
Vista de la redacción
central de la Agencia France Presse, en su sede de París.
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Un monopolio es algo terrible,
hasta que se tiene uno.
Rupert
Murdoch,
magnate australiano
de la prensa (1931- )
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“La excitación
de la prensa era demasiado intensa para que pudieran primar las normas habituales
de la profesión.” |
Es indispensable reafirmar
la ética del periodismo en los nuevos medios de comunicación.
Los periodistas de los años noventa compartieron durante mucho
tiempo el punto de vista burlón de Mark Twain: “Soy un decidido partidario
del progreso. Lo que no me gusta es el cambio.” Pero, quiéranlo o no, el desarrollo
de Internet ha impuesto el cambio en las salas de redacción.
Algunas innovaciones han sido bien acogidas, otras mucho menos. La vieja concepción
del periodismo de gran calidad, digno de crédito y responsable sufre intolerables
presiones en la atmósfera febril de la competencia mundial. Y nada parece
demostrar que las reacciones de los consumidores llegarán a modificar a su
favor la correlación de fuerzas.
Para los entusiastas, Internet constituye la vanguardia de una nueva era mediática,
que se caracteriza por la interactividad, el fin de la información escasa,
la comunicación instantánea, planetaria y a bajo costo. Sin lugar a
dudas, ello supone enormes ventajas. De los cerca de cuatro millones de sitios Internet
existentes, varios miles pertenecen a medios de información tradicionales.
Esos grupos han recurrido a Internet a fin de establecer intranet para sus servicios
internos, que tienen así acceso a colecciones de archivos públicos
o a información de base sobre temas de actualidad.
En sus computadoras, los periodistas pueden conservar y corregir datos, manipular
imágenes y sonido para la teledifusión, insertar, cortar, añadir
y verificar información en bibliotecas virtuales, en bases de datos de archivos
públicos y en numerosas enciclopedias en línea. Las laboriosas verificaciones
de antaño pueden realizarse ahora en unos pocos segundos.
Enormes bancos de datos facilitan una búsqueda rápida y eficaz de información.
Redes de solidaridad mundial garantizan que los disidentes chinos no serán
olvidados, que la radio de la oposición en Belgrado seguirá transmitiendo
pese a la censura y que miles de personas se movilizarán en Seattle contra
los burócratas de la mundialización económica.
Pero esta revolución tiene un lado negativo. Gran parte de la información
disponible en línea es poco fiable y sin interés. Para miles de usuarios,
Internet significa esperas interminables, desconexiones intempestivas, una marea
de información no deseada y una factura de teléfono elevada. Los foros
de discusión, que supuestamente dan acceso a una diversidad de opiniones,
son en realidad focos de rumores, donde el análisis de problemas puede transformarse
fácilmente en un intercambio desagradable y agresivo. Las preguntas de carácter
técnico obtienen a menudo repuestas inexactas.
En su carrera contra el tiempo, los periodistas deben en todo momento ser muy cautelosos
si quieren escapar a las ideas peregrinas de algunos iluminados o al alud de falsas
informaciones que se difunden por Internet. Paralelamente, la desregulación
cada vez más pronunciada del mercado de la información y la expansión
de los grandes grupos mundiales de información agravan el malestar que inspira
la invasión galopante de la publicidad y de los patrocinadores en la Red.
Aunque existan nuevos servicios en línea con información de actualidad,
las agencias noticiosas tradicionales y los grandes medios ya establecidos –CNN,
la BBC así como todos los periódicos
de buena calidad del mundo – ya están instalados en la Red como fuentes esenciales.
Aunque la posibilidad de producir y difundir en pequeña escala estimula a
las fuentes alternativas, Internet es cada vez más el coto cerrado de los
grandes títulos ligados a los principales actores del mercado mediático
mundial. Una ola sin precedentes de fusiones y de adquisiciones entre gigantes ha
creado diez conglomerados colosales. Seis de ellos –News Corporation, Time Warner,
Disney, Bertelsmann, Viacom y TCI –ofrecen ya una amplia gama de servicios
mediáticos, inclusive sitios Internet.
