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La ley de 1999 sobre la prensa

INDONESIA: EL ARDUO EJERCICIO
DE LA LIBERTAD


José Manuel Tesoro, periodista de Asiaweek en Yakarta
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En la época de Suharto, el semanario Tempo fue clausurado por haber tocado un tema políticamente delicado. Su reaparición en 1998 fue el símbolo de una nueva era de libertad de prensa.








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Tras la dimisión de Suharto, 718 nuevos títulos fueron autorizados. Las conferencias de prensa eran un hervidero de periodistas. Aquí, la del director del Fondo Monetario Internacional, Hubert Neiss, en diciembre de 1998.








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Furiosos ante la derrota de su candidato a la presidencia, Megawati Sukarnoputri, grupos de manifestantes protestan en octubre de 1999.











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La ley de 1999 sobre la prensa

• Libera a los medios de información de Indonesia del control discrecional del Ministerio de Información.
• Elimina el sistema de concesión de licencias de publicación.
• Establece multas y sanciones para aquéllos que infrinjan la libertad de prensa.
• Declara que la prensa es la única responsable de sus propias regulaciones.
• Por último, aboga por la elaboración de un código de deontología para los periodistas.

El control del gobierno sobre los medios de comunicación ha cesado, pero no hay consenso social en cuanto al alcance de esa nueva libertad de prensa.

Basta con salir a la calle para darse cuenta de los cambios que se han producido en Indonesia desde que los desórdenes callejeros de Yakarta pusieron término a los 32 años de dictadura del presidente Suharto en mayo de 1998. No es necesario buscar alguna de las manifestaciones que casi a diario perturban el tráfico en Yakarta y otras grandes ciudades. Basta avanzar hasta el puesto de periódicos más cercano y contemplar allí las portadas de docenas de revistas llamativas, de tabloides impertinentes y de periódicos sensacionalistas publicados en los últimos meses.
En ese país de 204 millones de habitantes (el cuarto del mundo por su población), la explosión de la prensa se produjo en un breve lapso de tiempo. En los doce meses siguientes a la renuncia de Suharto, el gobierno otorgó 718 nuevas licencias a medios de información, mientras que en más de medio siglo transcurrido desde la independencia del país sólo se habían autorizado 289. Más recientemente, en noviembre de 1999, el gobierno suprimió el todopoderoso Departamento de Información (conocido como Deppen). Durante decenios, este órgano del ejecutivo ejerció un estricto control sobre los medios de información y prohibió la publicación de cualquier tema que exacerbara los sentimientos étnicos, religiosos, raciales o políticos. Esta norma, que al principio se justificó por la multitud de grupos étnicos y religiosos que componían la nación, se extendió gradualmente a todo lo que pudiera molestar al gobierno.
A mediados de los años noventa, a medida que se cuestionaba la autoridad de Suharto, la prensa se tornó más audaz y el Estado endureció su posición. Cuando el destacado semanario Tempo informó sobre el debate suscitado en el seno del gobierno por la compra de 39 navíos de guerra de la ex Alemania Oriental, negociada por el entonces Ministro de Investigación y Tecnología, B. J. Habibie, su licencia de publicación fue revocada. Tempo desconoció la prohibición y obtuvo satisfacción ante dos tribunales de primera instancia, pero el Tribunal Supremo respaldó la decisión del Deppen. Luego el gobierno persiguió a los periodistas que habían formado un sindicato independiente. Varios perdieron su empleo, mientras dos de los sindicalistas y una secretaria fueron condenados en 1995 a penas de prisión por haber distribuido información considerada ofensiva para el gobierno.

