
Medio millón de metros
cúbicos de agua fluyen ya por enormes tuberías, que unen las zonas
de sondeo del desierto a la costa, donde vive 85% de la población.

Libia proyecta añadir, en los dos o tres años venideros, 150.000 hectáreas
a la superficie regada en la actualidad, que es de aproximadamente medio millón
de hectáreas.

Septiembre de 1996: Libia inaugura un tramo del Gran Río Artificial.
“Resulta difícil
elegir entre dos opciones de desarrollo. ¿Queremos una extracción en
gran escala de agua subterránea para el máximo beneficio de la generación
actual o una extracción limitada que garantice la conservación de ese
recurso?”
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El rival del Nilo
En el telediario de la tarde, la presentadora del
boletín meteorológico señala tormentas sobre un mapa continental
en el que el Gran Río aparece con tanta naturalidad como el Nilo. Y esas gigantescas
tuberías ofrecen al coronel Gadaffi un perfecto telón del fondo para
sus poses triunfales en compañía de mujeres y niños rebosantes
de salud junto a haces de trigo —un símbolo de abundancia que se repite hasta
el cansancio en los carteles que tapizan las calles de Trípoli.
Pero el Gran Río ha tenido otro efecto beneficioso: una generación
de ingenieros e hidrólogos altamente calificados. Aunque la mayor parte del
asesoramiento técnico y operacional corrió a cargo de profesionales
extranjeros, el proyecto se “libianizó”. Según su director general,
A. M. El-Gheriani, el 80% del personal es nacional, salvo para la construcción,
en manos de la empresa Dong Ah de Corea del Sur.
La UNESCO inició su cooperación con el gobierno en 1990,
organizando cursos de formación para ingenieros y geólogos libios en
instituciones de los Países Bajos, el Reino Unido y Australia. Los gastos
se sufragaron gracias a un fondo fiduciario alimentado por el gobierno libio, que
también ha financiado centros de formación y de documentación
instalados en Benghazi con asistencia de la UNESCO. Una
vez que el río empezó a correr, la UNESCO pasó
a prestar asistencia en la evaluación del proyecto, realizando estudios comparativos
de los costos del PGRA
con los de proyectos de desalinización. Una junta consultiva internacional
de expertos se reúne también periódicamente para medir los riesgos
y la resistencia de la red. La prioridad es determinar las próximas etapas
de la construcción, en particular una tercera tubería que unirá
a las dos primeras. También se está estudiando la habilitación
de nuevos pozos.
La UNESCO se preocupa de problemas ambientales y socioeconómicos
más generales ligados a la gestión de los recursos de agua no renovables,
especialmente en Africa del Norte y Oriente Medio. Una conferencia internacional
se organizó sobre ese tema en Trípoli, en noviembre de 1999. Para obtener
más información consultar el sitio: www.unesco.org/
science/waterday2000
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Libia extrae
agua como si fuera petróleo para alimentar un gran río artificial,
pero aún no sabe cómo utilizará el precioso elemento.
“Pueden
pasar años sin que caiga una sola gota de agua en el Sahara libio —uno de
los desiertos más inhóspitos del mundo, que cubre 90% del país.
Extensiones de arenisca ardiente y resquebrajada dan paso a dunas acariciadas por
el viento, único toque apacible en este paisaje yermo, en el que un árbol
ralo proyecta un aura casi espiritual. Pero bajo esa corteza endurecida hay agua
—no sólo las últimas gotas de un uadi casi seco, sino reservas fenomenales
que se infiltran en cuatro acuíferos de arenisca y que podrían llenar
una piscina de varios cientos de metros de profundidad del tamaño de Alemania.
Esos acuíferos son el legado de un clima desaparecido. Hace unos 10.000 años,
el Sahara era una verde sabana, poblada de cocodrilos, jirafas y elefantes. Bosques
tropicales húmedos cubrían las montañas y, en las llanuras,
nuestros antepasados del Neolítico cosechaban una especie de trigo. Las fuertes
lluvias colmaban regularmente los ríos y los lagos, pero se infiltraban también
bajo tierra, saturando las capas de arenisca. En el fondo de esas capas subterráneas,
en profundidades de hasta cuatro kilómetros, hay aguas de millones de años
de edad.
Poco subsiste de este periodo verde: hace unos 3.000 años el cambio climático
puso fin a las lluvias. Durante milenios los acuíferos permanecieron intactos,
pues según los científicos ha sido muy poca el agua absorbida o expulsada
por ellos. Pero, hoy día, la mayoría de los libios beben esas aguas
“fósiles” extraordinariamente puras.
Las autoridades abrieron los grifos del Proyecto del Gran Río Artificial (PGRA) en 1991. Esta obra de ingeniería civil
considerada la más grande del mundo está en construcción, pero
cerca de medio millón de metros cúbicos de agua fluyen ya diariamente
a través de dos conductos subterráneos gigantescos que conectan los
pozos situados en pleno desierto con la franja costera donde vive 85% de la población.