La constitución de esos conglomerados y el espíritu comercial de sus
programas bajan el nivel de los criterios periodísticos y de la contribución
ideológica y cultural de los medios de información. Incluso dentro
de esos conglomerados, personalidades eminentes deploran un contenido cada vez más
parcial, vulgar e incluso calumnioso. En la prensa escrita y la televisión
prevalece el afán de lucro, y el periodismo se torna indiscreto, inexacto,
superficial, multiplicando la presentación sensacionalista de verdades a medias
y de informaciones de fuentes no identificadas.
La cobertura mediática del folletín Clinton-Lewinsky es un buen ejemplo
de lo que esas críticas atacan. “La excitación de la prensa era demasiado
intensa para que pudieran primar las normas habituales de la profesión”, estimó
el periódico británico The Guardian. Paradójicamente,
por primera vez esta historia mostró claramente la irrupción de Internet
en la escena mundial de la información. Según el crítico estadounidense
Jon Katz, la publicación en línea del informe de Kenneth Starr sobre
la relación amorosa entre el presidente Bill Clinton y Mónica Lewinsky
“afianzó en Estados Unidos la supremacía de Internet como medio de
difusión de una información importante”. Es cierto que despertó
interés: ese fichero de 120.000 palabras fue consultado por casi 28 millones
de personas los dos primeros días, lo que supera la tirada de los 50 principales
diarios norteamericanos reunidos.
El episodio puso también de manifiesto lo importante que es el periodismo
para entender el mundo que nos rodea. Millones de internautas tuvieron acceso directo
al informe en su fastidiosa integridad, pero los medios de información de
la vieja escuela batieron todos los récords al explicarlo: las cifras de venta
de la prensa y las tasas de audiencia de la televisión se fueron a las nubes.
Servir
el interés general
Las personas siempre
buscan un filtro profesional para dar sentido a un cúmulo de datos en bruto.
Les gusta que la actualidad se analice a fondo para entender mejor lo que pasa. Pero,
con suma frecuencia, los medios de información modernos no disponen del tiempo
necesario para investigar e ir más allá del mero reportaje y del análisis
banal y somero.
En la era de la información instantánea, los periodistas se ven obligados
a comprimir problemas arduos y complejos y a dejar de lado la investigación
detallada y la presentación del contexto. Empeñados en una lucha encarnizada
por repartirse un mercado en gestación, los nuevos medios no quieren correr
ningún riesgo. Los recortes de los presupuestos, sobre todo para el periodismo
de investigación, tal vez expliquen por qué se publican tantos reportajes
de calidad mediocre, en línea o bajo otras formas.
Sin embargo, la revisión y la corrección de los textos, el profesionalismo,
la ética periodística siguen siendo los criterios de calidad de los
medios de comunicación. En línea no se exige que se respeten. Mientras
llueven protestas furibundas sobre las redacciones tradicionales, casi nadie critica
al periodismo en Internet. En casi todos los países, el contenido de los medios
de información es regulado por estructuras transparentes, administradas a
menudo por los propios profesionales. Muchos dudan de la eficacia de esas instancias
de control, pero en el universo en línea ni siquiera existen.
Está claro que las diferencias entre los nuevos servicios de información
y los medios tradicionales se esfuman con suma rapidez, pero algunos periodistas
no están muy convencidos de que la creación de un nuevo paisaje mediático
permitirá entender mejor los acontecimientos o enriquecerá el proceso
democrático. Para lograrlo, la misión tradicional del periodismo y
de los medios de información, que es servir el interés general y la
democracia, debe volver a ser el objetivo primordial de las políticas de comunicación
y de información.
Tras los absurdos pronósticos iniciales sobre la muerte inminente del periodismo
tradicional, se ha entendido que el público, atiborrado de información,
está hambriento de verdad. Más que nunca, la opinión necesita
profesionales competentes que hagan una selección dentro de la confusión
y el caos de la sociedad de información, que sitúen la actualidad en
un contexto y la presenten de manera atractiva. Por consiguiente: el porvenir del
periodismo parece asegurado: jamás un programa informático reemplazará
el trabajo de los periodistas. La tecnología puede hacer muchas cosas, pero
aún no ha logrado buscar la verdad y exponerla con elegancia. No hay que confundir
tecnología con talento.
El Correo de la UNESCO
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