Un periodo de transición
Una emisión de televisión muy popular fue también suprimida después de que su animador entrevistara a uno de los jueces que resolvieron en favor de Tempo.
Pero la decisión de los periodistas no decayó, en especial a partir de fines de 1997, cuando empezaron a informar sobre el descontento y la agitación crecientes en todo el archipiélago, y en especial sobre las manifestaciones estudiantiles contra Suharto. Después de la reelección de Suharto por el Parlamento indonesio por un séptimo periodo de cinco años, la portada de la revista D&R publicó una caricatura del presidente. El Deppen entabló un proceso a la revista, pero antes de que se resolviera el caso, los desórdenes callejeros se extendieron por toda Indonesia y Suharto dimitió.
Cuando su vicepresidente, B. J. Habibie, le sucedió para garantizar la transición, se temió que los tímidos progresos logrados por la prensa quedarían sin efecto. Esos temores aumentaron con la designación de un veterano del Timor Oriental, el general Yunus Yosfiah, como ministro de Información. Sin embargo, el respeto de la libertad de prensa ha sido uno de los mayores logros de ese gobierno de transición tan denigrado.
Uno de los primeros actos de Yosfiah fue suprimir el derecho de la Deppen a otorgar o revocar licencias de prensa. También modernizó el procedimiento de aprobación gubernamental de los nuevos medios de información. Pidió incluso a los solicitantes que denunciaran a todo funcionario del Deppen que solicitara favores (una participación financiera en una nueva empresa de comunicación, por ejemplo) como contrapartida de una licencia. Disminuyó de 14 a 4 el número de noticieros cotidianos oficiales que las radios estaban obligadas a difundir. Y autorizó la constitución de asociaciones de periodistas distintas de la P
WI, la única aprobada por el Estado. En una entrevista reciente, el general Yosfiah justificó esos cambios: “Las cosas ahora son diferentes. Consideramos a los periodistas como colegas. Nuestras concepciones han cambiado.” Un símbolo de la nueva actitud fue la reapertura de Tempo en octubre de 1998.
Al mismo tiempo, un grupo de editores y de emisoras propuso que se revisara la reglamentación de la prensa de la época de Suharto. La ley Nº 40, promulgada en septiembre de 1999, fue “la primera que liberó a la prensa de la tiranía”, según S. L. Batubara, presidente de la Asociación de Editores de Periódicos de Indonesia. El nuevo texto (
ver recuadro) modifica 25 artículos de la ley anterior, en virtud de la cual la prensa estaba sometida a la voluntad del Ministro de Información, y deja la regulación de la prensa en manos de los profesionales del ramo. La Sociedad de Prensa, Radio y Televisión de Indonesia impulsa actualmente a sus miembros a que nombren mediadores internos y está elaborando un código de conducta común.
Aunque la ley deja muchas cuestiones por resolver –especialmente en lo que respecta a la censura de las emisiones de radio, de televisión y de películas, así como a la distribución de las frecuencias–, constituye un gran paso adelante. Numerosos periodistas locales señalan que las injerencias militares o burocráticas han disminuido e incluso desaparecido.
Pero las restricciones legales eran una parte de las coacciones que sufría la prensa. En otros terrenos la prensa sigue siendo vulnerable. Por ejemplo, mientras la legislación prohíbe expresamente que esos medios puedan pertenecer a extranjeros, nada se dice sobre los conflictos de intereses dentro del país y los periodistas carecen de toda protección frente a los propietarios nacionales. Aunque Habibie toleraba las críticas a su gobierno y a la política aplicada, algunos de sus aliados y partidarios eran menos indulgentes. La agitación se desató cuando en noviembre de 1998 se reunió el colegio electoral para confirmar a Habibie y su política. Poco después, la estación privada de televisión S
CTV sufrió presiones: un banco estatal anuló un préstamo de 34 millones de dólares otorgado a esa emisora, obligándola a vender sus acciones mayoritarias en la compañía. Una empresa dirigida por un hermano de Habibie encabezó las negociaciones para obtener esa participación. En una declaración, los productores de los noticieros de SCTV denunciaron la actitud del gobierno que castigaba así a la emisora por sus reportajes sobre los desórdenes.
Otro zona oscura es la legislación penal, que contiene numerosos artículos referentes a la prensa, incluso uno que pena con cuatro años de prisión a los autores de artículos o emisiones considerados hostiles o insultantes hacia los miembros del gobierno. El código penal impide las encuestas sobre las faltas presentes o pasadas del gobierno –especialmente en el pasado la ley se empleó para amedrentar y controlar a los opositores. Yasmen Umar, redactor del diario Pontianak Pos de Kalimantan Occidental, estima que las personas que se consideran agraviadas por un artículo “buscan de inmediato una solución penal en vez de recurrir al derecho de respuesta”.
Además, la reticencia de las autoridades a facilitar en tiempo oportuno información precisa hace difícil dar cuenta de las actividades del gobierno, sobre todo cuando hay sospechas de corrupción. “Esa actitud de los funcionarios y las personalidades públicas limita enormemente nuestra actividad”, se lamenta Batubara. Un escándalo estalló recientemente en torno a la malversación de más de 70 millones de dólares destinados a la reestructuración del sector bancario por personas vinculadas al gobierno y al partido en el poder. Durante más de tres meses, el gobierno de Habibie, invocando el secreto bancario, se negó a dar a conocer el informe de un auditor independiente que seguía detalladamente la pista al dinero e identificaba a los beneficiarios.

