
© Philippe Franchini, París
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Nada permanece más
tiempo en nuestras almas que el lenguaje que heredamos, libera nuestros pensamientos,
abre nuestra ment y suaviza nuestra vida.
De
un poema en lengua sami (Suecia)
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Si el guaraní se termina,
¿quién rezará para que no se acabe también el mundo?
Proverbio
guaraní (Paraguay)
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Todos los años
desaparecen diez lenguas en el mundo. Y con ellas, un tesoro cultural. Su proceso
de extinción se acelera, por lo que preservarlas es un asunto urgente.
¿Están condenadas a desaparecer
a corto plazo la inmensa mayoría de las lenguas? Los lingüistas estiman
que una lengua sólo puede sobrevivir si cuenta con más de 100.000 hablantes.
Ahora bien, de las cerca de 6.000 lenguas que existen hoy día en el mundo,
la mitad es hablada por menos de 10.000 personas y un cuarto por menos de 1.000.
Apenas unas veinte cuentan con millones de hablantes.
La muerte de las lenguas no es un fenómeno nuevo. Desde que se diversificaron,
al menos 30.000 (algunos hablan incluso de 500.000) nacieron y se extinguieron, a
menudo sin dejar huella. A esta gran mortalidad corresponde una duración media
de vida relativamente breve. Escasos son los idiomas que, como el vasco, el egipcio,
el chino, el griego, el hebreo, el latín, el persa, el sánscrito, el
tamil y algunas otros, lograron cumplir 2.000 años.
De las
conquistas coloniales a la mundialización
Lo que es una novedad,
en cambio, es la rapidez con que perecen en la actualidad. Remontándonos en
el tiempo, advertimos que la disminución de la diversidad lingüística
se aceleró considerablemente a raíz de las conquistas coloniales europeas,
que eliminaron al menos 15% de las lenguas habladas en esa época. Y, si en
el curso de los tres últimos siglos Europa perdió unas diez, en Australia
no quedan más que 20 de las 250 habladas a fines del siglo XVIII.
En Brasil, 540 (o sea las tres cuartas partes) murieron desde que se inició
la colonización portuguesa, en 1530.
El nacimiento de los Estados-nación, cuya unidad territorial estaba estrechamente
ligada a su homogeneidad lingüística, también fue un factor decisivo
de la consolidación de las lenguas adoptadas como nacionales y de la marginalización
de las demás. Los gobiernos nacionales, en su marcado empeño por instaurar
una lengua oficial en la educación, los medios de comunicación y la
administración, procuraron deliberadamente eliminar las lenguas minoritarias.
Este proceso de homogeneización lingüística se reforzó
con la industrialización y el progreso científico, que impusieron nuevos
modos de comunicación, rápidos, sencillos y prácticos. La diversidad
de idiomas fue considerada entonces como un obstáculo a los intercambios y
a la difusión del saber. El monolingüismo pasó a ser un ideal.
Es así como a finales del siglo XIX surgió la idea de una lengua
universal (se pensó incluso en volver al latín), lo que dio lugar a
una proliferación de lenguas artificiales. La primera de ellas fue el volapük,
siendo el esperanto la que tuvo el éxito más resonante y la mayor longevidad.
En tiempos más recientes, la internacionalización de los mercados financieros,
la difusión de la información por medios de comunicación electrónicos
y los demás avatares de la mundialización han contribuido a acentuar
las amenazas que pesaban ya sobre las lenguas “pequeñas”. Una lengua que no
está en Internet es una lengua que casi “ha dejado de existir”. Queda al margen
del “comercio”.
El ritmo de extinción de las lenguas ha alcanzado así proporciones
sin precedentes en la historia: diez al año a escala mundial. Según
los pronósticos más sombríos, 50% a 90% de las lenguas habladas
hoy día morirán en el curso del presente siglo. Preservarlas es un
asunto urgente.
Las consecuencias de la desaparición de las lenguas son graves en más
de un sentido. En primer lugar, si nos tornáramos todos uniformemente monolingües,
es posible que nuestro cerebro resultara afectado al punto de perder parte de su
capacidad innata de creación lingüística. A continuación,
todo intento de remontarse a los orígenes del lenguaje humano se volvería
imposible y el misterio del “primer idioma” jamás se dilucidaría. Por
último, con la muerte de cada lengua, un capítulo de la historia de
la humanidad se cierra para siempre.
Diversidad
cultural y biodiversidad
El plurilingüismo
es el reflejo más fiel del multiculturalismo. La eliminación del primero
acarreará inevitablemente la pérdida del segundo. Imponer un idioma
—sea regional o internacional— a poblaciones cuya cultura y estilo de vida no se
identifican con él es acallar la expresión de su genio colectivo. Las
lenguas no sólo son el medio primordial de comunicación entre los seres
humanos, sino que encarnan también la visión del mundo de sus hablantes,
su imaginación, sus formas de trasmitir el saber. Pese a su parentesco, reflejan
de manera diferente la realidad. Si tratamos de inventariar las palabras que existen
en todos los idiomas y que tienen estrictamente el mismo sentido, se da uno cuenta
de que hay a lo sumo 300, tales como yo, tú, nosotros, quien, que, no, todo,
uno, dos, grande, largo, pequeño, mujer, hombre, comer, ver, oír, sol,
luna, estrella, agua, fuego, caliente, frío, blanco, negro, noche, tierra…
El peligro que se cierne sobre el multilingüismo es análogo al que afecta
a la biodiversidad. No sólo porque la gran mayoría de las lenguas son
“especies” en vías de desaparición, sino también porque entre
la diversidad biológica y la diversidad cultural existe un lazo intrínseco
y causal. Al igual que las especies vegetales y animales, las lenguas en peligro
son endémicas, o sea están confinadas a una región exigua. Más
de 80% de los países donde existe una “megadiversidad” biológica forman
parte de los que albergan el mayor número de lenguas endémicas. Esta
correlación se explica por el hecho de que los grupos humanos, al adaptarse
al entorno en que evolucionan, crean un conocimiento especial de su medio que se
refleja en su lengua y, a menudo, únicamente en ésta. Gran parte de
los recursos naturales en peligro sólo son conocidos actualmente por algunos
pueblos cuyas lenguas se extinguen. Al morir, éstas se llevan consigo todo
el saber tradicional sobre el medio ambiente.
En 1992 la Cumbre de Río creó dispositivos para luchar contra la reducción
de la biodiversidad. Ha llegado la hora del “Río de las lenguas”. La toma
de conciencia de la necesidad de proteger ese patrimonio surgió a mediados
del siglo XX, cuando los derechos lingüísticos se integraron en la Declaración
Universal de los Derechos Humanos. Desde entonces se han iniciado diversos proyectos
internacionales (ver
p. 30-31) a fin de
salvaguardar lo que ahora se reconoce como patrimonio de la humanidad. Aunque no
logren poner término al proceso de extinción de las lenguas, tienen
el mérito de atenuarlo y de promover el plurilingüismo en el mundo.
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