
La ciudad vieja de Jerusalén,
plagada de antenas.
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La actualidad no ocurre, se
crea. Si no existiesen periodistas, no habría actualidad. Habría, simplemente,
hechos.
Carlos
Luis Alvarez Alvarez, Cándido,
periodista español (1932- )
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Los medios de información
comunitarios reflejan mejor la diversidad de la población israelí y
la existencia de minorías culturales. Aquí, un mercado de Jerusalén.
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Sus medios son modestos,
pero su entusiasmo, enorme. Cada vez más numerosas, las televisiones comunitarias
de Israel se están convirtiendo en un auténtico contrapoder local.
Lev Hair,
que significa “el corazón de la ciudad”, es el nombre de uno de los 180 centros
de asistencia social y de esparcimiento existentes en Israel. Está instalado
en una morada de piedras claras, típica de los barrios viejos de Jerusalén
Oeste construidos a fines del siglo XIX para descongestionar la ciudad antigua
encerrada en sus muros. Las puertas de esta especie de “casa del pueblo” están
abiertas a todos, incluso a los perfumes del mercado cercano de Machané Yeouda,
del cilantro y de la menta fresca, de las guayabas y del bizcocho trenzado que se
partirá al comienzo del sabbat.
Los carros de basura que suben por la calle Agrippas hacen temblar la vidriera. Yoran
ha corrido las cortinas de su tienda de material fotográfico y sus dos jóvenes
acólitos, los inseparables Yoni y Yossi, aprietan el paso para encerrarse
durante dos horas en una sala del centro. Todos los domingos por la noche, el equipo
de la televisión comunitaria, formado hace tres años, reúne
a sus quince voluntarios en torno a su instructor, Gilad, de 34 años, que
prepara actualmente un doctorado en poesía hebraica.
Los más jóvenes del equipo –como Roi, seguro de sí con sus 15
primaveras– se entusiasman por los aspectos técnicos de la televisión:
cámara, grabación del sonido, iluminación. Los mayores se preocupan
más del contenido del próximo programa. Por falta de medios, su duración
se limita a una media hora y se difunde tres veces por semana durante un mes, en
la cadena número nueve del cable, un servicio disponible en Israel desde 1988.
Pese al coste de la suscripción, una de las más caras del mundo, 70%
de los hogares israelíes pagan cerca de 35 dólares mensuales para recibir
más de 40 canales, entre ellos “El 9”, reservado a la televisión comunitaria.
La diversidad de los temas abordados por el equipo de Lev Hair refleja muy bien su
composición “plural”. Haciendo caso omiso de las diferencias de edad, reúne,
entre otros, a Yossi y su madre Chochana, Anat y su hermano Alon, Sylvia y Wolf,
padres de tres niños. Aunque esos lazos familiares entre los miembros del
equipo provocan a veces las tiranteces habituales en las familias, se ha establecido
una gran complicidad entre laicos y religiosos, nativos y recién llegados,
emigrantes venidos de Oriente o de Occidente, judíos y árabes. El deseo
de expresarse es el denominador común de este equipo, verdadera reproducción
en miniatura de la sociedad israelí.
La voz
del barrio
Todos han recibido
un año de formación básica por una suma cinco veces inferior
al precio habitual, que es de 470 dólares. Gracias a 26 sesiones de trabajo
se han familiarizado con la toma de vistas y el montaje, pero también con
la jerga –shooting, pans, tilt up, tilt down– tomada del inglés. El programa
comprende asimismo cursos de deontología sobre temas tabú, como las
“3 P”: política, pornografía, publicidad. Seducidos por esta primera
experiencia, algunos han procurado mejorar su preparación en el centro de
formación permanente Zippori, situado en el corazón de un vasto pinar
en el bosque de Jerusalén.
¿Pasión o pasatiempo? Depende de los casos. Se trata de todos modos
de un lugar de expresión donde cada cual señala lo que le interesa
o le molesta, su gusto por la música o su rechazo de la burocracia.
Los equipos de este tipo se multiplican sin cesar en Israel. Las televisiones comunitarias,
que en la actualidad son 150, surgen por iniciativa de grupos de barrio, de comunidades
con el mismo origen, como los judíos de Irán que se expresan en persa,
los procedentes de Etiopía o los rusos que han llegado en masa después
de la caída del imperio soviético. Esta eclosión, facilitada
en buena medida por la disminución continua del costo de los equipos técnicos,
responde a las necesidades de la población. Las televisiones locales llenan
en efecto los vacíos de las cadenas nacionales. Esas cadenas “no toman en
cuenta la diversidad de la población israelí, constituida por microcosmos,
por minorías que presentan características culturales propias”, explica
Yehiel Limor, profesor de Ciencias de la Comunicación en la Escuela Nueva
de Estudio de los Medios de Información de Tel Aviv. Las televisiones locales
responden pues a una necesidad real y son tanto más importantes cuanto que
“la prensa local sólo ha superado su marginalidad para publicar periódicos
más ligeros de fin de semana”, afirma el profesor.