El Estado está extrayendo agua tal como hace con el petróleo, y al
hacerlo da pábulo a un viejo debate: ¿qué riesgos supone la
utilización de un recurso no renovable? Como cada litro consumido hoy está
perdido para siempre, ¿qué harán las generaciones futuras? “No
se heredan recursos de los padres”, advierten algunos, “se les quitan a los hijos”.
La octava maravilla
Los libios responden
que la dependencia del mundo de otro recurso fósil agotable, el petróleo,
apenas suscita quejas. Se preguntan por qué oponerse a la extracción
del agua y no a la del petróleo. En Libia ambos van de la mano. A mediados
de los años sesenta, el descubrimiento de los abundantes recursos petrolíferos
del país movió a los geólogos a explorar los acuíferos
por una razón simple: la perforación de pozos de petróleo requiere
agua. Pero la situación cambió en los años setenta cuando el
auge del petróleo al aumentar el nivel de vida y el número de habitantes
(de 1,5 millones a los cinco millones actuales) hizo temer una crisis del agua.
Los responsables no necesitaban una bola de cristal para prever la disminución
de las reservas de aguas subterráneas frente a la intrusión del Mediterráneo.
Una guerra de desgaste se produce entre la tierra y el mar, siempre hambriento de
más territorio. La presencia de aguas subterráneas refuerza la resistencia
de la tierra al asalto de las olas. Una disminución apreciable de su nivel
es una invitación abierta a que el mar penetre: hoy, en el subsuelo, invade
100 metros más cada año. Esa corriente salina contamina el agua dulce
restante y ataca la delgada capa de suelo ocre, impregnando a tal punto de sal las
raíces de los naranjos que muchos sólo dan pequeños frutos verdes
del tamaño de una pelota de ping-pong.
“¿Debemos o no extraer agua? Nunca nos planteamos esa pregunta”, dice Omar
Salem, director de la Autoridad General del Agua de Libia. “Si no encontramos una
solución a la escasez de agua, el futuro será muy negro.” Después
de sopesar las opciones, el gobierno descartó la desalinización, considerada
demasiado cara y arriesgada, pues el país quedaría enteramente a la
merced de la tecnología y la experiencia de especialistas del exterior para
mantener las plantas, explica Salem. Con reservas de agua tan fabulosas bajo el desierto
(unos 120.000 km3), había que trasladar
la población hacia el agua o el agua hacia la población. Como la vida
en el desierto atrae a pocas familias, el gobierno optó por la segunda solución
en 1983 y empezó la construcción del Gran Río Artificial, que
para algunos es la octava maravilla del mundo y para otros, una quimera del coronel
Gadaffi.
Una legión de obreros asiáticos necesitó años para dinamitar,
cavar los túneles e instalar las gigantescas tuberías de hormigón
de cuatro metros de diámetro, tan grandes que permitirían el paso de
un tren subterráneo. O de tanques, misiles y tropas, pues según algunos
artículos de la prensa occidental que citan fuentes anónimas, el Gran
Río Artificial tendría finalidades militares secretas. Pero esas afirmaciones
son rechazadas como fantasías por expertos de las organizaciones internacionales
(incluida la UNESCO). Con los cinco millones de
toneladas de cemento utilizados para construir las tuberías de una longitud
total de 3.500 kilómetros se podría pavimentar una carretera de Trípoli
a Bombay. Si traspusiéramos esa red de circulación a un mapa de Europa,
las tuberías empezarían en el sur de Suiza, atravesarían Alemania
y Polonia antes de doblar al oeste y llegar al norte de Escocia. Se necesitan nueve
días como término medio para que cada gota de agua viaje de las áreas
de perforación a la costa.
La logística de la construcción tomó un giro surrealista en
1986 cuando el gobierno estadounidense impuso sanciones que limitaban los viajes
a Libia y las operaciones comerciales con ese país,1
afirma A. M. El-Gheriani, director general del PGRA.
Los autores del proyecto eran asesores de la empresa Halliburton, con sede en Houston
(Texas), cuyo director ejecutivo era Dick Cheney, ex secretario de Defensa de Estados
Unidos. Rápidamente la compañía pasó a manos de una subsidiaria,
Brown and Root, situada prudentemente en Inglaterra. Los malabarismos para obtener
repuestos aumentaron el ya cuantioso precio del proyecto, estimado en un total de
27.000 millones de dólares, que el gobierno ha financiado gravando las exportaciones
petroleras.
