
Antenas parabólicas en
los tejados de la ciudad siria de Alep.

En Egipto, las cadenas públicas
siguen siendo la distracción de la mayoría, pues sólo 10% de
la población tiene acceso a la televisión por satélite.
|
La revolución
del satélite en el mundo árabe
Con motivo de la crisis del Golfo, en 1990-1991,
las imágenes procedentes del cielo irrumpieron masivamente en el mundo árabe.
En la región como en otras latitudes, el conflicto dio a conocer a la CNN
y dejó al descubierto la mediocridad de las redes nacionales. Egipto fue el
primer país en reaccionar, desde 1990, utilizando su canal en Arabsat (un
satélite lanzado en 1986 bajo la égida de la Liga Arabe) para difundir
un breve programa destinado a sus tropas que combatían contra Irak. El Cairo
transformó este ensayo lanzando al mismo tiempo la cadena ESC (Egyptian
Satellite Channel).
Pero fue la llegada al mercado audiovisual de los magnates saudíes la que
marcó el comienzo de la “revolución del satélite”. En 1991,
el multimillonario Saleh Kamel funda la Mbc (Middle East Broadcasting Corporation),
una cadena general no codificada con sede en Londres, antes de cederla a Walid y
Abdelaziz al-Ibrahim, ambos cuñados del rey Fahd. En 1994, Saleh Kamel se
asocia con el príncipe al-Walid ben Talal ben Abdel Azizi, para crear un operador
de cadenas codificadas agrupadas bajo la sigla ART (Arab Radio and Television). El tercer gran actor
saudí privado en el mundo audiovisual árabe es el operador Orbit, fundado
en 1994 por el príncipe Fahd ben Abdallah ben Abdel Azizi, sobrino del monarca
saudí. Con estas iniciativas, Ryad se tomaba una importante revancha sobre
la tradicional supremacía egipcia en las ondas. A lo largo de los años
sesenta, La Voz de los Arabes, emitida desde El Cairo, había llamado a derribar
a los “reaccionarios” saudíes.
Desde mediados de los años noventa, la mayor parte de los países de
la región cuentan al menos con un canal por satélite, que retoma muy
a menudo la cadena hertziana nacional. Egipto hizo un esfuerzo especial al lanzar
en 1998 el primer satélite nacional del mundo árabe, Nilesat, que le
permite multiplicar las cadenas especializadas e imponer su descodificador numérico
en el mercado. Otra novedad de finales de los años noventa es la llegada de
las cadenas dedicadas exclusivamente a la información como Al-Jezira, fundada
en 1997 y con sede en Qatar, y ANN (Arab News Network) lanzada ese mismo año por
Soumar al-Assad, sobrino del presidente sirio. Han obtenido un éxito indiscutible
y Al-Jezira se ha impuesto como la “CNN del mundo árabe”. Sus debates, que dan suma
importancia a la controversia, la libertad de tono y la puesta en escena espectacular
de la información le valen una audiencia difícil de medir pero apreciable.
El Líbano constituye un caso aparte. Durante la guerra civil (1975-1990),
la anarquía total que reinaba en los medios audiovisuales locales favoreció
el pluralismo y la libertad. A mediados de los años noventa, las autoridades
vuelven a controlar la situación, reducen drásticamente el número
de autorizaciones de emisión y proceden a una verdadera distribución
político-comunitaria del mercado audiovisual. Dos cadenas dominan hoy día
el mercado y han adquirido prestigio fuera de sus fronteras: la LBCI (Lebanese
Broadcasting Corporation International), famosa por su profesionalismo y sus chispeantes
presentadoras, y Future-TV, perteneciente al ex primer ministro y hombre de negocios
Rafiq Hariri.
Como explica Jon Alterman, responsable del programa Oriente Medio del Instituto Estadounidense
de Investigaciones para la Paz, “nadie sabe exactamente cuántas personas miran
las cadenas por satélite, quiénes son y qué ven”. Todavía
no existen estructuras comerciales ni de marketing. Una sola cosa es segura: ninguna
de ellas es rentable, con excepción quizás de la LBCI libanesa.
Al-Jezira se ha fijado cinco años para equilibrar sus cuentas y ser “privatizada”.
Es muy probable que sea comprada por su poderoso mecenas y fundador, el jeque Hamad
ben Jassem ben Jabr al-Thani, Ministro de Asuntos Exteriores de Qatar. En cuanto
a los operadores que utilizan la fórmula de pago por visión, como Orbit,
distan mucho de haber alcanzado el umbral de rentabilidad.
La credibilidad, la audiencia y los medios financieros de los mecenas realizarán
seguramente una selección en los años venideros.
|
|
La aparición
de cadenas de televisión por satélite abre una brecha en los monopolios
estatales del mundo árabe y favorece un asomo de pluralismo.
