
Mar de Aral

El viento esparce sal, arena y otros desechos de los fondos marinos que la catástrofe
ha dejado al descubierto. En la foto, Muinak (Uzbekistán), en el delta del
río Amu Daria.

Un triste récord: la región del mar de Aral cuenta con una de las tasas
más elevadas del mundo de niños con malformaciones o minusvalías.
Después
de diez años de misiones de rescate, el mar de Aral sigue figurando en la
lista de catástrofes ecológicas mundiales. Según algunos expertos,
es el caso típico de demasiados actores que intervienen demasiado tarde con
recursos demasiado escasos y con enormes intereses no siempre compatibles con la
protección ambiental

Un bebé recibe tratamiento por una malformación en el hospital infantil
de Nukus (Uzbekistán).
Las organizaciones internacionales empiezan a ejecutar algunos de sus proyectos de
ayuda a la población proporcionándole agua potable y una mejor
atención sanitaria.
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Datos y cifras
Uzbekistán
Capital: Tashkent
Superficie: 447.000 km2
Población: 23,7 millones
Tasa de alfabetización de adultos: 99%
PIB per cápita: 870 dólares
Disminución anual del PIB per cápita (1988-1998): 2,1%
Esperanza de vida al nacer (años): 69
Tasa de mortalidad infantil (por cada 1.000 nacidos vivos): 24
Kazajstán
Capital: Astana (antigua capital Almaty)
Superficie: 2.717.300 km2
Población: 15,7 millones
Tasa de alfabetización de adultos: 99%
PIB per cápita: 1.310 dólares
Disminución anual del PIB per cápita (1988-1998): 6,7%
Esperanza de vida al nacer (años): 65
Tasa de mortalidad infantil (por cada 1000 nacidos vivos): 24
Fuente: Estadísticas del Banco
Mundial 1999
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La Unión
Soviética asoló el cuarto lago más grande del mundo. La región
padece una inundación de estudios internacionales y una grave sequía
de fondos.
“La salud
de las mujeres en edad fértil se degrada constantemente a causa de la mala
calidad del agua potable. El número de embarazos no ha variado, pero ha aumentado
el de abortos y el de niños nacidos muertos o con malformaciones. Tenemos
uno de los índices de mortalidad infantil más altos del mundo”, afirma
el director de la Maternidad de Aralsk, ciudad portuaria de Kazajstán, a orillas
del mar de Aral. Numerosas mujeres embarazadas son admitidas en esa maternidad para
que, al menos durante los tres últimos meses de gestación, tengan una
alimentación sana y agua potable. “Es mi noveno embarazo. Todavía no
he dado a luz a una criatura viva y tengo mucho miedo”, confiesa una mujer.
Una catástrofe
ecológica
El deterioro
de la salud y de los problemas ambientales de la población de los países
ribereños (Kazajstán y Uzbekistán) y de aquéllos cuyos
territorios forman parte de la cuenca del mar de Aral (Kirguistán, Tayikistán
y Turkmenistán) es la consecuencia directa del descenso del mar y de la contaminación
de los ríos que lo alimentan, provocados por la actividad humana. Al secarse
parcialmente, el mar ha dejado al aire 36.000 km2 de fondo marino recubierto de sales
que el viento deposita sobre miles de hectáreas de tierras cultivadas. Abonos
y pesticidas se han incorporado también al agua y a los canales de regadío,
con el envenenamiento consiguiente de los alimentos y del agua potable, lo que representa
una amenaza para cinco millones de personas.
Tras la desaparición de la Unión Soviética en 1991, los donantes
internacionales se precipitaron para evaluar las repercusiones ecológicas
del descenso del mar de Aral y proponer soluciones. Diez años después,
tras infinidad de estudios e informes, los expertos afirman que la rehabilitación
es imposible y que el problema ahora es evitar una catástrofe humana.
El mar de Aral empezó a retroceder en el decenio de 1960, cuando los planificadores
soviéticos desviaron las aguas de los ríos que lo alimentaban, el Amu
Daria y el Sir Daria, para regar cultivos de algodón y otros. Entre 1960 y
1990, la superficie ocupada por tierras de regadío en Asia Central pasó
de 3,5 a 7,5 millones de hectáreas y la región se convirtió
en el cuarto productor mundial de algodón. En los años ochenta, el
caudal de agua dulce que desembocaba en el mar de Aral representaba la décima
parte del de 1950. El aumento del nivel de salinidad destruyó la flora y la
fauna marinas, provocando la extinción de 28 de las 30 especies de peces y
devastando la industria pesquera.
Privado de las aguas que recibía, el mar de Aral empezó a retroceder
hasta perder la mitad de su primitiva extensión y un tercio de su volumen.
