
El centro histórico de
Dubrovnik
fue gravemente dañado por bombas incendiarias en diciembre de 1991.

Restauración de la Iglesia
de San Ignacio y del colegio de los jesuitas en Dubrovnik.
“Es un
honor para mí participar en la realización de esta obra de arte colectiva
que es Dubrovnik, donde han dejado su impronta los más grandes maestros locales
y extranjeros.”

Voluntarios se movilizaron para
tomar las primeras medidas de emergencia tras los bombardeos en 1991.
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Patrimonio en peligro
Además de la Lista del Patrimionio Mundial,
que cuenta actualmente 630 sitios repartidos en 118 países, el Comité
del Patrimonio Mundial de la UNESCO elabora una lista de sitios en peligro, que exigen vigilancia
especial y medidas urgentes de conservación. Confeccionada por primera vez
en 1979, esta lista persigue que las autoridades y la opinión pública
cobren conciencia de la necesidad de proteger los sitios culturales y naturales de
valor universal que se encuentran particularmente amenazados por peligros naturales
o por la intervención del hombre.
Entre los sitios culturales, cabe citar el de Koto (Yugoslavia), destruido por un
terremoto en 1979, los Palacios Reales de Abomey (Benin), gravemente dañados
por un tornado en 1985, y la ciudad de Tombuctu (Malí). Entre los sitios naturales
se encuentran el Monte Nimba (Guinea y Côte d’Ivoire) y el Parque Nacional
Yellowstone (Estados Unidos), amenazados por explotaciones mineras, así como
el sitio arqueológico de Butrinti, saqueado en la primavera de 1997 durante
la rebelión popular de Albania meridional.
En 1999, el Comité del Patrimonio Mundial inscribió cuatro nuevos sitios
en la Lista del Patrimonio Mundial en Peligro, con lo que su número asciende
a 27. Se trata del Parque Nacional de Iguazú (Argentina-Brasil), del conjunto
monumental de Hampi (India), ambos amenazados por la construcción de carreteras
y puentes, de los Montes Rwenzori (Uganda), ocupados desde 1997 por rebeldes que
impiden toda actividad de conservación, y del Parque Nacional de Salonga (República
Democrática del Congo). Aunque los conflictos armados no han tenido consecuencias
para este parque, no está de ningún modo a salvo de los cazadores furtivos
ni de las construcciones ilegales. Como los otros cuatro sitios de ese mismo país,
considerados todos en peligro, éste podrá beneficiarse de un proyecto
de la UNESCO
que dispone de 4,1 millones de dólares. Financiado en gran parte por la Fundación
de las Naciones Unidas, el proyecto apunta a brindar asistencia a la República
Democrática del Congo en materia de formación y equipamiento de personal,
así como de protección de la biodiversidad.
Tras la inscripción en la lista de sitios en peligro, el Comité del
Patrimonio Mundial adopta un programa de medidas en consulta con el Estado de que
se trate y sigue las obras de restauración hasta su conclusión. Se
trata de una labor de largo aliento, lo que explica el escaso número de sitios
que fecha han logrado salir de esa lista: hasta la sólo cinco han sido retirados,
tres de los cuales son naturales (Djoudj en Senegal, Ngorongoro en Tanzania y Plitvice
en Croacia) y dos culturales (Dubrovnik en Croacia y Wieliczka en Polonia).
La inscripción de un sitio en esta lista no siempre es mirada con buenos ojos
por el Estado afectado. Aunque algunos países solicitan esa inscripción,
pues desean interesar a la comunidad internacional en sus problemas y obtener ayuda,
otros, en cambio, estiman que es una deshonra o una sanción. Sin embargo,
que el bien sea considerado “en peligro” suele ser el único medio de responder
con rapidez y eficacia a necesidades específicas de conservación.
Para acogerse a los beneficios señalados, los Estados partes en la Convención
de 1972 para la Protección del Patrimonio Mundial deben informar lo antes
posible al Comité de las amenazas que pesan sobre sus sitios. Los particulares,
las organizaciones no gubernamentales y otros grupos pueden también someter
un caso al Comité dirigiéndose al Centro del Patrimonio Mundial de
la UNESCO,
7, Place de Fontenoy, 75352 París 07 SP, Francia.
Dirección electrónica: wh-info@unesco.org
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Gravemente dañada
por la guerra en la ex Yugoslavia, Dubrovnik, la gran ciudad medieval del litoral
adriático croata, fue restaurada en un tiempo récord, pero con grandes
dificultades.
“Mi mujer y mi madre murieron sin haber vuelto a ver nuestra casa familiar.
Mi cuñado, el pintor Ivo Grbic, todavía vive en un hotel. Todas sus
telas se hicieron humo, con su colección etnológica y sus archivos
de fotografías. Por mi parte, sobrevivo mal que bien en este estudio de 30
m2 que la municipalidad me asignó en junio de 1992. Espero volver pronto a
mi casa.” Ivan Kamber es un septuagenario jubilado que, hasta diciembre de 1991,
vivía en una suntuosa residencia barroca del siglo xvii, en el corazón
de Dubrovnik. Una fachada deteriorada, muros desnudos cubiertos de hollín:
es todo lo que quedó de su antiguo esplendor después de que el 6 de
diciembre de 1991 sufriera el impacto de bombas incendiarias.
