
Los záparas en el siglo
xix. Grabado del libro del explorador italiano Gaetano Osculati, Esplorazione delle
regioni equatoriali (1848).
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Mi lengua, mi apreciada posesión.
Mi lengua, mi objeto de afecto. Mi lengua, mi precioso ornamento.
De
un poster en lengua maorí (Nueva Zelandia)
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El centenar de záparas
que viven en la Amazonia ecuatoriana han emprendido una carrera contra el tiempo
para resistir a una muerte anunciada y recuperar su lengua, su cultura y su territorio.
“Yo
soy Manari, que en mi lengua, el idioma záparo, es un lagarto poderoso en
la selva, pero para que nos inscriban en el Registro Civil nos hemos tenido que poner
nombres españoles y en tu lengua me llamo Bartolo Ushigua. (…) Los záparas
éramos uno de los pueblos indios más grandes de la Amazonia, y también
los que teníamos chamanes más poderosos porque conocían los
secretos medicinales de más de quinientas plantas.”1
Así habla Manari, 25 años, hijo del último chamán fallecido
hace tres años y presidente de los 115 záparas que viven en la actual
provincia amazónica de Pastaza, a 240 km al sur de Quito en las riberas del
río Conambo; un río por el que llegaron todos los infortunios que aceleraron
su decadencia: los colonizadores, las enfermedades, el boom del caucho, la esclavitud,
las guerras, la explotación petrolera, la “modernidad”. “Desde que vinieron
a nuestra selva los blancos caucheros”, añade Manari, “han tomado a nuestros
hermanos para obligarles a trabajar como esclavos y también para venderlos
como si fueran mercancía. Cuando ellos vinieron trajeron también enfermedades
que nosotros no conocíamos, que nuestros chamanes no sabían cómo
curar, entonces ha muerto la mayoría de nuestro pueblo.”
“En esta Patria, oficialmente, los záparas han desaparecido”, se apresuró
a afirmar un texto publicado en Ecuador a principios de los años 90. Pero
los záparas están empeñados en sobrevivir, aunque las amenazas
que pesan sobre ellos son más de las que pueden contar: su sistema numeral
llega hasta el tres.
El rescate de la lengua zápara es, junto con la delimitación definitiva
de su territorio y el reencuentro con sus parientes del otro lado de la frontera
con el Perú, uno de los tres pilares del combate que los jóvenes záparas,
encabezados por Manari y apoyados por la Organización de los Pueblos Indígenas
del Pastaza (OPIP), se propusieron librar hace tres años
para salvar su cultura y su modo de vida tradicional de recolectores y cazadores.
El balance es hoy poco halagador.
“Somos
pocos y tenemos miedo de acabarnos”
El reencuentro con
sus familiares peruanos, de quienes se separaron hace casi 60 años, luego
de una guerra entre ese país y el Ecuador, no ha podido concretarse. El viaje
puede tardar un mes río abajo y hasta tres meses río arriba y es apenas
hace un par de meses que los záparas recibieron un motor fuera de borda como
donación. El viaje implica también contactos diplomáticos para
penetrar en un territorio de alta conflictividad. “Nosotros somos ecuatorianos”,
dice Manari, “pero antes los záparas éramos un solo pueblo y éramos
una sola selva. Por eso nosotros no sabemos sacar permiso en la frontera y no sabemos
cómo buscar a nuestros hermanos.”
La idea es que un grupo ya escogido de cuatro niños viajen al encuentro de
los chamanes que están del lado peruano para que éstos los instruyan
en sus prácticas. Ello es fundamental para la supervivencia de la comunidad,
pues desde que murió el último chamán hace tres años
los záparas han perdido la única fuente de saber sobre sus tradiciones,
sobre el poder curativo de las plantas y los secretos de la selva. “Desde que murió
mi padre no tenemos quien nos proteja y muchos de nuestros hermanos están
enfermándose y muriendo”, dice Manari. La transmisión de los saberes
tradicionales y las terapias del chamanismo sólo son posibles a través
de la lengua. La conservación del idioma záparo es algo más
que una cuestión cultural, es la supervivencia física de la comunidad,
su existencia misma, lo que está en juego. Y el proyecto para recuperarla
es una carrera contra el tiempo, pues sólo la hablan aún cinco personas
muy ancianas que viven a varios días de camino unas de otras. Una de ellas
es Sasiko Takiauri, que nació hace unos setenta años a orillas del
Conambo. “Por ese entonces”, recuerda Sasiko, “todos hablaban záparo; yo aprendí
el quichua recién a los 18 años.”
La historia la lengua zápara es común a las del resto de la región.
Forma parte de la familia lingüística del mismo nombre, junto con el
arabela, el iquito y el taushiro del Perú y guarda parentesco con otras ya
desparecidas (konambo, gae y andoa). El záparo cedió espacio al quichua
recientemente. Hace unos 60 años, según cuenta Sasiko, los záparas
comenzaron a identificarse con la cultura de los quichuas cuando se hicieron frecuentes
los intercambios comerciales con el poblado quichua de Sarayacu. Hoy, los nietos
y bisnietos de Sasiko que viven en los poblados záparas de Llanchama Cocha,
Jandia Yacu y Mazaramu, reciben clases en quichua y español, según
un modelo de educación bilingüe implantado por el Estado. Los profesores
tienen el nivel de bachillerato, no son originarios de las comunidades donde enseñan,
reciben un sueldo mensual de cuatro dólares y no dudan en declarar que se
irán de ahí apenas puedan. Sus alumnos casi no hablan español
y aprenden el quichua casi exclusivamente de forma oral.
“No nos ha gustado a nosotros pedir favores”, dice Manari. “Pero como ahora somos
pocos tenemos miedo de acabarnos.” Mientras tanto los viejos, con Sasiko a la cabeza,
vuelven a dar a los niños nombres en su lengua, Newa, Toaro, Mukútzagua
(perdiz, loro, pájaro oropéndola), para hacer saber al mundo que los
záparas no han desaparecido.
1. Las palabras de Manari están
tomadas de una carta que envió hace dos años al agregado cultural de
la embajada del Ecuador en el Perú solicitando su intervención para
que los záparas ecuatorianos pudieran cruzar la frontera y encontrar a sus
hermanos peruanos.

nauta@speed.net.ec
Organización de Pueblos Indígenas del Pastaza (OPIP)
General Villamil s/n° y Teniente Hugo Ortiz
Puyo, Ecuador
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