En 1989, se dividió en dos, un mar más pequeño al norte y otro
más grande al sur. Los dos principales puertos pesqueros, Moynaq en Uzbekistán
y Aralsk en Kazajstán, quedaron en alto y en seco, y las comunidades de pescadores
se encontraron a 100 kilómetros o más de la orilla.
El agua potable de la región contiene en la actualidad una cantidad de sal
por litro cuatro veces superior al límite recomendado por la Organización
Mundial de la Salud, con el aumento consiguiente de enfermedades renales, diarreas
y otras dolencias graves. La tuberculosis ha alcanzado proporciones de epidemia.
Se estima que en algunas ciudades hay 400 casos por 100.000 habitantes.
La población de esta región, antaño fértil, pedía
ya ayuda en tiempos de la Unión Soviética, pero la situación
se ha agravado desde la independencia de estos países a finales de 1991. Organizaciones
internacionales como el Banco Mundial, el Programa de las Naciones Unidas para el
Desarrollo (PNUD), la UNESCO y la Unión Europea ofrecieron ayuda.
Se pusieron en marcha diversas iniciativas: el Programa de la Cuenca del Mar de Aral
(ASBP), el Fondo Internacional para
la Rehabilitación del Mar de Aral (IFAS)
y la Comisión Interestatal de Coordinación de Aguas (ICWC). Sus propuestas despertaron grandes esperanzas
en la población de la región, que creyó que sus problemas iban
a quedar al fin resueltos.
Infinidad de
promesas, pero pocos resultados
Sin embargo, después de diez años de misiones de rescate, el mar de
Aral sigue figurando en la lista de catástrofes ecológicas mundiales.
Según algunos expertos, es el caso típico de demasiados actores que
intervienen demasiado tarde con recursos demasiado escasos y con enormes intereses
no siempre compatibles con la protección ambiental. Los organismos de ayuda
internacional se dieron cuenta muy pronto de la magnitud del problema y de que los
fondos asignados no serían suficientes.“Desde luego, aquí la gente
está muy decepcionada de la comunidad internacional”, afirma Antonius Lennarts
del Banco Mundial, en Almaty (Kazajstán). “Ha habido infinidad de actividades
y promesas, pero ningún seguimiento, y demoras muy prolongadas a causa de
la enorme cuantía de los fondos necesarios. Simplemente no existe dinero suficiente
para resolver un problema de esta magnitud.”
Ante la gravedad de la situación, Médicos sin Fronteras (MSF), organización humanitaria galardonada
en 1999 con el Premio Nobel de la Paz, ha puesto en marcha un programa de urgencia
para salvar a la población de Asia Central de lo que en un informe reciente
ha calificado de “posiblemente la catástrofe ecológica más grave
del mundo”. “Hasta la fecha”, afirma el informe de Msf, “se han efectuado evaluaciones
que han costado millones de dólares, pero la acción humanitaria ha
sido escasísima en la región.” ¿Por qué se ha gastado
tanto y se ha hecho tan poco.? “Quizá porque el problema es tan enorme que
todos quieren ayudar, pero muchos no saben ni por dónde empezar", explica
Barbara Britton, de la Organización de los Estados Unidos para el Desarrollo
Internacional (USAID), principal donante presente
en Tashkent.
Otro obstáculo es la falta de cooperación entre los cinco países
de la cuenca. “Empezaron haciéndose la competencia por la ayuda internacional,
en vez de cooperar para resolver el problema”, afirma el profesor J. A. Allan, especialista
en recursos hídricos de la Universidad de Londres. No obstante, los cinco
Estados crearon en 1993 el Fondo Internacional para la Rehabilitación del
Mar de Aral (IFAS) a fin de coordinar los proyectos
hidrológicos y agrarios. En 1995, sus dirigentes asistieron a una reunión
patrocinada por las Naciones Unidas en Nukus (Uzbekistán), que concluyó
con una declaración en la que consagraban su cooperación para remediar
las consecuencias humanas y ambientales de la crisis del mar de Aral. Pero, según
Barbara Britton, la desconfianza sigue reinando entre los Estados.
Así, cuando los uzbekos estuvieron encargados de la gestión de las
aguas, fueron acusados de proponer un programa de regadío para su país
en detrimento de todos los demás. A su vez, los uzbekos acusaron a Kazajstán
de privarlos de agua con la construcción de un embalse en el norte del mar
de Aral. Anatoli Buranov, director técnico del Comité Ejecutivo del
IFAS, admite que los Estados hubieran
podido comportarse mejor. “En un ambiente de euforia general por la reciente independencia,
después de tantos años de solidaridad forzada, nos dejamos arrastrar
por una dinámica centrífuga. Pero ahora entendemos la importancia de
la cooperación.”
