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“Es una miseria tal que dan
ganas de llorar...” El historiador boliviano Valentín Abecia no exagera. Cualquiera
que llegue hoy a las puertas de Potosí, principal artífice del esplendor
de Europa entre los siglos XVI y XVIII, siente frío en la sangre. Con cerca
de 2.000 millones de onzas de plata sacadas de su Cerro Rico durante la Colonia,
esta urbe, que pavimentaba sus calles con adoquines de plata, impulsó el Renacimiento
y contribuyó a financiar la Armada Invencible. Hoy Potosí es una ciudad
moribunda.
“Cuando se cierra una mina, sólo queda en el lugar un campamento fantasma”,
explica el alcalde, René Joaquino. Potosí es un campamento que estuvo
sometido a los avatares de la minería en repetidas ocasiones, cada vez que
los filones empobrecían o caía el precio de los minerales en el mundo.
Tras la crisis en 1985 y el cierre de casi todas las minas, la gente corriente emigró
por última vez. Dos años después, el gobierno dio nuevo impulso
al sector y empezaron a retornar los mineros desempleados que se organizaron en 50
cooperativas.
La mayoría de la población, unos 120.000 habitantes, son indígenas
quechuas, que subsisten arañando los restos de la minería colonial
y republicana sin acceso a la tecnología moderna y sin protección alguna.
Casi no existe clase media: “No conozco ningún potosino rico que viva en Potosí.
Algunos han hecho dinero aquí, pero se han ido a vivir a otra parte. Las casas
antiguas se están cayendo. Se llevaron los muebles y cuadros. Lo poco que
se ha podido recuperar está en la Casa de la Moneda”, añade Abecia,
conservador de ese histórico edificio hoy convertido en museo, a cargo del
Banco Central de Bolivia.
Durante la Colonia, el Virrey Francisco de Toledo instauró en 1572 una forma
de esclavitud temporal, la mita: una vez cada siete años, durante cuatro meses,
los varones de entre 18 y 50 años estaban obligados a trabajar en las minas,
casi sin paga y sin ver la luz del sol. Así murió 80% de la población
masculina de 16 provincias del Virreinato del Perú. “Cada peso que se acuña
en Potosí cuesta diez indios muertos en las cavernas de las minas”, escribía
Fray Antonio de la Calancha en 1638.
Los métodos de explotación han cambiado poco. Todavía se trabaja
“de sol a sol”. Se alquilan compresoras con las que se sopla aire a las galerías
para que los trabajadores puedan respirar. Aún se sorprende a algún
niño minero, que con su cuerpecito pequeño llega a las vetillas donde
no cabe un adulto. El trabajo en el interior de la mina, con jornadas a veces superiores
a las diez horas y con diferencias de temperatura muy pronunciadas con el exterior,
se soporta masticando hojas de coca para procurarse energía. Un 70% de la
población sufre de afecciones respiratorias. “Esto de las cooperativas es
discutible —protesta Joaquino—, en realidad apenas un 20% de los trabajadores son
cooperativistas, el 80% restante son obreros eventuales con sueldos de miseria.”
El centro histórico de Potosí, donde hoy habita una escasa clase media,
está rodeado por un cinturón de pobreza que aloja a los cooperativistas.
A ambos círculos los encierra otro mayor, el cinturón de miseria de
los que huyen del hambre del campo y vienen a contratarse como peones mineros, mientras
las campesinas del norte de Potosí emigran a las ciudades para mendigar. Duermen
en el suelo de los mercados, ateridas de frío, calentando entre sus brazos
al par de criaturas que llevan consigo. Bernardina Soles tuvo diez hijos. Se le murieron
cinco, lo cual no es extraño pues la tasa de mortalidad infantil en Potosí
es de 135 por mil. Su ilusión es sacar del pueblo a alguno de sus hijos, porque
allí sólo existen los dos primeros cursos de escolarización.
El departamento de Potosí tiene un 30,8% de analfabetismo.