En el centro histórico de Dubrovnik, otros ocho edificios corrieron la misma
suerte. Todos están siendo reconstruidos. Sus vestigios son un testimonio
elocuente de la historia de esta joya única del patrimonio cultural e histórico
mundial, que el célebre dramaturgo inglés Bernard Shaw calificó
de “paraíso en la tierra”.
La comuna medieval de Dubrovnik, cuyos orígenes se remontan a la Antigüedad
(fue fundada antes del siglo VII de nuestra era), se desarrolla en primer
término bajo la autoridad de Bizancio y luego de Venecia. Se convierte en
una república libre en 1358. Potencia marítima y comercial que rivaliza
con la República de Venecia, alcanza su apogeo en los siglos XV
y XVI. Logra incluso mantener su autonomía
política después de quedar sometida a la dominación turca en
1526. Pero es arrasada a sangre y fuego en 1806, durante la guerra franco-rusa. Dos
años después de este desastre pierde su condición de ciudad-Estado
al pasar a poder de los franceses, que la ceden a Austria en 1815. Un siglo más
tarde se incorporará a Yugoslavia.
El tejido urbano de Dubrovnik se remonta al siglo XIII. En esa época comenzó
la edificación de sus imponentes fortificaciones de 1.940 metros de longitud,
que han permanecido intactas hasta nuestros días. La elegancia austera del
centro de la ciudad, el perfecto equilibrio de las épocas que allí
alternan –gótica, renacentista, barroca–, todo contribuye a hacer de Dubrovnik
un “Estado obra de arte” como la calificó el historiador suizo del arte Jacob
Burchardt.
La ciudad logró preservar su integridad y su originalidad, pese a los terremotos
que la sacudieron en diversas oportunidades, el más catastrófico de
los cuales fue el de 1667. Este se llevó a la mitad de la población.
En tiempos más recientes, en 1979, dos fuertes temblores dañaron gravemente
a Dubrovnik. Ese mismo año fue inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial
de la UNESCO (ver recuadro).
Las obras de restauración no estaban aún concluidas cuando en 1991
la ciudad fue atacada por el ejército serbo-montenegrino. La guerra yugoslava
constituyó un duro golpe para el centro cultural de Dubrovnik que, salvo durante
el sitio de 1806, nunca había sido escenario de una conflagración.
En el lapso de un año, las construcciones situadas intramuros recibieron el
impacto de unos 2.000 proyectiles de todos los calibres. De los 824 edificios existentes,
536 sufrieron sus efectos, así como los dos tercios de su famosa “quinta fachada”:
los tejados, a los que debe gran parte de su belleza y su armonía. Los recintos
públicos y sagrados, las casas particulares, las calles pavimentadas de piedra,
las esculturas, todo su patrimonio secular estaba amenazado. Desde el comienzo de
los bombardeos, Dubrovnik fue inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial en Peligro.
Manos
a la obra
La reconstrucción
se inició sin demora, pero era difícil conciliar las necesidades urgentes
de la población de una ciudad herida con las exigencias estrictas de la restauración
de un sitio del patrimonio mundial. De todas las prioridades, la primera fue garantizar
a los habitantes un mínimo de comodidad. Se tomaron medidas de emergencia
para frenar las filtraciones de agua. Se colocó fieltro bituminoso en todos
los puntos donde los tejados habían sufrido daños. A esas medidas provisionales
sucedió pronto un proyecto global de restauración a largo plazo: en
febrero de 1993 la UNESCO lanzó un Plan de Acción
para la Salvaguarda de Dubrovnik. Se recurrió también a los servicios
de expertos.
La restauración de los tejados requería, además de la consolidación
de las estructuras (las más antiguas databan del siglo XVI),
el reemplazo de casi medio millón de tejas. Llamadas kupa, en croata, las
tejas originales procedían de tiempos de la República de Dubrovnik.
Se fabricaban en Kupari, pueblo situado a unos quince kilómetros de la ciudad,
cuyo nombre evoca esta actividad que ocupaba a toda su población. Pero los
talleres habían cerrado sus puertas a comienzos del siglo XIX.
Encontrar un modelo de teja que correspondiera lo mejor posible a las técnicas
y los materiales originales se convirtió en un quebradero de cabeza para los
expertos. Lo lograron tras prolongadas investigaciones, y la fabricación,
que se prosigue actualmente, fue encargada a dos empresas, una croata y otra francesa.
No es fácil restaurar respetando rigurosamente el principio de autenticidad
cuando casi todos los antiguos oficios han desaparecido. En periodo de postguerra,
con las arcas vacías, recoger ese desafío constituye una hazaña.
El turismo del que vivía Dubrovnik fue aniquilado por la guerra. Con dos millones
de noches de hotel vendidas al año, el turismo representaba una de las principales
fuentes de financiamiento de la salvaguarda del patrimonio. Pero en 1998 las autoridades
municipales registraron menos de 650.000 noches de hotel.