“Todos los grandes proyectos de ingeniería civil reciben críticas,
en especial el PGRA porque se trata de Libia”, señala
Abdulgader A. Abufayed, responsable del reparto del agua del PGRA. Otros países también extraen
agua fósil. Egipto está explotando los acuíferos de su desierto
occidental para un proyecto de riego de 200.000 hectáreas. Estados Unidos
está bombeando fuentes no renovables. Si bien la extracción de agua
en California es insignificante comparada con la que hace Libia, suscita polémicas,
porque Estados Unidos es un país rico en agua con fuentes de suministro alternativas.
Pero ¿qué hacer en los países áridos? Par ellos no se
trata de saber si debe utilizarse o no el agua fósil, sino cuándo y
cómo.
Prioridad a la
agricultura
“Resulta difícil
elegir entre dos opciones de desarrollo”, explica Mohamed Bakhbakhi, hidrólogo
libio del Programa del sistema de acuíferos de arenisca en Nubia, que promueve
el intercambio de datos entre los cuatro países de esa cuenca (Chad, Egipto,
Libia y Sudán). “¿Queremos una extracción en gran escala de
agua subterránea para el máximo beneficio de la generación actual
o una extracción limitada que garantice la conservación de ese recurso?”
Libia se encuentra en una encrucijada: el Gran Río sólo fluye a un
décimo de su capacidad para atender las necesidades domésticas de la
región costera. El gobierno debe decidir ahora cómo utilizar el resto.
¿Ha de emplear hasta la última gota en grandes proyectos de regadío
u optar por una política más conservadora, dirigida a garantizar el
suministro de agua potable y cubrir las exigencias de la industria, que consume mucho
menos que la agricultura?
Oficialmente, la gran prioridad es la agricultura. En los próximos cincuenta
años el Gran Río debería suministrar unos seis millones de metros
cúbicos de agua por día, de los que 75 a 80% se destinarán a
las explotaciones agrícolas, según el ministro de Agricultura, Ali
Giuma. Cincuenta años es la esperanza de vida de cualquier proyecto importante
de infraestructura. Los acuíferos no se secarán una vez transcurrido
ese lapso, pero es posible que sea mucho más difícil explotarlos. “Tal
vez se pueda extender el sistema de distribución o instalarlo en otras áreas
de extracción”, señala John Lloyd, profesor británico de la
Universidad de Birmingham y destacado experto en agua subterránea. En el desierto
libio, los pozos llegan a una profundidad de 400 a 600 metros. Dentro de cincuenta
años los niveles de agua de los acuíferos descenderán unos 80
metros si se explotan a plena capacidad.
Técnicamente será posible seguir extrayendo agua a esos niveles (si
la calidad del agua no se altera). En Arabia Saudí, los pozos llegan a una
profundidad de un kilómetro o dos, aunque su funcionamiento resulta más
caro. Pero, como observa Lloyd, “es posible que el agua sea más valiosa en
el futuro, y tal vez merezca la pena bombear a mayor profundidad”. Teniendo todos
esos factores en consideración, el Ministerio de Agricultura de Libia sigue
adelante con sus planes de regadío encaminados a lograr la autosuficiencia
agrícola del país. “Dentro de dos o tres años, proyectamos añadir
150.000 hectáreas regadas al total actual de medio millón aproximadamente”,
afirma Giuma. Si bien las frutas y verduras son muy abundantes, Libia depende de
las importaciones de trigo y cebada para satisfacer 60% de la demanda interna. Para
restablecer el equilibrio, están empezando a brotar en torno a Sirt, ciudad
natal del coronel Gadaffi, y a Benghazi granjas patrocinadas por el gobierno.
Las llanuras que rodean Benghazi se prestan perfectamente para crear una gigantesca
plantación de trigo. Las tierras rojas se cultivan cuidadosamente y las cúpulas
blancas de los depósitos de agua coronan cada una de las 520 nuevas granjas
que el gobierno se dispone prácticamente a regalar: apenas 2.000 dinares (1.000
dólares al cambio del mercado negro) por cada diez hectáreas. El Gran
Río Artificial corre en las cercanías a través de dos estanques
del tamaño de campos de fútbol.
El Río
Artificial no es una solución mágica
La aparente
abundancia de agua de riego hace olvidar que estamos en una zona árida, donde
el agua se evapora en una proporción de 40 a 60%. La mitad del agua que se
utiliza hoy para el riego se pierde, según Ayad S. Kaal, hidrogeólogo
del Centro de Investigación Agrícola. Kaal espera que los agricultores
aprenderán un día a utilizar técnicas más eficaces como
el riego gota a gota.