El 21 de octubre de 1999, las fuerzas sirias de seguridad asaltaron
la residencia de Rifaat al-Assad, hermano del presidente Hafez al-Assad, en Lattaquié.
¿Cuál fue la razón de este terremoto político en Siria?
Un programa difundido en la cadena por satélite ANN (Arab News Network) que dirige Soumar, hijo
mayor de Rifaat, en el que un ex embajador de Estados Unidos en Jordania ponía
en duda la capacidad del hijo de Hafez, Bachar-al Assad, para suceder a su padre.
Ya en 1997 un reportaje sobre la recepción dada en Lattaquié por Rifaat
al-Assad en honor del entonces príncipe heredero saudí, Abdallah, había
provocado la cólera de Damasco porque no respetaba la etiqueta. Cualesquiera
que sean sus objetivos –información o propaganda–, las cadenas de televisión
por satélite han contribuido a que las imágenes sean un elemento decisivo
de la vida política de una región que nunca ha brillado por su pluralismo
audiovisual.
El impacto de las imágenes es grande, y la cadena ANN no es más que uno de los protagonistas.
Un ejemplo: con ocasión del cincuentenario de la naqsa (“catástrofe”,
en árabe), que marca el nacimiento del Estado de Israel y la derrota árabe
de 1948, los telespectadores árabes de la Middle-East Broadcasting Corporation
(MBC,
ver recuadro) pudieron ver el mismo documental que el público
israelí, rodado y producido por la BBC británica. “El gobierno jordano negó,
desmintió, echó pestes contra el pasaje en el que se señala
que el rey Hussein había advertido a Israel de la inminencia de una guerra
en octubre de 1973”, recuerda Jon Alterman, responsable del programa Oriente Medio
del Instituto Estadounidense de Investigaciones para la Paz. “Lo esencial es que
no pudo censurarlo.” “A la larga”, prosigue este catedrático norteamericano,
“los obstáculos a la libertad de informar y de informarse irán desapareciendo.
La capacidad de los Estados de actuar como censores se reduce año tras año,
aunque países como Egipto y Jordania hayan adoptado recientemente leyes represivas
contra la prensa.” A su juicio, los gobiernos van a verse obligados al menos a tener
en cuenta a su opinión pública, a falta de instaurar verdaderas democracias.
“Y los que se abran con mayor reticencia van a quedar al margen del resto del mundo.”
El éxito de la cadena Al-Jezira de Qatar es muy elocuente en este sentido.
“Ha introducido debates que muestran puntos de vista contradictorios”, destaca Alterman.
En efecto, desde su creación en 1997, Al-Jezira se ha convertido, gracias
al profesionalismo de sus presentadores, procedentes del antiguo servicio árabe
de la BBC
británica, en un emblema de la libertad de expresión en el mundo árabe.
Además, como Qatar es un Estado pequeño, sin grandes intereses geopolíticos
que defender pero muy rico, puede permitirse criticar a sus poderosos vecinos y hacer
que en su cadena por satélite se den cita todos los opositores del mundo árabe.
Al-Jezira le ha permitido incluso adquirir una estatura regional.
¿Es una de las excepciones que confirma la regla? Daoud Kouttab no comparte
esta visión “liberal” de un avance constante hacia la democracia posibilitado
por la libre competencia en el mercado de la información. Este periodista,
muy respetado en el mundo árabe, fue el primer presidente de la televisión
palestina, antes de ser despedido por su independencia de espíritu. Encarcelado
sucesivamente por el ejército israelí y por la Autoridad Palestina,
dirige actualmente el Instituto del Filme de Jerusalén. Destaca en primer
lugar que las numerosas cadenas árabes por satélite no son sino excrecencias
de las cadenas del Estado. “En su mayoría fueron creadas por los Estados con
el solo afán de afirmar su proyección más allá de sus
fronteras. Por eso, a menudo se limitan a difundir música clásica con
un fondo de flamencos rosados y un pequeño emblema o una bandera a la izquierda
de la pantalla. También por eso dedican más recursos a los aspectos
técnicos que a los programas.” Además, añade, esas cadenas son
el último lugar donde los realizadores árabes independientes van a
buscar financiamiento. Por razones de costos o de connotación política,
los programas (documentales sobre animales, reportajes anodinos, telenovelas) son
comprados esencialmente en Europa y en Estados Unidos. De ahí, estima Kouttab,
que se produzca una auténtica esquizofrenia en los telespectadores: el desfase
entre su entorno real y las imágenes que la pequeña pantalla les ofrece
es igualmente pronunciado en las cadenas nacionales estatales que en las cadenas
por satélite.
En cuanto al papel de estas últimas en la aparición de una información
independiente, Kouttab es también escéptico pues, con justa razón,
no observa resultados concretos. Hace algún tiempo, un ministro de Información
le confió: “Puedo cambiar y modernizar todo lo que quiero. Pero la primera
información del telediario siempre será una reseña de las actividades
del día del jefe del Estado.” Ese es, poco más o menos, el telediario
que difundirán las cadenas por satélite dependientes de ese Estado.
