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Entre el desierto y la sabana

QUE DJENNE PERDURE

Fotografías de Christien Jaspars; texto de Albakaye Ousmane Kounta, respectivamente, fotógrafa holandesa y escritor, poeta y cuentista maliense, autor de Sanglots et dédains (Ed. Jamana, Malí, 1995), Les sans repères (Ed. Balanzan, Malí, 1997) y Un complot de chèvres (Ed. Jamana y Beauchemin, Canadá, 1998). Para saber más: www.promali.org/kounta
Todos los años, los habitantes de la ciudad maliense de Djenné remozan su gran mezquita de adobe. Esta “fiesta del enlucido” comienza al amanecer cuando termina el Ramadán.

Era día de fiesta. Era el fin del Ramadán. Los habitantes de Djenné habían acudido a la gran plaza de la mezquita para celebrar la oración de las nueve de ese día sagrado.
Era el término del ritual. Los hombres permanecían sentados en la gran plaza de la mezquita, escuchando el sermón del Imam, transmitido por el más grande de los griots,
1 un hombre de aspecto vivaz y lengua ágil, que paseaba su voz metálica sobre la concurrencia y parecía sondear la expresión de cada cual.
Tomaba el pulso a la muchedumbre con sus manos y su mirada.
Al final del sermón, su ojo de gavilán vio el bastón del patriarca, que éste alzó para dar tres golpes secos en el suelo; todos los oyeron pues estaban mudos y en silencio. Y el griot se dispuso a transmitir las palabras del anciano jefe.
El griot escuchó las palabras, las frases y los sonidos que retuvo un momento en sus oídos, en su pecho y en su cabeza; luego su lengua los frotó, los lavó, los estiró, los hiló, los enjuagó y los entregó así a la concurrencia, limpios de todo dolor y de todo veneno; pues la palabra puede ser dolor que asesina y puñal que hiere para toda la vida.
Dijo:
Que el viento aumenta cada amanecer
Y cada día murmura
Y vacía todo de toda agua
Que las aguas de los dos ríos
Cada día huyen hacia el Este
Dijo:
Que los muros han cesado de lagrimear
Y que ha llegado la hora de cerrar las heridas
dejadas por la invernada
Entendimos:
Nos volvimos hacia el Oeste
Hacia el santuario de Tapama
2
Llamaremos a los grandes pescadores

A los Karanyara
3
A los Famenta
A los Kasaminta
Amos de las olas de la noche
A los Niomenta
A los Sininta
A los Tienda
Amos de los lamantinos y los cocodrilos

Fuimos a la puerta del Sur y en dirección diametralmente opuesta hacia la de Sory, y luego hacia el Este
al “charco de leche fresca”.
Allí estaban los albañiles
Los hombres que trazan sobre la arena
Con manos de madera
Las fórmulas mágicas
Los que convertidos en lagartos
Se adhieren a los muros
O en palomas en el hueco
De las columnas.

Fuimos a hablar
A los que abofetean el muro
Con placas de arcilla
Fuimos por fin al encuentro de los dos ríos
El río pequeño, el Bani,
Grácil como una hermanita
El río grande, el Djoliba,
4
Como un toro vigoroso
Fuimos en busca de todos los Soninkés, todos los Sonrais, todos los demás pueblos.
Para revocar el santuario
Individuos encorvados por la edad
Que duermen en el seno de la tierra
Los jefes prestaron su bastón
Para ordenar en todos los tonos
Cualquiera sea la edad y el clan
Que sea y siga siendo Djenné.

La arcilla estaba ya mezclada
con paja polvorienta de arroz
Revuelta con cascabillo y su afrecho de mijo
Pies descalzos la pisoteaban
Manos desnudas la amasaban
Se llenó con ella todo recipiente
Con las palas y las grandes azadas
Y por cientos, mujeres y hombres
Formaban multitud que fluía
Hacia los muros gigantes
De la mezquita de Djenné la grande.



1. En Africa negra, con suma frecuencia, el Imam, como todas las personalidades importantes, no se dirige directamente a la muchedumbre, sino por intermedio de un griot.
2. Muchacha sacrificada al genio del río durante la fundación de Djenné.
3. Este apellido y los que siguen son los de las familias fundadoras de Djenné.
4. Río Níger en bambara.

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© Christien Jaspars/Panos Pictures, Londres



photo © Christien Jaspars/Panos Pictures, Londres





photo Colocaron los pies a ambos lados
De los trozos de palma plantados en el muro…

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Con sus manos suaves
Acariciaba el minarete
Con las placas de arcilla lanzadas
De un agujero en algún sitio abajo
Su cuerpo iba y venía, majestuoso
Como las alas del pelícano mandé
Sostenido por los llantos del tam-tam
Kara no caerá.



photo …Albóndigas
O papilla de arroz
Todo es arcilla
Todo es barro
Que nos da
Un buen baño
De la cabeza a las manos.



Un pesado silencio descendía en medio de sacudidas, cascadas y sollozos sobre la ciudad. Los tam-tam, las panderetas,
las flautas, los balafones callaron.
Sólo la voz del pregonero público atronaba por encima
de tejados y minaretes para anunciar el momento
de la comida; la comida es para todo el mundo y es sagrada.

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photo Los ojos se alzan
A pesar de todo para interrogar
Columnas y minarete
¿Estáis bien revocados?
¿Con la mejor de las tierras?
Nos decimos desde el fondo del corazón
Y he ahí una vez más
Una idea más grande
Que la cabeza y el cuerpo
Que permanece y que sube hacia las nubes.



Entre el desierto y la sabana

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Malí

El sitio de Djenné, habitado desde 250 a.c., fue una encrucijada comercial en la ruta de las caravanas del oro que atravesaban el desierto del Sahara. A partir del siglo xv, la ciudad se convirtió en un foco de difusión del islam. Se han conservado cerca de 2.000 viviendas tradicionales (de adobe con ornamentos árabes) que fueron construidas sobre pequeñas colinas para ponerlas a salvo de las inundaciones en la estación de las lluvias y de las crecidas de los ríos Bani y Níger. Djenné figura en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 1988.