La guerra y la paz

Un nuevo frente de oposición
Entrevista realizada por René Lefort, director del Correo de la UNESCO.
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“Los medios van a reflejar cada vez más todo lo que sucede en la sociedad debido a la aparición de múltiples redes de información alternativa.” En la foto, José Bové, líder de la Confederación Francesa de Agricultores, haciendo declaraciones a la prensa.







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La guerra y la paz

La guerra y la paz
“La cultura de paz y los valores humanistas a los que aludo sin cesar son para mí una sola y misma cosa. El tema de la cultura de paz comprende, evidentemente, la eliminación de la guerra. Es esencial porque de algún modo la paz se ha convertido en el lujo de las sociedades desarrolladas. En ellas se ha logrado eliminar la guerra de nuestra vida cotidiana. Pero desde hace muy poco: mi generación, que tiene hoy unos 50 años, es la primera en Europa que no se ha dedicado a matarnos unos a otros. Pero ni siquiera esto se aplica a toda Europa: fíjese en la ex Yugoslavia. Y, sobre todo, no se aplica al resto del mundo, asolado por decenas de conflictos armados a los que los medios de comunicación sólo se refieren de vez en cuando. Si los países desarrollados ya no están en guerra, los pobres del mundo sí lo están. La cultura de paz supone, para empezar y por encima de todo, acabar con las guerras, porque para una gran parte de la humanidad no son un problema abstracto.
Si abordamos el tema de la guerra en un sentido más amplio, el de la violencia individual y cotidiana, desde la violencia de esos niños que en Estados Unidos matan a sus compañeros de clase hasta la violencia de la que siguen siendo víctimas tantas mujeres, la cultura de paz remite entonces al conjunto de los problemas sociales. La violencia ocupa un lugar central en nuestras sociedades y, para eliminarla, se impone un cambio cultural radical. La cultura de paz es hoy el valor más esencial y, al mismo tiempo, el más fácil de entender y de asimilar por cualquiera.”

M.C.








El cambio social se producirá. Como los sistemas políticos no son ya capaces de hacerlo, ese cambio vendrá de fuera, precisamente de aquellos movimientos que tienen en común ideales humanistas y una organización novedosa.

Para el sociólogo español Manuel Castells*, la violencia exacerbada por la mundialización suscitará una oposición poderosa e inédita a escala planetaria.

Usted afirma que numerosos movimientos a los que califica de ético-prácticos se conectarán poco a poco entre sí hasta frenar los efectos negativos de la mundialización. ¿Llegarán a constituir una especie de “gran coalición” mundial?
Para empezar, la palabra “coalición” no debe entenderse en el sentido de organización. Me cuesta imaginar la creación de una especie de megaorganización internacional de la solidaridad como sucesora de las antiguas asociaciones obreras o políticas. Instrumentos como Internet permiten a esos movimientos entrar en contacto con una eficacia mucho mayor y sin ponerlos bajo un control burocrático, que es inseparable de la lógica propia de las organizaciones. Me parece más factible la aparición de interacciones cada vez más fuertes entre comunidades de base muy activas, adaptadas a su propio entorno para llevar a cabo una tarea concreta, constantemente interconectadas por redes electrónicas y que sólo de vez en cuando concentrarán sus fuerzas en una acción internacional importante.

¿Qué lo lleva a esa conjetura?
En un razonamiento por eliminación. La experiencia histórica demuestra que la injusticia y la opresión suscitan siempre una reacción. Vivimos en un mundo muy creativo, en el que la riqueza de la información aumenta de manera exponencial, pero, al mismo tiempo, cada vez más injusto, opresivo y absurdo. Entre la violencia generalizada —la realidad actual— y esa armonía universal a la que se podría llegar, el contraste es terrible. De modo que debe existir el potencial de rebelión.
Por otra parte, las organizaciones y los instrumentos de carácter político que se han utilizado en el siglo que termina, los gobiernos en particular, han perdido legitimidad. La inmensa mayoría de los ciudadanos no confía ya en ellos para actuar, a no ser siguiendo iniciativas procedentes de otras instancias.
Puesto que la movilización colectiva contra la injusticia y la opresión es no sólo inevitable, sino que ya va cobrando forma —el individualismo y el cinismo no son en absoluto la norma universal—, el cambio social se producirá. Como los sistemas políticos no son ya capaces de hacerlo, ese cambio vendrá de fuera, precisamente de aquellos movimientos que tienen en común ideales humanistas y una organización novedosa.