En palabras del escritor uruguayo Eduardo Galeano, de aquella sociedad potosina “enferma
de ostentación y despilfarro aún queda la vaga memoria de sus esplendores
y las ruinas de sus templos y palacios”. Antes de que sea demasiado tarde, la Unesco
promueve proyectos de restauración para unos 2.000 edificios coloniales y
vigila la conservación del Cerro, donde las instalaciones mineras de la época
de la Colonia son monumentos históricos. Quedan intactas una serie de galerías,
ingenios, molinos, hornos y un conjunto de 22 lagunas artificiales construidas por
el Virrey Toledo para hacer funcionar los ingenios.
“Recuerdo que en mi niñez, dice Abecia, el Cerro era un cono perfecto. Un
hermoso cerro rojo, al sur de la ciudad. En los últimos cincuenta años
se ha convertido en un cono envejecido, caído, destrozado. Las cooperativas
han horadado tanto la roca que ya le han hecho perder su figura.” La mayor preocupación
de la Organización es pues convencer a las autoridades bolivianas de que el
Cerro, como Patrimonio de la Humanidad, requiere de una reglamentación que
lo preserve y que le permita conservar un título que podría perder
si el Comité Mundial estima que el Estado no lo protege suficientemente.
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| Miseria sobre un trono de plata |
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Bolivia
Superficie: 1.098.581 Km2
Población: 7.773.000 habitantes
Capital: Sucre (constitucional)
y La Paz (sede del gobierno)
PIB
por habitante: 1.003 dólares
Fuente: Anuario Iberoamericano 1999, Agencia Efe |
La razón de ser de Potosí ha sido
siempre la minería. Hoy la tecnología moderna de exploración
asegura que este Cerro, que los cronistas coloniales calificaron de “perfecta y permanente
maravilla del mundo”, conserva en sus entrañas tanta o más plata que
la que se llevaron los españoles. Para sacarla, el gobierno pretende entregar
su explotación a la empresa que obtenga una licitación internacional
en curso.
En los últimos meses, la discusión se ha centrado en la forma de explotación
de los futuros yacimientos: cortar la cima, con mayores beneficios económicos,
pero desfigurando la montaña o preservar su perfil, perforando una galería
horizontal hasta el bolsón de minerales que se pretende explotar. Según
el geólogo Jaime Villalobos, ex ministro de Minas, “la mayor concentración
de minerales se halla en la cúpula. El Cerro tiene una roca de muchas vetas
y vetillas que permiten una explotación moderna: se saca toda la roca, se
la muele, se la procesa y eso es económico. La forma más barata de
explotación sería a cielo abierto.” Es decir, el corte por arriba.
Comiéndose la punta de un cerro que es un símbolo nacional. Eso los
potosinos no lo admiten. El 97% de ellos manifestaron en un sondeo que preferían
morir de hambre antes que perder el perfil del Cerro y, con él, el título
de Patrimonio de la Humanidad.
El proyecto de abrir una galería horizontal reúne consenso y es el
que aconseja la UNESCO. Pero esta forma es más cara: hay que escarbar,
sacar el mineral y al mismo tiempo mantener la estructura del cerro. El muestreo
que realizó Villalobos durante su gestión ministerial, “permite decir
que en el Cerro hay tanta plata como la que se explotó, o sea más de
medio millón de toneladas de roca con minerales de plata. Pero esto no significa
que sea económicamente rentable porque una gran proporción es de baja
ley”. Se requiere un estudio de factibilidad que correrá a cargo de la empresa
que se lleve la licitación. Cuando se habla de minas aquí, hay un sentimiento
de frustración que Villalobos comparte: “La minería, ya sea colonial,
privada o de la estatal Corporación Minera de Bolivia, ha sacado riqueza no
renovable de la zona y no ha dejado más que contaminación y pobreza.
Una de las condiciones que tendría que tener este proyecto es generar ingresos
para Potosí.” |
El Correo de la UNESCO
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