Sin embargo, la voluntad permitió sortear todos los obstáculos y los
equipos nacionales e internacionales de arquitectos, escultores, restauradores y
otros expertos lograron, en siete años, realizar lo esencial de las obras.
En diciembre de 1998, el sitio de Dubrovnik fue retirado de la Lista del Patrimonio
Mundial en Peligro.
Gran parte de los fondos indispensables fueron proporcionados por el gobierno croata
y la Oficina para la Reconstrucción de Dubrovnik. Pero el proyecto no habría
podido llevarse a buen término sin la participación financiera de otros
proveedores de fondos nacionales y extranjeros, como The International Trust for
Croatian Monuments (Reino Unido) y el Rotary Club de Klagenfurt (Austria). La UNESCO
fue la primera en reaccionar: de inmediato efectuó un balance de los daños,
destinó 300.000 dólares a las obras más urgentes y lanzó
una campaña internacional de recaudación de fondos. Dubrovnik no podía
hacer frente por sí sola a los perjuicios de la guerra, evaluados en más
de 18,5 millones de dólares para la ciudad intramuros y 30 millones para toda
la aglomeración.
Los artistas también se movilizaron. El célebre pianista croata Ivo
Pogorelic dio dos conciertos de beneficencia en Londres y en Bruselas que aportaron
la primera contribución financiera para la reconstrucción de la sede
del Festival de Verano de Dubrovnik, de una cuantía de 500.000 dólares.
Esta prestigiosa institución cultural que, desde su fundación en 1950,
acogía todos los años a compañías teatrales, músicos
y grupos folklóricos del mundo entero, ocupaba uno de los más hermosos
palacios barrocos de la ciudad, construido poco después del terremoto de 1667.
El 6 de diciembre de 1991, proyectiles inflamables destruyeron enteramente la segunda
planta, la soberbia decoración interior, así como los archivos de más
de cuarenta años de actividad.
Una
creación colectiva
Por su lado, el tallador
de piedra Vinko Fabris cedió sus propias reservas de piedra para las obras
más delicadas en la iglesia de San Blas, patrono de Dubrovnik, cuyo nártex,
así como las columnas y la balaustrada, habían sufrido graves daños.
Sus piedras originales provenían del islote vecino de Vrnik, cuyas canteras,
hoy abandonadas, habían sido explotadas desde la Antigüedad. De esas
mismas canteras, Fabris extrae actualmente su caliza, en pequeñas cantidades
y con los métodos arcaicos de sus predecesores. Prolonga así la antigua
tradición de su isla natal, Korcula, de la que los constructores de Dubrovnik
obtuvieron la mayor parte de la piedra que utilizaron.
Durante un mes y medio sumó sus esfuerzos a los de Ivo Jasic, escultor de
Dubrovnik, para reconstruir según el modelo original la balaustrada de la
iglesia. “Aunque no se trate de una creación, sino de una restauración”,
explica Jasic, “es un honor para mí participar en la realización de
esta obra de arte colectiva que es Dubrovnik, donde han dejado su impronta los más
grandes maestros locales y extranjeros.” En cuanto al festón barroco, situado
a la derecha del pórtico principal, fue rehecho por los franceses Frédéric
Mohus y Jean Garder, tallador de piedra y escultor, respectivamente. Aprendieron
a utilizar la zubatka, una herramienta tradicional dentada, propia de Croacia, para
obtener un resultado lo más semejante posible a las obras de los antiguos
maestros.
La destrucción de esa iglesia fue un golpe para los habitantes de Dubrovnik,
que son devotos de San Blas desde 972. Ese año, según la leyenda, este
mártir de Sebasta (Asia Menor) salvó a la ciudad de las incursiones
de los venecianos. Estos, so pretexto de venir a abastecerse de agua y de alimentos
antes de seguir hacia Oriente, desembarcaron en Dubrovnik y, aprovechando la hospitalidad
de los habitantes, observaron la ubicación de las fortificaciones y las torres
a fin de preparar un plan de ataque. Pero San Blas se apareció en sueños
al sacerdote Stojko para revelarle los siniestros designios de los venecianos. El
anciano de barba blanca, salvador de la ciudad, se convirtió así en
patrono de Dubrovnik, símbolo de su libertad, su neutralidad y su placidez.
Durante siglos, su efigie fue reproducida en la moneda, los sellos y las banderas
del Estado. Sus estatuas todavía montan guardia en las puertas de la ciudad.
El culto a San Blas se ha perpetuado hasta nuestros días y todos los años,
el 3 de febrero, se celebra una solemne procesión en su honor.
Es cierto que estos últimos años la procesión ha atravesado
calles cubiertas de andamios, pero los dubrovchani no se desaniman. Saben que pronto
la ciudad recuperará tanto su quietud del pasado como el bullicio de los visitantes
venidos de todas las latitudes y su particular encanto inmortalizado hace cuatro
siglos por el poeta croata Ivan Gundulic, que escribía: “Todo el oro del mundo,
toda la plata y toda la sangre no podrían cambiarse por tu belleza pura.”
El Correo de la UNESCO

Croacia
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