Pero la decisión de invertir en la agricultura provoca desconcierto en numerosos
científicos occidentales. Con un mercado internacional saturado, ¿por
qué no importar trigo y ahorrar un agua valiosa para industrias que consumen
menos agua y generan empleos mejor remunerados? “Es cierto que sería más
barato comprar trigo en el extranjero, pero ¿qué hacer si se decreta
otro embargo sobre esas importaciones?”, pregunta Ibrahim Salem Haffala, economista
del Centro de Investigación Agrícola. Los principios económicos
de Occidente, explica Haffala, no son aplicables en Libia, pues no tienen en cuenta
el contexto político y cultural. El ministro Ali Giuma explica que las labores
agrícolas se miran como una solución parcial al aumento del desempleo.
El gobierno quiere diversificar el mercado de trabajo, dominado por el sector de
la energía, subvencionando una nueva clase de empresarios agrícolas
que supervisarán a los trabajadores procedentes de Egipto, Sudán y
otras regiones de Africa.
“Es imposible emitir una declaración definitiva de tipo ‘no hay que utilizar
agua para la agricultura’”, dice Philippe Pallas, asesor francés de la FAO que colabora con funcionarios libios desde hace
25 años. “Pero el hecho de que algunos empiecen a preguntarse si no sería
más barato importar trigo es un gran cambio. Hace cinco años ningún
miembro del gobierno habría aceptado discutir esa posibilidad. Actualmente
hay un debate nacional.” De acuerdo con la retórica revolucionaria del coronel
Gadaffi, la autosuficiencia agrícola es un principio inquebrantable que muy
pocos negarían públicamente. “Seremos tan autosuficientes como sea
posible con nuestros propios recursos”, declara Aboufayed, responsable del reparto
de agua a las granjas. “El PGRA no es una solución mágica
a todos nuestros problemas de agua. Nos permite un respiro para desarrollar nuevas
tecnologías y una política general del agua. Para crear mayor conciencia
de su valor, luchamos contra el despilfarro obligando a los agricultores a pagar
por la que consumen.” Pero a apenas 48 dinares (25 a 50 centavos de dólar)
por metro cúbico, el precio refleja sólo una fracción del verdadero
costo del suministro de agua. Y esa tarifa sólo empezará a aplicarse
cuando las granjas produzcan beneficios.
Tal vez sea cuestión de tiempo que los funcionarios admitan lo que a expertos
como Pallas parece obvio: “Necesitarán dos o tres ríos artificiales
más para ser autosuficientes en agricultura”, afirma, teniendo en cuenta las
proyecciones efectuadas con la Autoridad General para el Agua de Libia. Se estima
que en 2025 la población de Libia será de 12 millones (incluidos los
no nacionales) y que las necesidades de agua del país absorberán un
55% de la capacidad total del Gran Río Artificial. Y aunque hasta la última
gota (del PGRA, de fuentes de agua subterránea
renovables y de aguas recicladas) se empleara exclusivamente en la agricultura, Libia
siempre necesitaría importar cerca de la mitad de los alimentos que consume.
Mejorar las políticas
de conservación
“La utilización
responsable de un proyecto tan extraordinario exige políticas óptimas
de conservación a fin de que nadie en el futuro pueda mirar hacia atrás
y decir ¡qué despilfarro!”, afirma Mike Edmunds, del equipo del British
Geological Survey que exploró los acuíferos en los años sesenta.
Matiza sus elogios del proyecto con una cierta cautela: “Espero que las autoridades
entiendan que las crisis del agua no podrán solucionarse eternamente con grandes
obras de ingeniería civil.”
Como duda de que la desalinización tenga un día un costo abordable
para Libia, El-Gheriani, director general del PGRA, se propone lograr que el Gran
Río Artificial fluya el mayor tiempo posible. En agosto de 1999, las canalizaciones
estallaron a lo largo del corredor oriental, obligando al gobierno a cerrarlo durante
casi un mes. Es probable que la oxidación sea la culpable. “Con cientos de
miles de cañerías que atraviesan tipos tan diferentes de suelos en
un desierto tórrido, no es de extrañar que haya dificultades”, dice
El-Gheriani. Tal vez haya llegado el momento de invertir en infraestructura para
conservar mejor el precioso elemento. “En el futuro, la conservación habrá
de ser una preocupación esencial de todos los países”, responde el
director general. Y añade: “No tenemos la experiencia que nos permita saber
si los acuíferos se recargan”, haciendo caso omiso de los informes que afirman
lo contrario. “Ellos (los expertos occidentales) dijeron que sólo teníamos
petróleo para treinta años, pero sigue fluyendo. ¿Por qué
no el agua?” ¡Inshallah! (si Dios quiere).
1. En 1992, las Naciones Unidas también
impusieron sanciones como reacción ante la negativa del coronel Gadaffi de
conceder la extradición de dos sospechosos del bombardeo en 1988 de un jet
de la Pan Am sobre Lockerbie, en Escocia. Las Naciones Unidas suspendieron esas sanciones
en 1999 después de que Trípoli entregara a los sospechosos para que
fueran procesados por un tribunal en los Países Bajos.
El Correo de la UNESCO
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