerse a escuchar relatos de continuas faltas de respeto, insultos o vandalismo y comprobar que es escaso el bagaje que los educadores tienen a mano para imponer su autoridad.
Paloma Garrido, profesora de traducción en una universidad privada madrileña menciona entre los problemas de disciplina de sus alumnos la falta de puntualidad, los bostezos, algún teléfono móvil que suena en clase, “y cierta actitud prepotente hacia el profesor. Al verme joven piensan que pueden tratarme como a un compañero más”, cuenta Garrido, de 31 años y con siete de experiencia docente con alumnos de 14 a 20 años. En su opinión, es el profesor, y desde el primer día, quien tiene que establecer las reglas del juego: “Hay que saber mantener las distancias para que tengan claro que tú eres el profesor y no un amiguete”.
En México o en Italia, en Alemania o en India, los programas de formación de profesores, cuando existen, se centran en lo meramente curricular, sin ninguna mención a que esas enseñanzas deben impartirse en aulas a menudo masificadas y ante alumnos que, como en España, son testigos a lo largo del curso de una media de 8.000 asesinatos y 200.000 actos violentos por la pequeña pantalla.
Sin embargo, según el especialista argentino en Ciencias de la Educación Alfredo Furlán, “aunque la disciplina y la indisciplina son temas en general ausentes o muy poco abordados en la formación docente, los jóvenes que se preparan para el ejercicio de la enseñanza aprenden muy pronto su importancia estratégica. Controlar el orden en las aulas es la primera aptitud laboral que deben demostrar, pues fallar en ese punto les acarrea conflictos inmediatos con peores consecuencias que si sus esfuerzos didácticos no producen logros contundentes en el aprendizaje de sus estudiantes”.
Las causas de la indisciplina son de índole muy diversa, aunque varios estudios distinguen entre los motivos estructurales, es decir, las inevitables fricciones que surgen entre adultos y adolescentes cuando los primeros tratan de educar a los segundos y los motivos coyunturales, propios del tiempo en que vivimos. Gustavo Calotti, profesor de Lengua en un liceo de Mayotte (Comores) con quince años de pizarra a sus espaldas, no duda en afirmar que el comportamiento de los estudiantes es hoy “mucho peor” que hace diez o quince años. En su opinión, uno de los motivos es que “los jóvenes observan el mundo de los adultos y lo que les espera al terminar sus estudios: grandes posibilidades de no encontrar trabajo o empleos mal pagados. Están perdiendo el gusto por el esfuerzo, la alegría de ver una obra concluida. Si a ello unimos el concepto generalizado de que sólo triunfan los que tienen alma de ganadores, obtenemos una especie de desidia, de desgana perpetua que se refleja en su comportamiento”.
Alexandra Draxler, experta de la U
NESCO en materia de educación, prefiere no ver la indisciplina como una plaga o un fenómeno aislado, sino como “la contrapartida del enorme avance de los derechos de los individuos, de la democratización generalizada de la vida pública que se ha producido en los últimos veinticinco o treinta años. Antes había una selección previa, los problemas de la sociedad terminaban a las puertas de la escuela; los alumnos violentos se quedaban simplemente en la calle o eran expulsados y en las aulas reinaba una calma olímpica porque la represión era tan severa que los alumnos no se atrevían a transgredir las normas”.
También el profesor Charlot reconoce que “hoy llegan a los liceos alumnos cuyos padres o hermanos mayores no han hecho estudios secundarios, y desde el momento en que el sistema escolar acoge a un público que antes no entraba, hay ciertas reglas implícitas que dejan de funcionar. Los estudiantes carecen de esa ‘presocialización’ que tenían sus antecesores, y ello se refleja en su conducta”.
En efecto, la escuela no es una burbuja de jabón aislada de la sociedad, sino que reproduce sus problemas en escala reducida: falta de comunicación, pobreza, marginación, intolerancia, pérdida de valores... factores todos que desembocan en lo que el profesor español Antonio García Correa, catedrático de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Murcia, define como “analfabetismo emocional”. En su opinión, “los sistemas educativos se han preocupado más de crear cabezas repletas de conocimientos que cabezas bien hechas. Se ha investigado mucho sobre el rendimiento académico de los alumnos y sobre cómo mejorarlo, mientras que su desarrollo social y emocional nos preocupa poco. La consecuencia es que los alumnos saben más, pero se portan peor”.
Asimismo, la transformación de los sistemas educativos tiene mucho que ver con la conducta de los alumnos: “Se ha cambiado bruscamente de un régimen basado en prohibiciones y sanciones a un sistema de convivencia en el que se privilegia el contrato entre los miembros del sistema educativo. Y aún no hemos aprendido a aplicar este nuevo sistema”, estima Nora Rais, profesora de Literatura en la Patagonia (Argentina). Para ella, “volver al autoritarismo no es la forma de revertir la situación. Fomentar el diálogo, las actitudes de compromiso y la integración de valores puede ser un camino. Los docentes debemos funcionar como mediadores, pero para ello debemos estar capacitados”.
Por otra parte, el maestro ha dejado de ser un modelo a seguir, y la escuela no es ya garantía segura de ascenso social. A pesar de todo, sigue siendo una antena ineludible, junto con la familia, para promover y desarrollar los valores humanos en los jóvenes. En este sentido, muchos profesionales echan en falta la colaboración de los padres, a quienes muchas veces sólo interesan las notas de sus hijos y que pasen al curso siguiente. “Las familias dedican cada vez menos tiempo a la educación de sus hijos. Creen que basta con enviarlos a la escuela y no tienen clara la distinción entre la formación académica que nosotros brindamos y la educación a la vida social, que tiene que empezar en el hogar de cada uno”, dice Calotti.

La repuesta de las autoridades educativas
No obstante, el docente está cada vez menos solo ante el peligro; un repaso a las agendas educativas de algunos países muestra que en la actualidad la respuesta a estos problemas ocupa un sitio prioritario en el diseño de políticas de investigación, tratamiento y prevención de la indisciplina (ver recuadro). Las respuestas empiezan a vislumbrarse, aunque todas las fuentes coinciden con el sentido común al afirmar que, cuanto más medios tenga una escuela, menores serán sus problemas. Aumentar los medios permite, entre otras cosas, reforzar el cuerpo de profesores, limitar el número de alumnos por clase, establecer un buen sistema de tutorías o aumentar el personal auxiliar, introduciendo figuras clave en la educación del comportamiento, como el celador, el psicólogo o el asistente social.
Por último, si en algo coinciden cada vez más los profesores, y no olvidemos que son ellos quienes día a día dan la cara en las aulas, es en que la solución no está en castigar, expulsar a los alumnos o enviarlos al despacho del director. El civismo y la convivencia no son valores que puedan obtenerse en un día, han de surgir del esfuerzo cotidiano de todos: autoridades, comunidad educativa, padres... y los propios interesados, los jóvenes. Del reconocimiento de ello depende la formación íntegra, académica y social, de las futuras generaciones.

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Antonio García Correa, “Un aula pacífica para una cultura de paz”, Revista Electrónica Interuniversitaria de Formación del Profesorado, 1(1), 1998.
Disponible en
http://www.uva.es/aufop/publica/revelfop/v1n1agc.htm

“El control de la disciplina en las escuelas”, Revista Perspectivas. Vol. XXVII,I nº 4, diciembre de 1998.
Oficina Internacional de la Educación, UNESCO.

Programa SAVE: Universidad de Sevilla. Facultad de Psicología. Dpto. de Psicología Evolutiva y de la Educación San Francisco Javier, s/n 41005 Sevilla, España. Correo electrónico:
ortega@cica.es

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