Un ambiente peligroso
Pero los que están en el poder no son los únicos que interfieren en la labor de los periodistas. La Indonesia posterior a Suharto, que vive una situación de crisis económica y de exacerbación de los sentimientos separatistas, étnicos y religiosos en una atmósfera política tensa, se ha convertido en un país peligroso para el trabajo de los periodistas. No todo el mundo acepta la necesidad, ni siquiera el principio, de una prensa libre. “El público por primera vez debe aceptar opiniones que no siempre son compatibles con determinados grupos de presión”, afirma A. Lin Neumann, asesor de la Alianza de Prensa del Asia Sudoriental.
Un ejemplo es la cobertura del conflicto entre musulmanes y cristianos en Amboina, capital de la provincia multirreligiosa de las Molucas. Después de los desórdenes de comienzos de 1999, la ciudad quedó prácticamente dividida entre los dos grupos antagónicos. Los reporteros cristianos y los periodistas musulmanes sólo se sentían a salvo en los sectores de sus religiones respectivas. La imposibilidad de informar sobre lo que sucedía en ambas comunidades complicaba un tema de por sí delicado como es dar cuenta de los enfrentamientos religiosos. A los cristianos de Amboina les pareció que la prensa nacional daba más importancia a los ataques contra los musulmanes, y se tornó hostil hacia los indonesios que trabajaban en las agencias locales.
Mientras tanto, en Timor Oriental, al realizarse el referéndum sobre la independencia de agosto de 1999 organizado por las Naciones Unidas, las milicias armadas proindonesias expulsaron a los indonesios y extranjeros que trabajaban para la prensa internacional, convencidos de que la mayor parte de los observadores externos eran favorables a la separación de ese territorio. En medio del caos consecutivo a la votación, dos periodistas –uno indonesio y otro extranjero– perdieron la vida.
Desde que desaparecieron las restricciones gubernamentales, una crítica frecuente es que los periodistas no tienen conciencia de sus responsabilidades y deberes, y ni siquiera de sus derechos. “Cuanta más libertad se otorga a la prensa, mayores son las responsabilidades que ésta debe asumir”, afirma Atmakusumah Astraatmadja, director ejecutivo del Instituto de Prensa Soetomo, una de las pocas instituciones que proponen formación a los periodistas. Escasas son las universidades que cuentan con una facultad de periodismo.
Además de asistir a una serie de seminarios breves financiados con fondos del extranjero, los periodistas indonesios aprenden en el lugar de trabajo. Sus remuneraciones son bastante bajas. Un hábito muy arraigado consiste en retribuir bajo cuerda y con dinero en efectivo a los reporteros que asisten a una conferencia de prensa. Otro resabio de la época de Suharto es que la prensa sigue informando sobre los sucesos de actualidad citando sólo los puntos de vista y las declaraciones de personalidades públicas.

Márgenes de libertad
Aunque el periodismo en Indonesia ya no tiene trabas, carece de protección en un contexto legal mal definido. Periodistas y editores indonesios han de descubrir por sí solos hasta dónde sus comunidades les permitirán llegar; en otros términos, qué margen de libertad les permitirán sus lectores y espectadores. Hasta el momento no se percibe un consenso. De una encuesta reciente realizada por un observatorio local de los medios de información se desprende que tres de cada cuatro entrevistados estimaron que las investigaciones periodísticas estaban contribuyendo a la “desintegración nacional”.
La experiencia de Rusdi Amral, del periódico nacional Kompass en Macasar, capital de Célebes, es elocuente. Después de que Habibie, originario de esa provincia, no fue reelegido presidente en los comicios del 20 de octubre de 1999, los estudiantes de Macasar organizaron manifestaciones, en algunas de las cuales reclamaron la independencia de Célebes. Seis camiones de personas que protestaban llegaron al despacho de Amral exigiendo que el periódico otorgara mayor importancia a su movimiento. “Actualmente la prensa está en condiciones de enfrentar las amenazas de la burocracia, civil o militar. Lo que ahora nos inquieta son las amenazas de la población.” afirma Amral. La policía se abstuvo de intervenir cuando los manifestantes se aproximaron a su despacho. Amral y su personal tuvieron que hacer frente solos a los detractores.

El Correo de la UNESCO