La población
toma la iniciativa
Paradójicamente,
la lentitud y el retraso de las intervenciones exteriores tuvieron un efecto positivo.
La población de Kazajstán, harta de promesas incumplidas, logró
reunir la fabulosa suma de 2,5 millones de dólares para construir un dique
de arena de 14 km de longitud por 30 m de ancho, que transformó en lago el
mar de Aral del Norte, en las proximidades de Aralsk. Se ha procurado también
desviar del río Sir Daria menos agua que antes, y el dique construido retiene
ese caudal en el pequeño mar de Aral del Norte. El resultado es que el nivel
del agua se ha elevado en tres metros por primera vez en treinta años, y la
vegetación y las aves han vuelto a una zona que estaba desertificada. La mayor
afluencia de agua dulce redujo la salinidad y abre nuevas perspectivas a la industria
pesquera. Lo más importante es que el dique ha devuelto la esperanza a los
habitantes de Aralsk, “algo que hasta hace poco escaseaba por aquí tanto como
el agua”, comenta Aitbai Kuserbaliv, alcalde de la ciudad.
Por desgracia, el dique va a ceder bajo la presión de las lluvias y del aumento
del nivel del mar. En 1998 cedieron entre tres y cinco kilómetros, y el agua
pasó al mar de Aral del Sur. Según los funcionarios kazakos, el proyecto
no podrá sufragarse si no consiguen los 15 millones de dólares que
han pedido al Banco Mundial para construir una estructura permanente. “Les he escrito
hace varios meses y sigo sin noticias”, explica el alcalde. Parece verosímil
que el Banco Mundial aporte alguna financiación, habida cuenta de que están
en juego la supervivencia de un mar recobrado, el trabajo de docenas de obreros y
la subsistencia de varios centenares de pescadores afectados. “Hemos llegado a la
conclusión de que ese dique es necesario y los fondos están al llegar”,
declara Lennarts.
Incluso si el Banco Mundial financia el proyecto, sólo salvará la parte
más pequeña del mar de Aral. Para mantener en su nivel actual las aguas
del mar de Aral del Sur, hace falta que reciba, como mínimo, 20 km3 de agua
al año. Se han propuesto algunos proyectos grandiosos: desviar las aguas de
ríos de Siberia o del Mar Caspio, distantes 2.400 km y 500 km respectivamente.
El costo de cada uno de esos proyectos sobrepasaría los ocho mil millones
de dólares, y los países de Asia Central no tienen esos recursos.
Otra opción consistiría en aumentar el caudal del Amu Daria, lo que
amenazaría la agricultura en la región, sobre todo en Uzbekistán,
por donde pasa la mayor parte de su curso. Este proyecto podría suscitar una
viva resistencia entre los agricultores uzbekos, que dependen directamente de él
para regar. “Es una situación sumamente delicada. No se puede detener la agricultura.
La población se quedaría sin medios de subsistencia”, explica el profesor
Janos Bogardi, experto de la UNESCO en recursos hídricos.
“La prioridad
debe ser salvar vidas humanas”
Serían
necesarios miles de millones de dólares y varios decenios para introducir
nuevas tecnologías y cultivos con menos necesidad de agua. Es harto improbable
que Uzbekistán, segundo país exportador de algodón del mundo,
acepte renunciar a su principal fuente de ingresos.
Viendo tan remotas las perspectivas de salvar al mar, los expertos y la población
local parecen centrarse ahora en tratar de remediar la catástrofe social.
Si las condiciones actuales se mantienen, el mar de Aral del Sur habrá desaparecido
seguramente dentro de 25 años. “La prioridad debe ser salvar vidas humanas”,
afirma Vefa Mustafaev, experto de la UNESCO en hidrología.
Después de diez años de investigación y evaluación, las
organizaciones internacionales empiezan a ejecutar algunos de sus proyectos de ayuda
a la población proporcionándole agua potable y una mejor atención
sanitaria. El Banco Mundial ha financiado la creación de 25 estaciones de
control de la calidad del agua potable en toda el Asia Central. Tiene previsto sufragar
otros proyectos para mejorar prácticas agrícolas que consumen demasiada
agua dulce.
Los expertos estiman que la región necesitará unos veinte mil millones
de dólares para actividades ambientales y de desarrollo tales como modernizar
la agricultura, reducir la contaminación de los ríos y mejorar el abastecimiento
de agua potable. Los países de la región no están en condiciones
de hacerlo sin ayuda internacional.
Ahora bien, los recursos naturales de la región permiten albergar alguna esperanza.
Los Estados de Asia Central, poseedores de enormes reservas de gas y de petróleo,
podrían ser en años venideros uno de los principales actores del sector
mundial de la energía. Pero es difícil evaluar cuáles serían
las consecuencias para el mar de Aral.
El Correo de la UNESCO
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