Un poder
de negociación
A la televisión
local le corresponde entonces hacer que las cosas cambien. Los ejemplos no escasean.
En tres minutos de entrevista al patrón de Bezek, la empresa nacional de telecomunicaciones,
el equipo del Centro Gonenim logró acelerar la reparación de las cabinas
telefónicas públicas destruidas por actos de vandalismo, después
de que los usuarios se movilizaran durante meses sin resultados. El nuevo barrio
periférico de Ramot cuenta al fin con un servicio de autobuses urbanos tras
la entrevista por televisión del responsable de la empresa de transportes
Egged, que hasta entonces se negaba a crear una parada en ese lugar.
Esos enfrentamientos con las autoridades locales son ahora habituales, como demuestra
el litigio entre el equipo de reporteros de la ciudad con población judía
y árabe de Ramle y la municipalidad a propósito de la recogida de las
basuras. El alcalde, inicialmente intransigente, terminó por mejorar el servicio,
a raíz de un reportaje crítico, a condición de que los reporteros
le evitaran la afrenta de una nueva filmación que lo hubiera desacreditado
aún más.
Un día de diciembre de 1999, el equipo de la televisión comunitaria
de Lev Hair, reunido en conferencia de redacción, decidió abordar el
delicado problema de las molestias que ocasiona a los residentes la proximidad del
mercado, con la recogida nocturna de basuras. Para tratarlo, Chomli “el filósofo”
propuso leer textos de grandes pensadores, pero sentado encima de las pilas de cajas
rotas y de frutas descompuestas. A continuación tomó la palabra Michal,
para quien el verdadero escándalo consiste en emplear como mano de obra a
niños árabes, que se encargan de abastecer los puestos, evacuar las
cajas y lavar los suelos que tomates y mangos convierten en pistas de patinaje. Un
tema grave al que Michal está dispuesta a sacrificar su actividad predilecta,
las artes marciales.
Los participantes analizaron otros temas. Micha, el coreógrafo, propuso una
entrevista callejera para medir el apego del público por el famoso sombrerito
de tela que llevaban los pioneros del sionismo, tan típico de los israelíes
como la boina para los vascos. ¿No fue justamente una entrevista callejera,
divertida y surrealista, la que obtuvo el premio de humor en el concurso anual de
programas comunitarios y valió a todo el equipo un fin de semana de descanso
en el kibbutz de Chefaim? La pregunta que se formuló entonces fue: “¿Prefiere
usted las rayas blancas o las amarillas para señalar los pasos de peatones?”
Cómo
sobrevivir
Ultimo punto del orden
del día: el tema financiero y el informe sobre la manifestación organizada
a mediados de noviembre en Tel Aviv para convencer al Ministerio de Comunicación
de mantener el presupuesto de funcionamiento anual de unos 4.700 dólares que
se les ha asignado. Justo lo necesario para comprar una cámara nueva.
A esos fondos se suma la ayuda anual de 2.350 dólares, reunida mediante colectas,
de que gozan 80 televisiones comunitarias que han optado por agruparse en una asociación
bajo la dirección de Zeevic Zaavi, un entusiasta defensor del derecho a la
comunicación. A partir del conjunto de las producciones que conserva en su
videoteca, Zaavi prepara “Alternativas”, un programa semanal de treinta minutos para
los jóvenes, difundido por “La 9” desde hace casi un año. El objetivo
es llegar a ocupar, con el tiempo, un espacio de cinco horas de difusión todas
las tardes.
Esas subvenciones, por modestas que sean, tienen una importancia primordial para
el Centro Lev Hair. En vísperas de concluir la formación del segundo
equipo, a Gilad no le faltan proyectos para mejorar la infraestructura técnica.
A la cabeza de las futuras adquisiciones figuran una tercera cámara (digital
esta vez) y una sala de montaje, para no tener que seguir pagando 350 dólares
por mes para utilizar la del centro comunitario Philippe Léon, donde trabaja
por ahora el tándem Yeuda-Waid, uno, emigrante venido de Francia y el otro,
oriundo de Ras-el-Amud, al este de Jerusalén. El sueño sería
disponer de un verdadero estudio, al igual que esos suertudos del barrio de Baka,
que pueden organizar entrevistas y transmitir debates en directo los días
de elecciones.
Las televisiones comunitarias pueden recurrir a patrocinadores privados, pero Gilad
no dispone de agentes comerciales capaces de dedicar su tiempo a seducir a los inversores.
Cifra sus esperanzas sobre todo en las autoridades municipales que, a juicio de Zaavi,
“empiezan a entender el interés de una televisión local que les permita
definir y satisfacer mejor la necesidades de la comunidad. En vez de difundir 95%
de malas noticias, añade, sus emisiones mejoran la imagen de ciudades que
a menudo tienen dificultades y pueden favorecer así la venida de inversores
o de mano de obra calificada”.
El Correo de la UNESCO
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