Para Kouttab, las cadenas por satélite son ante todo armas de guerra de algunos
Estados o políticos poderosos contra sus vecinos y rivales: “De hecho, aunque
la información que circula por ellas es más rica y variada que en las
cadenas locales, ello se debe más al afán de perjudicar a los enemigos
que a la voluntad de informar al público.” Las cadenas saudíes, por
ejemplo, son muy exigentes y respetuosas del pluralismo cuando hablan de los países
vecinos, del Yemen por ejemplo, pero dejan de serlo cuando se trata de política
interna.
El otro peligro, destaca Kouttab, “es que esas cadenas crean una sociedad de la información
en dos niveles: por un lado, los que tienen acceso a informaciones procedentes del
exterior y, por otro, una inmensa mayoría que debe contentarse con la propaganda
oficial.” Pues, aunque Alterman insiste en que hay que cada vez más hogares
que se equipan para captar la televisión por satélite, siguen siendo
una minoría. “En el Golfo, dos tercios de la población posee antenas
parabólicas, pero sólo uno de cada cinco habitantes en Palestina, el
Líbano y Jordania. Y apenas entre 7 y 10% de los egipcios tienen acceso a
la televisión por satélite.” Así, en Egipto, el país
más poblado del mundo árabe pero también uno de los más
pobres, el acceso a la información pluralista es un arma más para la
clase dirigente. En un plano más trivial, este verano los telespectadores
egipcios se vieron privados de las imágenes de la Copa de las Confederaciones
en la que participaba el equipo nacional de fútbol porque ART,
un operador de cadenas codificadas por satélite (ver recuadro),
había comprado la exclusividad de las transmisiones.
Los escasos intentos de prohibir este tipo de recepción no han tenido ningún
efecto. En 1994, las autoridades de Arabia Saudí habían tratado de
hacerlo con fines menos políticos o morales (algunas películas captadas
gracias a las antenas parabólicas se consideran contrarias a las buenas costumbres
islámicas) que comerciales: en realidad procuraban favorecer a los operadores
del cable, vinculados a la familia real. Más adelante, el régimen volvió
a adoptar una actitud más favorable a las antenas parabólicas. Hoy
el único país árabe que no vive en la era del satélite
es Irak.
Imágenes
que trascienden fronteras
Es innegable que las cadenas
por satélite ejercen una influencia profunda en las sociedades árabes.
Contribuyen por ejemplo a crear lo que Alterman llama “una identidad básica”,
forjada por imágenes y referencias comunes que al ser difundidas por esas
nuevas cadenas en todo el mundo árabe trascienden las fronteras nacionales.
Esta identidad es mucho más sólida que la que los gobiernos han tratado
de fabricar valiéndose de falsa propaganda. Además, esas cadenas establecen
un vínculo entre los árabes que viven en la región y la diáspora
que la abandonó por el Occidente.
La irrupción de esos actores audiovisuales de nuevo cuño, aunque no
sean numerosos, ha contribuido a cambiar la situación. “Y la competencia se
vio obligada a seguir la corriente”, observa Alterman. Cita el ejemplo de la Mbc,
“que mantiene lazos evidentes con el gobierno saudí, pero que ya no puede
permitirse el lujo de pasar por la Voz de Ryad pues podría perder audiencia.”
Más atractivas y modernas, las nuevas cadenas por satélite amenazan
los monopolios estatales. Como subraya Douglas Boyd, profesor de la Facultad de Comunicación
e Información de la Universidad de Kentucky “la falta de credibilidad de los
medios locales es la primera razón del entusiasmo que despierta la televisión
por satélite”. La competencia venida del cielo ha movido a las cadenas públicas
a abrirse y a innovar. La televisión estatal egipcia se ha convertido en una
gran consumidora de programas de entrevistas que, aunque inofensivos, crean al menos
la ilusión de un debate. La televisión jordana terminó por invitar
a Leith Chbeylat, el opositor más virulento a la monarquía, antes que
verlo aparecer, una vez más, en los programas de Al-Jezira. “Incluso en Siria
la televisión ha experimentado un desarrollo sorprendente en los últimos
quince años”, observa Nabil Dajani, profesor de sociología de la Universidad
Americana de Beirut. En cuanto a Qatar, ha suprimido lisa y llanamente el Ministerio
de Información.
“Paradójicamente, la conjunción de intereses opuestos, de políticas
de reacción de los Estados y de la competencia entre los distintos operadores
ha hecho progresar el pluralismo. Un pluralismo tendencioso y estrecho pero un embrión
de pluralismo”, concluye Boyd.

Universitad americana de El Cairo: http://www.tbsjournal.com
El Correo de la UNESCO
|