
Paul Kennedy
Diplomado en Oxford, profesor
de la Universidad de Yale (Connecticut), el historiador británico Paul Kennedy
publicó en 1988 en Estados Unidos una obra titulada Auge y caída
de las grandes potencias (editada en español en 1994 por Plaza & Janés).
Analizaba allí los factores que explican la formación y la caída
de los “imperios” en los últimos cinco siglos, hasta la perestroika soviética.
El gran éxito de esta obra se debe en parte a su último capítulo,
en el que anunciaba el posible derrumbe de la Unión Soviética, pero
también de Estados Unidos, y preveía la ascensión del Japón
y de China. Otra obra suya publicada en español es: Hacia el siglo XXI (Plaza & Janés, 1995).
El presente texto está tomado de su intervención en una serie de “Conferencias
del siglo XXI”, en la sede de la UNESCO, en París, el 6 de noviembre de 1999. |
En Estados Unidos,
las publicaciones económicas, los apologistas del mercado, los profesores
de economía y los asesores pagados a precio de oro no se cansan de hablarnos
de un “boom” mundial inminente, de la transformación del trabajo, de la revolución
tecnológica y de la explosión del conocimiento. Se da a entender que
gradualmente el mundo entero se va a asemejar a Silicon Valley. Ese es el futuro,
se nos dice. Pero tal vez debiéramos situarnos a distancia prudente de esta
batahola y observar el planeta en su conjunto.
Para demostrar que no todo es color de rosa, los más pesimistas mencionarían
el Kosovo, Africa Occidental, Rwanda, Chechenia, Cachemira, etc. También podríamos
hacer los viajes que Robert Kaplan describe en To the Ends of the Earth,1
para descubrir que gran parte de la humanidad se dirige inexorablemente hacia la
catástrofe o la autodestrucción. Sin llegar tan lejos, quisiera poner
en guardia a los que presentan la mundialización sin ningún matiz crítico
y con un entusiasmo desbordante.
Envío y recibo cuarenta correos electrónicos por día. En mi
casa puedo consultar los sitios del Banco Mundial o de las Naciones Unidas para obtener
nuevos datos, leer el New York Times y tener acceso a los nueve millones de
obras de la biblioteca de mi universidad, Yale. Internet da a mis hijos, a mis alumnos
y a mí mismo un acceso inmediato a los conocimientos, cuya explosión
es un elemento decisivo de la modernización y la mundialización.
Pero, aunque uno de cada tres estadounidenses utiliza a diario Internet, lo cierto
es que la computadora y el correo electrónico han ampliado el foso que separa
a los ciudadanos educados (principalmente blancos y asiáticos) de los que
lo son menos (esencialmente negros). Esa desigualdad hará sentir sus efectos
en todos los aspectos de la vida, trátese de las posibilidades que tendrá
cada individuo, de su potencial, de su educación o de la búsqueda de
un empleo. Estados Unidos se va a dividir en dos grupos, los que saben manejar las
tecnologías informáticas y los que no saben.
Este fenómeno se reproduce indiscutiblemente a escala mundial: estamos a mitad
de camino de una revolución tecnológica que, más que reducir
la distancia entre países ricos y pobres, tiende por el contrario a agrandarla
aún más.
La revolución de las tecnologías y de la comunicación deja de
lado a miles de personas. Sólo 2,4% de la población mundial está
conectada a Internet, del que sin embargo la UNESCO afirma que será probablemente,
a escala mundial, el instrumento más importante de este siglo para la enseñanza
y el desarrollo cultural. En Asia Sudoriental, sólo una de cada 200 personas
dispone de un acceso a Internet. En los países árabes, esa proporción
es de una por cada 500 y, en Africa, de una por cada 1.000. La situación no
cambiará mientras esos países carezcan de electricidad, de líneas
telefónicas y de infraestructuras. No pueden adquirir ni las computadoras
ni los soportes lógicos costosos que necesitan. Si poseer conocimientos equivale
a tener acceso al poder, los países en desarrollo tienen hoy día menos
poder real que hace treinta años, antes de la aparición de Internet.
Si queremos trabajar por el advenimiento, durante este siglo, de una sociedad del
conocimiento, hemos de hacer un esfuerzo concertado por integrar en los próximos
diez años a los países pobres en la red de comunicación electrónica.
Para tener éxito, este proyecto deberá ser coordinado por el Banco
Mundial, el PNUD, la UNESCO, la comunidad de ONG
y el mundo de las empresas.
En caso contrario, perpetuaremos un sistema fundamentalmente antidemocrático
y estructuralmente malsano. No hacer nada, dejar que la explosión de los conocimientos
aumente en las sociedades tecnológicamente ricas mientras los países
pobres quedan cada vez más rezagados, conduciría a un descontento generalizado
y amenazaría cualquier posibilidad de avanzar hacia una armonía mundial
y un entendimiento internacional. Es el mayor desafío de la época actual,
y hemos de recogerlo sin demora.
1. El título completo de este libro es The
Ends of the Earth. From Togo to Turkmenistan, from Iran to Cambodia, a journey to
the frontiers of anarchy (1997, Vintage Books). Este reportaje de Robert Kaplan
tiende a probar que, en la mayor parte del Tercer Mundo, lo peor está por
venir, en especial como consecuencia de la superpoblación, de la degradación
del medio ambiente y del caos social.
El Correo de la UNESCO
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