Pero, ¿no va toda idea de agrupamiento a contracorriente de la tendencia general al individualismo?
Sí y no. Sí, por lo que se refiere a la ideología dominante en nuestras sociedades avanzadas. No, porque si consideramos el mundo en su totalidad, ese agrupamiento coincide con grandes movimientos comunitarios y de solidaridad primaria, estrechamente relacionados con valores espirituales y cuestiones de identidad. Sin embargo, por su apertura se diferencia radicalmente de movimientos centrados en sí mismos y excluyentes, pues puede integrar a cualquiera que comparta valores universales y sienta la solidaridad del género humano y la de éste con la naturaleza, incluso si su acción tiene un campo de aplicación limitado. Es, por lo demás, lo que le da sentido.

¿Tendrá ese sentido fuerza suficiente para culminar en una estrategia de oposición a los defectos actuales de la mundialización?
No creo que se construya una estrategia unificada, coherente, a largo plazo, en torno a una especie de contraprograma. Ello no pasaría de ser una reminiscencia de viejas militancias, que trataría de infundir nuevos contenidos a antiguas formas de lucha rechazadas por la inmensa mayoría de miembros de esos movimientos. Organizarán encuentros de gran valor simbólico, como en Seattle, pero esencialmente seguirán actuando de manera dispersa, en torno a un problema local y, a veces, mundial. Por mundial entiendo aquí todo lo que va de la protección de las ballenas a la lucha contra la esclavitud.
Estos movimientos ejercen un efecto considerable en el proceso de mundialización. La actitud de la opinión pública, al menos en las sociedades democráticas, desempeña aquí un papel clave. En el fondo, la acción más directa de estos movimientos consiste en cambiar los valores de que está impregnada esa opinión y en obligar, al mismo tiempo, a las fuerzas políticas tradicionales y a los gobiernos a tenerlos en cuenta y apropiarse de ellos, incluso a costa de algunas deformaciones, pues esos movimientos utilizan los nuevos valores como una especie de moneda de cambio en la competición que libran las fuerzas políticas a través de las elecciones: haga suyos esos valores y haremos campaña en su favor.
Véase el ejemplo de los valores ecológicos. Se deben a un cambio de percepción de nuestras relaciones con la naturaleza. Han terminado por influir en el sistema político hasta obligarlo a modificar claramente su conducta en el lapso de diez o quince años, cosa que jamás habría hecho por su propia iniciativa.

¿De modo que el papel del Estado seguirá siendo crucial?
Sin la menor duda, aunque resulte paradójico para esos movimientos que desconfían tanto del Estado. La otra paradoja es que si esos movimientos decidieran empezar por movilizarse para obligar al Estado a cambiar de política fracasarían, porque carecerían de influencia suficiente sobre la sociedad. La correa de transmisión no va de esos movimientos al Estado, sino de los movimientos a las sociedades y de las sociedades al Estado. Básicamente, estos movimientos podrán actuar a través de la modificación de las mentalidades en la sociedad.

¿Vamos, pues, hacia una vida política infinitamente más fragmentada y a la vez infinitamente más fluida?
Exactamente. Y en la que, en el mejor de los casos, los partidos políticos que solían tomar las iniciativas pasarán a ser simples transmisores: se verán reducidos a estar a la escucha de los movimientos sociales para transformarlos en opciones gubernamentales. Los partidos que no sean capaces de hacerlo serán barridos por el sistema democrático, ya que el control y el monopolio de la información se reducen constantemente.
Contrariamente a las ideas recibidas, los medios de comunicación van a reflejar cada vez más todo lo que sucede en la sociedad debido a la aparición de múltiples redes de información alternativa. El final del monopolio de la información significa también el final del monopolio de acción del poder.


* Profesor de ciencias sociales en la Universidad de Berkeley, Estados Unidos, es autor de La era de la información (obra en tres volúmenes: La sociedad en red; El poder de la identidad; Fin de milenio), Madrid, Alianza Editorial.

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